miércoles, 1 de octubre de 2025

SOBRE JULIO CORTÁZAR; POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

El Perseguidor de Julio Cortázar:

el inicio del fin de la culpa

 

El Perseguidor de  Julio Cortázar está narrado  en blanco y negro por  tres razones: las letras de imprenta son negras y el papel es blanco, el monitor a  colores todavía no se inventaba en los sesentas del XX y porque propone principalmente dos posturas o más bien, dos impostaciones  que tiene qué asumir el lector o lectora: o la del personaje Johnny Carter, que es, al mismo tiempo, el músico locochón  y bohemio que-se-quedó-en-el-viaje y el que  sensualiza  con sus ideas sobre lo que le pasa al tiempo en el metro de París (hablar del tiempo en abstracto nos vuelve inmediatamente poetas, si no es que filósofos espontáneos), la historia que Cortázar ofrece. Las mujeres del relato aparecen como objetos sexuales en la pura memoria de los otros personajes o encarnando roles polarizadamente femeninos como sirviendo tasas o sirviendo de ayuda a los otros personajes para que no echen a perder la historia. Éste personaje-impostación para el lector (Johnny) in memoriam del gigante del jazz Charlie Parker, encarna la visión del mundo adolescente en la raíz misma de la palabra: es el que adolece, el enfermo, su talento para el saxo es la joya que tiene qué pagar por el hecho de que los que están a su alrededor no le quiten ni un segundo la mirada y posibilitan, ante ellos y para él, un cierto tipo de sublimación: no hay problema, hay que perdonarle su locura y sus drogas con tal de que sea siempre lo que nosotros queremos que sea: un músico drogo pseudo genial, mientras que Johnny, (justo como manda la justicia poética) obviamente vive en otro mundo como únicamente se puede vivir en éste: negándolo. Al negar al mundo y asumir su dudoso talento —Cortázar hace vacilar a Bruno de que sea un verdadero genio, pero por lo menos siempre el mito de un aspirante a genio debe ser genial—, éste personaje tiene que vérselas auténticamente con lo que le pasa a una mente que deja de ser responsable. Todas las circunstancias lo  arrastran, todo le pasa encima, sus colegas o el saxo, o el sexo con su  mujer de planta, todo le vale un comino y se las arregla para que Cortázar, fiel al talante literario, pueda contar el delirio desde un equilibrio, que es Bruno, el otro personaje o impostación  (para el lector), significativamente el  biógrafo, el personaje que representa el sentido común, la mente serena y calculadora, la lucha porque la vida siempre es dura, etc. Toda la historia de El perseguidor es la historia de cómo Cortázar llega al primer personaje para luego deshacerse de él como sólo le ocurre a los personajes entrañables, que  son, obviamente los que se mueren. Un ejemplo moderno, (para no citar al Quijote, que más que moderno es la modernidad literaria institucional) es el personaje de Diana o la cazadora solitaria, de Carlos Fuentes (Alfaguara 1994). Diana es la obsesión encarnada de un arquetipo de personaje femenino para Fuentes, pero Fuentes va más allá que Cortázar en rango de significación, lo que Fuentes aniquila es toda una época (los sesentas) con sus propias formas de amar, soñar, hacer política, literatura, etc. Fuentes fue un lector agudo de las teorías del galo  Roland Barthes, que en tono canónico escribe en El grado cero de la escritura (traducido al español por siglo veintiuno, 1973):

 

“Lengua y  estilo son fuerzas ciegas; la escritura es un acto de solidaridad histórica. Lengua y estilo son objetos; la escritura es una función: es la relación entre la creación y la sociedad, el lenguaje literario transformado por su destino social, la forma captada en su intención humana y unida así a las grandes crisis de la Historia.”

 

“Solidaridad histórica” de Barthes u “Horizonte de expectativas” de Karl R. Popper, significa que aunque no lo quiera, el escritor está comprometido con su tiempo (compromiso con el contexto literario a esbozar), su sociedad (compromiso con las costumbres, los modos de ser y de pensar)  y su pasado (el origen del escritor, su memoria y por ende el origen de su talento), las cuales provienen siempre ¿de? La imaginación. La imaginación es siempre aquí y siempre es ahora. Fuentes lo resumió así hace un par de años en una declaración a los periódicos: “Mantener viva la imaginación es el compromiso político del escritor.” La explicación debe partir de que Fuentes llegó pronto a la política y en cambio, Cortázar la descubrió mas tarde. Lo anterior sin detrimento de su obra monumental sino en detrimento más bien de “las previsibles payasadas de los cuervos revolucionarios, que tanto se habían aprovechado de él en los últimos años”. Como puntualiza Vargas Llosa en su prólogo a cuentos completos/1(1945-1966) [edición de Alfaguara, 1996]. Creo que Cortázar miraba la literatura y el mundo mas como  creador (aunque sus poemas son bastante ingenuos y mal hechos o mejor diríamos, no era su veta o su forma de expresión más lograda), que como intelectual y su evolución tardía a la política explica  el Tótem Cortázar de cincuenta y cuatro años en el mayo francés del 68. Si por su parte la cultura anglosajona tenía su Tótem John Lennon escandalizando a los padres de familia con sus declaraciones: “Nosotros somos más famosos que Jesucristo”. (Es decir, The Beatles… y en realidad sería creíble en un hit parade de esos tiempos) o en  Estados Unidos había  reminiscencias de la cultura beatnik y los hippies, en Latinoamérica los sueños y la cultura juvenil tenían a Cortázar o al Che Guevara. Nacido en Bruselas pero de padres argentinos, Cortázar vivió y asumió más tiempo que muchos otros la postura heroica de lo que han sido las culturas Latinoamericanas oprimidas por dictaduras y golpeadas por crisis sociales a todos los niveles. (Hay que recordar su compromiso con Nicaragua y el libro que dedicó a ese país). Gobiernos sordos, déspotas y autoritarios generaron novelas y música de impecable factura. Como buen creador, Cortázar asumió internamente la pugna de los Latinoamericanos por refrendar su identidad, pero como reto para seguir inventándola. ¿Pero por qué tenían que inventarla los novelistas o los músicos, si la identidad es lo que se mama en el seno materno, la casa, el barrio, la escuela y luego el trabajo, en movimiento perpetuo? Claro, en movimiento perpetuo, pero porque la identidad humana, como estableció el filósofo italiano Pico della  Mirandola,  es una identidad-aún-no-idéntica. De lo que se deduce que nunca será idéntica, lo cual sería su muerte, una identidad nacional que no avanza está en peligro de extinción. La pluralidad en etnias o grupos sociales, literaturas o formas de expresión, trabajo, o cualesquiera formas de participación social son la base de la prosperidad democrática a la que debe aspirar un gobierno sensato en líneas de avance, abierto al diálogo con el otro que no piensa igual y, sobretodo, gobierno que no cierra los ojos ante la realidad política que diferentes políticas hacen y comparten desde distintas realidades. El pasado oprimido de Latinoamérica como algo de lo que hablaban Salazar Mallén, Samuel Ramos  y Octavio Paz que quedó inscrito en eso que es El laberinto de la soledad que, aunque lo quieran los seguidores de ellos, o más bien, los que creen que el pensamiento y la literatura mexicanos sólo son de, ó por Octavio Paz, no es una radiografía definitiva: la identidad mexicana necesita ese libro y también una relectura de toda la obra paceana, pero más urgentemente necesita su segundo piso, su distribuidor vial en el siglo XXI por el que corran la pluralidad de identidades mexicanas, desde la perspectiva de la globalización que impone y cercena y de la que responde de modo creativo. Por ello, mientras exista la identidad humana habrá escritura, arte y pensamiento, triunvirato que siempre estará en crisis, justo es decirlo, igual que la identidad humana. Cosa que saben muy bien los generales (que generalmente suelen ser también oligofrénicos desde el gen), de la reciente guerra contra Irak; para matar a los  iraquíes también había que matar su cultura, destruir sus museos y si por ellos fuera, hasta destruirían los dichos de la cultura popular iraquí. Afortunadamente en algo llegaron tarde: la epopeya de Gilgamesh, el libro más antiguo de la Humanidad, circula por todos lados y la opinión internacional, “la otra potencia” como la definió el New York Times, periódico que debería promover, para verdaderamente batir a contracorriente, una lectura mundial de ese monumento literario y que la Humanidad no perdiera por el gen de los que generalmente son imbéciles. El perseguidor no es una obra con la conciencia de la “solidaridad histórica” de la escritura en el sentido de Barthes, pero tal vez sea solo por su formato y su forma: es una noveleta, no un discurso totalizador y verlo como tal, resultaría chabacano y artificioso. El mal poeta Cortázar, pero lleno de energía y de poética, resuelve la convivencia latinoamericana con Rayuela y en el caso de El perseguidor tiene que matar al personaje creativo de la narración para así, volverlo de cierto modo inmortal. “Sólo lo romántico merece ser inmortal” parece decir Cortázar, fans de Rimbaud y el Che Guevara. (Que juntos, son todavía algo así como un Sócrates y un Napoleón para los jóvenes escritores que descubrieron a uno con Bretón y al otro con las playeras y la chemanía prefabricada. Tal vez los jóvenes escritores necesiten más a un Carl Marx, a una María Zambrano y a un Ingmar Bergman para ellos, pero remasterizados y recargados, no sé, pero estoy seguro que lo que no necesitan es una Matrix, ni recargada ni retro futurista y ni siquiera en una galaxia lejana…).

Matar al personaje principal significa para el narrador Cortázar renunciar a una obsesión, una idea o un conjunto de ideas fijas que, ya resueltas en un personaje, son ideas que han llegado a su fin. Las obsesiones de los escritores se llaman, en grandes rasgos, literatura simbólica o simbolista. En pintura, por fechas parecidas a El perseguidor, estaba la pintura simbolista de Remedios Varo, el Tótem femenino que se va a pincel por el camino artístico. La elocución verbal de Cortázar trabaja por elisión: Johnny vive desvaneciéndose, desapareciendo, de ahí su fuerza: entre más se muere, entre más decadente se vuelve y el lector presencia esta elisión de personaje, más poder de seducción contiene el relato. Éste tipo de personajes-obsesiones, la mayoría de los escritores los pintan (es decir, su prosopografía) es de seres flacos, enternecidamente débiles o frágiles, —igual pasa en la pintura: El grito de Munch es delgado, y en arte plástico la Femme nue debout (Desnudo de piel) de Giacometti hacia 1954-57 es tan delgado como una vara que haría explotar el aire ¿pero en realidad? Son gordos, están atascados,  tienen anchura mental en el creador  o el narrador y por eso se les debe matar desde el principio y durante todo el trayecto narrativo, (así comienza El perseguidor: Bruno va a buscar a Johnny) a medida que éstos enflacan en la mente del escritor, se vuelven terriblemente gordos en los lectores, es por eso que los extrañamos cuando mueren, porque los tenemos en las entrañas, son platillos que tienen sus aspirinas, el haiku japonés, por ejemplo. Si pensamos que la literatura o la escritura (indistintamente) son el mejor atropomorfismo gráfico que el ser humano tiene para observarse, retratarse y alegrarse, la analogía no es gratuita, veamos este ejemplo japonés:

 

                        Un libro

 

El maestro sacó un libro de su baúl. Cuando abrió el libro y empezó a hojearlo, surgió un suave olor a canela.

 

Yamamoto Tsunetomo (1659-1719)

 

Éste ejemplo contiene casi ya todo lo que busca un lector en Cien años de soledad, por ejemplo. Es la relación entre lo grande y lo pequeño, el mundo y una calle,  un platillo y un postre, el metadiscurso y el microtexto.

He querido titular este texto aludiendo al sentido de la culpa por pedazos narrativos del entramado de El perseguidor, que son eso, el sentido de la culpa. El sentir popular echa la culpa, “¿yo tengo la culpa?” Dice el niño. El adulto dice: “Es mi responsabilidad” Es decir, la culpa primero está interiorizada por el niño o el que juega a ser animal (que tiene tantas variantes como animales), porque no ha entendido o no se ha despojado completamente del mundo como UNO, un único o única que juegan y en la infancia, todos lo sabemos después de Freud, jugar significa hacer magia y la magia, desde la concepción cristiana pero sobre todo desde la concepción adulta, es una barbaridad irresponsable. Pero no pretendo descalificar el pensamiento mágico (Mircé Eliade tiene un buen libro sobre el tema), más bien quiero reivindicar para la literatura el rol que también la magia en ella juega. La culpa puede matar o curar, depende de su uso y la interpretación que de ella y ese sentir haga el ser humano. Me refiero a la culpa en abstracto y todo su elixir o su pecado porque, finalmente soy escritor, no psicoanalista ni psicólogo. La culpa del niño o de la niña sin distinción, (porque en ambos sexos aparece a la fuerza) requiere aprendizaje y maduración para sortear el grave peligro de la locura: la otra forma de llamar a la irresponsabilidad y que, con razón, así debe decirse. ¿Por qué? Porque los seres humanos tenemos y somos un cuerpo y tenemos una mente que desea y no sólo piensa; pensamos a partir de lo que deseamos para luego obtener ese deseo, ya sea un martillo o una casa en Florencia, por ejemplo; toda la antropología filosófica que problematiza la existencia real del hombre en el mundo y frente a su mundo o su espacio de acción (Ernest Casirer, por ejemplo) subraya este hecho como punto de partida para su estudio. Baste decir que Freud habló muy bien sobre el tema, en lo que devuelto a la sabiduría popular es el complejo de tal y que si patatín y que si patatán. La culpa originaria, “cruda”, que nos demuestra eso es la madre, es la culpa pasiva del niño que pregunta. El hombre adulto o la mujer adulta tienen “responsabilidades” porque han entendido —entender esto  es lo que se llama “madurar”—, que el sentido de la culpa debe de quedar fuera: es decir, en la próxima acción que nos aleje del nacimiento biológico. Aceptar la muerte como lo único y lo irrevocable de la condición humana es el fin de la culpa. ¿Cómo debemos de erradicarla? Actuando, y no solamente actuando sino aceptando que actuamos, lo cual ya debe verse, como la postura vital que enseña el padre, como responsabilidad. ¿No es la adolescencia la etapa más poética —y la más peligrosa, por supuesto— de toda nuestra vida? En esta etapa se quedó y murió Johnny, porque su culpa se la quedó Bruno, lo admiraba pero nunca le dio oportunidad para quitársela porque era él quien la pensaba y de ese modo la hizo suya,  ejemplo al canto, habla Bruno en un monólogo interno:

 

“Si Johnny llega a beber  demasiado coñac o a fumar una nada de droga, el concierto va a ser un fracaso y todo se vendrá al suelo. París no es un casino de provincia y todo el mundo tiene puestos los ojos en Johnny. Y mientras lo pienso no puedo impedirme un mal gusto en la boca, una cólera que no va contra  Johnny ni contra las cosas que le ocurren; más bien contra mí y la gente que lo rodea, la marquesa y Marcel, por ejemplo.”

 

Super significativamente dice más adelante, como aventándoles la pelotita de culpable a alguno de los dos: o Johnny o Bruno:

 

“El cambio de posición es el símbolo de un cambio en la voz, en lo que la voz va a articular, en lo articulado mismo.”

 

Más adelante en el relato Bruno vuelve a ver a Johnny y continúa su perorata magistral:

”¿Qué mundo es este que me toca cargar como un fardo? ¿Qué clase de evangelista soy? En Johnny no hay la menor grandeza, lo he sabido desde que lo conocí, desde que empecé a admirarlo. Ya hace rato que esto no me sorprende, aunque al principio me resultara desconcertante esa falta de grandeza, quizá porque es una dimensión que uno no está dispuesto a aplicar al primero que llega, y sobre todo a los jazzmen.”

 

Bruno, inconsolable; Cortázar, con conciencia de sus miles de lectores en el mundo entero, hace al Bruno-bruto espejo de Johnny decir cuando los dos salen de un bar:

 

“Pero cómo resignarse a que Johnny se muera llevándose lo que no quiere decirme esta noche, que desde la muerte siga cazando, siga salido (yo ya no sé cómo escribir todo esto) aunque me valga la paz, la cátedra, esa autoridad que dan las tesis incontrovertidas y los entierros bien capitaneados.”

 

Estos pedazos de párrafos bien camuflados entre los monólogos internos de Bruno, demuestran que la culpa, nunca la tuvo Johnny, porque nunca fue conciente de la vida, pero no nos engañemos: Bruno no es Cortázar ni viceversa, es Cortázar hablando desde más allá del individuo Cortázar y por eso, Julio Cortázar es una autoridad, literaria y humana. Una lectura fina del texto presupone a un Julio contento de su trabajo, un Julio satisfecho de haber confeccionado una obra maestra y que sabía que daría de qué hablar. Johnny murió en la inconsciencia, el delirio, la droga, murió rebelde (primera impostación  para el lector: un humano no se muere jamás en ninguna impostación: sólo los personajes trágicos y los héroes de los cuentos y las novelas). Bruno, no satisfecho de sus cavilaciones sobre Johnny, al final le pasa la estafeta de la culpa de Johnny y se la regala a su mujer. (Segunda impostación para el lector; sólo un idiota como Hitler o alguien que tiene La Casa Blanca y la mente en blanco podría morirse o cristalizarse haciendo el amor, nunca un buen personaje literario). Es decir, Bruno se viola al recuerdo mismo del semi genio del saxofón Johnny en el cuerpo de su mujer (al parecer incluso con dinero extra) y lo demás queda a la imaginación; como buen relato, es el lector el que se queda pensando que le contaron una historia soberbia. Julio, el inmortal verdadero, parece decir: “Ya estuvo de culpas mujer, mejor vamos a coger”. He ahí su gran lección pero también su machismo, dedicado a los lectores-hembra como el mismo decía en esa seudo teoría de la literatura dividida en lo que le toca al lector hombre y a la lectora mujer, pero, ¿pero? Vamos por partes: ¿Es que tú no has leído El perseguidor? ¿No has entendido el dinamismo de su estética y su sabiduría realmente, desgarradoramente humana, su parodia y, al mismo tiempo, su dimensión metafísica? Es tu culpa.

 

HUMOR, LITERATURA Y MEXICANIDAD, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO


Humor, Literatura y Mexicanidad

 

En su libro de entrevistas Conversaciones con escritores, (Ed. Diana, colección  SepSetentas 1981) Federico Campbell entrevistó a Gabriel Ferrater y entre otras cosas preguntó si el cultivo de la irrealidad era manifiesta o evidente entre los más jóvenes poetas europeos. El profesor catalán, erudito de la filosofía del lenguaje, con varios tragos de ginebra aunados a la longitud de su pensamiento, respondió: "Es una cosa que a partir de cierta edad ya no interesa." Y ofreció una anécdota que versaba así: "Uno de los primeros fonetistas que hubo en el mundo, el abate Rousselot, se fue a una aldea francesa a estudiar la lengua de las gentes y le pareció que se hablaban en realidad tres lenguas: la de los viejos, la de la gente de mediana edad y la de los jóvenes. Veinte años después otro lingüista fue a la misma aldea francesa para corroborar las conclusiones del otro. Pues bien, los viejos habían muerto, los de mediana edad eran más viejos, los jóvenes eran ya de mediana edad y había una nueva generación, pero existían las tres lenguas idénticas que el primer visitante había detectado. Al pasar a la mediana edad, los jóvenes adoptaban la lengua exacta de la gente de mediana edad, y los de mediana edad adoptaban la de los viejos. No había una tendencia al cambio de la lengua, y los tres estratos subsistían. Es elemental. El tratamiento de usted, por ejemplo, no lo utilizan los niños al empezar a hablar, pero a partir de cierta edad el niño adopta el tratamiento de usted. Entonces cuando me hablan de las generaciones, de la irrealidad o del realismo, pues bien, yo los espero a que tengan 48 años y estoy seguro de que pensarán exactamente lo mismo que yo, o sea, que lo único que tiene valor es la realidad". Y así dio respuesta a la pregunta del escritor mexicano, que si bien cuestionaba sobre la irrealidad en la creación poética,  me parece que como paralelismo para  hablar de humor, literatura y mexicanidad  actual es perfectamente válido: porque es  el lenguaje la llave para todo el resto de saberes, y como dentro de esos saberes también  figura el humor, entonces obviamente habrá, por lo menos haciendo una generalización, tres niveles o quizá tres distinciones  de humor en una sociedad, y tres niveles con los cuales cada uno se reirá por lo menos de la esfera en la que se mueven los restantes y en esta era de las computadoras ya se está notando: gente de cierta edad recibe información, chistes y anuncios cibernéticos de acuerdo a su edad con el lenguaje propio a su edad. (No miento: las famosas presentaciones de power point que el usuario de computadoras recibe por internet con chistes, motivo de días festivos, anuncios eróticos, religiosos,  políticos, etcétera, son un ejemplo al calce, o por otra parte el lenguaje propio de los jóvenes cuando chatean o usan el teléfono móvil con más caritas amarillas que palabras). Y si cada nivel de humor de una sociedad se ríe subrepticiamente de la esfera en la que se mueven los restantes niveles será a puerta cerrada y que no lo oiga nadie de otro nivel: (“estos niños de hoy ni quién los aguante”,  “la verdad aquél es un cobarde que sólo con el alcohol se siente muy hombre”, “aquella de tu amiga es una histérica porque se quedó como madre soltera” “los rucos de mis abuelos no me entienden porque no tengo varo”, pobrecitos, pobrecitos, je je je… ¡Por no hablar de los super incompetentes compañeros de trabajo!). La de cosas que hacemos con tal de molestar, habrá que ver. Como los chismes de poder entre los científicos que cuenta Jorge Volpi en su obra híper mencionada En busca de Klingsor (premio Biblioteca breve, Seix Barral 1999, además de finalista en la encuesta Las mejores novelas mexicanas de los últimos 30 años, hecha por la revista Nexos, donde quedó en octavo lugar con cinco votos), de la que defiendo su carácter chismoso sin adjetivarla como obra menor, es precisamente el what comes next, como dijo el finado y muy honorable Guillermo Cabrera Infante: ¿Qué seguirá en el próximo capítulo, se pregunta el lector? ¡Saber si tal o cual científico tiene vida sexual después del horario de clase o trabajo! Cosa que la vuelve una novela muy honesta, con subtemas muy logrados, aunque su sentido del humor es muy alemán, de los alemanes que hacían la bomba atómica experimentando con agua pesada, mientras que los mexicanos, si tuviéramos ese enorme poder, haríamos pesada la bomba (del festejo y para la cruda), por supuesto, para celebrar una semana si es que a Alemania le ganáramos en el mundial.

Pero ya en serio: ¿De qué se ríe el mexicano? ¿De dónde surge su humor? Saltándonos la gravedad histórica apuntada en El Laberinto de la Soledad de Octavio Paz, tendríamos que decir sin más miramientos, que el mexicano no se anda con juegos que le hagan concesiones a la ternura o a la sensibilidad del arte elevado; el mexicano, que lo que más desea es no tener una vida en continua zozobra, se ríe —en forma unívoca o recíproca— de la perplejidad de la muerte en todos sus aspectos, de la muerte suya y de cómo se está muriendo el otro, de cómo le va mal. ¿Dónde esta la muerte en nuestra cultura? Pues en las calaveritas de azúcar, en los corridos, en la música de la onda narco-grupera, siempre traumática por sus temas, (mas no por el arte), en las frases sentenciosas como el: "Si me han de matar mañana, que me maten de una vez." etcétera. Además de en cualquier esquina donde uno permanezca más tiempo del debido en la noche, claro está.

En su Fenomenología del Relajo, Jorge Portilla apunta que el humor "nos libera de un valor negativo, de una adversidad." Y hasta donde yo tengo noticia, en esta vida no hay mayor adversidad que la muerte y todo aquello que la acarrea o nos hace sentir el vértigo de su amenaza.

Hablo de que el mexicano se ríe de la muerte en forma unívoca o recíproca porque la risa de un modo u otro siempre está asociada con ella: se le insinúa la muerte al otro, con una pequeña carcajada o una broma pesada; en lo individual, es un chiste de humor negro para poder sobrellevar la idea. Del mismo modo que el patetismo puede provocar carcajadas (por ejemplo en mi caso, espero no haber sido el único que al ver por vez primera el Otelo shakesperiano soltó algunas). Dicho de otra manera, todo aquello que parece borrar el horizonte de la muerte de nuestra perspectiva, adquiere un barniz humorístico o satírico, puesto que en lo más hondo, creemos que la muerte nunca vendrá a cerrarnos los ojos y se coronará victoriosa: al descubrir cierto absurdo en nuestro empeño en la vida de creernos inmortales diariamente, descubrimos que en el fondo del pensamiento se establece una contradicción. (Es lo que Albert Camus llamó El mito de Sísifo) Una contradicción fugaz en la que pocas veces reparamos, pero sin pensarlo demasiado avistamos su rostro real, y al verlo, nos mata de risa (o de miedo, el giro significa lo mismo en la conciencia cuando va naciendo con esta noticia). De esta manera entramos a la conciencia: con la certeza de que ante todo, estamos ya muriendo, y de que la noticia, finalmente no es tan grave, puesto que en el tránsito muchas carcajadas nos esperan. El mexicano promedio es ese tipo que nunca se queja porque la sociedad desprecia al que se queja porque en realidad en México todos nos queremos quejar y que medio trabaja mal o muy bien y gracias a la auto proyección de su soberbia en su conciencia, se sigue riendo sabiendo que él: “es el rey que las puede todas”. De este modo y en este país, no hay nada tan subversivo como la risa, el relajo, el pitorreo, la parodia burlesca, pues frente a todos los órdenes lógicos que imparte la muerte en nuestra sociedad desde el Estado,  la risa llega y lo despedaza todo, muestra la inutilidad de todo cuanto no nos posibilita el estado ideal de la risa, que en México no es propiamente la alegría, la alegría que celebran los filósofos franceses como única respuesta a la oscuridad de la existencia, sino el relajo: el abandono de los miramientos sociales y olvidar que las cosas tienen un valor. Visto de éste modo se entiende el por qué la juventud es a lo que más nuestras sociedades postmodernas le rinden culto, ya que la juventud es la época en que todo simplemente vale madres y es preciso que todo joven compre y consuma  montones de cosas que valen pura madre.

Habría que apuntar que el tema ha sido por demás explorado y de ahí me viene la prudencia para abordarlo. ¿Qué no se ha dicho ya sobre la risa del mexicano? Jorge Portilla apunta que la afirmación de que el humor negro es el que prevalece en México no es para nada errónea. Para finalizar y cerrar con la idea primaria de este texto, sólo un pequeño comentario acerca del motivo de risa de los tres niveles de edades del mexicano:

El niño ríe ante la magia que le causa el mundo, en el cual, para él aún no está presente la muerte del todo (la idea de la muerte se descubre hasta los 8 o 9 años). El joven y el hombre de mediana edad se ríen de lo que imaginaron cuando niños y utilizan la risa esgrimiéndola ante la muerte, queriéndole ganar el juego, es decir, queriendo confundirse con ella ante sus adversarios sean éstos quienes sean, y saben ya que la muerte existe como el hecho definitivamente irrevocable y en esencia es de eso de lo que ríen. El viejo, el hombre o la mujer que ya han vivido todo lo que les correspondía, ríen con nostalgia recordando todo aquello que en la vida los motivó y los hizo penar, pero alegremente, valiéndoles madre.

martes, 30 de septiembre de 2025

SOBRE IVÁN RÍOS GASCÓN POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 SOBRE IVÁN RÍOS GASCÓN Y

SU ÚLTIMO LIBRO BROADWAY EXPRESS.

POR  MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Buenas tardes a todos los aquí presentes. Es para mí un gusto y un honor presentar el último libro de mi amigo Iván Ríos aquí en Aguascalientes, pues debo decir que cuando yo volví a vivir aquí en el año 2006, Iván se encontraba en Nueva York redactando, gracias a una beca, este libro que ahora él viene a ofrecerles a la feria del libro más grande del estado.

Antes de referirme propiamente a la obra, tenemos que establecer que Iván Ríos es uno de los nuevos protagonistas de la cultura juvenil y de los medios de comunicación en general:  Ya desde 1994  él era locutor de radio en la estación legendaria Rock 101, publicaba en el suplemento cultural de Excélsior y había  sacado su primera novela Tu imagen en el viento en la que decodificaba a esos personajes que se dejaban ver en la plaza de Coyoacán como en el Hijo del Cuervo y que tenían pretensiones artísticas he intelectuales. Fue al año siguiente en 1995 cuando yo lo conocí: fui a buscarlo a las oficinas  de Excélsior con 300 cuartillas del borrador de mi primera novela. Él me recibió con gusto y nos quedamos de ver en una semana; para mi buena sorpresa, me invitó un par de cervezas con sus amigos y al escucharlo hablar inmediatamente me identifiqué con él, se veía inteligente, profesional y bajo los aires de la locura favorable que han hecho de él un conocedor de cine y música alternativa, literatura de culto, pintura, plástica, etcétera. Iván conoce detalles curiosos sobre un variopinto grupo de autores y artistas, por ejemplo del pintor Francis Bacon, de John Kennedy Toole, el celebrado autor de La conjura de los necios, y lo que sucedió después de la publicación del libro;  de Henry Miller y el juicio que  enfrentó  acusado de pornografía por sus célebres y ya clásicos Trópicos, asimismo, Iván es colaborador actualmente de la revista The Rolling Stone en su espacio para reseñas literarias, por ejemplo, ahí apareció una buena nota para recordar a Carlos Fuentes, también Iván mantiene una bitácora en Internet (no les diré la dirección porque está en el libro). En fin, Iván ha logrado ya desde hace tiempo, un estilo propio para sus comentarios sobre la cultura posmoderna y la no tan moderna.

En el año 2004 entrevisté a Iván a propósito de otra novela que él había sacado en el 2003, LUZ ESTÉRIL (editorial Praxis) en la que también volvió a retratar a los jóvenes pretenciosos de excesos de sexo, drogas, alcohol, intelectualismo y anhelos artísticos. Pero ésta novela, cuyo ancestro aparente se encontraría en Gustavo Sáinz, José Agustín y toda la llamada “literatura de la onda”, tal como la definió desde entonces Margo Glantz, resultaba de inmediato otro tipo de registro, otra visión totalmente diferente; es decir, Iván hurgó en la vida underground de la Ciudad de México en las vidas de los treintañeros de los bajos fondos y de las clases más altas y no había nada en su texto  que ver con “la onda”, se podría decir que éramos nosotros los retratados, en una historia en la que, curiosamente, la construcción misma de los personajes y sus propios conflictos internos brillaban más que la historia por sí misma: se trataba en esa acertada visión narrativa, de que los jóvenes entendieran a los personajes como sus posibles pares; con toda esa gran exploración interior, Iván no toma recursos prestados a José Agustín, ni siquiera hace mención al  caló propio de la Ciudad de México como otros escritores gustan de hacerlo; más bien reinventa a la juventud porque la onda pasó hace casi 50 años, en cambio nosotros fuimos jóvenes apenas ayer. Y si Iván ya lo había hecho de algún modo en Tu imagen en el viento, en Luz Estéril me parece que logró llegar a una cima con la suficiente tenacidad he inteligencia narrativa que ahora es una obra que definitivamente no puede ser pasada por alto. (Recuerdo que por entonces los comentarios a Iván eran: “¡Qué caray Iván, ya consíguete una novia!” Se lo decían porque el libro es largo, pero además Iván también tiene sus admiradoras).

Y ahora, para que nadie se vaya de aquí sin su ejemplar de Broadway Express, voy a hablar bien del libro: ¿Recuerdan algunos de ustedes La Poética de Aristóteles? Más o menos una de las tantas reglas que el estagirita impone en ese texto clásico a las obras literarias es buscar contar algo creíble pero imposible, en vez de algo posible pero increíble. En lo personal no le hago mucho caso al alumno de Platón, pero Iván lo logra con soltura y amenidad, desde la postura de un narrador omnisciente, crea atmósferas híper modernas salpicadas de glamour, cenas y coktails en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, por decir algo. Sus personajes se enamoran, se embriagan y tienen fiestas en restaurantes donde Robert de Niro es el dueño… Se trata de una obra compuesta al modo de la Trilogía de Nueva York de Paul Auster, o el Quinteto de Buenos Aires de Manuel Vázquez Montalbán en una serie afortunada de relatos entremezclados donde abunda el buen gusto de lugares,  y registros  cercanos a Broadway pero ésta vez los personajes son más vacíos, o algunos buscan la autodestrucción inconscientemente como en el relato Sometihn’ stupid, título prestado de una canción de Frank Sinatra donde se cuenta la mejor parte de una mala noche para mejor olvidar.   Los personajes, treintañeros ricachos de Nueva York, se ven envueltos en parábolas que dejan entrever el vacío existencial y un poco el sentimiento de orfandad que se vive en las grandes metrópolis sin dejar de mostrar su lado tragicómico y en especial el último relato, para mi gusto el mejor del libro, donde estamos en presencia de una desesperada relación erótica arrolladora que culmina en algo creíble pero imposible.  Iván deja ver claro, que sus personajes nunca dejarán de buscar el amor o el sexo y el alcohol, pero que el amor a estas alturas es ya casi una utopía irrealizable. Pero ésta mención no debe de entenderse como una falta de exploración en la condición humana: todo lo contrario, quizá esa sea la dimensión trágica que viene anunciando Iván: que la gloria del amor y de la vida buena puede o está cerca de acabarse, como buen creador consciente de su tiempo histórico, Iván Ríos Gascón sabe que el mundo siempre está peor que nunca… y respecto a esos placeres de los que habla, cabría recordar al  filósofo griego Demócrito: “¡Hay que agarrar con las uñas esos placeres que la vida nos va quitando!” Y ¿por qué no? Uno de esos placeres es la literatura de Iván Ríos Gascón.

Muchas gracias, 22 de septiembre de 2013.

Casa De La Cultura “Víctor Sandoval”, Aguascalientes, Ags.

 


Dos fragmentos de novela que escribí en el año 1997, el resultado lo creí fallido, pero estos fragmentos me gustaron mucho, son como embrollos con gracia, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

MI PRIMERA NOVELA (FRAGMENTO 1 AÑO 1997)

MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

¡Villahermosa! Eso significa aún más calor todavía, significa polvo, tránsito de vehículos, choferes enfermos de mal humor, bebés que berrean a sus madres, tiendas de abarrotes y mercerías, un reguero de porquería por todos lados, más tiendas de pollos; cientos de camiones entrando a Villahermosa y gente preparada en las calles para abordarlos a los mismos, “así que esto es Villahermosa” me digo a mí mismo en voz baja por mi falta de compañía. Me bajo del camión en la central de camiones que está saturadísima de gente, gente por todos lados muriéndose de calor, no soy el único que lo padece, aunque sí el único que lo consigna ahora con esa misma furia. Me bajo del camión y voy primeramente a buscar un hotel barato para pasar la noche, con mi enorme mochila a mis espaldas, me siento como un Cristo cargando con su cruz- “nosotros somos más famosos que Jesucristo” es una frase que ya dijo alguien, alguien que ahora está muerto y que recientemente se ha subastado en 103 mil 500 dólares  un pedazo de papel  en el cual ese alguien escribió en 1967  la canción “For the benefit of Mister Kite”  El recuerdo de  Lennon se subasta ahora de esta manera, ¿pero qué es en realidad lo que se paga con esa cantidad? ¿El recuerdo? ¿El gran mito? ¿o simplemente el espectáculo de todo ello?

Cerca de la central camionera hay dos calles paralelas donde venden pollos y hay hoteles baratos, yo busco en particular un hotel de a diez pesos la noche que me recomendó en su momento el chavo que vendía uvas en la gasolinería de Palenque, pero tal parece que ya no existe o que me choreó simplemente, porque todos cuestan entre 30 y 35 pesos la noche, lo que para mí significaría quedarme sin dinero el día de mañana, pero de todas maneras entro a todos a preguntar cuanto es el precio; en la mayoría de los lugares están las putas adormiladas sobre los viejos sillones y echando la hueva: no, no hay un hotel que cueste diez pesos la noche: todas la putas me dicen lo mismo, creen que les estoy tomando el pelo, “y cuánto cuesta?” (el acostón) les pregunto a un par que veo muy instaladas sobre un sofá color verde mirando el canal de las estrellas, ¿con todo y cuarto? me regresa la pregunta la puta, “no, mejor olvídalo” le digo y me salgo de nuevo a la calle, ya son cerca de las cinco de la tarde y las miradas de los niños pequeños que son arrastrados por sus madres me hace preguntarme ¿y ahora qué? Porque con la sed que tengo sería capaz de beberme diecisiete caguamas, haaaa! la maldita sed.  Voy a una plaza cercana que queda a la derecha del Grijalva y me aplico de nuevo el remedio de la Gestapo con el agua de una fuente, ahí me quedo un rato, mirando el paso de la gente, y  es cuando conozco a Aidé.  ¡Cámara! Aidé es una puta que me ofrece algo sensacional: dos mamadas al pito en un cuarto con regadera y servicio de cervezas incluido, “yo te invito las cervezas, tu nada más paga el cuarto corazón” bueno, digo entre risitas, no está tan mal, sobre todo porque tengo unas ganas endemoniadas de bañarme de nuevo, así que Aidé y yo nos vamos caminando abrazados por la calle mientras yo le voy mirando las tetas y ella va saludando a medio mundo que se encuentra y que le tiran de chiflidos y piropos y menciones de que ya se encontró a su novio ideal, ya la hizo, etcétera.

“¿Bueno y de dónde eres corazón? Le pregunto, usando su misma palabrita de ‘corazón’

“Soy de Torreón corazón, pero ando viajando por todos lados guapito, acabo de estar en Los Ángeles, allí me eché un tirito con una puta y le di sus cocotazos porque yo soy una vieja very crazy, a mí no me paran.”

Aidé no es precisamente fea, pero está medio loca, tiene tumbado uno de los dientes de enfrente y me parece que está bajo los efectos de alguna droga, está tatuada también, precisamente en el hombro, lo que me hace morder el miedo y pensar: “¡No hay que confiar en una mujer que está tatuada del hombro!”

“Yo soy una vieja very crazy.” -dice, alzando el puño, que se le ve curtido, como si de veras se peleara a puñetazos.

Vamos abrazados por la calle y yo prácticamente la voy siguiendo, pero pensando con cierto nerviosismo en que a lo mejor es una puta que se dedica a transar a los que se dejen y como traigo mi mochila con la Minolta y mi ropa y todas mis cosas, trato de ser prudente y de ponerme a pensar en cómo va a estar de verdad el asunto, pero Aidé me distrae porque tiene la urgencia de causarme una impresión; “Zacatecas, Morelia, Nuevo León, El Paso, Los Ángeles, México D.F., Toluca, Cuernavaca, yo he estado en todos lados corazón.”

Después nos enfrascamos en una polémica de cómo está la situación actual del país y ella dice: “Pinche Zedillo, por su culpa está todo de la chingada, le hacen falta huevos al cabrón, yo por eso no creo en nada, nada de lo que dice el pinche gobierno, yo ya crecí, no tengo pelos en la lengua para decir las cosas, yo soy una vieja very crazy.”

“Bueno, sí, sí, pero tranquila mujer.”

“No me digas mujer corazón.”

“¿Mujer? ¿Por qué no quieres que te diga mujer si estás preciosa?”

“Porque yo soy una vieja very crazy, ya le he entrado a todo: pastas, coca, mariguana, de todo.”

“Bueno, bueno, -le digo- pero no me has probado a mí.”

“Hay si cierto corazón, tú se ve que eres bien lindo.”

Y otra vez:

“Yo soy very crazy.”

Después de bajar por la misma calle llegamos por fin al hotel, pero Aidé quiere hacerle transa al mozo que cobra los cuartos y me dice que la espere allá afuera: “pérate, pérate, es que ya traigo un boleto y chance y sí pasamos con el mismo.”  La espero pues allá afuera como ella dice y me quedo pensando: “pinche Aidé también es cabrona, le gusta entrar de gorra a los hoteles.” Pero finalmente la transa no funciona porque el empleado del hotel no abandona su puesto, así que tengo que pagar en efectivo la cantidad del cuarto despidiéndome de la mitad del dinero que me queda. Subimos por unas anchas escaleras por las que se oyen ruidos y gritos misteriosos y entramos a un cuarto que se ve de quinta categoría pero que tiene una amplia regadera y una banca de mosaico, Aidé hace pedir las cervezas y nos las trae al cuarto un tipo cuadrado que me parece que es su conocido, y al que seguramente le estará cerrando el ojo a mis espaldas y después cuando yo esté desnudo y bien feliz como idiota, el entrará junto con otro tipo y los dos me robarán mis cosas,  entonces me quedaré como un pobre pendejo que ha caído en la trampa, un cualquiera más, otro más, humillado y sufriendo la impotencia de no poder  hacer nada para impedirlo pero ¡ho! ¡al diablo! eso solo me lo estoy imaginando...

Aidé me da mi cerveza y brindamos, “por este encuentro magnífico, salido de la nada” Mientras me voy quitando la ropa Aidé hace lo mismo sin parar de hablar y de auto aplaudirse su ser de very crazy; empieza a contarme trozos de su vida y yo la escucho sin mucho interés pero le hago preguntas como si de veras estuviera interesadísimo, pero sin hipocresía, claro, más bien con las ganas de hablar sencillamente, de cotorrear el punto.

 Luego, después sí que me conmuevo cuando escucho una de sus historias: resulta que a un hijo suyo, que acababa de salir de la cárcel, lo han matado unos mafiosos por un asunto de drogas, y ahí sí se le sale toda su tristeza y se pone a llorar, “mi hijo, mataron a mi hijo, al Pablito me lo mataron.”  Yo ya estoy desnudo y no sé que debo pensar, porque me deja de a seis encontrar tanta tristeza en la mujer, el escuchar su verdadero sufrimiento humano, su pena interna, es algo para lo que no estoy preparado pero después ella misma saca fuerzas y dice: “pero a mí no, chinguen a su madre, a mi me la pelan, yo me rajo la madre, tú eres muy lindo y solo por eso te lo cuento, pero yo no, yo soy very crazy, a mí me la pelan, me acabo de madrear una ruca así, por pendeja.”  “bueno, bueno, mujer, pero ¿no te parece que eres muy peleonera, no hay que ser así, hay que ser tranquilos, nada más no dejar que se metan con uno y ya stuvo no?”  “¡pero al Pablito me lo mataron, chingue su madre, un hijo menos.”  “¿ha, tienes más hijos?”  “sí, otros dos, pero están chavitos todavía, al Pablito, a mi Pablito me lo mataron.”  Tomo mi cerveza y me acabo la mitad de un solo trago, comienzo entonces a decir un largo y profundo rollo para tranquilizarla y parece que sí funciona porque repentinamente cambia su estado de ánimo y se pone contenta, me agarra del pito, que todavía no lo tengo erecto y me dice: “todavía le hace falta.” Al escuchar eso me echo a reír y le digo: “pues ayúdale un poquitín a Willy no?”  Abro la llave de la regadera por la que empieza a salir una deliciosa agua fresca y me siento en la banca de mosaico, Aidé se pone de rodillas en el suelo y pone su cabeza en medio de mis piernas, comienza a trabajar y yo a disfrutar de la existencia, de la dicha, de la calidez humana. Ja, ja, ja, salud por la luna brother.

Un par de minutos después me vengo encima de la boca de Aidé, que se retuerce buscándolos con la lengua. Se para de nuevo; “ahí está papito, ahora vamos a pedir más cerveza no?” Entonces nos echamos la segunda ronda y la tercera, bajo esa agua deliciosa que sale de la regadera y que me hace sentir como en un baño de Zeus en el Olimpo, Aidé sigue diciendo que ella es una very crazy y de repente en medio de la plática se saca de su bolsa una pasta y dice que se la va a echar, yo le advierto que no lo haga, que no tiene sentido drogarse, pero ella insiste y nos ponemos a discutir; “Aidé no seas pinche, no te tienes porqué seguir echando pastas.”  Le digo, pero es inútil, porque la vieja tiene los oídos tapados para cualquier explicación razonable y se traga la maldita pastilla; “pinche Aidé,” le digo, “tú misma te arrojas a los problemas.”  “bueno y después de todo a ti que chingaos? ¿tú quién eres para decirme ‘no te eches una pasta?’ ya papito, mejor tranquilo.”  “ay, sí no? muy acá, a ver.” Y la reto a que nos demos de golpes, así que nos ponemos a boxear desnudos bajo la regadera, mitad en serio mitad en broma, pero yo nada más la finto y marco los golpes,  ella si me da de madrazos, “ay, ay, ya espérate ya.” le digo, porque de verdad da unos golpes recios que hacen que me duela el hombro y así seguimos gozándola de la vida, hasta que pedimos la cuarta ronda y nos ponemos cada vez más borrachos, yo procuro ya no tomar demasiado porque si no voy a perder el estilo y el control de la situación, lo que realmente me preocupa  es donde me voy a dormir en Villahermosa, porque en verdad no pienso quedarme en este mugroso hotel que me produce terribles sospechas, Aidé está ya tan borracha y drogada que no me gusta lo que se viene en puerta así que comienzo a vestirme y le digo que ya me voy, como un canalla que una vez obtenido su goce  sexual se esfuma a la chingada, sí, ¿pero es que qué más podría hacer? me pregunto a mí mismo, pero Aidé reniega porque no le parece mi decisión y me dice: “no Carlos -como le dije que era mi nombre- que te crees si bien chingón, ¡tú vas a pagar las cervezas como quedamos y aparte me vas a pagar a mí, o que te creías que de gratis te iba a mamar el pito? ¡paga tú cabrón!” Problemas, problemas, siempre se vienen los problemas encima...

“No Aidé, quedamos que yo pagaba el cuarto y tú pagabas lo demás, si por eso venimos, porque de otra forma no hubiera sucedido nada, ni nos habríamos conocido.”  “¡Cabrón, tú dijiste que ibas a pagar las cervezas, ahora pagas o no te sales vivo de aquí!”  (Ya sabía yo que esto iba a traer problemas pero soy un necio, parece que nunca escarmiento). “No Aidé -le digo serenamente, des apendejándome la borrachera- tú dijiste que ibas a pagar las cervezas, yo nada más voy a pagar la última ronda, acuérdate que te lo dije cuando nos trajeron las cervezas que yo nada más iba a pagar la última.”  “¡No, no cabrón, paga tú miserable ojete!” Ya vestida, Aidé agarra mi mochila y dice: “o pagas tú todo o no te doy tus cosas.”  (Ya parece increíblemente otra mujer en vez de la dulce Aidé que siempre decía “yo soy very crazy”) Pero no puede haber ningún cambio en el plan simplemente porque yo ya no traigo dinero, más que una miseria, que no alcanzaría para pagar las ocho cervezas. Hago llamar al chavo que nos las había estado trayendo y le digo: “¿cuánto va a ser amigo?” (Aidé sigue gritando y está como loca aferrada a mi mochila), el chavo dice: “cada cerveza cuesta seis varos, serían cuarenta y ocho.”  “ahí está pues.” Le pago doce pesos al chavo y le digo que ella le va a pagar los otros treinta y seis, pero Aidé sigue aferrada y tengo que pelearme con ella para que me dé mi mochila, ya después se la arranco, después de haber recibido dos tres de sus trancazos que da con esas manazas suyas. Se desploma en el suelo hundida en la miseria de la droga y dice. “maldito Carlos ojete, eres un ojete, dijiste que tú ibas a pagar todo.” El chavo nada más se queda expectante viendo la situación y le digo: “mírala ya como está, yo te estoy diciendo la verdad, ella iba a pagar el resto.”  Saco los treinta y seis pesos de la bolsa de Aidé y se los doy al chavo, entonces me bajo casi corriendo las escaleras mientras oigo los desgarradores gritos de Aidé y ya en la calle me echo a correr, esperando que no me estén siguiendo treinta padrotes con sus macanas, me esfumo por una de las calles laterales y pienso de nuevo toda la situación, casi siento lástima por la pobre de Aidé y me acuerdo de sus ‘yo soy very crazy.’  Confirmo de nuevo mi teoría: No hay que confiar en una mujer que está tatuada en el hombro.

 

“¡Villahermosa, que hermoso recibimiento me das!”  Grito al aire mientras voy por la calle taloneando monedas para conseguir pagar un cuarto, el cielo ya está obscureciendo, (se ve que viene una noche espléndida), y después de tanto mendigar consigo la suficiente lana para quedarme en un cuarto de treinta pesos..., “vaya, vaya”, me digo ya en la cama del cuarto, debajo de un ventilador que se mueve lentamente mientras pelo una naranja con mi navaja Victorinox Switzerland que me compré en el Sanborns de División del Norte. Ja, -me digo- estupendo recibimiento... vientos por ti... Villahermosa la hermosa, la muy primorosa, la muy candorosa -empiezo a jugar con las palabras- y después saco mi grabadora de la mochila y sintonizo el 96.5 de FM de radio de Villahermosa, la estación se llama “Music Light” y el locutor que está al aire se esfuerza mucho en hablar como un escuincle  fresa de la colonia del Valle, luego sigue hablando y menciona según su lista, cuáles son los discos más vendidos en la historia del Rock and Roll: el “Thriller” de Michael Jackson está en el primer lugar (aunque esa porquería no es Rock and Roll evidentemente), seguido inmediatamente después por “Exitos 75-85” luego, aproximándose en tercer lugar está el “Rumors” de Fleetwood Mac y después en la cuarta posición  el “Born in the USA” de Bruce Springsteen.

 

Decido apagar el radio y poner un cassette de Dire Straits, me doy una vuelta por el cuarto y luego me asomo al balcón que tiene vista hacia el río Grijalva, las luces de los postes alumbran pequeñas rebanadas del agua que se mueve en la misma dirección que el viento y en la avenida que está en la paralela pasan varios camiones ya vacíos haciendo un escándalo que se confunde con la música de los Dire Straits, “Once upon a time in the west”  es la canción que estoy escuchando, mientras mastico los gajos de la naranja, es un momento perfecto para pensar cómo está ahora la situación de mi vida y lamentar la soledad tan magnífica que me está envolviendo junto con la música, pienso en como solías ser conmigo, Guerda, y en cómo nos amábamos con tanta frescura, tanta cadencia, tantos fulgores de alegría que ahora están perdidos, o ranciándose en nuestra memoria de unos tiempos ya tan remotos y olvidados, y que me causa tanto pesar recordarlos aquí  y ahora.

Me siento tan solo y triste que podría llorar, podría quedarme como agua para chocolate, pero en vez de eso dejo que siga la siguiente canción de Dire Straits, “Romeo y Julieta” se llama la canción, grabada en vivo del disco Alchemy, y dejo que la guitarra de Mark Knopfler llore por mí en estos momentos.  Así me quedo dormido, con las botas puestas. Al día siguiente me levanto con los pies hinchados; “puta madre, se me olvidó quitarme la ropa”, es lo único que alcanzo a mencionar, y después me voy a dar una ducha en la regadera compartida del hotel, un par de putillas me ven salir del cuarto y se sonríen, yo me sonrío también y entro a la regadera, de la que sale un agua bastante fría que me hace soltar exclamaciones: “¡BRRR; PUTA MADRE CON EL AGUA; HAY CABRÓN, ESTÁ HELADA; HAY GÜEY, NO MAMES, ESTÁ RE PINCHE FRÍA.” 

Después me visto con la misma ropa sucia, (porque no he lavado mi ropa desde que dejé a los McDonald), y salgo y me dirijo nuevamente hacia la calle, hacia esas calles abstractas de Villahermosa (llenas de putas y perros callejeros) esperando poder talonear de nuevo unas monedas. Doy una larga vuelta y cruzo al otro lado del Grijalva buscando gente bondadosa y cálida a la cual poder arrancarle unos pesos con mi buena educación, (señoras ya grandes, de preferencia) después de dar vueltas y vueltas se me va todo el día pero ya tengo dinero suficiente para comer por lo menos un taco y para tomar un camión que me lleve hacia lo más cerca que se pueda de la ciudad de México, que es La Venta, Tabasco. Así que hacia allá parto después de pasar a recoger mis cosas de mi cuarto de hotel y me subo en el camión, durante el trayecto voy pensando en Aidé...

“...yo soy very crazy...”

Y no le gustaba que le dijeran mujer…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

MI PRIMERA NOVELA (FRAGMENTO 2,

AÑO 1997)

MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

"En la cantina me di cuenta porqué habíamos visto las calles tan desiertas: Tal vez los pistoleros del pueblo habían salido a vacacionar y habían delegado las responsabilidades a los borrachos, que la verdad cumplían al pie de la letra con el mandato abarrotando el lugar con sus pláticas, gritos, demostraciones, y demás parafernalia pueblerina.

 

Pedimos cervezas y nos sentamos en una mesa junto a una rockola, al principio se sintió nerviosa de ser la única mujer en medio de puros borrachos sudorosos y yo le recordé que en gran parte eso era andar de aventura y que la vida sin riesgo no vale la pena ser vivida y que a eso habíamos venido y que por cierto, ella traía los cigarros. Detrás del cantinero y la pequeña barra había en el centro de la pared ocupando el lugar de mamá Guadalupe un poster gigante de colección de Julio César Chávez apañando a dos nenas en bikini y bebiendo coronas, hicimos algunos comentarios irónicos sobre el tema y le mostré mi verde envidia, tomamos de las cervezas cruzándonoslas por los brazos y un borracho de pantalón negro y cara ceniza nos abordó para pedirle a Guerda que si quería bailar un ‘pieza’, insistió educadamente a pesar de la negativa y después se fue mostrándonos las palmas de las manos: “está bien, está bien, ya no interrumpo a los enamorados, adiós.” Le dije que no se hubiera negado a bailar con Antonio Rodríguez para que yo les tomara la fotito del recuerdo, ella bajó la mirada, tomó un limón de la mesa y fingió exprimírmelo sobre la cara. Así era Guerda, siempre tonteando y distraída parpadeando dos veces, aunque también luego yo no le veía ni el polvo y se me escabullía. Hice un rápido viaje al servicio de baño atravesando un patio lleno de gallinas y en la pared leí unas palabras: “Aquí nos cogimos a Alfredo el chilango, agosto 93.” Ja, después de los patios de gallinas siempre se encuentra uno con testimonios como estos; bueno, ¿yo que quieren que haga? Mejor vayan al departamento de paquetería: “Canal 5 al servicio de la comunidad, se solicita su ayuda para localizar a las siguientes personas...” Yo quise poner mi graffyti también: “Nunca podrás caminar a través de los espejos ni nadar por las ventanas.” Una frase de Morrison, pero el pedazo de ladrillo se deshizo y solo llegué a “Nunca podrás.” Me le quedé viendo mientras me abrochaba el cierre y me reí, la frase inacabada finalmente acabó por gustarme, porque me sonaba macabra. “Nunca podrás.” Porque también suena retadora, las cervezas me habían pegado y me sentí borracho, así que me reí de nuevo: ¡Ja, ja, ja! Regresé a nuestra mesa pensando que el ‘Nunca podrás’ no se puede aplicar en mi persona y Guerda buscaba una canción en la rockola, programó una de José Alfredo Jiménez y cuando se sentó no dudó valientemente para cantármela, se sabía toda la letra y a mí empezó a darme vergüenza, volteaba a verla a ella y volteaba a ver a la rockola; era un ruido ensordecedor y chillante, la demás gente también lo cantaba, pedimos otra ronda y la carita de Guerda comenzó a ponerse colorada, sus párpados sucumbían, el pelo se le desordenaba, yo tenía que pararme del asiento para besarla, de repente le dije: “oye mujer, ya dejémonos de pendejadas.” (una frase muy directa para el tono en que hasta ese momento nos habíamos tratado, y la impacté con eso, según dijo después de unos días: “David, me asombraste, nunca creí que...”). Etcétera, luego alguien programaba otra canción ranchera, luego otra ronda, luego dos cervezas; era una vida agradable la nuestra y yo empezaba a acostumbrarme a la idea de que nos quedáramos ahí hasta el fin del mundo o hasta que terminara el sexenio, que como ahora todos sabemos, no eran ideas precisamente encontradas. Guerda echó un soplido por sus labios resecos y divinos y estiró las manos sobre la mesa como si quisiera guardársela debajo de la playera, tuve que darle un golpe con el pie. “oye, aliviánate, que va a decir la gente, que nunca te saco a pasear o qué.” Y ya se estaba emborrachando delante de mis ojos atónitos, no había ido a dar su clase de danza por estar conmigo, estaba sola, sola en Dolores Hidalgo con una mochila casi rota y con un poeta que lo único que quería era escabechársela, abría la boca para decir algo pero no decía nada, bajaba la cabeza, (¿Qué voy a hacer con una mujer borracha a estas horas?), su voz sonó como a doscientos kilómetros: “Oye... tú me quieres...?” Y Julio César Chávez me sonreía... “Oye, ja, ¿qué quieres decir con eso? Claro que te quiero pero...” “Tú me quieres...oye, tu no eres como el Pantera, yo no sé cómo le hacen para ser amigos.” (ha, ajá, ahora yo soy quien sabe qué, ¡me estaba comparando! ¡Me había estado comparando todo este rato!). Me había comparado con ese pedazo de mosca y por tanto me sentí encabronado, celoso, di una rápida ojeada a los últimos acontecimientos para examinarlos con ojo clínico, no sabía si ellos se habían visto durante toda la semana o solo el día que llegaron a mi casa, pero obviamente con el no había tenido una experiencia como esta, y esto era lo que más quería ella, vivencias, vivencias, acumular una tras otra vivencia para volverse inalcanzable, ja, (y ¿porqué me río?), por tanto me sentí seguro del todo otra vez y le dije una crueldad: “acábate la chela no? y vámonos.” Y no solo terminó con la suya sino se empinó la mitad de la mía y cuando salimos a la calle casi se va de cuernos sobre una señora que vendía collares exóticos: “eres un gacho, ayúdame.” Dijo mientras yo iba a mitad de la calle y ella se fue por la banqueta.

 

“Debería ser Emilia la que estuviera aquí maestro.” Pensé después de meditarlo mucho, y en ese momento dos sujetos de pinta brava le chiflaron y me puse en guardia inmediatamente sin friquearme, el laberinto de calles y la lejanía mexicana se ceñía sobre nosotros desde todas direcciones, las sombras de las casas crecían, una mujer soltó unas monedas que al caer hicieron un eco tan escandaloso como si hubiera tirado al suelo toda la lana de ‘pégale al gordo’, era la combinación perfecta: ella borracha y yo sin moneda. De repente tuve la visión espantosa de que todo esto podría terminar en una horrible pesadilla, (violación, asesinato, despellejamiento), ideas que me pasaron zumbando la cabeza como luces de carretera en la noche, uy, que me achuté, y me asusté en serio, regresamos a la misma banca frente a los libros usados y la población de la calle aumentaba, los focos de la plaza se prendieron, una maraña de nervios se enredó en mi cabeza: “¿Cuánto dinero traes eh?” “una madre...” (¡Hip!) “¿Qué hacemos?” “Pus tú guapa, no puedes ni caminar, qué hacemos?” Me sentí como un imbécil al preguntar eso he inmediatamente la levanté diciéndole: “Pus vamos a meternos a ese hotel a ver qué vemos.” Era el hotel Posada Coco-macán, que estaba al lado derecho de la catedral y se veía de aspecto muy caro, del tipo de hoteles con arreglos a la mexicana para atraer a los gabachos, ¡y el mexican quite curious! Yo no tenía la mínima esperanza de rentar un cuarto pero por lo menos esperaría a que la borrachera se le bajara, algo bueno pasaría como siempre pasa. Ya enfrente de la puerta dudamos como inditos tehuanos, entonces la abrasé, la rodeé con mi brazo derecho sobre su Levis vieja, (¿Porqué carajos no?): Estábamos lejos de casa y yo pensando que la única causa por la que vale la pena no suicidarse es el desmadre, hacer lo que te da la gana, así que me llené de valor y ella se sonó la nariz haciendo un escándalo, entramos al hotel por su gran puerta de madera con la gloria del ejército Trigarante; cruzamos un pasillo lleno de dudas y de ecos misteriosos como el bosque de árboles con caras de Dorotea, un mostrador al lado derecho, un restaurante al otro, un jardín central lleno de árboles enfrente de nosotros. Dije “buenas tardes” a la señorita con una sonrisa de millonario y ya estábamos adentro de esa atmósfera lejana, “uooooauuu.” empezamos a captarlo todo, miré de reojo pero la mujer ya estaba ocupada en otros asuntos tecleando una computadora; lo que se me hizo raro pero seguimos adentrándonos, al lado del jardín por donde entraban ya las pocas hebras de luz nos topamos con unas escaleras; “órale no, vamos a ver qué honda.” Y la excitación aumentaba y nos sentíamos de peluche y de tripas corazón y de hecho primero nos dividimos y yo me fui por abajo, un mesero pasó por ahí y me saludó, lo que me dio a entender que nadie nos vería como raros especímenes y también lo saludé, “ándale córrele” no le dije, pero estuve a punto, porque yo que he sido mesero sé lo que más les repatea. Anduve por ahí hablando solo y regresé a las escaleras donde ella estaba tratando inútilmente de arreglar su mochila, se veía guapa toda desgreñada como una vagabunda, me dijo que le dolía la cabeza y le pasé la mano por el pelo: “Güey, i can’t belive you, estás bien guapa... ...pus no sé que hacer, espérate tantito, es por las cervezas, ahorita se te pasa.” “...mmme estás dessspeinaaando...” “te voy a despeinar, pero metafísicamente.” Pensando para mis adentros: “qué descarada.” “Ay sí, -me dijo-,juar, juar, juar.” “Ya verás, ya verás...” Subimos las escaleras y no había nadie, n-a-d-i-e, “cáaaamara” “a ver películas.” Avanzamos a pasos lentos como francotiradores y cruzamos como sombras por todo el pasillo, nos detuvimos en la esquina donde la puerta del cuarto 28 estaba entreabierta y “a ver aguanta, échame aguas.” Le dije mientras echaba una ojeada en la habitación y como no había nadie nos metimos de inmediato como si estuviéramos a punto de arrancar en una camioneta robada.

En la habitación reinaba obscuridad total y olor a sábanas limpias, aguzamos nuestros sentidos y los pocos ruidos que hacíamos los empezamos a oír como si salieran de las bocinas de un estadio en un concierto de Metallica, como si desbaratáramos hojas secas a cada paso que dábamos, y eso que pisábamos con mucho cuidado para que la vieja del mostrador no nos oyera, porque estábamos exactamente arriba de ella y su computadora, aunque de hecho estábamos mucho más arriba de todo el hotel, estábamos en nuestro propio hotel. Un hotel descarado y poético podríamos decir. Algo que ya traíamos, algo que ya estaba en sus ojos y yo se lo leía en voz alta porque no podía hacer otra cosa, porque a los recuerdos hay que meterles palabras, porque cuando me acogía en sus brazos sin que se lo pidiera y sentirlos tan amables y tan cálidos en mi cuello era como regresar de nuevo a la senda del mundo, era vencer, instantáneamente, al olvido, a la muerte, a las paredes grises que escurren explicaciones vanas.

 

La poca visibilidad nos hizo tropezar con los muebles y una jarra de agua se tambaleó sobre una mesa, estuvo a punto de caer pero no cayó de puro churro, respiramos y nos reímos como duendecillos traviesos y dejamos nuestras mochilas en una de las camas. ‘Prende-la-luz’, le dije entre murmullos asomándome por la ventana y pensando mil cosas; en la calle la noche ya era más que evidente y clara, la gente transitaba alegremente por su pueblo natal y se notaba un claro ambiente de fiesta pueblerino. Mi respiración quedó impregnada en el vidrio; afuera también teníamos un balconcito de poca madre.

 

Del otro lado de las cortinas la habitación se llenaba de bosque, se llenaba de la textura de nuestras emociones. Guerda no prendió la luz como yo descuidadamente le dije, su borrachera empezaba a disiparse y ya pensaba con más claridad, me dijo que así era mejor para ahorita, aunque yo le reclamé que me hiciera caso y le hice que me diera su explicación solo para ver si estaba segura de lo que decía, haciéndome el enojado y riéndome al mismo tiempo cuando escuchaba sus tiernos y francos razonamientos. Me acerqué a la puerta para ver si escuchaba pasos o si alguien nos había seguido pero nada, el avión de la paranoia se me fue cuando vi que todo estaba tranquilo.

 

“Vamos ganando muñeca... -murmuré-, hay que celebrar.” Quisimos acercarnos pero como todavía no nos acostumbrábamos a la falta de luz me dio un manotazo que me cayó de lleno en la cara, “ay, órale hija, tienes la mano pesada como los albañiles.” Luego nos abrazamos y nos besamos y le dije: “Lo que tú no sabías... (le di un beso)...es que yo tenía esto planeado desde el principio...(otro beso)...viajecito a Dolores Hidalgo con todos los gastos pagados, acá, ja, ja, ja...yea, vamos ganando baby...,When Love Comes To Town.”

 

Se acostó sobre la cama sin hacer ruido y yo me asomé otra vez por la ventana para vigilar, una excitación vibrante me sacudía, sentí mi ropa puesta, sentí las africanas puestas y pensé en mis amigos, pensé en sus luchas y sus soledades, sus pendejadas también, en la calle un carrito avanzaba como un pato y por un alta voz anunciaba que en famoso tugurio habría una fiesta sensacional a las diez de la noche; “¡Mis amigoooos de Doloreees!” Guerda me preguntó: “¿Qué hay afuera?” “Un planeta re feo.” Era por fin nuestra primera nochecita juntos.

 

Me acosté junto a ella, me acarició los brazos con sus manos de niña y nos quedamos un rato como zombies mirando el techo obscuro de barras de madera del que colgaba un candelabro, sin hablar para nada pero con las mechas bien encendidas. De repente nos sacudió de nuevo el: “¡mis amigooos de Doloreees!” Lo más desesperante era que no podíamos hablar en voz alta; cada que escuchábamos pasos y voces en el pasillo nos callábamos pero no pasaba nada; eran turistas, camareras trabajando, yo todavía no creía que habíamos burlado el sistema de seguridad y los radares anti gorrones pero así era. Se me ocurrió una cosa y suavemente la empujé para pasar encima de ella y tomar el teléfono de la cómoda, hice girar el disco como si llamara a la recepción para quejarme del roomservice, porque la verdad era pésimo, ja, ja, todavía no nos traían de cenar.

 

“Bueno, como los del roomservice na’ más se hacen mosca parece que tendremos que sobrevivir a base de pura agua, como Gandhi.” Me paré a la mesa y serví los dos vasos, los dejé sobre la cómoda y prendí una vela. Se zampó toda el agua de un solo trago por su crudita y me pidió más, quité una funda de la almohada y me la coloqué en el antebrazo, fui por la jarra y le serví de nuevo. “¿Desea algo más señorita?” “mmm...pues no sé, ¿qué más tienen?” “mm, oh...tenemos un servicio especial...es solo para señoritas como usted.” (todo esto dicho en voz muy baja y tierna). Dejó el vaso y estiró los brazos hacia mí diciendo solamente: “ven.” Y yo ya era el hombre más feliz del mundo o por lo menos me sentía dentro de esa secta de imbéciles, a-ha, pero a mi manera... ‘in my way...’ como diría Harry el Sucio. Me quité las dos playeras y me subí a la cama, comencé a besarla y le descubrí el ombligo, se lo besé alrededor pensando: “oh diablos, la carne, la carne siempre asombra (me expliqué a mí mismo el significado de la carne, esa estupidez filosófica de la dicotomía entre alma y cuerpo, espíritu y materia, blanco y negro, Pepsi y Coca-cola y demás anatemas), no me la voy a acabar.”

 

Subí otra vez hasta su rostro, a través de la cortina la luz de la plaza entraba suavemente iluminándole la cara, sus ojos grandes de mujer catalana me observaban con una expresión burlona y ambigua, Guerda se estaba transformando en un felino y yo pensé: “aquí me quedo maestro, de aquí soy.” Hicimos el amor una vez bajo el candelabro, y luego otra vez, y otra, y ya nada más porque así era suficiente.

 

Algo más tarde, a tooodos nuestros amigooos de Doloreees sonó por última vez, y en las bocinas de la pared comenzó a sonar una musiquita ambiental a lo Raif Connif que a Guerda no le pareció porque estaba fumando recargada en mi hombro y dijo volteando hacia la puerta como si hablara con otra persona: “Oye, que poca, nos tratan re mal no es justo, pongan a Dead Can Dance.”

 

Sí léanlo ése libro de Geney Beltrán.

  ¿Conocen el libro de Geney Beltrán Félix el de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma ? Geney argumenta muy bien el hecho de que...