domingo, 5 de octubre de 2025

NOTICIAS DE DADA POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Noticias de Dada

 

 

“Es necesario animar el arte con la suprema simplicidad: novedad.

Se es humano y auténtico por diversión, se es impulsivo y vibrante para

crucificar el aburrimiento. [...] y no quiero explicar a nadie porqué

odio el sentido común.” 

                                                                                           

                                                                        Manifiesto Dada de 1918

 

                                                                                              Tristan Tzara

 

El arte moderno no nació por evolución del arte del siglo XIX. Por el contrario, nació de una ruptura con los viejos valores decimonónicos. Pero no fue una ruptura meramente estética, sino el producto de toda una revuelta gracias a razones históricas e ideológicas cuyo origen mismo se halla en el siglo XIX y que su consecuente crisis en aspectos espirituales y culturales dio lugar al arte moderno. El padre teórico del proyecto humano del siglo XX, Carlos Marx y sus hijos putativos, traicioneros o fieles (aún ahora existen ambos casos) pueden constatar para que se den un quemón, cómo según la Enciclopedia mundial de relaciones internacionales y Naciones Unidas, en un periodo breve y relativamente tranquilo (1960-1982), habla de sesenta y cinco conflictos armados (y eso que no menciona ninguno en que haya habido menos de mil muertos). Vanguardias artísticas y conatos de vanguardia se alimentaron del cadáver de Marx: El siglo XX abierto como posibilidad para instaurar de plano a Tomás Moro y paradójicamente determinado a concluir en un supuesto fin de la historia. No me atrevo a profundizar en esta discusión, pero creo que las vanguardias artísticas existirán: me atrevo a insinuar que cuando la globalización actual y sus procesos de hegemonía unipolar representada por los que detentan el poder en Estados Unidos (los puestos políticos más importantes del planeta) tengan una crítica de la talla que tuvo el capitalismo en los tiempos de Marx, las vanguardias artísticas hablarán y se manifestarán y de eso dependerá la historia del arte en el siglo XXI. En otras palabras, "la tradición de la ruptura" paceana o “el eterno retorno” nietzscheano, literaria o filosóficamente son conceptos disolubles en el término modernidad. ¿Y qué es pues la modernidad? La mezcla entre lo antiguo y lo moderno. En plena polémica de la postmodernidad (que el propio Paz puso en entredicho en Estocolmo en la entrega de su Nobel: “¿Qué quiere decir postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?”) resurge con plena vigencia el mayor vanguardista, el más demencial (rechazado incluso por el grupo surrealista y su papa Bretón), el payaso más trágico, el más irreverente y genial bromista que comprendió la inviabilidad del proyecto marxista fuera de la pura teoría y con ello, la preciosa derrota del arte ante el tiempo: si la historia va a terminar en el futuro, el arte debe acabar ya, ahora mismo, para demostrar que las líneas de avance políticas son efímeras y el arte es inmortal. Con éstas palabras lo dijo Tristan Tzara: “Yo hablo siempre de mí porque no quiero convencer”. Y ante los surrealistas: “Somos todos unos imbéciles”, y dicho esto, ocupó el resto de su intervención en aquél acto surrealista solamente para canturrear.

            Para el italiano crítico de arte Mario de Micheli, en su trabajo Las vanguardias artísticas del siglo XX, (Alianza Forma, 1979), las polémicas figuras de Van Gogh, Rimbaud, Ensor y Edvard Munch, —unidos por una historia, aunque diferentes en cuanto a temperamento y ambiente formativo—, ejemplifican significativamente la evidente crisis europea que se vería reflejada poco más tarde, cuando a inicios del siglo XX se alzaban las interrogantes: ¿Cual será la actitud de los intelectuales? ¿Qué será del arte? ¿Cual será su forma y su contenido?

            A finales del siglo XIX el arte oficial de la burguesía, una vez que había tomado el poder y se preparaba para defenderlo, se dio cuenta "de que todas las armas forjadas por ella contra el feudalismo se volvían contra ella misma, de que todos los medios de cultura alumbrados por ella se rebelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado la abandonaban". (Carlos Marx, El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte). Es decir que a pesar de que este arte burgués se proclamaba como real en apariencia, no podía ser de otra forma más que antirrealista o pseudorrealista, en tanto que su función había pasado a ser precisamente el ocultamiento de la realidad. El auge de éste fenómeno adquirió consistencia en los años posteriores a 1848 y sólo los artistas más vivos y sensibles se le opusieron enérgicamente en tanto que dañaba a las nuevas ideas revolucionarias.

            A la cabeza de esta protesta, Baudelaire (que dos años antes había escrito: "El artista reprocha de entrada a la crítica el no poder enseñar nada al burgués, que no quiere ni pintar ni rimar...") publicó un artículo titulado Los dramas y las novelas honestas en el que opinaba con  claridad y en tono violento sobre el asunto: "Los premios académicos, los premios a la virtud, las condecoraciones, todos esos inventos del diablo, fomentan la hipocresía y frenan los impulsos espontáneos de un corazón libre... ¿Quién impedirá a dos desaprensivos ponerse de acuerdo para ganar el premio Montyon? El uno simulará la miseria, el otro la caridad. En un premio oficial hay algo que hiere al hombre y a la humanidad y ofusca el pudor de la virtud. Por lo que a mí se refiere nunca sería amigo de un hombre que hubiera ganado un premio a la virtud; tendría miedo de encontrar en él un tirano implacable". Vamos a ver: ¿El famoso efectista decepcionado por no haber sido aceptado en la Academia Francesa? Más bien el poeta defendiendo a la poesía de la estúpida e indigna idea del arte como competición y por tanto factible a estar sometida al poder; el primer poeta maldito y que bien se merecía el membrete.

            Los acontecimientos políticos inmediatos a esta publicación llevaron a Baudelaire y al conjunto intelectual a protestas sociales hechas de evasión. Los primeros románticos ya habían hecho una polémica contra "el burgués", pero a menudo, se trataba más de una actitud que de una convicción radical. Resumiendo, las actitudes de los intelectuales y artistas, que hablaban de la acción poética, la transformarán con frecuencia en práctica de la evasión.

            El caso de Rimbaud es el arquetipo de estas actitudes: Su temprana renuncia a la poesía, su empeño en tratar de embrutecerse para regresar acorazado a vivir en sociedad, (tema de algunos de sus versos: “Yo volveré con mis miembros hechos de acero, la piel oscura, el ojo furioso. Por mi apariencia creerán que soy de una raza fuerte. Tendré oro, seré vago y brutal. Las mujeres cuidan bien a esos inválidos feroces que regresan de los países cálidos. Me mezclaré en política. Estaré salvado.”), su fuga a África y su afán de preferir la vida entre campesinos y obreros en vez de grupos intelectuales es única en la historia de la poesía, pero como tal era la consigna de algunos otros artistas: Hacerse salvajes. Las historias que parten de esta nebulosa premisa se verán después matizadas con la llegada de las vanguardias y su posterior decadentismo.

 

El Movimiento Dadaísta

El movimiento dadaísta nació en Zúrich en 1916. Su creador fue el poeta rumano Tristan Tzara, que  había escrito al respecto: "Dada nació de una exigencia moral, de una voluntad implacable de alcanzar un absoluto moral, y del sentimiento profundo de que el hombre, en el centro de todas las creaciones del espíritu, debía afirmar su preeminencia sobre las nociones empobrecidas de la sustancia humana, sobre las cosas muertas y sobre los bienes mal adquiridos. Dada nació de una rebelión que entonces era común a todos los jóvenes, una rebelión que exigía una adhesión completa del individuo a las necesidades de su naturaleza, sin consideraciones para con la historia, la lógica, la moral común, el Honor, la Patria, la Familia, el Arte, la Religión, la Libertad, la Fraternidad y tantas otras nociones correspondientes a necesidades humanas, pero de las cuales no subsistían más que esqueléticos convencionalismos, porque habían sido vaciadas de su contenido inicial. La frase de Descartes: No quiero ni siquiera saber si antes de mí hubo otros hombres, la habíamos puesto como cabecera de una de nuestras publicaciones. Significaba que queríamos mirar el mundo con ojos nuevos y que queríamos reconsiderar y poner en tela de juicio la base misma de las nociones que nos habían sido impuestas por nuestros padres, y probar su justeza". (T. Tzara, Le surréalisme et l' apreés-guerra.)

            Sobre cómo fue que surgió la palabra "Dada" hay sobradas explicaciones. Una muy difundida nos dice que se refiere a la primera palabra que pronuncia el ser humano recién nacido. Hans Harp comenta en una revista del movimiento el origen del vocablo, remitiéndolo al mismo Tzara. Por su parte, Tzara inventa  con humorismo: "Por casualidad encontré la palabra Dada en el diccionario Larousse". Y después advierte claramente que la palabra dada es sólo un símbolo de rebelión y de negación.

            En aquella época Zurich era refugio de un variopinto grupo de personajes, entre los cuales, los que eran artistas, en  conjunto con Tristan Tzara, dieron vida al Cabaret Voltaire, donde nació en 1916 el dadaísmo. Éste cabaret  estaba en el número 1 de la Spielgasse  y ahí se llevaban a cabo lecturas, performances y se tomaban bebidas. Ese mismo año y en el número 12 de la misma calle vivía Lenin con su mujer Krupskaia. Los dadaístas se encontraban a menudo a Lenin por la calle, pero ignoraban por completo quien fuese. Según R. Lacote, Tzara incluso había jugado al ajedrez con Lenin en el Café Terasse.  Fue un año más tarde, es decir, cuando ya Lenin, encerrado en el famoso vagón precintado, se encontraba desde hacía tiempo en Rusia y se había puesto a la cabeza de la revolución, cuando Tzara y sus amigos saludarán los hechos de octubre como algo que daría un rudo golpe a la guerra.

            A pesar de este saludo, no puede decirse que el movimiento dadaísta de Zurich se encontrara comprometido con la revolución rusa, cosa que sí hicieron los dadaístas en Alemania donde el movimiento se extendió rápidamente. Allí los seguidores de Dada se unieron a la Liga Espartaquista y, bastantes de ellos, en Berlín y en Colonia, tomaron parte en las luchas callejeras.

            El dadaísmo de Zurich se mantuvo como una negación violenta e intelectual de lo real, que buscaba definirse a sí misma. Al igual que el expresionismo alemán (el Cabaret Voltaire mostraba en sus paredes multitud de cuadros expresionistas), lo que había en el fondo de la razón dadaísta era una revuelta contra los valores y falsos mitos del racionalismo positivista. Sin embargo, Dada llevó mucho más lejos sus fuerzas, es decir, hasta la negación absoluta de la razón: "El agua del diablo llueve sobre mi razón", dirá Tzara. En otras palabras, el irracionalismo psicológico y metafísico del que brota el expresionismo, en el dadaísmo se convierte en el eje metódico de un nihilismo incomparable hasta entonces. El expresionismo todavía creía en el arte; el dadaísmo rechaza incluso esta noción.

            Dada es antiartístico, antiliterario y antipoético: Su voluntad de destrucción tiene los mismos  blancos que el expresionismo, pero Dada utiliza medios mucho más radicales. Si los dadaístas hubieran conocido a Microsoft o a Mac, la historia del diseño gráfico hubiera recorrido una trayectoria al menos digna y Heidegger no hubiera tenido que pelearse con la estética moderna “demasiado estética” tal y como lo analiza en sus Contribuciones a la filosofía.  Dada está en contra de la belleza eterna, contra la eternidad de los principios, contra las leyes de la lógica, contra la inmovilidad del pensamiento, contra la pureza de los conceptos abstractos y contra lo universal en general. Lo que propone en sentido opuesto es la desenfrenada libertad del individuo, la espontaneidad, lo inmediato, la contradicción, el no donde los demás dicen sí, el sí donde los demás dicen no; defiende la anarquía contra el orden y la imperfección contra la perfección. Por tanto, también está en contra del modernismo, es decir su arte, ya sea el expresionismo, el cubismo, el abstraccionismo o el futurismo y los acusa en suma, de ser punto donde el espíritu se cristaliza y se doblega ante la camisa de fuerza de cualquier regla, por muy nueva o distinta que sea. Para Dada, el espíritu debe ser libre como principio absolutamente obligatorio en la creación, disponible y suelto en el continuo movimiento de sí mismo. Que no permee ninguna esclavitud, ni siquiera la de Dada sobre Dada. En cada momento, para existir, Dada debe destruir a Dada. No existe una libertad establecida para siempre, sino un incesante dinamismo de libertad, en la que ésta, vive negándose así misma.

            En este punto resulta preciso afirmar que Dada no es, propiamente, una corriente artístico-literaria, sino una particular disposición del espíritu; es el acto extremo del antidogmatismo, que se vale de cualquier medio para conducir su batalla. Así, lo que interesa a Dada es más el gesto que la obra; y el gesto puede apuntar sobre cualquier ámbito no estrictamente artístico. Una sola cosa importa, que el gesto sea siempre una provocación contra el buen sentido, contra las reglas y la ley, por tanto, el escándalo es el instrumento preferido por los dadaístas para expresarse.

 

Los Manifiestos

En el plano teórico, sí puede hablarse de "teoría" en el caso de Dada. Lo que se llama "arte dadaísta" no es, ciertamente, algo definido ni claramente enunciado, sino una verdadera miscelánea de ingredientes que ya apuntan en otros movimientos. Sin embargo, en los productos más auténticos de arte Dada hay algo distinto, algo que nace de una poética completamente diferente. En efecto, mientras el cubismo, el futurismo, y el abstraccionismo tienen una base positivista, el dadaísmo, al igual que el expresionismo, se apoya en la base contraria. Se trata de un enfrentamiento violento contra la realidad establecida. Lo que caracteriza a la "creación de la obra" Dada no es una razón ordenadora de elementos, ni una búsqueda de coherencia estilística o cosa parecida. Los motivos que interesan a otros artistas en cuanto a naturaleza plástica no interesan en absoluto a los dadaístas. Ellos no "crean" obras, sino que fabrican objetos. Lo que interesa en esta fabricación es el método y el significado polémico del procedimiento, la afirmación de la potencia virtual de las cosas, la supremacía del azar sobre la regla y la violencia expresiva de su presencia entre "auténticas" obras de arte. Por eso, a estos objetos dadaístas va unido necesariamente un gusto polémico, una arbitrariedad irreverente y un carácter provisional bastante alejados del ejemplo estético.

            Es el mismo Tzara  el que en el Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo de 1920 sintetizó el método de tal fabricación. Por ejemplo, veamos lo que aconseja para crear un poema dadaísta:      

"Tomad un periódico.

Tomad unas tijeras.

Elegid en el periódico un artículo que tenga la longitud que queráis dar a vuestro

poema.

Recortad el artículo.

Recortad con todo cuidado cada palabra de las que forman tal artículo y ponedlas todas en un saquito.

Agitad dulcemente.

Sacad las palabras una detrás de la otra, colocándolas en el orden que las habéis sacado.

Copiadlas concienzudamente.

El poema está hecho.

Ya os habéis convertido en un escritor infinitamente original y dotado

 de una sensibilidad encantadora, aunque, por supuesto, incomprendida por

la gente vulgar".

            Este es el punto extremo de la rebelión dadaísta. Tzara y los dadaístas son, en efecto, dueños de una sensibilidad que recorre un camino que va desde la inédita payasada irreverente hasta   resolverse  en un sentido trágico del arte y la existencia. En esta "poética" se expresaba la aspiración de los dadaístas a una verdad que no estuviera sujeta a las reglas establecidas por una sociedad desagradable y enemiga del hombre: reglas políticas, morales y también artísticas. Todos estos puntos fueron recogidos en su momento por el surrealismo, que  los llevó a terrenos inexplorados por Dada; pero Bretón no se contentaba con decir que el surrealismo provenía de Dada y lo liquidó como movimiento en 1924. La opinión severa del gran poeta francés quedó definitivamente inscrita en la historia de la crítica y de ahí el malentendido y la eterna muerte del surrealismo que no se acaba de morir nunca porque, por principio de cuentas, no se considera a los artistas beats como la verdaderamente última vanguardia del XX. (Recordemos el gran asombro de Bretón en México y las palabras que dedicó a la pintura de Frida Kahlo: “Su arte es como un listón alrededor de una bomba”, a lo que Frida respondió más o menos: “Bretón es un pendejo” Refiriéndose a sus posturas políticas.) Finalmente, esta "poética dada" era además un "gesto", que pertenecía a aquellos modos rotundos, intransigentes y exclusivos con los que Dada presentaba batalla a la mentalidad pequeño-burguesa, académica y reaccionaria que anidaba, incluso frecuentemente sobre aquellos artistas que se creían de vanguardia.

 

Dada en Nueva York

Pero si la producción Dada es esencialmente un "gesto", entonces los artistas dadaístas por excelencia fueron Duchamp y Picabia, los cuales en el Nueva York de 1917 llevaron su actividad aún más lejos que los dadaístas suizos y alemanes. Ya en 1913-1914, en París, Duchamp había tomado un portabotellas y una bicicleta y tan campante los había firmado como obras suyas. En cambio, en Nueva York llegó a enviar a la exposición del Salón de los Independientes un urinario, un producto comercial fabricado en serie, al cual puso el título de Fuente, que fue una de sus obras más irreverentemente provocadoras.

            Marcel Duchamp y Francis Picabia se movieron como auténticos dadaístas. Duchamp hizo salir en Nueva York tres pequeñas publicaciones: dos números de The Blindman y Rongwrong. Por su parte, Picabia editó la revista 391, donde publicó sus dibujos de esquemas mecánicos y de objetos fielmente copiados (una hélice, una lámpara) y escribió incluso sus poesías. Con ellos dos también está Man Ray, el cual dio comienzo a una serie de "obras" compuestas de materiales extrapictóricos heterogéneos, pero que en el campo de la fotografía alcanzó resultados notables, con auténticas radiografías del mundo real que, según una expresión de Hugnet, acentúan su misterio poniéndolo al desnudo. Estas fotografías, dominadas por un gusto de ciencia mixtificada, fueron llamadas por su autor como rayografías. En 1918, ya de regreso a Europa, Picabia irá a Zurich a conocer a Tzara, se da cuenta de que Dada coincide con sus humores y se convierte en uno de sus más activos defensores.

 

Dada en Alemania

 

Los resultados figurativos más interesantes del dadaísmo, serán sin embargo, los conseguidos en Alemania, tanto por el grupo de Berlín como por Max Ernst en Colonia. Y esto es porque estos dadaístas fueron los que inventaron el fotomontaje, nombre adoptado de común acuerdo por varios de ellos. El uso del fotomontaje, permitió al grupo de Berlín realizar un arte de marcada propaganda política y de protesta contra el nazismo, donde Hitler y sus allegados eran puestos con cuerpos de cerdos, sembradores de muerte, o una en particular, donde un Hitler enano siembra y cuida una planta inmensa que en vez de bellotas, hace florecer bombas. A pesar de las controversias y las disputas de los dadaístas alemanes, el fotomontaje fue inventado por John Heartfield en 1917 (su nombre verdadero era Helmut Herzfeld pero lo anglizó como protesta al pangermanismo anti-británico), cuyo arte era, para el después surrealista francés Louis Aragon: “el cuchillo... que penetra en todos los corazones”. En 1920, Heartfield edita daDa 3, expone sus propios trabajos en la Primera Feria Internacional Dada y ahí se arrepega para la foto junto a un cartel que dice: “El arte ha muerto. ¡Viva el nuevo arte mecánico de TATLIN!”

            En Berlín fue impreso en 1918, el primer manifiesto dadaísta de Huelsenbeck. En este texto, entre otras cosas, se afirmaba:

 

"El arte depende en su ejecución y dirección del tiempo en que vive y

los artistas son los creadores de su época... Los mejores artistas, los más inauditos, serán aquellos que, a cada hora, sumerjan los bordes de su cuerpo

en el fragor de las cataratas de la vida y sangren de las manos y el corazón. ¿Acaso el expresionismo ha satisfecho nuestra espera de un arte que fuese el "ballotage" de nuestros intereses vitales?

¡No! ¡No! ¡No!

¿Acaso el expresionismo ha satisfecho nuestra esperanza de un arte que quemase la esencia de la vida en la carne?

¡No! ¡No! ¡No!

Bajo el pretexto de una vida interior, los expresionistas de la literatura y de la pintura se reunieron en una generación que hoy ya pide el aprecio de la historia, de la literatura y del arte, y presenta su candidatura para obtener una honorable aprobación burguesa... El expresionismo, hallado en el extranjero, se convirtió en Alemania, como todo el mundo sabe, en un gran idilio a la espera de una buena pensión: no tiene nada que ver con las tendencias de los hombres activos.

Los firmantes de este manifiesto se han agrupado bajo el grito de combate

 

¡¡¡DADA!!!

para la difusión de un arte que realice las nuevas ideas. ¿Qué es pues, el dadaísmo?

La palabra Dada simboliza la relación más primitiva con la realidad que nos rodea: con el dadaísmo una nueva realidad toma posesión de sus derechos. La vida aparece en una simultánea confusión de ruidos, de colores y de ritmos espirituales que en el arte dadaísta son inmediatamente recogidos por los gritos y las fiebres sensacionales de su audaz psique cotidiana, y en toda su brutal realidad. He aquí la encrucijada bien definida que distingue el dadaísmo de todas las demás tendencias del arte y, sobre todo, del futurismo, que algún imbécil, últimamente, ha interpretado como una nueva edición del impresionismo.

Por primera vez, el dadaísmo no se sitúa de manera estética ante la vida... Ser dadaísta puede querer decir unas veces ser comerciante, político más que artista, o no ser artista por casualidad... ¡Vivan los acontecimientos dadaístas de este mundo! ¡Estar contra este manifiesto significa ser dadaísta!"

 

* * *

            Una de las características de Dada había sido, precisamente, el querer romper la barrera de los géneros literarios y artísticos: el cuadro-manifiesto-fotografía era exactamente un resultado obtenido en el sentido de ésta búsqueda, como las poesías dibujadas, el grabado tipográfico figurativo y los poemas fonéticos. El fotomontaje resultaba ser un arte sin mayúscula, un arte bastardo, sin pretensiones de eternidad e inmerso por completo en el espacio mundano de lo real. Por tanto, si es verdad "la profunda nostalgia de una unión creadora entre arte y pueblo", porque los dadaístas "no se contentaban ya con un arte que se había convertido en un negocio puramente privado", deseando, sobre todo, "poner este arte de acuerdo con el hombre activo, con la vida que late en su plenitud"; si esto es verdad, que fue lo que escribió Willy Verkauf, entonces no se puede decir que el fotomontaje y su evolución fueran contrarios al "espíritu" del Dadaísmo. Al contrario:  su afirmación, incluso con las deformaciones que experimentó, fue sin duda una de las grandes victorias de Dada.

 

Dada en París

Hacia "finales de 1919 —cuenta André Bretón— Tristan Tzara llega a París como un Mesías. A las primeras palabras que pronuncia me parece descubrir en él una riquísima vida interior, y yo acepto sin vacilar sus más arriesgadas propuestas". En realidad, el grupo de París, compuesto por Picabia, Aragon, Eluard, Soupault, el mismo Bretón, Perét y otros, estaba en marcha desde hacía algún tiempo.

            Con la llegada de Tristan Tzara a París empiezan en esta capital las manifestaciones dadaístas. Algunas fueron famosas, como la del Festival Dada en la Sala Gaveau o la de 1921 en la sala de las Societés Savantes, conocida con el nombre de "Proceso a Barrès". Mientras tanto, surgen otras revistas dadaístas, de Picabia, Eluard y Paul Dernée. No es posible seguir la apretada crónica dadaísta en París, sin embargo, es necesario subrayar el carácter y sentido del activismo dada. Con la náusea de la guerra y la posguerra, estos intelectuales buscaban colmar el espacio que como vacío había emergido en torno a la actividad cultural y de la que Dada, por medio del insulto, el grito y la burla, eran sus métodos para desalojar del ambiente de dicha náusea.

            Existió un pesimismo Dada, una especie de humor negro. Los bigotes que Duchamp dibujó en el rostro de la Gioconda, firmando la reproducción como obra suya, o el mono vivo que Picabia quería atar dentro de un marco vacío para exponerlo en una exposición colectiva, quizá sean a caso, las obras "dadaístas" más completas. Pero Dada, precisamente por ello, no podía continuar su existencia. Era un movimiento de emergencia, no algo que pudiese reestructurarse o encarrilarse por vías más normales. Por tanto, era justo, dentro de la lógica dadaísta, que Dada matara a Dada.

            El verdadero final del dadaísmo tiene aquí su explicación, y no en las varias controversias y los conflictos egocéntricos que estallaron en su época entre Bretón y Tzara. En Berlín, ya en 1920, el dadaísmo había terminado como movimiento. En París su final inevitable fue cuatro años más tarde: fue un final inevitable pero consciente. Años más tarde, Tzara hablará de un "final voluntario". Poco tiempo después Tzara escribirá un libro-poema único en cuanto a su riqueza de vocabulario, de inventiva, de experimentación con la frase, etc., hasta sus últimas consecuencias: El hombre aproximativo, aparecido en 1931 y redactado entre 1925-1930.

            Así pues, se puede considerar que la definición del dadaísmo hecha por Harp en 1957 es justa y en cierto modo concluyente: "Dada fue la rebelión de los no creyentes contra los descreídos". ¿Qué arte verdadero puede negar ésta frase? A casi cien años de terminado el Dadaísmo, después de los grandes literatos que podríamos englobar tentativamente como “serios”: Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Albert Camus, Jean-Paul Sartre, o de mayor actualidad José Saramago o Tomás Eloy Martínez, “el chespirito Tzara” permanece tan campante y vigente como cuando frente a Lenin, Tristan Tzara jugaba a las blancas.

miércoles, 1 de octubre de 2025

LOS GRIEGOS VALIENTES DE CHIAPAS, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO.

 

LOS GRIEGOS VALIENTES DE CHIAPAS

POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

El zapatismo moderno de Chiapas, como hasta en Italia se sabe, como lo sabe Saramago, Oliver Stone y, supongo, todos nuestros actores políticos, se ha complejizado entre muchas otras razones, para no ser lo que se dice, “una causa perdida”. A favor del zapatismo están todos los valores occidentales provenientes  de la modernidad, iniciada en la Revolución Francesa,  y si nos vamos más atrás, la verdadera modernidad está en Grecia, con el origen del  arte teatral, el invento democrático de la política  y el amor al conocimiento con la filosofía. El concepto neozapatista “mandar obedeciendo” no entra en contradicción con el invento político griego, luego entonces paradójicamente, quien tiene un retraso verdadero en el discurso, es el gobierno mexicano que se empeña en no entender que la solución del problema debe ser tomada con todos los referentes del panorama internacional, claro, pero si el problema es nativo, no es de los nativos, sino de los que olvidan el significado y el fervor humanista de la modernidad, sustituyéndolo con mentiras muy humanas, pero que también producen miseria, hambre y desolación a un sector muy importante de la población, que insiste en que la paz no debe ser sólo un referente diplomático que termina como semi-servidumbre al exterior, sino al interior como una necesidad, ananké, en griego, es decir, lo que está ahí, porque tiene que estar ahí y ser así. ¿A dónde irían los tojolabales, los tzotziles o los tseltales si se instauran las super carreteras del Plan Puebla-Panamá, los Mac’ Donalds o los JC-Penney? ¿Tendrían Mercedes o Tsurus, calzarían Niké o comerían una Brontodoble? ¿No más bien la globalización antihumana de las potencias económicas mundiales tendría que reconocer que dichos indígenas tienen un modo de vida, cultura y visión con historia propia, historia que no es prestada de ayer ni de hace sólo 500 años, historia que como la de cualquier pueblo o región, debe ser respetada? Los gringos se ofuscan si el mundo no se les parece, los británicos les siguen, luego el gobierno español, como si fuera la época de Cristóbal Colón mandando todavía tropas a Irak, ¿eso es progreso? La luz de ese progreso alumbra tan alto o más, como actualmente es alto el edificio de Oklahoma o las torres gemelas de Nueva York, ¿Qué  les pasó a esos edificios tan altos? Se fueron a la chingada del planeta.

Un conmovedor artículo de Carlos Lenkersdorf aparecido en el suplemento mensual ojarasca del periódico  La jornada (junio 2003), “Las casas tojolabales nos interpelan”, regresa a los tojolabales la metáfora de la casa como expresión de la voluntad y el alma de los que la habitan, lo que en términos literarios el filósofo francés Gaston Bachelard utilizó para referirse a la casa primigenia como portal y pedestal de la ensoñación del ser humano: “las habitaciones internas” que descubre el adulto escritor, que  va recogiendo y reconociendo en la creación del texto, tienen como  remanente o correlación la casa o las casas donde hemos vivido, en ellas se guarda todo aquello que nuestro ser reclama como auténticamente propio, principalmente la ensoñación y los recuerdos, la infancia, pues, el primer gesto, los primeros aprendizajes, no están en la calle, la escuela o la intemperie, sino en la casa, lugar en el que fuimos depositados antes que en el mundo. La poética del espacio tiene esta frase brillante: “ciertamente la infancia tiene mayor tamaño que la realidad”. Cuyo aire de paradoja significa, volviendo a Lenkersdorf, que los tojolabales no quieren vivir en la casa grande o la casa del cacique o patrón porque en ella hay una hostilidad que viene de 500 años para acá: primero tuvo rostro español y católico, luego priísta y ahora francamente neoliberal. Por eso los tojolabales, decididamente griegos, decididamente universales, cumplen su propia ley “mandar obedeciendo” tomando las decisiones que atañen a la comunidad en la casa grande, la cual es, obvio, un edificio público.

            Cuando participé en la Caravana Mexicana Para Todos Todo, de diciembre a enero del 2002, en el municipio autónomo Moisés y Gandhi, los zapatistas nos recibieron y nos prestaron para pasar las noches en esa comunidad una casa al lado de “la casa grande”, lugar que posteriormente utilizaron los líderes de la comunidad para definir las respuestas a las preguntas que les planteamos: que opinaban sobre el PPP, la presencia de los militares, los priístas, etc. Debatieron toda la noche, mientras al lado nosotros dormíamos; yo me quedé dormido después de amenizarme el rato con un walkman y las ideas musicales de La Maldita Vecindad. Al día siguiente regresaron, bajaron de sus propias casas y nos dieron respuesta.

Para terminar, un comentario de orden estético, las casas de los tzeltales que yo conocí, eran ciertamente pequeñas, modestas, con suelo de tierra, un fogón, otros elementos de madera y las paredes eran de tablas alzadas unas junto a otras, pero que dejaban entrever rendijas por donde se colaba el viento, pero no lo suficiente para que se colara el viento neoliberal y tuviéramos que declarar que la vida era una penuria: todo era festín para nuestros anfitriones, una taza de café o un par de tacos. Yo me decía: “indudablemente esta gente vive en condiciones de pobreza y marginación, pero si esas tablas están separadas lo suficiente para ver fuera, no es porque no les hayan alcanzado, sino porque forma parte de una cosmovisión: aquí está el hombre y su familia, su casa, sus animales, pero también comparten como compañero al viento, al sol, al arroyo, a la milpa… esto es mantener la dignidad a cualquier precio, o mejor dicho, a lo que no debe tener precio, porque ellos saben, sin tener que leer a Bachelard, que la casa es el origen, lo primigenio, la razón de una lucha que lleva 500 años.” La pintura que vi en un Aguascalientes decía: “podrán cortar todas las flores, pero nunca acabarán con la primavera”. Pero mejor ya me callo la boca porque luego me dicen que hago turismo revolucionario o uno que, más allá, me dijo: “te fuiste de vacaciones revolucionarias”.

UNA OBSERVACIÓN, LA SALA DE BILLAR DE PUERTO VALLARTA MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

LA SALA DE BILLAR DE PUERTO VALLARTA

 MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Ahora verás… ¿tenemos una nueva historia? Claro que sí: solamente es cuestión de investigar viejas ensaladas peligrosas con los aderezos de las memorias que se remontan a la sutileza de los prístinos detalles: Alguna ocasión, a mitad de la batalla de los 30 y tantos años, tuve dinero suficiente en el año 2009 para invitar a mi novia lejana al hermoso sitio de Puerto Vallarta. Nos pusimos de acuerdo vía teléfono y ella se sintió más que halagada con la invitación. Le envié por fax a una agencia de viajes su correspondiente boleto Guanajuato-Vallarta. Me preguntó o no recuerdo bien, en esas llamadas, creo que le preguntó a mi madre si yo me sentía seguro de realizar el viaje y estar con ella. No lo dudé, le dije que teníamos qué hacer este viaje porque los dos éramos y somos escritores amantes y además amantes de la vida aventurera; si tenía el dinero para invitarla, ¿Por qué carajos no íbamos a gozarla de rechupete en Puerto Vallarta tres noches y tres días y medio según alcanzaba el dinero?  Tomé a los pocos días el autobús desde la zona centro del país y después de un áspero viaje donde no olvidaba que me molestarían esos ex vecinos míos haciéndome boicots por la televisión gritándole a la gente que yo me encuero cuando me voy a bañar (por decirlo suavecito para el lector), llegué por fin a la medianoche a Puerto Vallarta y la miré a ella muy jovial y muy hermosa sentada en la extensa sala de camiones esperándome… “ella, esperándome…” Esta frase significa amor y esperanza, y si tu mujer te espera en otra ciudad a que tú llegues, te tiene mucho amor y esperanza… es muy importante entender esto para todos aquellos guerreros impacientes. Sueñen que caminan por el drenaje de sus propias ciudades arrasadas, si gustan, cuando parezca que no hay salida; pero si su amor los espera, ya tienen un punto con aquél el de la iglesia, o sea: todas las iglesias, todas esas puertas que tocaron y no abrieron es posible que con esa mujer se abran. Y hay que recordar que Don Octavio Paz en Piedra de Sol dice: “el amor es abrir puertas, es dejar de ser un fantasma condenado por un amo sin rostro.” Etcétera, ustedes se lo saben… Lo que quiero decir es que al verla sentí una oleada de insuperable libertad incluso más grande que las del propio mar cristalino del Puerto. Y ojo: ese tipo de oleadas también son el amor con el cual descubres de qué calibre es la mujer con la que te andas acercando… Como buena hermosa, ella ya pronosticaba sobresaltos, y eso, queridos, es la mera reata y la mera retahíla he hilo de éste asunto que deseo expresarles en clave de pasado disperso y futuro compartido. Había inclusive ahí mismo en la terminal un sitio para hacer reservaciones de los hoteles y si eso me sorprendió es simplemente porque soy en general un escritor y estudiante de filosofía más bien pobre. Hablamos pues, con los encargados y nos recibieron muy bien, nos dieron un taxi y fuimos a la zona centro de la ciudad al hotel. Como era de medianoche, le dije que ya no saliéramos a ningún lugar y que nos fuéramos solo a cenar y luego a dormir. Me sentía un tanto golpeado por el viaje pero cenamos bien, nada precisamente caro, pero al regresar al cuarto del hotel le dije que se desnudara, y me dijo, ¿de plano? Le respondí: ¿pues  qué creías que veníamos a hacer aquí?

Hicimos el amor, esa noche, recién llegados a la ciudad, luego ella me pidió prender la tv. Le conté un poco cómo eran esos ladillas de mis ex vecinos y no me entendía. Le expliqué que ellos tienen y usan otra lógica, la lógica de la destrucción y el odio y más o menos me entendió ese nebuloso asunto que siempre parece quedar en término medio: un punto su odio y su estupidez, un punto mi vida y mi libertad. Bueno, dijo, trato de entender qué quieres decir: te hacen una guerra sucia tremenda y debes de mantenerte fuerte y no caer en sus provocaciones. Exactamente, por ahí va la cosa. Qué fuerte, dijo, y nos dormimos abrazados, era obviamente una situación peligrosa. Los inútiles aquellos ya nos perseguían, supongo yo que realmente era en lo único que pensaban: en chingar la madre.

A la mañana siguiente, salimos del cuarto con ropa de playa, nos asomamos al balcón y como ella traía una pequeña cítara, me la tocó para que me pusiera feliz, yo saqué mi armónica y le di un pequeño concierto matutino: ¡Comme on madame, que te recojas el pelo, quiero verte hermosa y chula! Y así lo hizo. Abajo, la ciudad de Vallarta parecía abrirnos los brazos en señal de hospitalidad: un parque teníamos en frente, a la derecha se caminaba a la playa a la cual teníamos acceso, había muchas tiendas de productos llamativos, los OXXOS estaban retacados de botellas de buen vino tinto y cerveza, de todos los patios parecían salir historias, y como siempre, tú te crees el más cabrón pero ellos solamente te cuentan el cuento de que eres el más cabrón, no se necesita más, dicho sea de paso. Nos fuimos a desayunar a un costado del hotel, en un restaurante muy llamativo que guardaba una decoración interna sensacional. Nosotros conversábamos de nuestras vidas y todo lo que habíamos hecho desde que dejamos de vernos cuando los dos vivíamos en la capital allá por el año del 2005.

Habíamos ido a un restaurante del mercado allá por el metro Balderas, creo, no lo recuerdo bien, pero fuimos desde entonces muy amigos, ella me encontraba inteligente en los rollos literarios y yo la veía bastante buena onda, alivianada, por decir lo menos. Ella tenía una teoría rara respecto al lector, yo le decía: Olvídate de Julio Cortázar, no porque no sea bueno, pero no podemos ya seguir pensando en el lector, al lector habrá que compartirle la historia, para él es el platillo literario, pero no somos ni podemos aspirar a ser Lauras Restrepos ni Fernandos del Paso, ¿si me entiendes? ¡No somos ni siquiera de la tradición del boom latinoamericano! Okey, okey… me dijo aquella vez y nos fuimos del mercado, esa vez ella tenía una fiesta súper alcohólica y drogadicta y yo dije internamente ¡A la chingada! ¡Me voy a escribir! La vida no retoña, dejó claro Efraín Huerta, pero la escritura literaria es una clara apuesta donde va de por medio tu tiempo vital, ya habrá, como siempre ha habido, tiempo para chupar, fue lo que pensé viéndole el trasero mientras se iba por los túneles del metro y yo me regresaba a mi barrio a darle al teclado.

Pues así las cosas, ya medio nos sentíamos los reyes de Vallarta, porque los verdaderos reyes, los que merecen irse unos días a Puerto Vallarta, los taxistas que trabajan doce horas, los albañiles, los trabajadores mal pagados, esos, esos no acostumbran irse a Vallarta ¿si me explico? Ella y yo fuimos héroes por tres días, más o menos como alguna vez nos lo prometió David Bowie. Luego caminamos por el malecón, nos metimos de lleno en el avión del turista, nos asombraba la gente, los jóvenes europeos y canadienses, un aire místico que hace sentir: “cierto, estás aquí, pero no olvides quién eres”. Regresamos al cuarto a leer y escuchar música, ella pasó a ponerse traje de baño y nunca lo dudé: supe que antiguos demonios estaban ahí, y si estaban ahí era porque mis ex vecinos ya habían dejado caer la trampa: partidazo de fútbol mientras ellos gritaban desde sus casotas: “¡ese es un maricón!” “¡Ese le va al américa!” (por cierto, le voy a los pumas por mi espíritu universitario) “¡ese es un naco!” “¡ese se dice escritor y no escribe nada!” ¿si me doy a entender? ¿no creen ustedes lectores que todo eso ya está muy claro y leído por la sociedad esa situación? ¿Quieren historia o chocolate? Yo les doy de los dos: entonces empezó el partido, a media tarde, quién sabe quién jugó, sólo sé que esos odiosos querían (justo como en este momento que escribo) hacerme sufrir, pasé un mal rato, pero bueno, había qué disfrutar, esa sería mi gran venganza, pedimos pizzas al cuarto y una botella de vino tinto, nada mal, mientras Vallarta veía más o menos cómo estaba la situación y Bob Dylan y the Who y the cure ó Peter Gabriel nos tocaban las canciones de su repertorio, las canciones amorosas estaban, obviamente reservadas para la noche…

Muy pronto entendimos que de aquél pueblo que fue Vallarta en los años setenta, acogedor, rústico, apacible y todavía no excesivamente turístico donde hasta Jane Fonda tenía una casa para vacacionar, ya casi no quedaba de eso más que reminiscencias… pero ella estaba encantada, mi novia, camine y camine o recostados en la arena o nadando en la alberca del hotel…

Después me dejó, quiso irse a caminar ella sola por otro rumbo y yo me quedé escuchando música y leyendo el periódico de Puerto Vallarta, salí al balcón, hice chistes con las recamareras, me puse mi sombrero por las dudas y compré una chela, pus claro, a eso veníamos; a descansar yo de tanto sayonara, ella de su trabajo. Pasó un rato prolongado, me quedé dormido, ella llegó como hasta las siete pasadas y me despertó, empecé a sentirme ya un tanto incómodo, no me refiero a ella por supuesto sino a esa maldita partecita de inercia que todos, simplemente por ser humanos ya la cargamos, a veces la siento más tarde, eso es lo bueno, pero como que empecé a extrañar mi casa y dije, después de un rato: “¡Ya estuvo bueno, carajo, si estamos en Vallarta vámonos a una discoteca, un antro, vámonos a bailar!” Se quedó impactada, se arregló con sus mejores vestidos (ella viste siempre muy bien) y tomamos un camión hacia los hoteles de a deveras, donde está el Sheraton, ese tipo de lugares y ciertamente veíamos mucha parranda en las calles pero no dábamos con un sitio que nos gustara totalmente, bueno pues, pues el chiste es que viajamos por la ciudad de noche y la vimos, así que por fin llegamos a un bar donde había una pista de baile, una mesa de billar, muchas sillas, luces de colores en el techo y todo eso aunado a los días anteriores, me empezó a dar vértigo, ya la dejé que por ahora ella pagara los tragos y nos fuimos a sentar por donde jugaban los del billar. Sentados ahí, empezamos a dialogar, los diálogos significativos con mis parejas me fascinan, así que ella tomó el mando porque yo, además de ebrio, me sentía vulnerable simplemente porque me empecé a dejar llevar por su belleza, decía una cosa, movía la boca, sonreía y yo hasta el chingado arcoíris en Montecarlo veía. Me dijo: “sabes qué? Tú dices algo así como que te parece raro éste lugar, pero en realidad para todos aquí nosotros somos los raros de éste lugar”. Creo que le dije te amo, o tal vez lo pensé… acabamos tres rondas de cervezas y volvimos a la zona de no tan alto precio que era la nuestra, llegamos como a las dos de la mañana, hicimos furiosamente el amor con las canciones románticas y quedamos dormidos. Al día siguiente había que irse de nuevo cada quien pa su santo, su espacio. Ella me dijo: “no sé tú, pero yo voy a agradecerle al lugar como me trató, me voy a poner en paz y armonía con el Puerto…” Me quedé un rato frente al mar, regresamos a la central camionera, pero ese no es el fin de la historia sino que resulta que los chocolates de mis ex vecinos, como me buscan problemas, andan preguntando a la tv que qué pecados cometí en Vallarta, se creen algo así como los dueños no de la verdad, sino de mi moral!! En otras palabras: rematados idiotas. Y es la hora que es el año 2016 y gritan ante la televisión: “¡Cuál fue su pecado de este maricón en Vallarta!” Y Vallarta respondió: “pues vino, estuvo y se fue”. Y hasta tuve qué aclarar ante la soledad del territorio nacional que nos une, que ella era mi novia, que ahora da clases, que le va muy bien en su trabajo, que somos buenos amigos, que tiene un hijo y una hija y un marido y sigue escribiendo y que yo hago filosofía… ¿será tan difícil entender cuáles cabezas son las que no funcionan? ¿o de plano quieren que les diga que un tal cocainómano en Tijuana y salió corrido de un orfelinato sin padre biológico? Seguiremos informando… Por cierto Mexicali es cancha segura de la mujer de la ventana. Y Manimal ya es éxito puro total y absoluto.

UN VIEJO CONOCIDO VÍA MILAN KUNDERA

 

POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Quizá más parecido a un despiste del orden de la taxonomía musical que a un tanteo que pretendiera indagar sobre la música de rock,  Milan Kundera comentó en su luminoso libro Los testamentos traicionados que era curioso el hecho de que el rock hubiera surgido precisamente en el momento en que el siglo XX vomitó su historia a principios de la década del sesenta. Los que han leído el libro saben que fue un despiste y que el libro es muy luminoso. Y que lo leyeron también para despistarse o para sofisticarse, que para eso sirven los libros de Kundera. La afirmación de Kundera, a fin  o principios del siglo XXI pretende dar por evidente que el rock es un fenómeno social y cultural cuyas bases y discurso se sustentan en la negación nihilista de la historia para asentarse en un presente continuo del que no cabe esperar nada nuevo, a menos que  sean los males viejos que normalmente nos aquejan. Es en este punto donde lamentamos la falta de precisión del gran escritor checo, pues no era nihilismo lo primero que buscaba el rock cuando empezaba a gestarse; la verdad es que todo el torrente crítico vertido en revistas y publicaciones son vagas en cuanto a la significación del rock y en momentos es tan estéril como la crítica de la poesía. No hay métodos, no hay parámetros y los más esclarecedores sólo pueden proporcionarnos  puntos de vista y no una definición, que como en el caso de la poesía, cualquiera falla o la más prometedora sólo se asienta a la espera de una mejor y así sucesivamente; puede ser "esto" o "aquello", pero la verdad es que siempre es "un más allá", en la frase de Octavio Paz en el Arco y la lira cuando hablaba de la inspiración poética y esto es porque la moral del poeta es la del derrochador: de palabras, de gestos, de psique, de fuerza, del habla, etc. (Aunque la inspiración es tema aparte). "Música y poesía son artes en el tiempo" dijo Antonio Machado, y esto quizá quiera decir, si somos muy despistados o muy despiertos (dialéctica en la que siempre tendremos que reincidir) y nos gusta leer libros, que es casi lo mismo a lo que dije en paréntesis, que su tiempo no viene a ser el tiempo en el que se planean, se ejecutan y se examinan las tareas del hombre —el pasado, el presente y el futuro—, sino la eternidad y el instante, que se disuelven uno en  otro. En este sentido la cotidianidad del rock se acerca a la de la poesía cuando pone de manifiesto los temas universales: muerte, amor, protesta ante lo establecido e idealización de ciertos tipos de conducta frente a otros que son tachados de conformistas y de peores vicios con los cuales el mundo se ha encargado de hacernos partidarios de la afirmación de Sartre en A puerta cerrada: "El infierno son los demás". Después de su origen ingenuo vestido de corbata y casquete corto, el rock buscó nutrirse  con la exaltación de júbilo de miles de  jóvenes para buscar su individualidad en  forma de mega orgías colectivas tipo Woodstock (1969) para llegar al momento actual en el que el rock es la demasiado conocida individualidad de unos pocos, frente a los millones de hambrientos de individualidad y de vacío al pretender iniciar su búsqueda de procedencia simbólica e ideológica, vamos, el inicio de su identidad el mismo rock se los impide buscar con su estridencia, es un rock que busca lacayos, no semejantes. Como cualquier otra forma de discurso, el rock envejeció, pero no envejeció despacio como un discurso literario: casi se podría decir que mostró sus cartas para luego repetirlas hasta la saciedad y ahora sus más aclamados intérpretes parecen celebrar su muerte con estribillos o frases que demuestran lo que el rock ya no puede ser: hipocresía, culpabilización de la libertad erótica (como lo hace Marilyn Manson), nulidad de protestas y propuestas que se auto tragan (como le pasó a RADIOHEAD), no tienen nada qué ver con  el rock anterior de tiempos de Woodstock. Los viejos rockeros, fieles a su proyecto musical y de contenido como Santana, en su mayoría nos parecen vacuos. ¿Por qué?

            Comparándolo con el arte de la novela, la falta de prosperidad del rock reside en la pretensión de su radio de acción: por querer ser para todos, resulta ser para nadie. ¿Quién puede hacer parte de su entraña canciones como "Livin la vida loca", de Ricky Martin o las canciones banales de Lady Gaga? Si el rock está emparentado con la poesía en el término elevado de lo que es  poesía, es decir, presentación de otro mundo donde habitamos nosotros, el rock and roll ha tenido grandes poemas en tono de pesadilla como: Run Like Hell de Pink Floyd, experimentales de conciencia como I'm the Warlus de los Beatles, románticos como All my Love de Led Zeppelin, de alusión política como Bullet the blue Sky de U2, entre muchos etcéteras, pero el rock todavía está a la espera de su gran novela que, por cierto, intentó hacer el rock progresivo y las óperas rock como Tommy de the Who. Mención aparte merece este subgénero, de invento novedoso y prometedor pero de vida efímera, que logró cristalizar un cierto tipo de atmósfera sinfónica pero finalmente plana: música adecuada para elevador, para cenar o para cualquier otra cosa menos escucharla. A finales de la década de los ochentas Miguel Mateos aseguró que el futuro del rock se encontraba en el new age,  música volátil, que hace pensar en los espermatozoides que vemos cuando cerramos los ojos o cuando miramos al cielo y no es momento de tomar ninguna decisión. Afortunadamente Miguel Mateos se equivocó, no ha lanzado al mercado disco nuevo, y es recordado por su estribillo "Nene, nene ¿qué vas a hacer cuando seas grande?" Y está bien que así sea. Pero la década de los ochentas fue la soñada por las compañías maquiladoras de discos: fue la década en la que aparecieron en formato estrictamente comercial y riguroso para cada artista, la producción de video-clips. Las épocas en las que nuestro primer concepto musical de un disco provenía simplemente de escucharlo mirando su dibujo de portada desaparecieron también con los Lp's. Músicos relativamente nuevos como los gallego-franceses de Mano Negra, surgidos por ahí de 1988 han aportado trasfondos nuevos a la música rock como pocos músicos en su historia lo habían conseguido o siquiera intentado. Revolucionando los conceptos a fuerza de machetazos panfletarios de lo que la música puede y debe ser, Mano Negra reivindica a los inmigrantes, a los sin papeles, a los campesinos, a los trotamundos, a los obligados a vender drogas en las esquinas, a los despreciados, a los niños de la calle y en general a todos los que están fuera del sistema para decir ni más ni menos: existimos y tenemos derecho a expresarnos. Mano Negra compuso las rolas del Patchanka hasta su último Casa Babylon (1994) para hablarle a los habitantes de la calle, la calle vista como el escenario universal: al vendedor de Biblias, al vagabundo, al que cocina o come tacos en una esquina, a la banda de niños o adolescentes que juegan fútbol afuera de los bares, a los borrachos, a las prostitutas,  las vecindades:  los lugares donde se tiran botellazos y cuchilladas  y de ahí se conforma lo mítico, la raíz, la búsqueda primigenia, la pertenencia, la buena vibra, la calle y el ser del barrio como pedestal de lo universal, la gesta de amores y tragedias, batallas y encuentros, chispa y tristeza,  arte y negocio. Mano Negra con giras por  Madrid, Barcelona, Amsterdam, Belfast, Río de Janeiro, Ecuador o la ciudad de México esparció y ensanchó sus raíces en miles de cabezas en las que encontró su eco y su reciprocidad de sentidos y significados nuevos, en tono agresivo que mezclaba influencias árabes, punk, hip-hoperas, blueseras, salseras, andaluces, cumbieras, electrónicas, etc. En Mano Negra abrevó de todo esto para crear su estilo propio, no importaba ya que cantaran en francés o español, tanto daba, eran más reconocibles, entrañables, irreverentes y furiosos cantando como pochos: "Barrio chino never fails to rock/ Los indios de Barcelona son más indios que los de arizona!/ Drink wine, smoke pot, got through Jaco/ Busca la fortuna, vende tabacco." No es raro que su ex líder Manu Chao cante por las calles como fulano que se trepa al microbús con su guitarra  para pedir unas monedas. Su primer proyecto solista, Clandestino, resulta ser el culminar de la experiencia Mano Negra para ser el disco solista más resuelto de la década del 9, el más completo, dedicado en parte al EZLN y con palabras del sup Marcos entre canciones. Manu, el trovador, volvió  para deleitar y enriquecer a los demás. Y el disco Radio Bemba sound system (2002). Los que lo vimos en el Zócalo o en el Teatro Metropólitan lo sabemos. Y los que lo oyeron en vivo (“en algún lugar de la planeta trampa…”), en Plaza Cataluña lo saben. Y ahí están en la CDMX los carteles callejeros: Manu está de vuelta.

 

SOBRE ALINE PETTERSSON POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Viajes Paralelos de Aline Pettersson: La prosa exasperada de la maestra

 

Con sumo placer recuerdo ahora las tardes lluviosas de 1999 en que Aline Pettersson, nos impartía su clase de narrativa y estilo a la generación XXIV de la Escuela de Escritores de la SOGEM. A pesar de que la dinámica de la clase no era tediosa —como algunas otras—, estoy seguro que no era yo el único que por momentos caía en la decepción y la razón es esta: el aprendiz de escritor, generalmente de forma inconsciente, se siente impulsado a plasmar urgentemente su personalidad en el texto escrito; es decir, su personalidad-de individuo-común, no la personalidad literaria que logra traslucirse después de la experiencia y el trabajo. No obstante, partiendo de la subjetividad creativa del escritor, el texto adquiere objetividad para cualquiera que desee leerlo inclusive si el texto guarda amplia o total parcela autobiográfica o referencia personal. Sobre este punto y a quien quiera abundar en la cuestión, es muy recomendable el luminoso libro del gran Umberto Eco Seis paseos por los bosques narrativos.

Qué puedo decir, sino que Aline, dada su amplia experiencia, nos lo exigía (la atención y el rigor en las ideas) a mi modo de ver, con una sutileza que algunos tildaban de pedantería o de crueldad, sentimiento que creo, brota de los que menos talento tienen y que hoy, después de leer Viajes paralelos (Alfaguara 2002) descubro y reafirmo que ésa sutileza está también presente y firme en la narrativa de Aline y no sólo en el aula.

* * *

Concreto una cita con Aline y le propongo un intercambio de libros para poder hacer esta reseña; para mi beneplácito, me recibe en su casa y acepta. El departamento de Aline, en un décimo piso, ofrece, si los imecas lo toleran, una vista estupenda del sur de la ciudad de México. Su piso es agradable y lleno de cuadros excelentes, es entonces cuando comprendo cómo abre el primer capítulo del libro:

 

“Desde mi ventana, frente al pico a veces despejado, a veces cubierto por la bruma del Ajusco, voy a iniciar una travesía por los montes, valles, mares que la imaginación ayuda a edificar; viajaré por los momentos que en mí constituyen el acto de escritura. Se trata de observar las entrelíneas del breve paso del tiempo humano. Para ello decidí apoyarme en fragmentos narrativos así como en documentos de otras plumas, apoyarme en escenas que me permitan reflejar ciertas obsesiones. Ir y venir de un género a otro, de una voz a otra. Debo aclarar que en estas páginas no hay más continuidad que el hilo arbitrario de mis cavilaciones. Mi deseo es que cada capítulo se encierre a sí mismo como el capullo a la crisálida, para luego, de ser posible, echarse a volar”.

 

Sin afán de vender la trama, lo que me interesa es resaltar no sólo los capítulos que considero más logrados del libro sino el estilo y los recursos que Aline utiliza.

Centrada principalmente en dos historias, Viajes paralelos arranca al principio con lo que parece la bucólica relación de una niña y su jardín, que en realidad se centra en la cena de la niña y su familia, de los que al principio no sabemos casi nada, sino que es una familia mexicana por la mención del “Escuadrón 201”. ¿Pero en qué ciudad? o ¿sobre qué conversan? Eso a Aline prácticamente no le importa, puesto que su voz de narradora se deja oír por encima de los personajes con un verdadero carácter panfletario (rescatando el buen sentido de la palabra o, mejor diría, carácter volteriano) para denunciar la guerra (sabemos que es la Segunda Guerra Mundial, pero Aline lo maneja en un espacio intemporal, lo cual confiere actualidad a la novela ya que a lo largo de toda la novela la niña convive de una u otra forma con manifestaciones de guerra). Por otro lado, Aline utiliza los capítulos inmediatos para reflexionar en torno al hecho escritural, el arte, el escritor y las razones de su oficio, que como toda labor humana de gran alcance, es necesariamente polémica y en donde sus preguntas, su bagaje cultural, están narrados, como diría Cortázar, ya no sólo como conocimiento sino como verbo. Ahí hay tres elementos que descubro con sonrisa confidente: el tono exasperado que denota compromiso verdadero con la palabra que se interroga y nos interroga y, en segundo lugar, sin descuidar la prosa, la vuelve ágil, enérgica, como si a cada renglón hubiera una rosa, “que es un león recién nacido” (Eduardo Lizalde dixit) y en tercer lugar  la gran modernidad de su poética: aquí Huidobro u Octavio Paz (poetas eminentemente orfebres de imágenes) son muy respetados pero nunca imitados; las resoluciones poéticas de Aline tienen —a mi modo de ver— reminiscencias tipo Vallejo (poeta del significado y de la palabra pura). Aline casi no es visual. De ahí que el libro contenga ilustraciones que mantienen un diálogo permanente con el texto. Podría no ser muy visual, pero la intención es adentrar al lector a las visiones poéticas que Aline llama cavilaciones en el párrafo citado.

 Ya Aline desde las primeras páginas advierte: “Cervantes y una cáscara de plátano pueden convivir juntos.” O: “en ésta época los libros se leen y se tiran”. No es lo mismo leer, tirar y olvidar, que sentirse atrapado, leer rápido, terminar y recordar o aquilatar el significado de lo leído. Esto es lo que quiero decir con prosa exasperada y es algo que yo siempre he tratado de conseguir en mis propios textos.

 Ahora, el capítulo “Mirando el azar”, dedicado a Arnoldo Kraus es verdaderamente un despliegue magistral de la fuerza poética-filosófica-discursiva donde Aline, con sus mejores dotes de escritora (no por nada ha sido  becaria  del Sistema Nacional de Creadores), por lo menos a mí, casi me hace caer en la trampa de las narradoras principiantes: como comprender al hombre como un ser activo es un punto de vista clásico que ya se encuentra desde Aristóteles, y también en el siglo XX varios psicoanalistas y literatos varones han considerado  a la mujer como a un enigma, que es enigma, por principio de cuentas, para ella misma, permanentemente sometida, incapaz de expresar su verdadero sentir e inteligencia, se ha caído en un triste lugar común en que las escritoras, al hablar de hombres, dicen lo que hacemos, y los escritores, decimos como las contemplamos: triste visión contemporánea pero a fin de cuentas reduccionista: como si los hombres sólo fuéramos máquinas de hacer cosas y las mujeres sólo belleza con el cráneo vacío, lo cual es una falacia total.

Este capítulo me parece el mejor del libro porque, a pesar de que la voz narrativa femenina cuenta lo que ve haciendo a un hombre (en este caso, un médico curando un paciente en una mesa de operaciones), le sirve para reflexionar y recorrer todas las posibilidades curativas con el rigor poético de un estilo depurado, el elemento curativo de la palabra por sí misma, el paciente y el médico vistos en diversas épocas y culturas, el cuerpo visto y analizado desde las entrañas a la piel y viceversa, —pareciera que Aline intenta transmitir una nueva forma de ver el cuerpo humano con su prosa, mientras el médico cura al paciente sobre el texto—, para terminar con una pregunta más o menos parecida a ésta: “¿De qué sirve la cura, si la cura fundamental, la vivencial, la agónica, no puede ser curada?”

Pero Aline Pettersson sabe perfectamente aquella profecía que hace poco más de cien años dijera Tolstoi, acerca de que el cine se convertiría en un enemigo directo de las formas tradicionales de la literatura (cosa que, por cierto, también analiza Eco en el libro antes citado), es decir, prosa exasperada, volteriana, bien escrita y meta literatura novelada ya no son suficientes… Es por eso que Aline, en la otra historia del libro, explora en el pasado de su propia familia, concretamente de su abuelo José Ferrel, que en la época prerrevolucionaria había destacado como brillante periodista, marinero y quien junto con ni más ni menos que Amado Nervo, sostuvo una hilarante y dramática correspondencia. Aline explora episodios del porfiriato y la llegada de Madero al poder. Sorprendentemente lo pinta muy distinto a como la mayoría de los mexicanos lo imaginamos, nada de heroicidad, más bien impotencia. Fraudes electorales sobre José Ferrel en Sinaloa como candidato a la gubernatura (que a punto estuvo de llegar al poder, pero un minimizado Madero que se queda paralizado ante el fraude) y varios pasajes que  revelan la miseria histórico-política del pasado del país (y de la que actualmente nos debatimos por salir, como de costumbre). También la aparición de las cartas de don Amado Nervo es acompañada de una ironía finísima y es por esto que digo que la sutileza no ha abandonado el proceso creador de Aline Pettersson.

Ikram Antaki, poco antes de morir, en un texto dedicado a la cultura en general, decía que las novelas deben ser sobre personajes que se aman en un ambiente de sordidez. La novela de Pettersson pareciera terminar en tono de fábula y con final feliz, lo cual queda truncado, ya que la fecha del último capítulo está firmado cuando los gringos atacan Afganistán en 2001. Sin embargo, a lo largo del libro la esperanza subyace, para Aline, como para la mayoría de los intelectuales verdaderos, el ideal ilustrado y democrático, es eso, un ideal, frágil pero precioso. Hace poco Alfredo Bryce Echenique declaró que lo mejor que podía hacer por su país era escribir. Así recuerdo que lo ha demostrado Aline, por ejemplo, en el periódico La jornada, sobre todo cuando toda la sociedad mexicana debatía un tema candente como si se debiera permitir el aborto a una adolescente violada. Aline demostró su talante intelectual al igual que otros como Hugo Hiriart, simplemente ilustrando la complejidad del problema, cuando existen organizaciones retrógradas, a las que no les parece bien la justicia sino ajusticiar que más bien echaban espuma por la boca.

Sobre lo de mis apariciones en esta nota parten de una doble intención: en primera, voy a ir en contra de un antiquísimo artículo de Letras libres de Enrique Serna, que se quejaba de la “narrativa de señoras para señoras” e ironizaba: “La literatura mexicana nunca fue demasiado viril, salvo en tiempos de Sor Juana”. Con todo respeto para Enrique Serna,  eso  son payasadas, y de las malas, que es lo peor. Yo contesto: la literatura no debe ser viril ni femenina, simplemente debe ser buena, debe ser vigorosa; la poesía (que hay mala y buena) lo que debe ser es auténtica. Además poco a poco se muestran las tendencias de guettos literarios; a Charles Bukowski por ejemplo, lo leen los alcohólicos y los trompudos, la poesía la leen sobre todo los jóvenes mientras El Ulises de James Joyce es casi de aula de literatura inglesa. Es cierto: en las librerías se le llama “Literatura Universal”, pero no todos los ahí convocados comparten el sagrado epíteto. ¿Qué tendría de malo que “las señoras” se leyeran entre sí? (Es como decir: qué padre que las mujeres nos lean en situaciones donde somos singularísimos personajes literarios y ellas siempre sean objetos sexuales, pero ellas nunca deben de poner en mal lugar al macho, no deben ser mejores”. Cosa que de por sí ya han hecho y demostrado de sobra). Es tan arrogante  como el profesor de filosofía mexicano que a fuerza quiere discutir a Heráclito en griego o a Hegel en alemán, como si en otro idioma no se pudiera pensar filosóficamente. Ó hacer avanzar la discusión. Pura pedantería disfrazada de argumentos. (Serna y yo ya nos hicimos amigos después de este escrito en un concierto en La Casa del Poeta en la ciudad de México, él es un grandioso escritor, no cabe duda).

Lo segundo es que Aline, desgraciadamente para sus críticos (de por sí es una autora poco reconocida para su talento), es cuentista, autora de cuentos para niños, narradora y poeta. Según lo indica Alfaguara, autora de 15 libros y lo dicho hasta aquí es sólo una opinión. Los debates literarios, como el de género en este caso, siempre están presentes, pero tan abundante producción  convierte a Aline en una autora que sencillamente rebasa  los parámetros que utilizó  Serna en ese artículo. Por otro lado, Aline es una mujer generosa y de risa fácil. Y el libro no tiene ni una pizca de humor, entonces, ¿qué tal que eso de que la obra refleja necesariamente al escritor-individuo, como dije antes (obsesiones, locuras, etc.) son solamente payasadas que les ocurren a los principiantes? La idea de cierta crítica de descubrir el alma  de un autor por medio de una obra es una utopía y una aberración indeseable, ni siquiera un periodo histórico, si acaso, una generación, y ni eso: porque los versos más tristes que escribí ayer ya no me reflejan hoy. Una buena novela puede ser novela de época, pero una novela de generación “es un mito de reventón interminable”.

 

 

POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Asiduo reportero de mi mundo interior

 

“Seguramente Ernesto Zedillo se leyó un día antes de su último informe de gobierno el Canto a mí mismo de Whitman”. Fue lo que pensé al día siguiente cuando la portada de Proceso decía: “Yo, Yo, Yo”. Y cuando leí el informe escrito, pensé: “El pobre pendejo no lo entendió”. Salí de mi casa y como siempre, fui escribiendo poemas sueltos en la mente, que no fueron nunca escritos y así es mejor, porque para eso tenemos a Walt Whitman. Lo único que me asemeja con Whitman, si no es el talento ni mucho menos, es que yo también me atreví a vender mi primer libro de casa en casa como lo hizo él; pero yo lo hice después de más de un siglo de distancia: en los primeros meses del año 2002. La sorpresa es inmediata, uno va por ahí a la altura del Metro Hidalgo trabajando de encuestador para el INEGI y creyendo que todo el mundo ha leído a Paul Nizan, a Vicente Huidobro o al propio Whitman y es incuantificable el cotejo con la realidad: con ánimo de sacarles la plática a los encuestados, uno capta de inmediato que la gente apenas sabe que existe la poesía,  igual como le pasa a la metafísica, la gente cree que es algo cursi, y por supuesto, la mayoría de la gente tiene una televisión tamaño gorila y una lujosa y nunca leída edición de El Quijote, ¿y al lado? La saga (¿será trilogía como la Trilogía sucia de La Habana del cubano Pedro Juan Gutiérrez?) de El grito desesperado, que para la mayoría de la gente, no es un libro cursi sino un buen libro (es decir un libro de buenas maneras) que ayuda a los jóvenes a superarse, “a salir del infierno de las drogas y la promiscuidad donde está nuestra pobre juventud”. En cambio, Whitman en el libro citado dice: “todo cuanto asumo tú lo asumirás, porque cada molécula que me pertenece, también a ti te pertenece”. La diferencia es nada más que Whitman fundó la cultura norteamericana mientras que El grito… se tiene en casa pero se lee en el metro. Y Whitman se lee también en el metro… y en Harvard. Todo lo cual nos lleva al  magnífico panorama para el poeta joven que lee en el metro: primero, si es que escribes bien,  deberías olvidarte del auto cachondeo  de los blofs-spots y hacer puntos en el periodismo, para que nadie o sólo después de 20 intentos te vayan a  publicar; segundo, la gente no te va a leer más que por conmiseración, la gente que necesita leer lo que tú escribes, quizá por ignorancia o falta de recursos nunca te leerá, aunque claro que tendrás felices encuentros con escasos lectores, éstos son los que comprenden, pero la mayoría de los amigos te van a palmear la espalda; tercero, si de verdad eres poeta no te vas a rendir con esto y más te vale encomendarte a San Premio Nobel para cuando crezcas, y mejor ve pensando en renunciar a él, porque la Academia tiene tan mal tino últimamente (con excepción de Saramago y Harold Pinter o Herta Müller para mi gusto) que por honradez, debes pensar en no aceptarlo, tómatelo con calma, falta mucho. Mejor encomiéndate al Premio Príncipe de Asturias o al Cervantes, que suelen ser más justos.

            Pero no perdamos el tiempo con las paráfrasis de Zedillo (“el doctor zeta” como le decían en las cantinas de Coyoacán), sobre todo después del sexenio en que Borges fue Borgues y hubo el proyecto “hacia un país de lectores” y que al volver la mirada no puede generar sino aspavientos ante lo que el gobierno quiere hacer con la cultura, que realmente, es el verdadero patrimonio de México y ésta idea no es que sea mía, sino que el panorama general del país lo revela a cada momento y creo que no hace falta dar  ejemplos. “Hacia un País de Lectores estamos esperando todos los sexenios”. Se debería llamar de ahora en adelante…

Es mucho más importante para nosotros los creadores, no crear poesía que sólo quiera verle la cara de pendejo al lector. Regularmente, esta poesía funciona así: se trata de musicalizar palabras cultas y embonarlas con ideas vagas…. muy vagas (las llamadas imágenes poéticas) que el poeta tiene en lo más  profundo de su espíritu y que aprendió (o se obligó, es lo mismo) que así debía de ser gracias a la poesía de imágenes tan aclamada por Octavio Paz: es decir, esas imágenes, además de que resulta difícil igualar la poesía de Paz, son dispersiones, extravíos; dada la musicalidad equis, (porque a fuerza tiene que haberla, si es como el ritmo de la respiración del poeta), el poema está hecho. Y también, por supuesto, su pendejo para leerlo, es decir, el camarada borracho del poeta y que también quiere ser poeta; lo leerá convencido del “misterio insondable que aúlla en las cavernas  que tiene el alma humana” en su interior y que sólo por gracia de la poesía nos es factible conocerlo. En literatura, como en los desastres como los del 11 de septiembre, los del 2 de octubre  o los del resto del año, conviene recordar las palabras de la gran Susan Sontag: “Suframos juntos, pero no seamos estúpidos juntos”. Es cierto que está de moda el fin del mundo y que los medios electrónicos hacen su agosto explotando ésta idea en cualquier ámbito, pero ante ello, el escritor debe de ser un imperturbable caradura, y más si es de los escritores que salen en televisión.  Por eso a mí me interesan cada vez más las poéticas que no parecen poesías explícitas, que en muchos casos son incomprensibles galimatías que sólo por la idiotez pueden llegar a gustarle a alguien, sino la poesía que trabaja con auténticas visiones, (por lo menos la poesía de malabarismos verbales está excluida, porque de antemano avisa que es una vacilada, es como caminar por una calle nueva, con nuevos rostros, nuevas tiendas, nuevos perros y nuevos vagabundos y nuevos puestos de periódicos. Un mundo nuevo, en suma, jajjajjaj.) Pero hay otra poesía que es peor  y la peor de todas: la que insulta al lector diciendo esos mismos galimatías tomando al lector como la segunda persona narrativa verbal. El mensaje de esta poesía es: ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te atreves a leerme en esta revista y/o suplemento cultural al que sabes que nunca te publicarán a ti? La calidad debe ser un requisito indispensable para la publicación de cualquier obra literaria, pero también es cierto que la poesía debe convivir con otros discursos, como los anuncios de autos, la cerveza, etc, en los medios impresos o electrónicos. ¿Cuándo será el momento en que una empresa que tiene dinero como Letras Libres anuncie por radio, prensa o televisión su contenido con un aforismo de Óscar de la Borbolla, por ejemplo: “La realidad no nos enseña nada, pero nos obliga a aprender, ergo: compre Letras Libres”? Lo  estamos esperando.

            La verdadera poesía, si es que todavía existe, deberá ser aquella escrita por auténticos profetas, visionarios que han explorado en su ensimismamiento o en lo que sea que los haya desembocado en otra totalidad, otro mundo, y eso cuesta explorar el fuero interno y como eso duele y, sobre todo, el mundo entero conspira para que uno nunca pueda llegar a ese otro segundo yo que soy yo mismo, nadie quiere ser poeta. Aquí es donde se ve por qué Rimbaud sigue siendo nuestro Rimbaud, porque exploró hasta la medula el mundo interior y exterior y logró conurbarlos mediante el acto poético y murió joven, como debe de ser. (“El poeta debe buscar su propio conocimiento total” decía Rimbaud a los 18 años).

Nadie quisiera ver a un verdadero loco como Antonin Artaud, uno de los mejores del grupo surrealista francés de los años treintas del  XX, ocupando un puesto en la burocracia cultural después de haberle confesado a su psiquiatra que veía: “crecer una noche dentro de la misma noche”. Hay una anécdota sobre Artaud muy divertida. Cuando una ocasión lo dejaron salir de su internamiento, le leyó a una amiga suya un poema muy extenso, a gritos, y el velador de aquél barrio de París le dijo a Artaud que se calmara, a lo que Artaud le contestó cuando el velador del psiquiátrico fue a verlo: “¡Cállese o sino lo convierto en serpiente!” Después de que la amiga lo regresó al internamiento, el velador le dijo a la amiga de Artaud: “Oiga, estoy muy preocupado, ¿de verdad ese señor me puede convertir en serpiente?” Antonin Artaud no murió tan joven, pero su locura hizo lo suficiente para volverlo tan inteligente para probar que con verdad se reta a algo grande, algo absoluto cuando se quiere ser poeta, en la sentencia de Platón:

 

“Todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina.”

 

Ésta poesía, desde los tiempos griegos, es la única que merece tener ese nombre y por lo que se ve en varios  libros y mucha basura galardonada, podemos decir, contentos, que esa es la que necesitamos leer (uso la clave de los cómplices porque sé que sólo los que quieren escribir este tipo de poesía leerán este texto, no los simples lectores, porque éstos, ya no existen para mi generación, por lo menos), en otras palabras, los invito a desembocar en la totalidad, y que nuestros textos sean un concierto de totalidades, de laberintos internos, donde los poemas amanecen a pesar de todo, donde es posible que la amada sea la que da “las maderas curvadas de sus besos”, como decía Vallejo, o sentir la “arácnida acuarela de la melancolía”, hermosísima frase del propio Vallejo, y así siempre así, hasta que la humedad distante del presente, retorne al árbol que la engendró y la alimenta, en éstas ciudades que son espejos de ausencias, y desde esta orilla de mar como la otra, se atisbe la luminosidad de la Presencia. ¿Será tanto así? Bueno, no sé, pero me consuelo pensando que uno que otro policía lee a María Zambrano y a José Ortega y Gasset. (Sólo faltaría que Jesús Zambrano propusiera lectura obligada en preparatoria de El Evangelio según Jesucristo).

 

 

SOBRE JULIO CORTÁZAR; POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

El Perseguidor de Julio Cortázar:

el inicio del fin de la culpa

 

El Perseguidor de  Julio Cortázar está narrado  en blanco y negro por  tres razones: las letras de imprenta son negras y el papel es blanco, el monitor a  colores todavía no se inventaba en los sesentas del XX y porque propone principalmente dos posturas o más bien, dos impostaciones  que tiene qué asumir el lector o lectora: o la del personaje Johnny Carter, que es, al mismo tiempo, el músico locochón  y bohemio que-se-quedó-en-el-viaje y el que  sensualiza  con sus ideas sobre lo que le pasa al tiempo en el metro de París (hablar del tiempo en abstracto nos vuelve inmediatamente poetas, si no es que filósofos espontáneos), la historia que Cortázar ofrece. Las mujeres del relato aparecen como objetos sexuales en la pura memoria de los otros personajes o encarnando roles polarizadamente femeninos como sirviendo tasas o sirviendo de ayuda a los otros personajes para que no echen a perder la historia. Éste personaje-impostación para el lector (Johnny) in memoriam del gigante del jazz Charlie Parker, encarna la visión del mundo adolescente en la raíz misma de la palabra: es el que adolece, el enfermo, su talento para el saxo es la joya que tiene qué pagar por el hecho de que los que están a su alrededor no le quiten ni un segundo la mirada y posibilitan, ante ellos y para él, un cierto tipo de sublimación: no hay problema, hay que perdonarle su locura y sus drogas con tal de que sea siempre lo que nosotros queremos que sea: un músico drogo pseudo genial, mientras que Johnny, (justo como manda la justicia poética) obviamente vive en otro mundo como únicamente se puede vivir en éste: negándolo. Al negar al mundo y asumir su dudoso talento —Cortázar hace vacilar a Bruno de que sea un verdadero genio, pero por lo menos siempre el mito de un aspirante a genio debe ser genial—, éste personaje tiene que vérselas auténticamente con lo que le pasa a una mente que deja de ser responsable. Todas las circunstancias lo  arrastran, todo le pasa encima, sus colegas o el saxo, o el sexo con su  mujer de planta, todo le vale un comino y se las arregla para que Cortázar, fiel al talante literario, pueda contar el delirio desde un equilibrio, que es Bruno, el otro personaje o impostación  (para el lector), significativamente el  biógrafo, el personaje que representa el sentido común, la mente serena y calculadora, la lucha porque la vida siempre es dura, etc. Toda la historia de El perseguidor es la historia de cómo Cortázar llega al primer personaje para luego deshacerse de él como sólo le ocurre a los personajes entrañables, que  son, obviamente los que se mueren. Un ejemplo moderno, (para no citar al Quijote, que más que moderno es la modernidad literaria institucional) es el personaje de Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes (Alfaguara 1994). Diana es la obsesión encarnada de un arquetipo de personaje femenino para Fuentes, pero Fuentes va más allá que Cortázar en rango de significación, lo que Fuentes aniquila es toda una época (los sesentas) con sus propias formas de amar, soñar, hacer política, literatura, etc. Fuentes fue un lector agudo de las teorías del galo  Roland Barthes, que en tono canónico escribe en El grado cero de la escritura (traducido al español por siglo veintiuno, 1973):

 

“Lengua y  estilo son fuerzas ciegas; la escritura es un acto de solidaridad histórica. Lengua y estilo son objetos; la escritura es una función: es la relación entre la creación y la sociedad, el lenguaje literario transformado por su destino social, la forma captada en su intención humana y unida así a las grandes crisis de la Historia.”

 

“Solidaridad histórica” de Barthes u “Horizonte de expectativas” de Karl R. Popper, significa que aunque no lo quiera, el escritor está comprometido con su tiempo (compromiso con el contexto literario a esbozar), su sociedad (compromiso con las costumbres, los modos de ser y de pensar)  y su pasado (el origen del escritor, su memoria y por ende el origen de su talento), las cuales provienen siempre ¿de? La imaginación. La imaginación es siempre aquí y siempre es ahora. Fuentes lo resumió así hace un par de años en una declaración a los periódicos: “Mantener viva la imaginación es el compromiso político del escritor.” La explicación debe partir de que Fuentes llegó pronto a la política y en cambio, Cortázar la descubrió mas tarde. Lo anterior sin detrimento de su obra monumental sino en detrimento más bien de “las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios, que tanto se habían aprovechado de él en los últimos años”. Como puntualiza Vargas Llosa en su prólogo a cuentos completos/1(1945-1966) [edición de Alfaguara, 1996]. Creo que Cortázar miraba la literatura y el mundo mas como  creador (aunque sus poemas son bastante ingenuos y mal hechos o mejor diríamos, no era su veta o su forma de expresión más lograda), que como intelectual y su evolución tardía a la política explica  el Tótem Cortázar de cincuenta y cuatro años en el mayo francés del 68. Si por su parte la cultura anglosajona tenía su Tótem John Lennon escandalizando a los padres de familia con sus declaraciones: “Nosotros somos más famosos que Jesucristo”. (Es decir, The Beatles… y en realidad sería creíble en un hit parade de esos tiempos) o en  Estados Unidos había  reminiscencias de la cultura beatnik y los hippies, en Latinoamérica los sueños y la cultura juvenil tenían a Cortázar o al Che Guevara. Nacido en Bruselas pero de padres argentinos, Cortázar vivió y asumió más tiempo que muchos otros la postura heroica de lo que han sido las culturas Latinoamericanas oprimidas por dictaduras y golpeadas por crisis sociales a todos los niveles. (Hay que recordar su compromiso con Nicaragua y el libro que dedicó a ese país). Gobiernos sordos, déspotas y autoritarios generaron novelas y música de impecable factura. Como buen creador, Cortázar asumió internamente la pugna de los Latinoamericanos por refrendar su identidad, pero como reto para seguir inventándola. ¿Pero por qué tenían que inventarla los novelistas o los músicos, si la identidad es lo que se mama en el seno materno, la casa, el barrio, la escuela y luego el trabajo, en movimiento perpetuo? Claro, en movimiento perpetuo, pero porque la identidad humana, como estableció el filósofo italiano Pico della  Mirandola,  es una identidad-aún-no-idéntica. De lo que se deduce que nunca será idéntica, lo cual sería su muerte, una identidad nacional que no avanza está en peligro de extinción. La pluralidad en etnias o grupos sociales, literaturas o formas de expresión, trabajo, o cualesquiera formas de participación social son la base de la prosperidad democrática a la que debe aspirar un gobierno sensato en líneas de avance, abierto al diálogo con el otro que no piensa igual y, sobretodo, gobierno que no cierra los ojos ante la realidad política que diferentes políticas hacen y comparten desde distintas realidades. El pasado oprimido de Latinoamérica como algo de lo que hablaban Salazar Mallén, Samuel Ramos  y Octavio Paz que quedó inscrito en eso que es El laberinto de la soledad que, aunque lo quieran los seguidores de ellos, o más bien, los que creen que el pensamiento y la literatura mexicanos sólo son de, ó por Octavio Paz, no es una radiografía definitiva: la identidad mexicana necesita ese libro y también una relectura de toda la obra paceana, pero más urgentemente necesita su segundo piso, su distribuidor vial en el siglo XXI por el que corran la pluralidad de identidades mexicanas, desde la perspectiva de la globalización que impone y cercena y de la que responde de modo creativo. Por ello, mientras exista la identidad humana habrá escritura, arte y pensamiento, triunvirato que siempre estará en crisis, justo es decirlo, igual que la identidad humana. Cosa que saben muy bien los generales (que generalmente suelen ser también oligofrénicos desde el gen), de la reciente guerra contra Irak; para matar a los  iraquíes también había que matar su cultura, destruir sus museos y si por ellos fuera, hasta destruirían los dichos de la cultura popular iraquí. Afortunadamente en algo llegaron tarde: la epopeya de Gilgamesh, el libro más antiguo de la Humanidad, circula por todos lados y la opinión internacional, “la otra potencia” como la definió el New York Times, periódico que debería promover, para verdaderamente batir a contracorriente, una lectura mundial de ese monumento literario y que la Humanidad no perdiera por el gen de los que generalmente son imbéciles. El perseguidor no es una obra con la conciencia de la “solidaridad histórica” de la escritura en el sentido de Barthes, pero tal vez sea solo por su formato y su forma: es una noveleta, no un discurso totalizador y verlo como tal, resultaría chabacano y artificioso. El mal poeta Cortázar, pero lleno de energía y de poética, resuelve la convivencia latinoamericana con Rayuela y en el caso de El perseguidor tiene que matar al personaje creativo de la narración para así, volverlo de cierto modo inmortal. “Sólo lo romántico merece ser inmortal” parece decir Cortázar, fans de Rimbaud y el Che Guevara. (Que juntos, son todavía algo así como un Sócrates y un Napoleón para los jóvenes escritores que descubrieron a uno con Bretón y al otro con las playeras y la chemanía prefabricada. Tal vez los jóvenes escritores necesiten más a un Carl Marx, a una María Zambrano y a un Ingmar Bergman para ellos, pero remasterizados y recargados, no sé, pero estoy seguro que lo que no necesitan es una Matrix, ni recargada ni retro futurista y ni siquiera en una galaxia lejana…).

Matar al personaje principal significa para el narrador Cortázar renunciar a una obsesión, una idea o un conjunto de ideas fijas que, ya resueltas en un personaje, son ideas que han llegado a su fin. Las obsesiones de los escritores se llaman, en grandes rasgos, literatura simbólica o simbolista. En pintura, por fechas parecidas a El perseguidor, estaba la pintura simbolista de Remedios Varo, el Tótem femenino que se va a pincel por el camino artístico. La elocución verbal de Cortázar trabaja por elisión: Johnny vive desvaneciéndose, desapareciendo, de ahí su fuerza: entre más se muere, entre más decadente se vuelve y el lector presencia esta elisión de personaje, más poder de seducción contiene el relato. Éste tipo de personajes-obsesiones, la mayoría de los escritores los pintan (es decir, su prosopografía) es de seres flacos, enternecidamente débiles o frágiles, —igual pasa en la pintura: El grito de Munch es delgado, y en arte plástico la Femme nue debout (Desnudo de piel) de Giacometti hacia 1954-57 es tan delgado como una vara que haría explotar el aire ¿pero en realidad? Son gordos, están atascados,  tienen anchura mental en el creador  o el narrador y por eso se les debe matar desde el principio y durante todo el trayecto narrativo, (así comienza El perseguidor: Bruno va a buscar a Johnny) a medida que éstos enflacan en la mente del escritor, se vuelven terriblemente gordos en los lectores, es por eso que los extrañamos cuando mueren, porque los tenemos en las entrañas, son platillos que tienen sus aspirinas, el haiku japonés, por ejemplo. Si pensamos que la literatura o la escritura (indistintamente) son el mejor atropomorfismo gráfico que el ser humano tiene para observarse, retratarse y alegrarse, la analogía no es gratuita, veamos este ejemplo japonés:

 

                        Un libro

 

El maestro sacó un libro de su baúl. Cuando abrió el libro y empezó a hojearlo, surgió un suave olor a canela.

 

Yamamoto Tsunetomo (1659-1719)

 

Éste ejemplo contiene casi ya todo lo que busca un lector en Cien años de soledad, por ejemplo. Es la relación entre lo grande y lo pequeño, el mundo y una calle,  un platillo y un postre, el metadiscurso y el microtexto.

He querido titular este texto aludiendo al sentido de la culpa por pedazos narrativos del entramado de El perseguidor, que son eso, el sentido de la culpa. El sentir popular echa la culpa, “¿yo tengo la culpa?” Dice el niño. El adulto dice: “Es mi responsabilidad” Es decir, la culpa primero está interiorizada por el niño o el que juega a ser animal (que tiene tantas variantes como animales), porque no ha entendido o no se ha despojado completamente del mundo como UNO, un único o única que juegan y en la infancia, todos lo sabemos después de Freud, jugar significa hacer magia y la magia, desde la concepción cristiana pero sobre todo desde la concepción adulta, es una barbaridad irresponsable. Pero no pretendo descalificar el pensamiento mágico (Mircé Eliade tiene un buen libro sobre el tema), más bien quiero reivindicar para la literatura el rol que también la magia en ella juega. La culpa puede matar o curar, depende de su uso y la interpretación que de ella y ese sentir haga el ser humano. Me refiero a la culpa en abstracto y todo su elixir o su pecado porque, finalmente soy escritor, no psicoanalista ni psicólogo. La culpa del niño o de la niña sin distinción, (porque en ambos sexos aparece a la fuerza) requiere aprendizaje y maduración para sortear el grave peligro de la locura: la otra forma de llamar a la irresponsabilidad y que, con razón, así debe decirse. ¿Por qué? Porque los seres humanos tenemos y somos un cuerpo y tenemos una mente que desea y no sólo piensa; pensamos a partir de lo que deseamos para luego obtener ese deseo, ya sea un martillo o una casa en Florencia, por ejemplo; toda la antropología filosófica que problematiza la existencia real del hombre en el mundo y frente a su mundo o su espacio de acción (Ernest Casirer, por ejemplo) subraya este hecho como punto de partida para su estudio. Baste decir que Freud habló muy bien sobre el tema, en lo que devuelto a la sabiduría popular es el complejo de tal y que si patatín y que si patatán. La culpa originaria, “cruda”, que nos demuestra eso es la madre, es la culpa pasiva del niño que pregunta. El hombre adulto o la mujer adulta tienen “responsabilidades” porque han entendido —entender esto  es lo que se llama “madurar”—, que el sentido de la culpa debe de quedar fuera: es decir, en la próxima acción que nos aleje del nacimiento biológico. Aceptar la muerte como lo único y lo irrevocable de la condición humana es el fin de la culpa. ¿Cómo debemos de erradicarla? Actuando, y no solamente actuando sino aceptando que actuamos, lo cual ya debe verse, como la postura vital que enseña el padre, como responsabilidad. ¿No es la adolescencia la etapa más poética —y la más peligrosa, por supuesto— de toda nuestra vida? En esta etapa se quedó y murió Johnny, porque su culpa se la quedó Bruno, lo admiraba pero nunca le dio oportunidad para quitársela porque era él quien la pensaba y de ese modo la hizo suya,  ejemplo al canto, habla Bruno en un monólogo interno:

 

“Si Johnny llega a beber  demasiado coñac o a fumar una nada de droga, el concierto va a ser un fracaso y todo se vendrá al suelo. París no es un casino de provincia y todo el mundo tiene puestos los ojos en Johnny. Y mientras lo pienso no puedo impedirme un mal gusto en la boca, una cólera que no va contra  Johnny ni contra las cosas que le ocurren; más bien contra mí y la gente que lo rodea, la marquesa y Marcel, por ejemplo.”

 

Super significativamente dice más adelante, como aventándoles la pelotita de culpable a alguno de los dos: o Johnny o Bruno:

 

“El cambio de posición es el símbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo articulado mismo.”

 

Más adelante en el relato Bruno vuelve a ver a Johnny y continúa su perorata magistral:

”¿Qué mundo es este que me toca cargar como un fardo? ¿Qué clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor grandeza, lo he sabido desde que lo conocí, desde que empecé a admirarlo. Ya hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara desconcertante esa falta de grandeza, quizá porque es una dimensión que uno no está dispuesto a aplicar al primero que llega, y sobre todo a los jazzmen.”

 

Bruno, inconsolable; Cortázar, con conciencia de sus miles de lectores en el mundo entero, hace al Bruno-bruto espejo de Johnny decir cuando los dos salen de un bar:

 

“Pero cómo resignarse a que Johnny se muera llevándose lo que no quiere decirme esta noche, que desde la muerte siga cazando, siga salido (yo ya no sé cómo escribir todo esto) aunque me valga la paz, la cátedra, esa autoridad que dan las tesis incontrovertidas y los entierros bien capitaneados.”

 

Estos pedazos de párrafos bien camuflados entre los monólogos internos de Bruno, demuestran que la culpa, nunca la tuvo Johnny, porque nunca fue conciente de la vida, pero no nos engañemos: Bruno no es Cortázar ni viceversa, es Cortázar hablando desde más allá del individuo Cortázar y por eso, Julio Cortázar es una autoridad, literaria y humana. Una lectura fina del texto presupone a un Julio contento de su trabajo, un Julio satisfecho de haber confeccionado una obra maestra y que sabía que daría de qué hablar. Johnny murió en la inconsciencia, el delirio, la droga, murió rebelde (primera impostación  para el lector: un humano no se muere jamás en ninguna impostación: sólo los personajes trágicos y los héroes de los cuentos y las novelas). Bruno, no satisfecho de sus cavilaciones sobre Johnny, al final le pasa la estafeta de la culpa de Johnny y se la regala a su mujer. (Segunda impostación para el lector; sólo un idiota como Hitler o alguien que tiene La Casa Blanca y la mente en blanco podría morirse o cristalizarse haciendo el amor, nunca un buen personaje literario). Es decir, Bruno se viola al recuerdo mismo del semi genio del saxofón Johnny en el cuerpo de su mujer (al parecer incluso con dinero extra) y lo demás queda a la imaginación; como buen relato, es el lector el que se queda pensando que le contaron una historia soberbia. Julio, el inmortal verdadero, parece decir: “Ya estuvo de culpas mujer, mejor vamos a coger”. He ahí su gran lección pero también su machismo, dedicado a los lectores-hembra como el mismo decía en esa seudo teoría de la literatura dividida en lo que le toca al lector hombre y a la lectora mujer, pero, ¿pero? Vamos por partes: ¿Es que tú no has leído El perseguidor? ¿No has entendido el dinamismo de su estética y su sabiduría realmente, desgarradoramente humana, su parodia y, al mismo tiempo, su dimensión metafísica? Es tu culpa.

 

Sí léanlo ése libro de Geney Beltrán.

  ¿Conocen el libro de Geney Beltrán Félix el de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma ? Geney argumenta muy bien el hecho de que...