lunes, 18 de noviembre de 2024

DOS POESÍAS DE HUMOR. POR MARCOS GARCÍA CABALLERO Ó GASTÓN VEREDAS

EL CLAVADO

 

Aficionado permanente a la

lejana inmortalidad, desde luego.

Aficionado a lo creado por vía del espíritu y el pensamiento,

que digan lo que digan, siempre sopla por donde quiere

y aparte, siempre está más vivo

que la horrorosa materia y los objetos.

Aficionado, soy eterno aficionado a la obra poética de Eduardo Lizalde,

poeta mayor de nuestras letras.

Él obtuvo siempre sobresaliente en todo, como el tigre solar y el amante mayor.

Aficionado, soy permanente aficionado a la obra cumbre

de las letras francesas: Gargantúa y Pantagruel.

De hecho, todo escritor que se precie debería recordar su juventud

con el Capítulo Once

de “La adolescencia de Gargantúa”.

Aficionado, eterno aficionado soy de mi propia juventud.

He ahí mi falla, mi llaga querida:

Señores, poderosos fiscales, amigos entrañables

y seres de otras latitudes, regálenme ese recuerdo,

el único memorable: esa rebeldía hecha acto, amor, poesía y canto,

epopeya mayor, singladura,

recuerdo enemigo y único,

recuerdo odiado tantas veces

repetido como pasos en falso,

con alcohol o con alarde de ¿qué pasaría si yo tal cosa…?

Es así, y es un recuerdo ya insoportable que no tengo,

amiga mía, confidente y locamente deseada: ese recuerdo ya te pertenece.

 

2

Por primera y única vez tengo la edad de Cristo:

(¿Pregunto acaso: se trata de una broma tirada desde la mitología femenina?)

veo con pesar el escape del tiempo: el tic… y luego el tic tac…

el camino andado y el desandado, lo que hice y lo que no haré nunca,

lo que soy y seré con cierto polvo y diamante, hacia delante y hacia atrás,

con un hilo de nostalgia al baúl de los recuerdos

y mi primera letra bien escrita, que me dicen fue la e (es decir la e

para decirle a mi hermana ¡es que eres una estúpida!).

Cómo pasan siempre así, repetidas, una y luego otra,

generación tras generación y sin poder evitarse,

—proyecto moderno eurocentrista— las torpes confesiones y proezas escolares.

La plástica rutina, la matemática, el diez en biología y también

saber que la vida está perdida.

El amorcito querido por el único niño que fui,

el único niño que ahí me espera, en algún lugar inhóspito cuya rendija habla

con el soplo de la memoria y el tiempo.

Hoy saldré a cavar mi tumba, a plantar 90 árboles

y boicotear la poesía enemiga en una

de estas noches de partidocracia electorera y autogoles del gobierno.

Con un cúter separaré las páginas de un libro malo

y haré poesía dadaísta, como la que sale en el periódico del domingo.

Grabaré mis iniciales en tu copa y luego me beberé tu risa,

hasta el fondo, esa enorme y sabrosa pulpa

que late detrás de tus dientes hasta que venga el plato fuerte:

la enjaulada ambición de ser uno y una

con la noche hasta el último céntimo de la luna.

Veré tu rostro y luego me volcaré a pensar en tu ausencia,

por todas las veces que fue un dolor, para nunca poder olvidarte.

 

 

Mayo 2007

  

 


 

 

POEMA FAMILIAR

 

 

Les presento ante ustedes

a la familia de mis poemas:

Uno se llama Radio y salió chiquito por ser de los primeros.

Pero le fue bien, ya que hasta la revista Oráculo llegó.

Uno se llama Visita a Coatlicue y es largo, extenso, sobrio y también

le ha ido bien, ya que fue leído en un salón de clases de filosofía

de la ciudad de Aguascalientes y, a pesar de que yo su autor lo leí

nadie se dio por enterado de quién era.

Además, por supuesto, es el favorito de mi abuelo

materno y además corrió con suerte en la Primera

Feria del Libro del Zócalo de la ciudad de México.

Cuando estoy desempleado presento mi mejor poema para

esos casos: “Solicitud de trabajo”: que empieza así:

“El mundo se ha cansado tanto de esperar un nuevo Arthur Rimbaud

Que yo presento mi solicitud al puesto vacío”.

En poemas amorosos tengo uno llamado “Mi femme”

Con el cual casi me salieron chipotes de la cabeza mientras lo escribía,

ese poema está ejecutado para el nalgatorio.

Hace poco mi amigo Gustavo Enrique Orozco

presentó su primer libro de poemas.

“Vamos a conquistar el mundo”, me dijo.

No sé si lo dijo en serio o en broma

porque en mi familia hemos sido tan cogelones con la poesía

que, por lo menos, hemos dejado a otros poetas

LITERALMENTE MUERTOS DE HAMBRE.

  

DOS POESÍAS, POR GASTÓN VEREDAS.

 

SIN TÍTULO

 

 

En medio de los valles del poema,

gritaré tu nombre.

Cuando recorra

toda aquella mordedura

que el mundo me tiene preparada,

me recargaré sobre lo que siempre ha sido

mío, y lo palparé con suavidad,

esperando que alguna voz

del portento salvaje,

me traiga, al fin y al cabo,

alguna noticia de tus ojos

donde se esconde una flor,

un fuerte “¡Carámba!”

Y si estás ahí,

habitaré tu nombre.

 

Agosto 2010 

 

 

 

DOS SEGUNDOS DE PASADO Y DESAMOR

 

Oh belleza, oh terriblemente selvática belleza la de tu rostro perfecto, enmarcado en una de esas (según la palabra antigua) cabelleras de fuego rebelde y espasmódico. Esa belleza, te digo y te lo hablo así, vale tanto que es ese tipo de carne que uno mismo pierde al salir de una cantina, es lo que (y aquí hablo de mi propio pasado) me hizo recorrer el país por las carreteras buscándote como espejismo. A ti esa belleza te viene desde tan lejos como la sabiduría a los proverbios, ese plancton macerado en esos ojos grises tan llenos de alas, divinos, ¡oh materia! Tú que todo lo tragas, que incluso algún día hasta al más corrupto de los políticos redimirás bajo los suelos, no sabes nada de lo que hablo. La gracia de esta ninfa, de ésta criatura alegre y cruel que me concede dos miserables segundos por teléfono, ya ha caído bajo mis garras, ya sabe algo de mi sensual lujuria. Ella diría, lo apuesto: “te ves todo tierno ahí escribiendo, todo chic y todo pretencioso, todo artista”. Ella conoce mis poemas, pero por los que le dediqué, estoy seguro de que alguien me dejaría dar cátedra, me invitarían al púlpito, incluso, ¿quién carajos lo sabe? Se decidiría de nuevo el gran jurado y me darían tal vez otro premio.

 

QUIERO DEJAR CONSTANCIA DE MI AFECTO POR LOS LIBROS DE FERNANDA MELCHOR.

 


ME HA GUSTADO, MI QUERIDÍSIMO MATEO GARGALLO, ELLA ES UNA GRAN ESCRITORA. YO NO GANO NI UN PESO POR HABLAR BIEN DE ELLA, PERO RECORDEMOS QUE ADMIRAR A NUESTROS SEMEJANTES NOS LIBERA Y NOS ENRIQUECE. ENTONCES VIVA,

QUE SE COMPRE "AQUÍ NO ES MIAMI" Y "TEMPORADA DE HURACANES" YA DIJE MI OPINIÓN EXTENSA Y LOS INVITO A LEERLA.

lunes, 4 de noviembre de 2024

ALGO SÉ DE LA PLÁSTICA TAMAULIPECA (POR) MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

SOBRE LA PLÁSTICA TAMAULIPECA

 

 

Casi cualquier ciudad importante del centro del país (Aguascalientes, San Luis Potosí, Zacatecas, Guadalajara, Querétaro o Morelia) están relativamente a la misma distancia de Ciudad Victoria que del Distrito Federal (consulte usted su Guía Roji o su Altas o la aplicación Google Maps para entender la evidencia de la palabra “relativamente”). Además, el hecho irrecusable es que donde los pintores y todos los demás artistas tienen qué probarse a sí mismos de una u otra forma, es presentando sus trabajos primero en la ciudad de México y luego, si su suerte no los defrauda, vendrán los festivales o las exposiciones en E. U. y Europa y esta suerte de peregrinación o talento peregrino (dicho sea sin detrimento de nadie), se debe inequívocamente al centralismo de este país, que hace que el trabajo artístico también tenga su Meca, o su mini Meca, más bien, en el sentido de las oportunidades de desarrollo personal y profesional, pero la realidad  es que la Ciudad de México es una megalópolis en términos de explosión demográfica, cuestión ésta que no atañe sino a nuestro atraso histórico en aspectos democráticos, económicos y educativos. Por tal motivo, los habitantes de dichas ciudades tienen mayor oportunidad de ver la creación tamaulipeca en la exposición “Plástica tamaulipeca contemporánea” que durará hasta el 10 de septiembre de 2003 en el Centro Médico siglo XXI de la ciudad de México, que, por ejemplo, visitando Ciudad Victoria o Tampico. Tampico tiene fama de ser ciudad fea y hay cierta verdad en eso, “huele a petróleo” como dice Taibo II en su noveleta De paso; el Distrito Federal tiene la fama de ser la peor de las ciudades mexicanas y también hay  verdad en esa afirmación, “el pinche monstruo no se deja narrar” (para seguir parafraseando a Taibo), pero como también hay verdad en decir que es la ciudad que más expresiones artísticas abreva,  éste texto puede leerse como una invitación no para mostrar la histeria o  demencia de esta ciudad, sino para mostrar que la realidad artística del país, debe ser el leitmotiv de visitar, recorrer y aprovechar lo que la ciudad de México puede ofrecer si se le analiza con simpatía. Tarea difícil si las hay, pero como el arte también implica dificultad, también hay que analizarlo con simpatía para demostrar que la simpatía viene siendo la mejor de las ciudades posibles y por supuesto, el mejor derrotero de la creación. Así puede leerse el poema de Sergio Mondragón titulado “Color y forma de lo que dura” dedicado al pintor José Reyes Meza, con el que se inicia la exposición de artistas tamaulipecos en el Centro Médico siglo XXI:

 

            “En los altares de muertos de tus pinturas,

            en tus pinceles embadurnados

            canta todo lo que somos, todo

            lo que quisiéramos ser;

            grita todo lo que estas tierras tienen vivo

            bajo sus mataduras, todo lo que ha encontrado refugio

            en tus colores, en la paleta de diablo que pulsas

            como un Stradivarius.”

 

En este fragmento, comparar al pintor con un creador diabólico con Stradivarius es lo novedoso del poema, si partimos de que lo auténticamente novedoso, lo más inesperado, es lo mismo que se ha manifestado desde sus orígenes. Mondragón, (el legendario creador de la revista El Corno Emplumado en los años 60’s) compara la pintura bucólica de José Reyes Meza con el carácter campirano de los antiguos juglares y trovadores que recorrían los pueblos despertando la fascinación del público, cosa que siempre ha sido, una de las manifestaciones del diablo para entrometerse en los asuntos humanos.  Roguemos entonces, porque los cuadros de Reyes Meza no salgan del recinto e inicien actividades satánicas. Parar el tráfico en avenida Cuauhtémoc, por ejemplo, o algo todavía más atroz.

            Del resto de los expositores, cabe destacar la obra de Aníbal Hernández, en especial el cuadro “El azar pasea por el bosque”; título que por sí solo ya es una hermosa declaración estética, pero los que enseñorean la exposición, a mi parecer, son los artistas Pedro Banda y Gloria Tijerina, ambos con propuestas novedosas en el sentido de lo original, del origen, de lo novedoso y sorprendente que resulta constatar que el mundo sigue con su parcela de orden y desorden. Sobre la obra de Pedro Banda escribe Berta Taracena:

 

“…el color ha cobrado poder en el lenguaje de Banda. La fuerza de los acordes cromáticos, la gran maestría con que armonizan… han ido haciendo de Banda un pintor auténtico… genuino representante del expresionismo.”

 

Si en su ensayo (muy lúcido, que duda cabe) Los hijos del limo, Octavio Paz declaró que las vanguardias artísticas habían muerto, dicha afirmación propicia la polémica en vez de clausurarla, ya que a pesar de tan anunciada muerte, podemos afirmar que la obra narrativa de, por  ejemplo, Carlos Fuentes, representa la vanguardia sin proponérselo, ya que las vanguardias significan ante todo radicalidad de significados, no el hecho de tener etiqueta de nombradía,  así que es probable que ya se estén generando movimientos de vanguardia muy importantes actualmente: en Fuentes, desde La región más transparente, Las buenas conciencias, Gringo viejo (ésta última,  Diana o la cazadora solitaria y  La silla del águila son sus mejores obras, para mi gusto) contienen esa radicalidad significativa en el sentido de lo original, de la palabra que origina; obras que hablan de una poética inmensa que versa sobre los temas centrales de la literatura: el amor pasional, la soledad, la ambición de poder (donde entra la novela histórica) y la muerte.

            Este sentido de la originalidad acompaña la obra de Pedro Banda y Gloria Tijerina; en el primero, por ejemplo el hermoso cuadro “El alfarero de Tula Tamaulipas”, de forma expresionista, de manera que el expresionismo tuvo como razón de existir a principios del XX — y es lo que Pedro Banda reivindica—, el hecho de brotar de una irracionalidad psicológica y metafísica que podemos denominar simplemente como energía  y exaltación (un vir, en griego, de donde proviene la palabra virtud: la fuerza y la excelencia), y la virtud es para verla más tiempo del que amerita, precisamente porque nunca está de más: colores zumbones, objetos representados más por el color que por el espacio físico del cuadro, esta pintura retoma la “alegría sensible” de la que hablaban los primeros pintores expresionistas. Pedro Banda nos transmite ese “espacio sensible” en sus cuadros, en los que los temas hablan de la sorpresa de la cotidianidad y las costumbres, y si bien  representan actividades sencillas, de cualquier manera sería un error calificar su obra como “provinciana” y no sólo por el númen despectivo  de la palabra, sino porque su veta expresionista captura el interés, (es decir lo que hay entre dos) en este caso, pintor y modelo o tema, de manera que no hay sublimación como dice la psicología  de cajón, sino una dignidad desafiante, precisamente porque nos introduce en el espacio afectivo del cuadro. Si el futurismo pregonaba que “habrá más en el futuro”, el expresionismo sostiene “hay más en el presente”; en el aquí y el ahora “hay esto y hay que asumirlo”, de ahí la estética desafiante de la pintura expresionista.

 En el caso de Gloria Tijerina, de su serie “De noches creativas”, destacan las figuras Tótem No. 005 (cerámica, madera y cuerdas de algodón, 1997) y Tótem No. 003 (del mismo año). La utilización de los tótems proviene de las antiguas culturas de América en la región  del norte de México y sur de Estados Unidos (aunque no sólo de América: Freud en su espléndido ensayo Tótem y tabú sostiene su origen australiano, pero me parece que es debido a que los titanes del pensamiento austriaco de la época —1913— gracias a su bendito etnocentrismo, no volteaban mucho los ojos hacia lo que ocurría en sitios fuera de su interés, o fuera de sus dominios, mejor dicho).  Dicho culto, cuya palabra completa para designarlo es ototeman, proviene de la combinación de dos cultos: el animismo —es el poder del alma de los muertos— y el culto a los animales. El culto totémico de América, al igual que a su modo lo hicieron las viejas culturas africanas, pretendía superar el conflicto de los hijos e  hijas al iniciarse en la participación de la comunidad, para resolver el conflicto de identificarse totalmente con lo que representa el reino del padre (el trabajo y la toma de decisiones sobre los problemas de la comunidad, principalmente) o la identificación con el reino de la madre (la crianza y la educación de los hijos y las actividades domésticas), dicho conflicto es universal y trasciende la historia de las culturas particulares, ya que tarde o temprano, los hijos deben enfrentarlo. Del deseo de salir airoso de este conflicto, el análisis freudiano determina que el hijo o hija, desea (Freud siempre insistirá en esta palabra), comerse al animal muerto o al familiar muerto para tomar fuerza en su lucha por crecer. De éste enfrentamiento podríamos deducir una condición trágica de la existencia de carácter inmanente, concerniente a las pasiones de la razón y las de la irracionalidad (¿Se acuerdan del ensayo Diálogo entre filosofía y poesía?). Luego se retorna a lo cotidiano, pero armado de una fuerza conciente que ha descubierto el sustrato y lo que detenta la cotidianidad; fuerza basada en la memoria del peligro de la ambigüedad contra la cual se luchó y sin duda, ahí es donde se forja y donde reincide el carácter personal, cuando el carácter, como decía Nietzsche, es una experiencia que vuelve. Pero para éste tema, mejor volvamos hasta los griegos, que como ya casi todo lo que hemos dicho después, ya lo sabían: metron ariston (todo en su justo sitio y medida: me refiero, obviamente, a la cotidianidad), ellos lo recorrieron: nada más imaginemos a los padres de la conciencia humana, como por ejemplo Esquilo, Platón o Aristóteles, llegando a esa suprema conclusión. Pero lo que interesa no son las conclusiones rápidas que vedan el desarrollo del propio pensar, sino el trayecto mismo: lejos de un auténtico parricidio, Esquilo, Platón y Aristóteles todavía siguen tocando las campanas rosas de los revolucionarios estilo Carlos Cuervo. Precisamente por significar esta dualidad, el tótem es receptáculo de magia, representante de lo sagrado y trascendente, de la travesía iniciática, de ahí que el comentador de las figuras indique que: “la interpretación de la obra de Tijerina corre por cuenta del visitante”. El encanto ha comenzado, la obra marca la pauta de nuestras interpretaciones y nuestros esbozos de respuesta.

 

DIVAGACIÓN AMABLE SOBRE ARTE Y ESCRITURA, POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

Desde hace tiempo he sospechado que el lugar que ha desempeñado el cine en el siglo XX, desde un punto de vista sociológico, fue el mismo que desempeñó en el XIX la novela, así como el teatro en el siglo XVI y tal vez en este siglo XXI sean las nuevas tecnologías virtuales y el internet. Dejo en un segundo plano a la televisión pero no a  la radio;  me parece que su campo de acción  de la tele  pertenece a tiempos y a duraciones más efímeras (aunque en su flamazo se nos vayan los días y semanas en las grandes ciudades: eso pienso de la televisión: el imperio de lo más efímero, el reino de la desmemoria y con un poder enorme, que dicta órdenes a diestra y a muy siniestra) y no de gran impacto en la sociedad,  a pesar de que en México se ve mucha televisión y la radio ha tenido y tiene, el honroso prestigio y nobleza de comunicar precisamente a las comunidades más alejadas de las grandes urbes o megalópolis del planeta. La radio comunica a ranchos, pequeñas haciendas, pueblos de playas semi vírgenes y da cuenta de los hechos locales política y culturalmente informando el latir de esas comunidades, que hay más de las que es de suponer. En un país como México, en que desde los tiempos en que terminó la Revolución se habla de que las ciudades han superado a la sociedad campesina y que debemos ingresar a la modernidad en términos de legitimidad de gobierno, democracia sin cortapisas y un definitivo alto a la corrupción, nos hemos dado cuenta de que estamos condenados a que esas ideas sigan viniendo sin cesar, siempre prometedoras, siempre inalcanzables, siempre esperanzadas. Así lo vio Vasconcelos cuando tuvo que empezar desde cero la tarea educativa del país. No importaba que la gente no leyera si es que acaso sabía: era preciso penetrar con los clásicos griegos por todos los rincones del país: Aristóteles, Píndaro, Homero. Ya después se cotejarían los resultados: lo importante era darle a México un pasado de dimensión internacional. ¿Se acuerdan del ensayo Diálogo entre Filosofía y Poesía? Por ahí va la idea: que el cine mexicano volviera a estar en diálogo con la literatura nacional; corriendo al paralelo, vamos, en 2016 ya somos potencia cultural.

            Me he referido al latir de las comunidades y lo hago ahora también de las grandes urbes: en los años cincuenta del siglo pasado ese latir estaba perfectamente empatado entre cine y literatura en México, no en balde es llamada la “época de oro” de nuestro cine. Por ejemplo, las películas del guionista Alejandro Galindo estaban basadas en reminiscencias de textos fundamentales de ésa época: El laberinto de la soledad, La región más transparente, El perfil del hombre y la cultura en México, etcétera. Entre las luminarias de nuestras letras (Octavio Paz, Samuel Ramos o Carlos Fuentes) había un debate muy importante sobre la identidad nacional que Galindo, con un enorme colmillo y conocimiento de las tretas cinematográficas, plasmó en películas como Los hermanos de hierro. Y creo que esto tuvo y tiene mayor impacto en las sociedades y que definen mejor el sentir de una época a decir que lo que nos define es la televisión de aquí pal’ real. Por ejemplo, en la actualidad, películas como Sexo, pudor y lágrimas, Amores perros, La perdición de los hombres o  Y tu mamá también... y en un lugar no menor aunque de menos alcance de las grandes masas, novelas como La piel del cielo, de Elena Poniatowska, galardonada con el premio internacional de novela, Alfaguara 2001, El otro amor de su vida de Héctor Manjarrez, la multi mencionada En busca de Klingsor de Jorge Volpi o Diablo Guardián de Xavier Velasco (Premio Alfaguara 2003 como es sabido). Y así lo seguiré creyendo, ya que me niego a definir a nuestra sociedad por el número de partidos de fútbol que se ven en las cantinas de la ciudad de México.

            Vuelvo a mi sospecha: el cine deja atrás a la novela como hecho cultural que se inserta en el cotidiano histórico. Pero a su vez, el cine debe mucho a las grandes novelas del siglo XIX. Así lo vio Tolstoi en una enorme profecía citada por Fernando Savater en un hermoso y ya lejano artículo titulado “La palabra imaginaria”: (revista   Intermedios,               marzo              de        1992):

“Ya veréis cómo este pequeño y ruidoso artefacto provisto de un manubrio revolucionará nuestra vida: la vida de los escritores. Es un ataque directo a los viejos métodos del arte literario. Tendremos que adaptarnos a lo sombrío de la pantalla y a la frialdad de la máquina. Serán necesarias nuevas formas de escribir”.

* * *

 

Las deudas del cine a la literatura y su relación son brillantemente exploradas por Savater. Pero yo me pregunto: ¿Y la poesía, y la pintura, la música? La música se ha revelado como una hermana casi gemela del cine, al nacer el cine sonoro y más adelante, el soundtrack, así que  entre la combinación de música y escenas sentimentaloides o emotivas en la pantalla, la gente las confunde con poesía o lo poético y cree que de un plumazo se pueden borrar a Baudelaire, Vallejo o Vicente Huidobro. Hablando en plata, es sabido que el cine es una bola de trucos que obligan al espectador a interesarse, a desbordarse y a entusiasmarse con una trama o unos personajes. En ese sentido, todo el cine que vemos es efectista, de acuerdo con lo que he venido manejando en estos textos. No hablo aquí de los grandes creadores de cine, como Orson Welles, Bergman, Kurosawa, Tarkovski, Kubrick o Buñuel. Sino el cine normal, norteamericano, hoolywoodesco, predigerido y de hecho mucho más disponible para el espectador de a pie: usted o yo. En esos terrenos, la poesía y la pintura casi no tienen nada qué hacer junto con el cine. Tal vez esta aparente lejanía se deba a que el pintor es un poeta por otros medios, es decir, que presenta un mundo estético acabado al igual que el poeta con sus palabras, se trata de una estética que no se conforma con re-presentar  al hombre o la naturaleza, como lo hacen la novela y el cine, sino que en realidad presentan ese otro mundo donde vivimos nosotros: el alma, la otredad en el yo o la ensoñación, tema brillantemente explorado por el francés Gaston Bachelard en su ensayo La poetica del espacio. Existen ciertas ideas psicoanalíticas que defienden al cine comparándolo con los sueños. “Soñamos como si viéramos una película”, parece ser la conclusión con la cual el psicoanálisis avala al cine y lo declara moralmente sano y recomendable. (No hay que olvidar que el psicoanálisis es una ética sofisticada) A los que así piensan y —sobre todo—: ahí se detienen, los remitiría  al espléndido cuento de Bertrand Russell Ajuste. Una Fuga para que descubran la pesadilla que tuvo el psicoanalista que intentó someter a diván a los grandes personajes de Shakespeare. ¿Qué pensaba Freud sobre lo que descubrió Lumiére? Por lo menos hasta donde yo tengo noticia no hay un texto freudiano amplio y contundente al respecto. Por tal motivo, creo que en ésta tónica (por lo menos la de ésta nota) Gaston Bachelard fue mejor detective: es la ensoñación el estado en el que verdaderamente el individuo se revela, dialoga y examina su propia vida, ya que la ensoñación tiene muchas más mayores que el sueño. Cuando se trata de penetrar en el interior de un personaje, el cine se vale de una nubecita (ahora este efecto está casi ya superado) u otros como planos-secuencia intermitentes que nos muestran un mundo onírico por acumulación, pero pintores y poetas saben que esto no basta para hacer poesía; poetas y pintores reflexionan, se inspiran (es decir, tienen visiones de la materia o sustrato poético sobre el cual trabajarán, lo cual es muy distinto a imaginar propiamente imágenes: el binomio imagen visual-imágen poética no existe) y no sólo sugieren, como lo hace el cine. El arte pictórico y poético expresan la fascinación y el vértigo de sentir o indagar en el alma propia, lo cual es una defensa preciosa de la subjetividad: poesía y pintura insinúan lo otro, el cine insinúa unos trucos. Aunque partimos del hecho de que ambos caminos seducen, (en el sentido de que en cualquier seducción hay algo de trampa y espejismo), en poesía y pintura la seducción nunca acaba: la prueba estriba en que un buen observador de cuadros o un buen lector nunca se cansan o se aburren de las buenas pinturas o los buenos poemas; en cambio, mirar la misma película más de una o dos veces resulta un tanto bruto. En fin, el cine tiene muchos grandes novelistas, en el sentido de la estructura narrativa, pero aún le faltan un Borges (ensayista), un Neruda (poeta) o un Salvador Dalí (pintor). El día en que esto se muestre, será gracias a que los hoy aprendices de cine habrán leído a Bachelard, la ensoñación se desnudará y así comprenderemos una vez más, que el cine puede y debe ser un arte, que al igual que todos los demás, necesita revolucionarse en contenidos y no sólo en aspectos puramente técnicos.

REPORTERO DE SÍ MISMO POR MARCOS GARCÍA CABALLERO

 

REPORTERO DE MI MUNDO INTERIOR

 

“Seguramente Ernesto Zedillo se leyó un día antes de su último informe de gobierno el Canto a mí mismo de Whitman”. Fue lo que pensé al día siguiente cuando la portada de Proceso decía: “Yo, Yo, Yo”. Y cuando leí el informe escrito, pensé: “El pobre pendejo no lo entendió”. Salí de mi casa y como siempre, fui escribiendo poemas sueltos en la mente, que no fueron nunca escritos y así es mejor, porque para eso tenemos a Walt Whitman. Lo único que me asemeja con Whitman, si no es el talento ni mucho menos, es que yo también me atreví a vender mi primer libro de casa en casa como lo hizo él; pero yo lo hice después de más de un siglo de distancia: en los primeros meses del año 2002. La sorpresa es inmediata, uno va por ahí a la altura del Metro Hidalgo trabajando de encuestador para el INEGI y creyendo que todo el mundo ha leído a Paul Nizan, a Vicente Huidobro o al propio Whitman y es incuantificable el cotejo con la realidad: con ánimo de sacarles la plática a los encuestados, uno capta de inmediato que la gente apenas sabe que existe la poesía,  igual como le pasa a la metafísica, la gente cree que es algo cursi, y por supuesto, la mayoría de la gente tiene una televisión tamaño gorila y una lujosa y nunca leída edición de El Quijote, ¿y al lado? La saga (¿será trilogía como la Trilogía sucia de La Habana del cubano Pedro Juan Gutiérrez?) de El grito desesperado, que para la mayoría de la gente, no es un libro cursi sino un buen libro (es decir un libro de buenas maneras) que ayuda a los jóvenes a superarse, “a salir del infierno de las drogas y la promiscuidad donde está nuestra pobre juventud”. En cambio, Whitman en el libro citado dice: “todo cuanto asumo tú lo asumirás, porque cada molécula que me pertenece, también a ti te pertenece”. La diferencia es nada más que Whitman fundó la cultura (y la democracia) norteamericana mientras que El grito… se tiene en casa pero se lee en el metro. Y Whitman se lee también en el metro… y en Harvard, y en la Universidad de Chicago y en la de Cincinatti, etc. Todo lo cual nos lleva al  magnífico panorama para el poeta joven que lee en el metro: primero, si es que escribes bien,  deberías olvidarte del auto cachondeo  de los blofs-spots y hacer puntos en el periodismo, para que nadie o sólo después de 20 intentos te vayan a  publicar; segundo, la gente no te va a leer más que por conmiseración, la gente que necesita leer lo que tú escribes, quizá por ignorancia o falta de recursos nunca te leerá, aunque claro que tendrás felices encuentros con escasos lectores, éstos son los que comprenden, pero la mayoría de los amigos te van a palmear la espalda; tercero, si de verdad eres poeta no te vas a rendir con esto y más te vale encomendarte a San Premio Nobel para cuando crezcas, y mejor ve pensando en renunciar a él, porque la Academia tiene tan mal tino últimamente (con excepción de Saramago y Harold Pinter o Herta Müller para mi gusto) que por honradez, debes pensar en no aceptarlo, tómatelo con calma, falta mucho. Mejor encomiéndate al Premio Príncipe de Asturias o al Cervantes, que suelen ser más justos.

            Pero no perdamos el tiempo con las paráfrasis de Zedillo (“el doctor zeta” como le decían en las cantinas de Coyoacán), sobre todo después del sexenio en que Jorge Luis Borges fue Borgues y hubo el proyecto “hacia un país de lectores” y que al volver la mirada no puede generar sino aspavientos ante lo que el gobierno quiere hacer con la cultura, que realmente, es el verdadero patrimonio de México y ésta idea no es que sea mía, sino que el panorama general del país lo revela a cada momento y creo que no hace falta dar  ejemplos. “Hacia un País de Lectores estamos esperando todos los sexenios”. Se debería llamar de ahora en adelante…Para que el próximo sexenio ya ni se cansen eligiendo slogan.

Es mucho más importante para nosotros los creadores, no crear poesía que sólo quiera verle la cara de pendejo al lector. Regularmente, esta poesía funciona así: se trata de musicalizar palabras cultas y embonarlas con ideas vagas…. muy vagas (las llamadas imágenes poéticas) que el poeta tiene en lo más  profundo de su espíritu y que aprendió (o se obligó, es lo mismo) que así debía de ser gracias a la poesía de imágenes tan aclamada por Octavio Paz: es decir, esas imágenes, además de que resulta difícil igualar la poesía de Paz, son dispersiones, extravíos; dada la musicalidad equis, (porque a fuerza tiene que haberla, si es como el ritmo de la respiración del poeta), el poema está hecho. Y también, por supuesto, sus pendejos para leerlo, es decir, los camaradas borrachos del poeta y que también quieren ser poetas; lo leerán convencidos del “misterio insondable que aúlla en las cavernas  que tiene el alma humana” en su interior y que sólo por gracia de la poesía nos es factible conocerlo. En literatura, como en los desastres como los del 11 de septiembre, los del 2 de octubre  o los del resto del año, conviene recordar las palabras de la gran Susan Sontag: “Suframos juntos, pero no seamos estúpidos juntos”. Es cierto que está de moda el fin del mundo y que los medios electrónicos hacen su agosto explotando ésta idea en cualquier ámbito, pero ante ello, el escritor debe de ser un imperturbable caradura, y más si es de los escritores que salen en televisión.  Por eso a mí me interesan cada vez más las poéticas que no parecen poesías explícitas, que en muchos casos son incomprensibles galimatías que sólo por la idiotez pueden llegar a gustarle a alguien, sino la poesía que trabaja con auténticas visiones, (por lo menos la poesía de malabarismos verbales está excluida, porque de antemano avisa que es una vacilada, es como caminar por una calle nueva, con nuevos rostros, nuevas tiendas, nuevos perros y nuevos vagabundos y nuevos puestos de periódicos. Un mundo nuevo, en suma, jajaja.) Pero hay otra poesía que es peor  y la peor de todas: la que insulta al lector diciendo esos mismos galimatías tomando al lector como la segunda persona narrativa verbal. El mensaje de esta poesía es: ¿Y tú quién eres? ¿Cómo te atreves a leerme en esta revista y/o suplemento cultural al que sabes que nunca te publicarán a ti? La calidad debe ser un requisito indispensable para la publicación de cualquier obra literaria, pero también es cierto que la poesía debe convivir con otros discursos, como los anuncios de autos, la cerveza, etc, en los medios impresos o electrónicos. ¿Cuándo será el momento en que una empresa que tiene dinero como Letras Libres anuncie por radio, prensa o televisión su contenido con un aforismo de Óscar de la Borbolla, por ejemplo: “La realidad no nos enseña nada, pero nos obliga a aprender, ergo: compre Letras Libres”? Lo estamos esperando.

            La verdadera poesía, si es que todavía existe, deberá ser aquella escrita por auténticos profetas, visionarios que han explorado en su ensimismamiento o en lo que sea que los haya desembocado en otra totalidad, otro mundo, y eso cuesta explorar el fuero interno y como eso duele y, sobre todo, el mundo entero conspira para que uno nunca pueda llegar a ese otro segundo yo que soy yo mismo, nadie quiere ser poeta. Aquí es donde se ve por qué Rimbaud sigue siendo nuestro Rimbaud, porque exploró hasta la medula el mundo interior y exterior y logró conurbarlos mediante el acto poético y murió joven, como debe de ser. (“El poeta debe buscar su propio conocimiento total” decía Rimbaud a los 18 años).

Nadie quisiera ver a un verdadero loco como Antonin Artaud, uno de los mejores del grupo surrealista francés de los años treintas del  XX, ocupando un puesto en la burocracia cultural después de haberle confesado a su psiquiatra que veía: “crecer una noche dentro de la misma noche”. Hay una anécdota sobre Artaud muy divertida. Cuando una ocasión lo dejaron salir de su internamiento, le leyó a una amiga suya un poema muy extenso, a gritos, y el velador de aquél barrio de París le dijo a Artaud que se calmara, a lo que Artaud le contestó cuando el velador del psiquiátrico fue a verlo: “¡Cállese o sino lo convierto en serpiente!” Después de que la amiga lo regresó al internamiento, el velador le dijo a la amiga de Artaud: “Oiga, estoy muy preocupado, ¿de verdad ese señor me puede convertir en serpiente?” Antonin Artaud no murió tan joven, pero su locura hizo lo suficiente para volverlo tan inteligente para probar que con verdad se reta a algo grande, algo absoluto cuando se quiere ser poeta, en la sentencia de Platón:

 

“Todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo por escribir de acuerdo con determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina.”

 

Ésta poesía, desde los tiempos griegos, es la única que merece tener ese nombre y por lo que se ve en varios  libros y mucha basura galardonada, podemos decir, contentos, que esa es la que necesitamos leer (uso la clave de los cómplices porque sé que sólo los que quieren escribir este tipo de poesía leerán este texto, no los simples lectores, porque éstos, ya no existen para mi generación, por lo menos), en otras palabras, los invito a desembocar en la totalidad, y que nuestros textos sean un concierto de totalidades, de laberintos internos, donde los poemas amanecen a pesar de todo, donde es posible que la amada sea la que da “las maderas curvadas de sus besos”, como decía Vallejo, o sentir la “arácnida acuarela de la melancolía”, hermosísima frase del propio Vallejo, y así siempre así, hasta que la humedad distante del presente, retorne al árbol que la engendró y la alimenta, en éstas ciudades que son espejos de ausencias, y desde esta orilla de mar como la otra, se atisbe la luminosidad de la Presencia. ¿Será tanto así? Bueno, no sé, pero me consuelo pensando que uno que otro policía lee a María Zambrano y a José Ortega y Gasset. (Sólo faltaría que Jesús Zambrano propusiera lectura obligada en preparatoria de El Evangelio según Jesucristo).

 

ALGO SÉ DE OSCAR DE LA BORBOLLA.

 

1

Me refiero  cuando uno toma con verdad el llamado artístico, ese llamado que un artista hace por otro incipiente parafraseando la idea de Marlaux (esa idea del llamado al individuo para que actúe y entre en acción viene desde San Agustín, cuando, gracias a él, el cristianismo pudo ser pensado y así, nos dimos cuenta que el cristianismo es más cosas de las que suponíamos, en su monumental obra, La ciudad de Dios): al llamado de dedicarse inútilmente al trabajo que genera, paradójicamente, a las grandes autoridades de la Humanitas, las grandes autoridades del hombre en sustantivo abstracto como le gustaba a Don Miguel de Unamuno; al trabajo de producir obra literaria, filosófica, de arte plástico, etc. En mi caso, uno de los que me llamó para tan extravagante labor, -zapatero a tus zapapoemas, diría Efraín Huerta-, llamado que obviamente comienza por un reconocimiento de la enorme parcela de ignorancia que nos recubre cuando atravesamos esa “charca”, como decía Julio Cortázar que es la adolescencia, no fue alguien de carácter o fama descomunal como algunos de los citados arriba sino uno más reciente, mexicano para acabarla de amolar y sobre todo, aún vivo. Aunque su edad  será posterior a textos como éste debidamente aclarar, ya que en La vida de un muerto la solapa indica 1971 como fecha de su nacimiento, mientras que El amor es de clase su respectiva solapa indica 1965 y creo que Filosofía para inconformes (1996) habla de 1939, así que éste autor ucrónico, como el mismo se autodefine, está en la víspera de que su próximo libro anuncie que nació ayer, pero con su nuevo libro bajo el brazo y desde el útero, gritando leperadas o ucronías, posiblemente  como el diario de un feto que sabe que estudiará filosofía en la UNAM y hará su respectivo doctorado en la Universidad Complutense de Madrid; yo creo que a Óscar de la Borbolla le gustaría ser recordado así: cínico, humorista y con una tendencia filosófica para observar  la realidad que es propensa a la amargura pero que en su obra narrativa es desmentida por la corrosión que se desprende de su visión; Óscar sabe cabalgar entre géneros pero el estilo nunca lo pierde, Óscar pertenece a la clase de escritores enamorados de su propio estilo, es decir, su verdad como escritor está colocada inseparablemente con su estilo (una especie de fraseo filoso y pensamiento agudo que tiende a desenmascarar las convenciones sociales pero sin dejar de respetarlas) y ese estilo es, por mucho,  su mayor obra y su más decantado logro, pero si el estilo no lo pierde tal vez sí pierda temas o subtemas literarios más allá de los grandes temas: el amor, la soledad, la ambición de poder y la muerte. Digo que tal vez se pierdan subtemas en la obra de Óscar pero definitivamente lo que irá ganando a pulso son lectores, no los lectores culteranos, no los lectores snob, no los lectores-escritores, pero sí muchos más lectores, la masa amorfa que todos somos.

Así que el Óscar de la Borbolla de 1939  nació pesimista, pero el más reciente La vida de un muerto (1998), lo convierte en un irónico y mordaz observador del fenómeno del narcotráfico, el narco-erotismo, la narco-muerte y la narco-furia, que es, principalmente, un velo que recorre Óscar para mostrar las narco-aventuras, que pueden comenzar con alguien (el muerto, por ejemplo), que soñó de niño que de grande quería vengarse de su madre y terminó soñando que su muerte era buena, justo como a su madre le hubiera gustado, lo que nos acerca a una visión de la narco-virgen de Guadalupe de la cual echan mano éstos personajes cuando la cosa se pone dura, (recordemos que la palabra Guadalupe es una conformación del término árabe guada, que significa agua: Guadalajara española, Guadalquivir y Guadarrama el apellido tienen su origen ahí; y lupe, que viene del latín lupus; lobo, Guadalupe es río de lobos, lo cual no entra en contradicción con la forma de vivir de éstos personajes: cabalgan en un río de lobos y como son mexicanos, le rezan a la virgen de Guadalupe para que cuando sea el caso, los saque del apuro, ésta etimología me la dijo José Vicente Anaya en una borrachera, así que no lo sé de cierto, pero lo supongo).

Recientemente editorial Nueva Imagen ha ido republicando sus libros primeros como Nada es para tanto y Todo está permitido, los ya mencionados y el volumen de Ucronías, Instrucciones para destruir la realidad (2003), que contiene artículos que salieron publicados por vez primera hace cerca de 22 años en el periódico Excélsior, donde se contaban historias acerca de cómo una estampida de lobos atacó en el metro a los viajeros, una estación de televisión que transmitía sus programas por telepatía y cosas por el estilo. Híper realidad, híper convención social llevada al absurdo, pero no el absurdo francés, sino el mexicano: la ucronía. Humor, sátira, ironía y pesimismo. Además del que para mi gusto es su mejor libro de cuentos: Asalto al infierno. Mención aparte merece su obra Las vocales malditas, que su primera publicación (anterior a la de Joaquín Mortiz, cuando Don Joaquín Díaz Canedo apostaba principalmente por los cuentistas-jóvenes-promesas  que hoy son maestros de literatura), salió en edición de autor y es un verdadero tour de force en el que Óscar escribió cinco cuentos cada uno hecho con sólo una vocal, de donde se desprenden fragmentos de una admirable y no casual contundencia como el caso de Los locos somos otro cosmos escrito con la vocal o:

 

“Los locos somos otro cosmos, otro horóscopo nos tocó, otro polvo nos formó los ojos, no somos como los osos, somos lo otro, lo no ortodoxo, no somos como vosotros: ontólogos”

 

¿Qué se puede decir después de leer textos como éste?: “¡Carajo, por qué no se me ocurrió a mí!” Las vocales malditas es un gran ejemplo de cómo la literatura, en su constante tanteo, logra dar en el blanco de las cosas llegando puntual a su cita con la odiosa y tétrica realidad, pero embelleciéndola o jodiendo al respetable, que como es tan respetable soltará unas cuantas carcajadas.

Recuerdo 1998, el año en que Óscar anunció a la generación XXIV de la Escuela de Escritores de la SOGEM, la aparición en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara de La vida de un muerto. Inmediatamente giré instrucciones precisas a mi ángel de la guarda y a mi buena estrella para comprar el libro. Óscar ha venido ganándose a pulso al público joven que oscila entre los 18 y los 29 años y no sólo a ese público sino a todo aquél que se arriesga con los libros, como lo dice su autobiografía Ucrónica Un recuerdo no se le niega a nadie (1999) a llegar a reírse a solas, a contar con ese valor. La síntesis suprema. En filosofía para inconformes aparecen una larga tira de aforismos y todos ellos memorables, cito dos ejemplos:

 

“La realidad no nos enseña nada, pero nos obliga a aprender.”

 

“La imaginación nos hace inconformes, la memoria nos vuelve nostálgicos, la experiencia nos deja frustrados y la razón, cuando usamos a fondo la razón, nos revela ridículos.”

 

En éste día que termino de escribir este modesto homenaje a Óscar de la Borbolla, lo encuentro precisamente a él y le cuento de este texto y del premio Salvador Gallardo que me gané, le doy mi libro y se lo dedico adentro de la librería-cafetería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo aquí en la ciudad de México, como es costumbre de Óscar irse a escribir entre los que juegan ajedrez y en uno de sus libros hasta se hace una mención fantástica  a alguno de los meseros de la cafetería. Me dice: “¡Qué bueno que te sacaste ese premio, es lo menos, así nos tienen estos hijos de la chingada!” ¿Qué se puede decir? Pues darle la razón: magister dixit y es menester llevar sus palabras: “como un tesoro ardiendo”. (O. Paz. Salamandra, 1962).

 

2

Pero para terminar éste breve homenaje, imposible olvidar su última entrega, La rebeldía de Pensar (Nueva Imagen, 2006), donde Óscar elabora una obra en la misma línea de Filosofía para inconformes pero más madura; se trata de construcción filosófica desde un punto de vista que sintetiza los logros filosóficos en la vía de un Eduardo Nicol, por ejemplo (que por cierto fue su maestro) pero nos invita a seguir pensando, para hacer exactamente lo contrario de lo que a su parecer, hacemos unos con los otros en la sociedad actual, es decir, tácitamente, nos invitamos a no pensar, a hacernos de la vista gorda… y contra esa mentalidad mandrilesca se ha opuesto siempre el inventor de la Ucronía. Simplemente por ser una obra que en ciertos momentos obliga al lector a Pensar —en el sentido que daba Ortega y Gasset a éste término, es decir, a contar con éste valor y este recurso exclusivamente humano, La Rebeldía de Pensar es una obra vigente, de actualidad y que pretende cuestionarte de forma honesta, con todas las tablas del oficio.

Sí léanlo ése libro de Geney Beltrán.

  ¿Conocen el libro de Geney Beltrán Félix el de ensayos El sueño no es un refugio sino un arma ? Geney argumenta muy bien el hecho de que...