VESTIGIOS
DE CERRO HERMOSO
MARCOS GARCÍA CABALLERO
Para el Lic. Miguel Castillo Morales
y El Filósofo Óscar de la Borbolla,
a Dany Durón, inteligente, crítica, escultora.
También para Asia Argento.
También para Caleb Olvera Romero, filósofo
y muy bueno.
Habla
el moderador de la mesa
A mi edad y a
mi momento, a falta de algunas otras peripecias cristianas destinales, a no ser
las invisibles e inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo,
como nos decían (¿o lo inventé después por vivir del hambre en cada línea de la
rima ríspida y rauda de mis
erráticos versos? ) los maestros de la SOGEM; es decir, la Escuela de Escritores de la gran
Tenochtitlán, me parece suficientemente claro que lo que escribe el
autodenominado ―escritor— o el literato se coloca proféticamente en su futuro.
Yo presentaré este libro, a ver si se me cumple tamaño papelón excéntrico en
estos tiempos de miseria, ignorancia y corrupción.
La escritura
es jugar con el tiempo. Las líneas argumentativas paralelas, las escaleras
filosóficas, las moscas circundantes y los chismes literarios cosmogónicos de
nosotros, los que finalmente somos escritores… No necesariamente el futuro a
pie juntillas y ya envuelto como regalo pomposo o miserablemente hecho un
puñado de letras, pero lo que sí es cierto es que la escritura recrea, inventa
el futuro en primera instancia, de quien escribe. Digo, para ese caso escribo
que seré Premio Princesa de Asturias en 2026 y con suerte y sí se fija en mi
escritura la Princesa de Oviedo. Esa parte de ti que vuelcas al papel te salva
y te condena, ya sea divertimento, cuento, imaginación hiperbólica, narración
erudita, ensayo en filigrana o poema de largo aliento: todas estas formas
tratan la escritura como un vagabundeo, una forma más de vagabundear, de echar
una mirada a lo que está ahí y no se deja ver, o lo que todos saben que podría
estar ahí y quisieran ver de alguna forma, (¿lo que debería estar tal vez? ¿la
utopía colectiva sepultada por debajo del imaginario?) en cualquier lado y
especialmente en el futuro, principalmente en el futuro: Nuestro tercer
renacimiento porque... ¿Qué otra Utopía podemos esperar a estas alturas del
partido sino un Tercer Renacimiento Mundial ante esta Edad Media Tardía? Por
estas razones y por estas condiciones, este pedazo ardiente de mitomanía
autobiográfica es un fragmento en el caleidoscópico escenario de la Cultura
que, frente a la política reinante, se presenta como su alter-ego. Y eso es lo
que nos convoca esta noche: ¡Bebamos! ¡Salud y arriba las copas! ¡En el
proscenio, Jáuregui y Dorinda danzan y juegan el doliente juego del amor
mientras el Océano Pacífico les trae los vientos del erotismo, el desengaño,
los celos, el crimen y todo el abanico de posibilidades que País de Nadie sin
Nombre y Apellido tiene reservado para ellos! Pero volvamos la mirada a ese
fragmento nunca miserable pero siempre demasiado pequeño en que Jáuregui juega
a perseguir su inteligencia desde la palabra: “Pero para escribir o incluso con
un afán más ambicioso, reescribir o reinventarme debo recordar, es decir,
releer el pasado. Somos historias vivas, por eso reinventamos el futuro.
Imaginamos ahora y aquí y ahora y aquí soñamos el futuro. Escribir es atreverse
a escribir. Balzac, por ejemplo, era un gran soñador adicto a la cafeína. No ya
digamos cualquier otro de los grandes novelistas. Proust, Joyce o Kafka, de
cualquier manera, los leo poco, pero esa vieja sagrada trinidad la he
compensado bastante con la obra de Guillermo Cabrera Infante, Fernando Savater,
Enrique Vila-Matas, Ernesto Sabato o Jorge Luis Borges.”
La novela
final, guión, película nueva, la última entrega, el best seller, lo que siempre se ha esperado… ¡El cañonazo que
anuncie triunfal la llegada de Godot al escenario! Es una falacia engañabobos o
cuento infantiloide, no hay fórmula para tal cosa, las leyes del mercado
literario son misteriosas y en él es más fácil traficar baratijas como Antología de poetas jóvenes del norte a
soñar con el nuevo Vladimir Nabokov. Lo novedoso es demasiado relativo. Puede
haber aciertos, pero no invención de la nada. Nadie es cien por ciento
original, como no lo fue Harry el sucio ni el Harry Potter de mi
hermano. Inclusive, aunque la originalidad no sea deseable sino la
singularidad... Veamos: todos los poetas primerizos entusiasmados (es decir,
muy radicales), chilangos, por lo menos a finales de los años noventa, hablaban
en tono maldito sobre la pinche poesía, con mayor énfasis en el signo de
exclamación que en lo que va adentro: ― ¡Tú, tú tienes la culpa, puta poesía!
Es decir, sentimientos quizá auténticos, pero sólo miserablemente glorificados.
Qué feo… que me dispensen, pero con razón se muere la poesía… y después renace,
en algún vidente que no cobra por ser visionario, como nos lo indicó Octavio
Paz, el enciclopédico burro diabólico que, hoy por hoy, todo mundo quiere
rematar o revivir a su conveniencia.
La poesía,
nos guste o no, se queda viviendo en rendijas y catacumbas que escapan al
tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. Pero en prosa, lo novedoso es lo que
nos muestra que precisamente el mundo cotidiano del hombre y la mujer es la
gran cuestión a pensar, las parcelas de orden y desorden en este valle de
lágrimas. En este sentido, como dijo Claudio Magris, Dostoievski escribió casi
una parte de los evangelios con Crimen y
castigo (dejé ese libro a la mitad, ¡qué azotado nuestro Fiódor!). A esa
enormidad del sentimiento de culpa-obsesión que todo lo ciega, debería llegar
aquí hoy nuestro Doctor Héctor Ortega ¿Verdad Mateo? Lástima que ya se te murió
de diabético, pensarás, pero bueno, lo hecho hecho está y ya ni modo, como esta
novela. (Se oye por ahí alguien aclarándose la garganta) Prosigamos… de una vez
escancien esos Casilleros del Diablo para que esto se prenda. Escuchen esa voz:
“Por eso y no otra cosa quisiera recordar aquel momento, sin lujo de detalle y
sin error de apreciación de lo que fue mi relación con Laura Domínguez, en mi
trabajo durante unas encuestas de preferencias políticas, allá por el año de
2005.” “Sí… así es… fue en un sórdido cabaret…” Todo en ese momento de las
encuestas era sorprendente, o por lo menos, entre todos los que fuimos parte,
sabíamos a lo que nos enfrentábamos. La orden fue así de simple desde la
capacitación: “tú tienes que hacer de todo cabrón, es tu asunto.” Entre una
centena de personas, a mí y a Laura nos tocó cumplir la faena en el barrio de
la tercera sección de la Condesa. Nos tocó revisar los cuestionarios y hacer el
trabajo en unas oficinas que fueron prestadas para que ahí laboráramos. La
escritura es un juego con el tiempo. No soy el esperado don Santo Nobel ni el
profeta, eso lo tengo bien seguro, pero no objetaría que escribir debe ser una
amable divagación para uno mismo en primer lugar. Hacerse uno amable así mismo.
Es decir, presentable, y después ya veremos su manuscrito y le daremos nuestro
minucioso seguimiento, si quiere ser usted un very nice writter tiene que
aguantar vara. Ese es un buen punto mi querido Buk: Si te emociona salir al
parque y ver niños jugando con pistolitas de agua todavía no estás en el
barranco donde vive Nietzsche gritando sus verdades y chupando birra con
Wagner, Hölderlin y otros locos mitológicos. Laura, la hermosísima Laura y yo
nos hicimos pareja. Escribo tres años después, en 2008 y en otro sitio que no
es la ciudad de México sino Aguascalientes, una ciudad que a pulso está
mostrando sus diversas complejidades sociales. Primera enseñanza para escribir:
escribe para que seas feliz, además de que hay que ser feliz en la vida, porque
si uno la toma como refugio la escritura no se vuelve refugio. —Se vuelve un
podrido calabozo.
Tengo un buen
amigo que hice en el 2004 que se llama Julio Perales, psicólogo de profesión y
guitarrista por devoción o, mejor dicho, por aferrado, que ahora vive en
Mexicali. Lo conocí en la cola que formaba la gente para pedir una beca del
FONCA a un lado de la Cineteca Nacional en Coyoacán. Recuerdo que me habló
porque se sorprendió que yo le hablara a mi vez a una fulana guapa que estaba
por ahí pidiendo su beca para ser bailarina. A pesar de los nervios que yo
traía, ella me dio su teléfono y tenía cuerpo de conejita feroz, seguramente sí
se ganó su beca. Luego del trámite salimos y nos tomamos una cerveza en el Hijo
del Cuervo y fue ahí donde, de repente, tuve la impronta de la certeza al
voltear hacia la iglesia que de beca nos iban a dar puro chile. Julio decía con
la cerveza: “¡Salud maestro, por la conejita feroz!” Desde ese entonces Julio
Perales es mi guitarrista predilecto. Él es el que suple la función en la vida
que tengo por no conocer a Eric Clapton. El otro día me lo topé en el
messenger. Lo que no entiendo es por qué el internet y el teléfono celular nos
narcotizan hasta el punto que nos han vuelto sus bobo-narcotizados-dependientes.
Es mejor el cine, o el trabajo, o el sexo, o la literatura. O todavía mejor: la
conversación significante con quien seguramente tendrás sexo en un ratito. Pero
entre amantes no existe la filosofía. Con las mujeres se habla de todo, de todo
lo que sirva para seguir cohabitando, pero tu monstruo te lo guardas. O te lo
aman. Pero como de cualquier forma te lo maman, no exageres ni hagas un dramón.
Yo, por ejemplo, aunque sí lo quisiera, nunca he podido irme a la cama con una
mujer después de explicarle la fina ironía de Karl Popper en su etapa
post-marxista o La Ética Utilitarista de John Stuart Mill.
Terriblemente
he soportado las cosas peores, los dramas mentales más tortuosos, pero también
he gozado de la ciudad de Londres, de Ámsterdam, de París, que nunca se acaba,
como dice Echenique, y la verdad además París es como una enorme y hermosa
sinfonía del pensamiento occidental, es decir, en Francia (pongamos, un bar o
café del barrio Latino) es bien suave decir en una conversación de sobremesa
con una copa panzona de coñac y un puro encendido con un Zippo que “todo lo que
llamamos Universo precisamente se parece más a un gran pensamiento que a una
maquinaria, que a una simple rueda”; ahora, amable lector, piense usted lo
mismo o convérselo en un barrio bajo de Guatemala, Honduras o Colombia mientras
ve pasar a los inmigrantes tras el sueño americano. Ahí parecerá que el
Universo…fue prestado o rentado... o rematado.
Afortunadamente
yo he gozado precisa y precozmente de la sensación de haberme arrebatado de por
donde no se lo sospechaba la academia universitaria, a buena parte de la
filosofía, de la literatura, y de varias y en varios sitios ya olvidados, a
ciertas mujeres encantadoras. Por ejemplo ella. ¿No me escribió un correo la
semana pasada? Puedo afirmar, como ella dice que: “Sólo el amor puede destruir
la guerra.” Ese es su lema. Laura Domínguez es comunicóloga con ideas hippiosas
y, además, instalada en una familia completamente promedio, tal vez más
promedio de lo que debería incluso ser el promedio en un país como el nuestro.
Donde todos, por decir lo menos, estamos de panzazo con el destino incierto de
la sobredosis de panbol y esas historias de sentimentalismo paranormal llamadas
“paranoverlas”. El trabajo era, en resumidas cuentas, calificar, ordenar, dar
seguimiento a los cuestionarios que contestaban los compatriotas mexicanos del
barrio de la colonia Condesa. Así que era una faena medio especial porque a la
gente que los encuestadores les tocan su puerta le vale madres si tú estás ahí
bajo la lluvia torrencial o si te acaban de robar hasta la camisa de la
empresa. Porque, por un lado, la Hipódromo Condesa es medio fresón y ahí es más
tranquilo: la gente saca a cagar a sus perritos y luego se van a comer filetes
en sensacionales fonditas tipo argentino, pero un poco más arriba, por
Constituyentes, por el Panteón, allí está más cabrón, es colonia brava. Por
cierto, que por ahí se prepara un pozole riquísimo. Pero no nos desviemos.
Laura y yo nos empezamos a tener aprecio en nuestra soledad de burócratas
outsiders y menospreciados, cobijados solo por la voz de Julieta Venegas y un
desgraciado frío que levantaba ámpula. Nos enamoramos y qué bueno ¿verdad
Domínguez? Te mando un beso desde acá, ciudad de cielo amoratado esta noche,
hot waters, Aguasardientes, etc. Después de los besos, ¡qué rico besabas
Laura!, recuerdo que había conexión. ―rodilla temblorosa contra rodilla
temblorosa y pecosa—, como diría Jack Kerouac. Lo que quiero resaltar con todo
esto, además de lo mágico de esos momentos que duraron cerca de tres meses, es
que nunca había tenido una novia en mi lugar de trabajo, no quiero resaltar
fundamentalmente más que eso, ese es el chilorio, esa es la rebanada de pizza
que me importa: ¡Primera vez que Diosito me paga bien en mi largo camino laboral!
Fuera de eso, la florecilla no tenía realmente nada fuera de lo común, un día
era hermosa y otro día me daba pena ajena con oír lo que decía o quizá lo poco
que decía. Pero eso sí: sabía reconocer el aura romántica del momento para
decir en medio del frío burocrático: te amo Jáuregui, lo eres todo para mí,
Jáuregui. Y además estaba cursando su segunda carrera, primero comunicación y
después arquitectura, además cuando para mi fortuna sus tetas estaban de fuera,
-en mi casa por ejemplo-, se veía hermosa como un dedal de vino, una honesta,
noble y blanda furia y lo mejor era cómo me deseaba con esa furia. Era una
hermosa música sin petulancia, mitad Lucybell mitad Vivaldi y un toque de Buena
Vista Social Club con Los Amantes de Lola. Por ser mi chiquilla la adoraba. Le
regalé un libro de mis poemas y conoció a mi abuelo, que es ya a estas alturas,
un general retirado, es decir, es general en el mejor oficio de todos, el de
vivir. Ahora, a sus ochenta y siete, tiene una joven que lo cuida. Mi abuela
murió hace poco, dos años ha. Todavía pasaba la telenoverla de “La buena más
fea” o algo así. Yo la vi morir, es decir casi la vi morir, falleció la
noche del día en que la visité en el hospital. Fue una cosa muy, muy triste.
Como dice José Emilio Pacheco en un poema ya muy viejo, el resultado de
cualquier familia es la final dispersión, pero la abuela era de árbol fuerte,
su pérdida es y será insustituible. Háganse de cuenta que aquí pongo una
oración como un tronco para evitar sentir el vértigo del dolor y a duras penas,
tras la congoja, como después de caerse accidentalmente de la silla, me
reincorporo lentamente a la línea siguiente gracias al mangoneado hilo
conductor de este relato que, la verdad, es para nadie, para que al final
resulte ser para alguien. A Laura también le cayó muy bien mi abuela, incluso,
debo decirlo sin aspavientos, entre ellos hablaron de nuestro próximo
matrimonio, pero si aun así fuera poco… la invité a vivir conmigo a hot waters,
¡a las Aguasardientes! ¿Y qué pasó?… se me echó para atrás. Bah. Push the red
botton. Domínguez dissapeard. Domínguez erased.
Hace no mucho
tiempo ofrecí una lectura de poesía (misión, misión, hay que ser misioneros de
la letra y la palabra en éste mundo de la anarquía drogadicta y la docta señora
analfabeta), en un bar del cual mi hermana era la dueña, acá en Aguascalientes,
ella también se llama Laura, es guapa y está tatuada, pero yo lector
desocupado, también estoy tatuado, tengo una Águila carnicera en la espalda y
toda la letra de las canciones de Tom Waits en cada partícula elemental de mi
epidermis desde que salí de mi prisión, donde un hombre necio y muy
perseverante redactaba, en mi misma celda una obra que él llamaba “El Conde de
Montecristo”. La parte que me tocó a mí hablar de poesía, digo, porque también
hubo un amigo mío al teclado y muy entusiasta que causó revuelo, fue para
honrar al altísimo poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar. Poeta de altísimos
vuelos y vuelos crípticos, aterradoramente lleno de luz. Fue un evento
extraordinario, la gente respondió muy bien a la poesía de Jaime y no es para
menos: Ese hombre en cada poema suyo es capaz de engañarte a tal punto que
terminas pensando que siempre has estado girando hacia el otro lado las tuercas
de la vida y dándole cuerda al revés a tu reloj, poeta extraordinario. Mara, mi
amiga de hace años y antiquísimo amor estuvo ahí, así como los amigos de Laura
mi hermana. El bar era propiedad de ella y su novio, pero ahora eso pertenece a
una oscura historia entre ellos dos que no me corresponde a mí sacar a la luz.
Hasta a las mejores familias se les ocurre llevar a cabo negocios fallidos,
finalmente el bar se fue a la quiebra y con mucho graffiti juvenil
pintarrajeado en ambos baños. Nunca hay que dudar para ser veraz, y la verdad,
Tom Waits lo es, además de que es muy paciente.
Escribir es
jugar con el tiempo. El tiempo es paradójico, no rectilíneo, como la mentalidad
chata lo quisiera. No voy a entrar a discutir con Heidegger y polemizar con él,
si el ser es el tiempo o cosa parecida. Prefiero subrayar el carácter
paradójico del tiempo porque, somos en el presente lo que imaginamos en
el pasado que llegaríamos a ser. Es lo que Paul Wazlawick llama la auto
profecía y válgame, casi siempre se cumple. Por eso los poetas nos recuerdan
que hay que merecer nuestros sueños. Y esto toma las modalidades más raras que
el ser pudiera tener, si es que ser y tiempo son lo mismo. Para mí, el aparato
psíquico del hombre está compuesto de identidad, memoria y conciencia. De
cualquiera de estas palabras se puede indagar filosóficamente qué es la pregunta
por el hombre, al estilo de uno de los mejores y aún vivo: Ernst Tugenhat; esa
es la triada, la sagrada trinidad. Quiero empezar a escribir una novela corta,
una noveleta como dicen los críticos, pero… ¿Por dónde carambas empezar? ¿Quizá
mirando los imperturbables ojos del retrato de la bisabuela alemana que me
vigilan y me siguen cuando ando por la casa? ¿O quizá cuando me enteré que el
traductor mexicano de Ezra Pound era un asesino y yo ya lo había saludado
esperando de él el gesto generoso del Maestro? Para empezar, el amor entre
Laura Domínguez y yo ya lo volví cuento y hasta lo subí a un blof-spot, esas
sucias páginas raras de internet donde todo mundo tiene tremendas atrocidades
qué contar, pero de verdad las cuentan tan atrozmente que los buenos blofs se
cuentan con los dedos de una mano. Sobre mi participación política con los
zapatistas en el año 2001 no tengo nada que decir o quizá ya lo diré. No tiene
por qué ser una novela autobiográfica, estrictamente, pero tiene que ser un
relato que signifique algo, en primer lugar, para mí. Unas páginas en las
cuales yo sea el signo y el significante. La pregunta y la respuesta.
La pregunta,
obviamente, es: ¿Cuál es mi pasado? La respuesta: ¿Cuál será mi futuro?
(¿Llegaré a presentar este libro algún día? ¿No o sí? Quizás falte al evento y
me vaya con una musa a pasear a un hotel de por ahí.) La memoria es polisémica:
tiene multitud de significados, como la poesía. Porque también vive en rendijas
que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. La revivimos al
hacerla ficción, haciéndola flexible. En gran medida eso es lo que hace el
psicoanálisis. Al hacer flexible tu memoria, tomas la ruta que mejor te
convenga: tu propia reinterpretación. Roland Barthes decía que el psicoanálisis
era inventar calles e inventar tu propia ciudad, darle a cada rincón un espacio
mental significante (de la memoria y de la ciudad). Efraín Huerta poetizó ese
pensamiento agregando: “Sé dueño de tu infierno”. Otra forma es ésta: el cuento
de Inés Arredondo en el que, en tono onírico al principio, la autora cuenta un
episodio de su familia y con libertad creadora, ¿azarosa?, termina
preguntándose: ¿Por qué soñé con los Estados Unidos? Es un cuento mexicano
maravilloso; Inés Arredondo pertenece a la generación de la Casa del Lago, como
Juan García Ponce. Parece entreverse que, en estos tiempos, nadie opta por la
escritura autodiegética, es decir la del narrador que cuenta su propia
historia, pero también habría que señalar el fundamento terapéutico del mito relato personal, donde, si uno escribe y
recuerda, recuerdan lectores y recuerdan alrededores.
La novela y
la escritura se hacen sudando y se hacen en gerundio: ―estoy escribiendo una
novela, ―estoy pensando la novela, ―estoy cogiendo con Laura y además con
la novela, ―estoy paseando con la novela y al rato: ―Véanme: gracias a un
proceso mágico y misterioso estoy presentando ante ustedes, público cautivo, la
novela, se llama así y éstas son sus características. Aplausos, entrevistas en
radio y prensa y todo porque en Jáuregui se generó y germinó una pícara
síntesis de una mezcla entre un Weltanschauung
con abscesos y dosis de ironía, lujuria y algo de mitomanía de su propia vida.
Entonces ya eres famoso Mateo. Por fin se te hizo. ¿Me creo? ¡ay sí que padre! Luego, más pronto de
lo que te imaginas, vendrán la caterva de críticos a vapulearte, aunque lo que deben de hacer es jugar a desarmar y
hacer pedazos la novela, ajá pero sí y solo sí de forma elegante como sólo ellos
(al más puro estilo del verdulero drogo) se la creen: “hay en ésta obra un
oficio altamente depurado, pero falla en… a, b o en z” y al hacerlo deben
desarmarse a sí mismos, deben ser
ficción que coloca errores y aciertos y ficción que vuelve a desaparecer. ¿Por
qué? Bueno, porque en estricto sentido nadie tiene el derecho a juzgar con don
o con el condón de la autoridad. No hay jurado máximo, pregúntenselo a Milan
Kundera o a Luis Villoro o a Fernando del Paso o al que pasó vendiendo los
periódicos donde se leía a ocho columnas: “Acabará el gobierno con la pobreza
en quince minutos”. Pero bueno, si lo que quieres es pensar que nos ven en la
tele desde la Próxima Centauri o en el Planeta Marte… El arte no está esperando
su estrellita de buena conducta. Aunque a veces se la merezca. En el arte
literario, la mejor definición de lo que es un escritor es la que hizo el
alemán Elías Canetti, Premio Nobel 1981 (un año antes que Gabriel García
Márquez): “El escritor debe ser el custodio de las metamorfosis”. El animalito
literario puede ser una bestia, un tábano, un zorro, un dragón femenino con
cara de Desdémona o un tigre, un pelícano salido del famoso poema de
Baudelaire, un adolescente con i-pod o un ser de otro mundo. Toda la mitología,
tanto la de Grecia como la de China, desciende del hecho de que nuestros
primeros dioses fueron los animales… eso nos hizo darnos cuenta de que
pensábamos, de que teníamos... Razón. El verdadero invento griego. No existía
en Grecia un libro canónico sino una tradición poética fundada en la mediación
de las divinas musas hijas de Mnemosyne, la Memoria. ¿Acaso escribir no es
jugar con el tiempo? Dicho y hecho: del 2005 a la gloriosa época micénica y
vuelta otra vez al 2008. Ja.
Quiero decir,
con este agotado decir y no digo sino mi dolor un tanto sofocado. Me burlo ante
todo de mí mismo. Lamento desilusionarlos: Yo soy el personaje principal y no
tengo mucho qué decir, además al final de la novela se ve la verdad: Dorinda no
sólo me hizo ver mi suerte, sino que de pura suerte me salvé. Laura es sólo un
pretexto más, es como la persona que se sienta al lado de ti para ver la tele y
en la tele se ve realmente cómo vas cayendo tú. ¿Poderes fácticos? ¡Por lo
menos mejoren al ciudadano! Ahí sólo se ve cómo pasas… de moda. ¿Me creo? ¿Crees que la novela está muerta y ya
pasó su época? Es decir, ¿creerías que la narración ya no tiene nada qué
decirte a ti? Es como la persona que nada en la alberca donde tú estás y dices:
―Caramba, qué bonita es, hasta merece un poema. Pero que nunca volverás a ver,
y en el poema te ahogas… y te ahogas... y de eso ya nadie te salva, la prueba
está en que el bikini y la minifalda no pasan de moda. Otro buen punto mi
querido Buk: todo escritor tiene su compromiso con lo miserable. El animalito
escritor tarde o temprano se da cuenta que no todo en él es maravilla o genio,
de ahí que tanto inventemos… digamos mentiras llenas de belleza, o llenas de
fealdad, todavía peor: como lo que importa es que el corte narrativo salga
pulposo y bien cosido, así vistas las cosas: ¿Cómo inventa un escritor su propia
obra? Ninguno de sus amigos le cree escritor, le dan consoladoras palmaditas en
la espalda pensando que TODO (¡TODO!) en sus escritos es mentira o TODO es
verdad, precisamente porque el verdadero desafío es mezclar ambos conceptos y
manipularlos: he ahí el proceso mágico y misterioso. Y de hecho lo pueden
pensar y preguntar: (“¿Oye? ¿Y todo esto fue cierto?”) pero saben que se
engañan ellos mismos o se dejan llevar por la ingenuidad: ni siquiera una
filmación a cuatro cámaras de un hecho es un documento 100% objetivo y la
arrolladora autoridad de Chomsky u otros como él lo han probado de sobra.
Claro, pero… ji, ji, ji no vuelves a ser el mismo, claro, ¿pero el mismo a
quién Laura? ¿Ya asoman las garras de la locura en tus neuronas estilo barroco?
Te pregunto: no, no nada de eso, no te la creas, te estoy vacilando, lo que
pasa es que mi novela no avanza (¡Por fin! ¿Le explicamos a mi otro yo la
chinga que es pararse a encuestar en la Hipódromo Condesa?) (Tú síguele Mateo
que te están escuchando mi amor), (O.k. mi amor pero ¿Te vendrás después
conmigo a Hot Waters a vivir? Prometo inventar otro abuelo para ti). Hojeo
entre los días y la aburrida ráfaga de lluvias o vientos y lo triste de las
modestas construcciones buscando otro
momento, otro instante del pasado, tal vez por lo borroso que se volvió: cuando
yo y mi camarada, el periodista Arturo Valdez Castro y mi amiga la poeta Marilú
Sosa visitábamos en 2005 el taller de narrativa que ofrecía el maestro, en
aquél entonces vivo, Rafael Ramírez Heredia, allá en el barrio de Santa
Catarina en Coyoacán, él sí que un escritor muy serio y muy vigente y… sobre
todo…muy fumador. ¿Y de eso murió no? Con los pulmones perforados por la
nicotina…
La onda era
que el taller era interesante, se percibían las distintas inteligencias, las
distintas sensibilidades, las búsquedas personales, las opiniones, los matices
del punto de vista, etcétera, valía mucho la pena, ¿qué no? En esa época Laura
Domínguez ya había pasado del lápiz al borrador, ya que su cuento lo escribí hasta
llegar a Aguasardientes, a Hot Waters, al año siguiente y lo publiqué en la red
desde una lap-top (y esa lap me la robaron, ¿no decía el anuncio que hasta a
las mejores familias se les acercan las cucarachas?). En fin. Valdez Castro me
dijo: “¿Crees en la telepatía verdad?” “¿Por qué no te ligas a Marilú?”
“¿Quiere conmigo?” le pregunté. “¿Lo dudas? ¡no seas mamón!”
Creo que, en esta era del desmadre global y la internet, en la que los medios de comunicación nos rebasan y sacan a diario un titipuchal de información que retumbando se va a hacia ninguna parte, sería absurdo crear una novela donde la anécdota sea lo más importante: ¡Vivimos rodeados de demasiadas anécdotas! ¡Punchis-punchis-político mediático Charro-Batman! La novela dará un viraje o no sobrevivirá frente al espíritu del mundo posmoderno, eso lo saben los mayores genios actuales de este género: Milan Kundera, Vargas Llosa o Lobo Antunes. Háganme favor de creer fielmente lo siguiente que copiaré y pegaré (copy and paste como dicen las cacatúas) ya que es, amable auditorio, “La novela de Mateo Jáuregui”: éste es el primer platillo (o sea Capítulo), así que, que se abra el telón…
Primer
Acto
La de Cerro
Hermoso es una playa semi virgen, como tantas otras de por ahí, con cerca de
treinta cabañas y por lo menos cinco restaurantes, donde se puede comer buena y
barata langosta con micheladas, a menos de una hora hacia el norte de Puerto
Escondido por la carretera pegada a la costa. Está a mar abierto, al lado de un
río lateral que trae la cauda del Pacífico, donde asoma un peñasco enorme a
modo de un cerro emblemático y al que se debe, supongo, el nombre de este
lugar. En el rompeolas de la extensa playa para los turistas hay un faro que
funciona con luz solar y lo sé porque Joaquín y yo la primera vez que fuimos
juntos, nos dormimos ahí abajo del faro entre las piedras colosales y con
bolsas de dormir, para evitar la funesta aparición de los mosquitos que diario
nos masacraban –se podría decir, aunque, de hecho, los días que estuvimos allá
amanecíamos mojados, sudorosos, o vomitados el uno por el otro (en el caso de
que pudiéramos dormir, ya que a cinco metros las olas producen un ruido sordo
insoportablemente dantesco); pero así fue la cosa, ya que de Bacocho, el
fraccionamiento en que nos hospedábamos en Puerto Escondido, nos había corrido
mi viejo amigo Miguel, el disck jockey del adoquín (la zona de Puerto
Escondido donde se dejan ver los extranjeros), porque le parecía una escena
fuera de cuadro de su vida conyugal que dicho sea de paso, ya iba yéndose a
pique, el estar soportando (esas fueron palabras de su novia italiana, que de
tan tatuada parecía que vivía de hacer tatuajes, cosa que era cierta), es
decir, ella no aguantaba los “gritos y las canciones tocadas en guitarra a las
nueve de la mañana de esos dos cabrones”.
A pesar de
que Joaquín sabe italiano y de una sentada puede leerme en voz alta la poesía
de Cesare Pavese y una noche le habló
para calmarla, la mujer de Miguel nunca nos soportó. De hecho también sus
vecinos se habían quejado con Miguel por nuestra visita a su casa… ¡Y al diablo
y te meto el sístole y el diástole, pinche vieja histérica! determinó Joaquín
en alusión a la italiana, y entonces gracias a nuestro aperrado instinto
vagabundo, además del arte de la casualidad, dimos con Cerro Hermoso, sitio al
cual sólo es posible llegar por un taxi que sale de un punto determinado entre
la carretera de Acapulco y Puerto Escondido, donde hay un buen restaurante de
carne de tasajo y además muy barato. Pero ahora no vengo con Joaquín, porque él
anda por España tocando la guitarra en las ramblas de Barcelona (donde
seguramente nadie se quejará de sus gritos y de su voz cascada) y fumando mucha
mariguana o hash y eso lo sé porque en México City se hace lo mismo y porque le
hablé por llamada intercontinental a su celular y… ¿cómo lo encontré? Pues bien
servido, en esa combinación de música con el hash que en realidad es un juego
súper simple: te pones a pensar en la canción (por ejemplo, qué tal Shine on
you crazy diamond de Pink Floyd), todo da vueltas, termina la canción y tú
sigues bien pachecote, entonces sigue otra canción y así te la sigues,
etcétera, etcétera, etcétera. Si los caminos de la vida no son como yo pensaba,
como dice esa canción que me recuerda, por un lado, los viajes en pesero en la
ciudad de México un día de quincena o con cientos de marchas de protesta, por
otro lado, curiosamente, mis estados depresivos de mis 25 años, puedo decir que
ahora, cinco años después, que los sinuosos caminos del desmadre terminan donde
yo sí lo pensaba: el alcoholismo, la bestialización de la persona, la idiotez,
ignorancia y locura o, en el mejor de los casos, el estar siempre dispuesto a
jugar el papel del bohemio y eterno compadrito que acompaña y que siempre saca
el trapito borracho.
Digo que no
vengo con Joaquín, de hecho hace casi ya año y medio que no lo veo (2002,
finales del verano para ser exactos) aunque recuerdo muy bien el trailer que
nos trajo aquella vez de aventón hasta el restaurante del tasajo, el desfilar
de las palmeras y la vegetación; la plática con el trailero sobre nuestro
eterno malestar por la política mexicana, las frases filosas y radicales (para
el Joacanax Ciudad Universitaria se
debería de convertir en campamento zapatista, cosa en la que no estuve de
acuerdo; creí que él veía el conflicto chiapaneco más como gachupa, que como
mexicano, aunque es igual de chile verde que yo). Las frases de Joaquín se me
figuran sacadas de la víscera, de la entraña, recuerdo que el trailero le dijo:
“Tú estás peor que El Mosh”. Hagan de cuenta las frases que podría decir un
leñador antiguo en el acto que su hacha derriba un árbol en medio del bosque.
Mucho de apasionado tiene pues el chavo. Pero recuerdo más: veo por ejemplo, la
forma del espejo retrovisor del trailer en que venía jugando al Hulk mirando
mis brazos, saludando a la gente que se cubría del sol con sus bultos al lado
de la carretera, y yo con un paliacate de la bandera inglesa en la cabeza que
me traje de Inglaterra hace muchos años y, chistoso paliacate, porque ya que lo
compré iba caminando bien feliz por la calle, cerca de Picadilly Circus, cuando
entonces descubrí, como si fuera parte de alguna broma antologada por André
Bretón, que dicho paliacate decía: ―made in USA. ―a que su chingada y pinche
madre con el mundo unipolar–, dije, tal vez en clara alusión a la madre del que
ocupa el puesto principal de la Casa Blanca, allá en esa tierra que, de
momento, no me apetece visitar.
Bueno, eso
por un lado, pero por el otro… quizá Cerro Hermoso tal vez no sea tan hermoso
si lo comparamos con la mujer con la que ahora vengo aquí. Si por esta prosa se
pudieran cruzar apuestas, les aseguro que preferirían a mi mujer que viajar a
Cerro Hermoso. Pero desocupado lector(a): como esto es o más bien pretende ser
literatura de la buena, te tendrás que conformar con frases, descripciones,
acciones y atmósferas y promete darle el golpe a mi literatura al encender su
lectura, porque la neta Cerro Hermoso está hasta donde el viento pasó y dio la
vuelta y de mi mujer ya ni hablemos.
Algún amigo
en esas borracheras del pandillerismo bohemio que me tocó vivir (y del cual me
alejé un tanto para no ser siempre “compadre” o solamente el broder buena onda
con el que te echas la caguama) me dijo muy seguro: ―El mejor piropo que le
puedes hacer a una mujer es pensar hacia ti mismo y decirle a ella que el
universo entero es sólo hacerle una alusión–. No sé si ésta frase fue sacada de
un libro o qué, pero la neta está buenísima: tiene estética: ―ante ti, mujer,
el universo empequeñece–, igual que las cervezas de aquella vez, que también lo
fueron, junto a una mesa de ping-pong y las canciones de U2 y los Rolling
Stones a lo bestia, a lo más que daban unos bafles que yo mismo armé y a ella
también, con la vuelta de los años, la tuve sentada en esos bafles, no te
muevas, no te muevas, déjame que te tome una foto mental sin que te des cuenta,
déjame devorar en un rozón de la mirada algo de tu esencia y existir, quiero recordarla así mientras
espero nervioso en el teléfono para hablar con ella en ésta noche difusa, en
que somos algo que intercambian la razón y el deseo en su callejón de huesos y
míseras ratas, quisiera recordar las palabras que me dijo con tanto aprecio y
tener presente lo que le pregunté desde la ciudad una noche en pleno Zócalo en vísperas
del Día de la Independencia con luces refulgentes por todos lados:
—Oye Dorinda
ya la neta, ¿qué virtud te gusta más en un hombre?
—Oh, tú
sabes… la paciencia.
Aunque
recuerdo eso, no sé cómo imaginarla ahora, es demasiado el nerviosismo. Me
queda claro que el tipo que intentó seducirla en un antro de Puerto Escondido
era el clásico gringo tarolas payaso pasado de listo de los que normalmente
pululan por las playas mexicanas, tipos de los cuales las mexicanas se enamoran
de su cartera mucho más que de cualquier otra cualidad. Pero es que esta mujer
haría querer hacerse pasar por listo hasta al más idiota de todo Puerto
Escondido, incluidos los y las que se tatúan la cara y los brazos (yo sólo
tengo tatuajes en los pies). Siempre pongo los pies en la tierra, a veces
también las nalgas, cuando estoy sentado soñando algo así como mis propias
utopías. Escapar o ser parte, era el dilema… ¿era?
Para empezar
la historia, resulta que me había caído inesperadamente una fuerte cantidad de
dinero por cierto premio literario en el que decidí participar y obtuve el
primer lugar (contar esto es determinante para el relato: súbitamente tuve
millones de amigos que llegaron como zopilotes sub literarios a ver qué pellejo
del Jáuregui les tocaba, lo cual, para mi despecho, no melló mi humanismo
solipsista y me hizo creer que yo gozaba de cierto privilegio, quizá
metafísico). De hecho, con el dinero pensé cruzar el charco e irme a visitar a
Joaquín a Carcelona, pero me salió con su bateada de babas diciendo por teléfono
que vendría próximamente a México a comer peyote y cuando vino se fue a un
pueblo perdido en el desierto de San Luis Potosí, donde conoció a Dorinda,
haciendo esa misma constructiva actividad con unos amigos suyos de Croacia.
Cuando los dos volvieron a la Ciudad de México, me la presentó en una cantina
allá por el amado rumbo de San Cosme; en esa ocasión, si no mal recuerdo, ellos
platicaron mucho de sus respectivos viajes (Dorinda jugando el papel de culta y
experimentada y Joaquín burlándose de mi experiencia viajera enfrente de ella:
“mientras este güey escribe, yo he cruzado medio mundo: conozco Irlanda, Grecia
y Marruecos y he trabajado en Italia (viejos tiempos de nuestras borracheras
¿verdad cabroncito?”).
Solamente
respondí que sí, que hacía mucho tiempo trabajaba yo en el INEGI y Joaquín se
hacía pasar por misionero cristiano para pedir dinero de casa en casa y les
dejé ver a los dos que yo ahora tenía orgullo de escritor pero ciertamente un
poco apantallado por su belleza (no es que sea despampanante, pero tiene algo,
un aire pesado y sensual, hueso duro de roer—le dije de regreso a Joaquín en el
metro, y él había pagado la cuenta de la cantina, por lo menos.) Pero le
escribí su nombre y un poema famoso de Ernesto Cardenal en una servilleta y se
lo regalé junto con mi e-mail,
mientras la cantina retumbaba su escándalo futbolero y quizá ese detalle hizo
que me prestara mayor atención de lo que yo había supuesto cuando pensaba en
mis posibilidades con ella. (La segunda vez que nos vimos me enseñó esa misma
servilleta pintada con su lápiz labial). Joaquín volvió a Carcelona y prometió
regresar por estas fechas, pero tres semanas después, tras de vernos casi todos
los días, Dorinda y yo ya éramos pareja, nos habíamos encontrado muchas
semejanzas ciertamente, (¿o será que los cuerpos se parecen en la juventud?, ¿o
será que necesitábamos creerlo?
Era cosa que platicábamos mucho, como si se
tratara de un modesto psicoanálisis mutuo, basado obviamente en el aroma y el
picor de la hormona furiosa) y tres meses después, con la publicación de mi
libro, Dorinda se puso hecha casi una
fiera de felicidad por su nuevo writter chilango cuando supo que 30,000 mil
pesos me correspondían gracias a mi veta literaria y a dos que tres secretos
personales que decidí publicar como grandiosos proto pecados libertinos en una
antigua historia en la que, de repente, surge un narrador en tercera persona
que narra la historia de los otros personajes y se propone algo como juego de
muñecas rusas, todo bajo la cultura posmoderna y las quimeras de la
globalización entre jóvenes desamparados como yo, mi novia de aquél entonces y
mis cuates.
Algo tenía
ésta playa, yo sabía que tenía que volver, sentir que podía realmente triunfar
en el mundo literario es cosa que honestamente todos los escritores de mi
generación aplazarían para más tarde, considerándolo como una seria posibilidad
sólo distante en un país como éste; pero ratificar los méritos que el jurado
había sostenido sobre mi obra, al lado de Dorinda, aquí en Cerro Hermoso, se antojaba
inolvidable y además, ella estuvo encantada con la invitación y hasta una noche
me besó la mano en agradecimiento, a lo que yo, como recomienda el proverbio,
solamente me hice pendejo y me dejé envolver por sus besos.
Una hora y
media después de un viaje zigzagueante y agotador en camión desde la Terminal
Sur de Taxqueña hacia Puerto Escondido, y de otro camión foráneo que tomamos en
el atardecer en la costa, hacia ese sitio del tasajo (íbamos parados por tanto
movimiento y se me ocurrió empezar a
piropearla con Ernesto Cardenal y los
demás pasajeros nos desearon una “feliz luna de miel jóvenes, cuídense mucho”)
Dorinda y yo nos encaminamos en un taxi en medio de la selva rumbo a Cerro
Hermoso. La noche era perfecta con esa fresca sensación de aventura y yo estaba
ávido de noches libidinosas y traviesas con Dorinda. Recordaba a un tal señor
“Amado el de las aguas frescas” de la vez que vine con Joaquín y pregunté por
él, pero según supe por otro lugareño, se había marchado a Detroit de ilegal en
busca de un trabajo mejor que ser pescador de langosta o de estar rascando su
guitarra y su pobre garganta frente a los turistas a cambio de unas pinches
monedas... Eso es lo que le pasa a la mayoría de la gente que vive en playas
como ésta: uno se imagina, como tal mundano de la megalópolis, que éstos tipos
se lo pasan a toda madre pescando langosta, tumbándose en las hamacas para
decir: ―¡Óyeme güera, dame otro pescado y otras chelas!— y luego, de vuelta a
empezar con lo mismo al infinito, pero en realidad le tienen un odio al
aburrimiento y a la pobreza, que los hace largarse.
Las playas
casi vírgenes como Cerro Hermoso, cuando no es temporada de paseantes, están
llenas de madres solteras y niños llenos de arena en la cara. O por lo menos
eso pude constatar en las tres veces que fui y que no era como la playa de
Maruata donde hasta con heroína te puedes empachar unos sospechosos huevos
rancheros a pocos metros del famoso peñasco “El dedo de Dios”, en medio de
casas de campaña de gente difícil de ubicar entre juniors o iletrados pobres diablos.
Antes de
llegar, se había iniciado una conversación entre dos individuos y Dorinda, que
venía entrevistándolos (ella siempre tan simpática, tan popular con los
efímeros desconocidos) a bordo del taxi, recomendándoles que no se fueran de
ilegales y que qué bueno que les gustara la onda grupera (no como al novio
suyo, que era un sofisticado mamón, pensé que quería decirles en realidad). Los
interpelados se perdieron bajándose en unas casas tres minutos antes de la playa,
en un poblado sobre la vereda al lado del río que entra desde Cerro Hermoso
(donde poco después casi muero en un intento de aprendizaje de arrancar
ostiones de los corales) y le regalaron unas conchitas de mar con las que
estuvo tomándome el pelo un buen rato. Después nos llegó el turno de bajarnos,
ya en la zona de las treinta palapas, buscamos inútilmente a Amado,
gritamos en todas las cabañas:
“¡Hooolaaa! ¿Hola? ¿buenas nochees?”, a lo que nos respondieron unos niños
descalzos que Dorinda delicadamente les
preguntaba sus nombres y les hacía plática, diciendo que en un rato algún
adulto saldría detrás de la cortina anti moscos de la palapa donde dejamos
nuestras mochilas. Dorinda tenía ganas de darse un baño; en el bolsillo yo
traía cerca de 20,000 mil pesos y quedarnos a dormir en esa palapa, adentro de
su tienda de campaña, era la opción más apropiada, así que indagamos dónde
podríamos pasar a darnos un regaderazo.
—Pues ahí
está, aquí es— le dije a Dorinda mirando una regadera para quitarse la arena de
los pies, al lado de la cual, a esa hora de la noche, se podría decir que era
un baño sui generis sin ninguna pared más que una cortina y además, con vista
panorámica hacia el Pacífico. Dorinda se me quedó mirando unos segundos,
esperando una acción de mi parte. Inspeccioné cual era el lado del agua
caliente y me comencé a desnudar y le dije que no esperara algo más místico o
críptico que eso (algo acorde con su
forma de ser: eso era lo que la hacía interesante; nunca una queja, nunca
recurría a la dependencia, podía comer lo que fuera y le encantaban los viajes
entre otras cosas), que la serie de Tom y Jerry o La Pantera Rosa en
una televisión modelo antiguo para finalizar el día, además de un par de
cervezas y, que si nos iba bien, alguien nos haría de cenar arroz con pescado.
Inesperadamente, se echó a reír y se fue desvistiendo, diciéndome ―ese
Jáuregui, qué espontáneo, ni quien te viera mi rey-; afortunadamente
el agua estaba igual de fría que la cerveza, ya que el calor en Cerro Hermoso,
aunque sea de noche, es el equivalente en las pláticas a lo que la política lo
es en la ciudad de México, es decir, es un tema de bastante consideración y
desconsiderado con quien de ello platica; sudábamos después ya vestidos y de
los moscos se sentía no el picotazo sino lo tupido.
Ya al
terminar, Dorinda celebró la naturalidad de nuestro primer viaje juntos, con su
risa y sus palabras en italiano: ―andiamo, Jáuregui, andiamo, vístete flojo—.
Como sólo una mujer enamorada puede, el hecho descabelladamente mágico de casi
apenas conocerme y ya estar conmigo en una playa, bañándonos muy espontáneos a
la luz de la luna y era lógico que la teoría, la maldita teoría lógicamente
estudiable de este mundo ilógicamente incomprensible, estaba lejos, hasta los
libros por estudiar en la ciudad de México, ya que recién había egresado de la
Escuela de Escritores de la SOGEM, y había mucho por estudiar y escribir
mientras que ahí, había toda una localidad por descubrir y, sobretodo, toda una
mujer por redescubrir. Al poco rato, ya con ropa de playa y cerveza fría en la
cabaña de uno de los lugareños, la televisión la tenía entretenida (aunque
evidentemente su interés no le prestaba ni el más mínimo crédito: Dorinda
siempre tan ideal y sintonizada a todo momento, y el momento para sintonizarse
era la noche inabarcable además algo de mí, quiero suponer) y todo parecía
indicar, desde ese instante del regaderazo, que ese viaje daría de qué hablar
en nuestras mitologías personales como sólo la magia del primer amor (que es
todo gran amor) puede hacerlo, o por lo menos eso imaginé después cuando nos
columpiábamos en las hamacas de relajo, pero realmente Dorinda venía con ganas
de comerse el mundo a puños así que, a falta de mejor actividad a esa hora y
con el cansancio del viaje, ella decidió que nos acurrucáramos bajo una palapa vieja semi alumbrada para,
entre otras cosas, despedazar, gracias a su gusto, la personalidad de alguno de nuestros amigos
de México con nuestra plática y otra tanda de cervezas y uno de sus típicos
churros de mariguana al igual que sus
torpes arrebatos de ternura.
Siempre eran
amigos míos a los que les tocaba la suerte de ser quemados, ya que Dorinda no
me había dejado conocer ni a su familia (lo que más sabía yo de ella era su
afición a las matemáticas; había dejado la carrera en cuarto semestre y, por
otra parte, su pasión por la vida anecdótica, de esas sí que me sabía todas;
quiero decir, cada vez me sabía una más); debido a esto, me pidió que
habláramos por teléfono con Joaquín; el basto polo positivo, el único de mis
amigos que le caía bien y que seguramente a esa hora estaba roncando en algún
barrio de Barcelona, (que bien podía ser el Albaicín y Concell de Cent, si es
que ahí lo había agarrado la madrugada).
No me pude
negar, aunque ya estaba bastante cansado por el viaje e impaciente por dormir
con ella nosotros solos; ella sabía que traía dinero suficiente y la dejé que
marcara a su gusto por celular mientras iba caminando hacia el mar y se
escuchaba el oleaje arremetiendo contra la playa. Mientras ella hablaba y se
alejaba, empecé a divagar para mis adentros sobre la trama tejida entre los
personajes de un libro de Milan Kundera que estaba leyendo y quise buscarlo en
la mochila; el libro era La inmortalidad y seguramente eran los
monólogos en el limbo entre Hemingway y Goethe lo que me quedé revisando a
tientas en la oscuridad cuando regresaba Dorinda, que venía riéndose y sólo
alcancé a escuchar que decía:
—Órales güey,
te lo paso.
Hablé con
Joaquín y escuché que estaba bajo los efectos del hash y tocando la guitarra
efectivamente, en la soledad de su departamento del Albaicín y Consell de Cent,
seguramente en uno de sus ratos bohemios y nostálgicos, pero algo me hizo
sentir que se había producido algún secreto no muy a mi favor entre Dorinda y
él por el teléfono, una cosa que regularmente intenta Joaquín con mis
compañeras (además de querer robármelas) pero ¡qué diablos! ¡No me iba a
comportar como celoso paranoico siendo que el otro estaba hasta el otro lado del
mundo! En la noche, Dorinda se veía muy hermosa con el pelo mojado y su blusa y
su pantalón de batalla. (“Es una batalla quitárselo”) pensé, tal vez, o tal vez
lo dije después riendo, pero cuando colgué con Joaquín prometí volver a
hablarle mañana, Joaquín sólo dijo: “Pssss, vas maestro” y no le
pregunté nada sobre la llamada a Dorinda.
Comencé a
decirle a esta mujer por qué me gustaba tanto ese lugar; al día siguiente
—dije— verás cómo se eterniza la playa hacia la derecha, mientras que por el
peñasco de Cerro Hermoso crece la marea. La vez que venimos Joaquín y yo
conocimos unas chavalillas del Distrito;
cuando se enteraron de mis libros quisieron que les hablara sobre poesía y
libros toda la noche. Estuvo chido, armamos una fogata y Joaquín tocó la lira. Claro,
dijo ella, y ¿no te acostaste con ninguna? “No, evidentemente, no…”
Cuando Dorinda me hacía ese tipo de preguntas, en parte por coquetearme, en
parte por joderme, ya fuera verdad o fuera falso, era mejor mantener
caballeroso y administrativo silencio. “No te creo”, dijo con aire
inalcanzable, se untó crema en los hombros anti-mosquitos y se levantó de la
hamaca para mirar el mar más allá de lo que las luces de las palapas pudieran
alumbrarla; solo alcancé a ver su sombra y su ropa blanca agitándose al viento
de la noche y sentí que ella tomaba una decisión frente a la noche del inmenso
mar; por unos segundos creció mi amor hacia ella y suspiré aliviado. Estaba
consciente de que desde que había ganado el premio estaba viviendo los mejores
días de mi vida y sabía también, o por lo menos empezaba a atisbar, que tanta
felicidad no podía durar ininterrumpidamente. Me unté crema yo también y la
cerveza ya me estaba mareando.
Una mañana,
hace mucho tiempo, me desperté en mi casa de la Ciudad de México y recibí dos
llamadas: una era para avisarme que había ganado el premio… (momento: esa
llamada lo primero que hizo fue quitarme el tormento de haber abandonado la
carrera de sociología en la Universidad La Salle… lo que mejor me salía era la
crítica a la Escultura de Maestro Kauduro que ahí exponía por aquél entonces),
la segunda llamada era la de mi padre, que me invitaba a desayunar en un
Sanborns. Cuando llegué a la cita y le dije a mi padre que había ganado el
Premio, supe que en el desayuno no tendría que hacer buches de arrepentimiento
con la comida que él pagaba y, además, para mi suerte, por entre la
gente que estaba pagándole a la cajera, alcancé a ver a José Vidente Anaya, mi
amigo el director de la revista de poesía Alforja, todo él tan poeta,
tan budista y tan chamánico, que se da el lujo de verse con esa barba de
visionario y siempre bien vestido. Me paré y le hablé. Le dije que me había
ganado un premio y yo creo que fueron muchas noticias para un instante: mi casa
queda lejísimos de ahí para estar un día entre semana desayunando en ese
Sanborns que a él le queda tan cerca; sin embargo, asombrado de verme, Vicente
me felicitó y se fue.
―Muy bien, te
felicito–, dijo mi padre también y días después vino la ceremonia de premiación
y etcétera, en fin, un éxito, ¿pero, realmente vivir de eso? Imposible,
triste y llanamente. Precisamente como es imposible, supe que tenía que
barajear mis cartas muy rápido antes de que volara el dinero inútilmente y
convencí a Dorinda unos pocos días después de ir a ver al maestro, además, para
que no se nos fuera el encantamiento en el que claramente ya estábamos
flotando.
Se trataba de
una lectura de poesía en La Casa del Poeta, quien leería era Laura Jáuregui,
poeta de Saltillo y ex alumna de Vicente, así que le dije a Dorinda que ese día
las cervezas sólo nos las imaginaríamos y que deberíamos ir. “Sipi, pero
¿cuándo hablaremos de matemáticas, compartir mis gustos? Siempre hacemos lo que
a ti te gusta, mi cabroncito.” me dijo. “Las cheves nos gustan a los dos y no
exageres, además ni siquiera me has dejado conocer a tu familia”. “Bueno, ok sí
bonito, quieto, vamos a la lectura, pero de mi familia ya ni preguntes porque
ya sabes que me llevo mal con ellos”. Así que fuimos caminando de mi casa a La
Casa del Poeta y, contrario a lo supuesto, el evento lucía un tanto
desangelado. Subimos las escaleras, pedimos refrescos y saludamos a Vicente y a
Laura; después ella leyó unos poemas regulares desde mi punto de vista y
Vicente hizo reflexiones en torno a la poesía. Intenté rebatir a Vicente en la
ronda de preguntas (“categóricamente ésta poeta no tiene futuro y para colmo
tiene mi mismo apellido” pensaba yo para lucirme con Dorinda), pero el autor de
Híkuri, Peregrino y Los Poetas que cayeron del Cielo
se las ingenió pacíficamente y con tranquilidad, para acabar diciendo entre
líneas que todas las voces de todos los poetas se necesitan, que no fuera
excluyente, etcétera, creo que hasta de machismo literario fui acusado aquella
vez (ah Vidente, te odio sabiéndote más encurriculado en los menesteres
literarios, porque yo sólo estoy enculado por ésta vieja, perro
desgraciadamente enamorado, a estas alturas, todavía queriéndole robar imágenes
al viento sobre ésta mujer que se me desdibuja cuando la pienso y la
disparatada acuarela de la melancolía no
logra aceptar que ya se ha ido; pero te abrazo, definitivamente para
siempre por tu amistad a toda prueba y tu generosidad y todo lo que has hecho,
vaya inmenso, José Pacheco Anaya). Al final, Laura Jáuregui regaló hojas con
sus poemas y dibujos y fue muy aplaudida, hasta a mí me regaló uno que conservé
durante muchos años, pero yo veía a Dorinda, sentada a mi lado, que al parecer
no le hacía ninguna gracia la poesía de aquella poeta (Dorinda siempre la mejor
de las mujeres: Le pregunté: “¿Qué te pareció la lectura?” Evadió mi respuesta
y me sonrió con ironía: “Tú eres mejor poeta mi rey”.). Mi ego se sintió
invocado así que deslicé mi mano por la mesa para tomar la suya y le di un beso
estilo buen caballero. Y sólo nos despedimos y nos fuimos. Pero me di cuenta
que aquello de conocer a Vicente realmente la fascinó: unos días después,
mientras nos acabábamos una botella de ron con otro colega escritor, Dorinda
aplaudía en mis barbas esa grandeza de Vicente: “Si lo vieras Enrique —le decía
a mi amigo—, Vicente es un señor todo tranquilo, toda su voz, toda su cara, su
presencia irradia una tranquilidad magnífica, de veras Jáuregui, gracias por
presentarme a ese hombre”.
Así era la
cosa… Dorinda estaba tan encantada de conocer al Vicente Anaya que aún
borrachita se atrevía a decírmelo, dejando clara la ambigüedad de nuestro amor.
Esto tiene su porqué. Hay algunas mujeres que van por la vida escudándose de
los hombres y no se dan cuenta: eligen amigas súper atractivas, eligen hacerse
hermanas de sangre de la sexy, de la chic, de la más buena, de la femme fatale,
en fin; todo con tal de que a la hora de estar con los hombres no las vean y
vean a la amiga y ellas sientan la compañía y aprendan a copiar el tejido. En
las actividades de los hombres, por ejemplo las típicas parrandas del dar el
rol en la nave carísima con el consabido súper auto-estéreo, consiguen pensar:
“que vean a mi amiga, yo no valgo tanto”, o para una anti demostración: ―¿Qué
tanto le verán a esa? ¿Por qué no me ven a mí que soy experta en la poesía de
Ana Ajmátova?– Lo más increíble de Dorinda
era que estaba tan segura de sí misma que lo único que necesitó fue a
Joaquín, mi mejor amigo, para conocerme, además de su delicadeza que
discretamente descollaba, que debajo de esa piel vivía un huracán. Ah Dorinda…
he de reconocer que sentí un suspiro, eso significaba salir al OXXO a comprar
más cerveza.
En cuanto a
belleza interna, las mujeres que desarrollan cualidades masculinas son las
mejores; me gustan: independientes, guapas e inteligentes, obviamente, pero
cuando te siguen hasta en tus vicios masculinos y lo hacen (porque bien lo
sabes), que lo hacen por ti, ya cruzaste la Muralla China y cenas en París
todas las noches tu último Gran Tango. (O debajo de cualquier árbol, por
decirlo prosaico) De Dorinda nunca conocí un solo amigo o amiga (sólo sabía que
me odiaban porque según ella me decían desde lejos: “Es el nuevo tarolas
pendejo que la había conquistado con su poesía”. Tristes pendejos: pues ¿para
qué chingados creían que escribía Octavio Paz sus poemas amorosos? ¿Acaso
creían que había falsedad en esos poemas? Ya que realmente en
este mundo y en éste país todo conspira para que nadie escriba —¡Si casi
ni siquiera se lee!—, entre Vicente y yo teníamos la teoría de escribir como
guerrilleros, como amantes, escribir radicalmente quiero decir, como si cada
texto fuera el último, el testamento de cada noche afortunadamente postergado y
ya en trámite de publicación, escribir hasta en las servilletas del restaurante
en un momento reflexivo de la conversación. Escribir incluso que me miro a mí
mismo escapándome del escritorio hasta escalar
el techo del cuarto y verme con las manos sobre el teclado escribiendo
con los pies clavados al techo ya con el punto final del texto perfectamente
identificado, dejando la voz a micrófono
abierto sobre el papel, escribir, siempre escribir, escribir hasta para
criticar al pinche Octavio Paz o al pinche Carlos Fuentes, que por cierto, de
pinches no tienen nada, más que lo grandes entre grandes que fueron, son y
serán bastante tiempo en la literatura universal.
Dorinda ante
mí se comportaba como toda una hembra de mundo sin necesitar a nadie más para
respaldarlo, ni siquiera a su madre, ni siquiera su hermano tarado wannabe baterista, que nunca conocí pero
me mandaba saludos con ella. “¿Qué te cuenta tu amigo Vicente Anaya?”
Preguntaba Dorinda. “Nada —decía yo—acaba de terminar un libro de ensayos en
que refuta las ideas de Octavio Paz.” “Y tú mi rey —decía— ¿Por qué no haces un
ensayo sobre la poesía de Ernesto Cardenal?” “Porque ese ya tiene su lugar”.
“¿Cuál?” “Tus piernas”.
El sexo con
Dorinda era de lo mejor después de que el trabajo me quitara las energías,
normalmente nos quedábamos todo el día en mi casa cuando yo regresaba de mi
trabajo en la UNAM (yo solamente trabajaba miércoles, jueves y viernes como
asistente en uno de los Institutos de Ciencias De La Tierra) y después ella
llegaba a mí casa, bonita y lanzándome besos a la distancia, como si me la encontrara
recogiendo uvas en un laberinto de arboledas, entonces comprábamos una botella
de ron o unas cuatro cervezas y luego nos acostábamos y me auxiliaba Ernesto
Cardenal en la sección de piropos; ya ebrios y desnudos, oíamos a La Maldita Vecindad o Peter Gabriel o Men
at Work o Dire Straits y entonces nos echábamos uno o dos polvos, como se decía
antes. Siempre era yo el que se dejaba llevar más que ella: una noche en que
llegamos juntos al orgasmo, me dijo cuando me le abalanzaba encima para besarla
y ella quería ver el signo del placer que me provocaba:
—Oye Mateo,
mira nada más qué carita… eres un niño híper cachondo…
Y así quería
yo estas vacaciones: para follar con ella como loco, como siempre lo he sido,
como animal deseante y desdichado schopenhaueriano, vaya Dios, vaya cosa.
Cuando regresó de ver el mar ella misma armó la tienda de campaña, adentro de
la palapa, el oleaje se escuchaba fuerte pero sin problema. Ya eran cerca de
las doce de la noche cuando nos metimos, yo me imaginaba que podríamos hacer el
amor para celebrar haber llegado victoriosamente hasta esta playa oaxaqueña,
pero con esos guiños que se hacen entre sí las parejas (sobre todo lo hacen las
mujeres) me dio a entender que estaba rendida y que ya la dejara descansar.
¿Descansar? dije un tanto asombrado cuando la entendí. “Mira Jáuregui, todavía
no sabemos quién ande por ahí, así que mejor tranquilo ¿no? mejor ya acuéstate
corazón”, me dijo un tanto exasperada y pues ya ni modo, me tuve que dormir
con el pene latiendo furiosamente toda la noche. Yo sabía que la playa de Cerro
Hermoso era tranquila. Pero la dama siempre es la dama, era la dama, la
utopía de carne y hueso y, había hecho finalmente, temblorosamente, acto de
presencia.
Regreso
Estoy
escribiendo la frase: “a la mañana siguiente”, pero si fuera leal a mi cuerpo y
a mi depauperada investidura de poeta maldito posmoderno (o lo que es lo mismo:
es un decir), no haría sino aclarar que amanecí con una erección tremenda, pero
que también había soñado toda la noche persiguiendo mis propios pensamientos
(para que Dorinda no me los alcanzara) y efectivamente, tuvimos un cierto
acercamiento espiritual durante la noche, pero de eso no me interesa hablar, a
menos que a alguno de mis lectores le interese la descripción del estado
anímico del cerebro masculino en estado beta mientras eres mimado y devorado
psicológicamente por el eterno femenino que estaba al lado. Eso sentía en mi sexo, pero en el
estómago sentía las arenas movedizas de las cervezas con su repercusión
inmediata en la cabeza; es decir, el exceso, la decadencia (y supuestamente ya
no soy un simple compadre, ¿eh?). Por tal motivo, supongo (aunado al
sentimiento que tengo de siempre estar al pendiente de mis parejas cuando
duermen y de que duerman bien), me levanté cerca de las siete de la mañana y
con la resultante sensación de extrañeza. ¿Dónde chingados estoy? Para
averiguarlo abrí la tienda de campaña; Dorinda seguía dormida con la boca
entreabierta, y al ver su respiración en sus senos me provocó cierta lujuria,
quise hacerle el amor sin que se diera por enterada. Pero ella se dio cuenta
cuando yo estaba quitándole la ropa de la cintura para abajo y murmuró: “auch… niño… espérate… mi rey déjame
dormir”. Luego entonces me vestí como pude y salí a caminar en la arena, la luz
del sol venía ya en camino por lo más claro del cielo oaxaqueño y se escuchaba
música grupera río adentro.
Saludé a la
señora que nos había atendido la noche anterior y por más esfuerzos ridículos
que hice para tratar de re-fabricar el día anterior, solo caían en mi
conciencia como los pasos de algún médico solitario en un quirófano, el sonido
sordo de las olas, una tras otra, y la arrolladora sensación de libertad que da
ver el mar hacia lo lejos, ver correr a los niños autóctonos por ahí y sentir
que realmente todo, todo, es curiosamente muy chistoso cuando se analiza desde
la sencilla simpleza y crueldad del cosmos y se manda por un tubo a los
robustos argumentos de los grandes filósofos.
Prendí un cigarro y me tiré en la arena. Un
cangrejo de medio tamaño me veía desde su cueva, lo espanté y corrió a la
derecha. Como música de fondo y en la sección de alientos del paisaje estaban
los pájaros y las gaviotas, picoteando y cazando lo que fuera. En esas estaba, cuando media hora después
salió Dorinda como una guapísima y misteriosa gitana de su tienda; vestía de
blanco y llevaba huaraches y el pelo recogido, me fingió un gruñido desde lejos
la coqueta y me mandó besos; yo hice lo mismo y después la miré irse hacia los
baños; creí que ya tendría ganas de desayunar o algo así.
Volví a
repasar a Milan Kundera, que aguardaba en mi mochila. Ese checo hijo de la gran
putísima (es un decir: ¡Qué Jefe sería vivir de la Literatura Universal!).
Nunca nadie supo que yo tuve ideas parecidas a ese checo sobre la Poética de la
Novela cuando publicó su ensayo magistral: El Telón (afortunadamente, ya
no importa: hay gente que puede comprobar lo que digo, algunos de mis alumnos,
por ejemplo). En realidad, cuando viajo sólo leo en los camiones; (antes era
posible, ahora es sólo una utopía debido a la robótica idiotez de la película
ñoña que te receta a huevo el camionero). Yo creo que me resultaría
insoportable leer bajo una sombrilla en un Five Stars con música lounge
a medio volumen a mis espaldas. Soy de la clase media, si es que eso significa
vivir un año bien y otro quién sabe cómo, pero no soy aficionado a los cuadros
hechos a base de lugares comunes (la vida que me ofrecen los Sanborns me
aburre). Detesto la gente que va al baño y se lleva un libro para leer o peor:
¡la gente que lee mientras come! ¡Por Dios Santo, esos sí que son rematados
idiotas! (Incluso una vez comencé a discutir con una cajera —a la cual le había
tirado los perros, (obviamente) de la librería del Fondo de Cultura Económica,
a un lado de la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, precisamente porque
la Gandhi tenía un separador de libros en su mesa de detalles, en el cual se
mostraba un excusado y se hacía clara alusión a la lectura). Tuve que aclarar,
apegado a las buenas maneras, que la gente que de verdad lee y le importa lo
que lee, no lee en el baño. Y la cajera me dijo “ven mañana, pasa por mí”. Y
ese mañana nunca llegó.
Ya me había
acabado el segundo cigarro cuando Dorinda llegó hasta donde estaba parado como
vigía contemplando mi reino imaginario: “¿Qué hacemos hoy mi rey?”, me
preguntó. “¿A poco tan temprano y ya estás aburrida?” Ella negó con la cabeza
remojada. Posdata al párrafo: Debo decir que Dorinda, entre sus muchas
anécdotas salvajes, la última consistía en un proyecto de robar una tienda
OXXO. ¡Sí! ¡así como suena! ¡Asalto a mano armada, según decía! Y decía que sí
se atrevería a hacerlo; de hecho, durante el camión Ciudad de México-Puerto
Escondido, había hablado varias veces por celular al DF con un tipo que, según
el dicho, llevaría a cabo el atraco; le preocupaba que el tipo no hubiera
conseguido la fusca. No sé cómo remataría el párrafo otro escritor: yo sólo sé
que me valía madres, sabía que era puro blof y que nunca lo haría. Para mí, eso
era puro folklor de sus amigos de Tepito.
Pero había otro detalle: ella quería que yo despedazara el vitral de uno de los anuncios que hay en la parada de los camiones y sacara de ahí un poster enorme de los Rolling Stones; ese era el tema recurrente y donde terminaban todas nuestras pláticas últimamente; confieso que me daba la gana de hacerlo, confieso incluso que por ella sí lo hubiera hecho, pero ella quería tantearme, ver hasta dónde caía yo rendido y salía lleno de rabia con un martillo a destrozar el parabús para regresar y darle el famoso póster de la lengua de los Stones. No sé si fue por mala o buena suerte, pero nunca lo hice, tal vez si yo fuera un tanto más surrealista, por la muy jodida cabrona hubiera salido a las calles de la ciudad de México, por ahí cerca de mi casa o quizá habría agarrado un taxi que me llevara a Ciudad Satélite y traerle lo que fuera, quizás me hubiera robado un auto-estéreo, total, nunca agarran a los ladrones de estas cosas, ¿Verdad? ¡Chale! Ya me parezco más a mi doble personalidad.
Segunda
noche en Cerro Hermoso
Tres de la mañana o quizá las cuatro.
…Mira cómo se ve
el cielo adentro de la tienda……………..—yo también te amo………………mira y mira mi
sentir…………¿ese eres tú de chiquito en esa foto?......................mi madre y
mi hermano… . ..olvídalo…………..creo en el destino……….¿cuál es tu poeta
favorito……?…………..ahí voy Dorinda, ahí voy…………….todavía…………..todavía
no……………..puedo creer……………………..que te ganaras ese………………ya llegué, estoy….
contigo……..oye……tú……………sabes……………..mis……………problemas………¿
o no?.................sipi…………..ok…………—mira……………….la………………………….
galaxia………………mira…………………¿quién ama a quién dijiste?....................................................................jajajajajajajajajajajaj!....................................
…………oye…………………¿de qué te ríes?...............de nada mi rey…. Voy a salir a
llamar a México, ya sabes que yo creo en el destino ¿no mi rey?
aguántame..........................................................este…………………….¿qué?..................................................
¿Dorinda?.............Pinche
Dorinda de seguro ya se salió a fumar su gallo y cuando regrese va a querer que
asalte una tienda OXXO como prueba de amor, mejor ya de perdis que me pida unos
tacos
corridos.........................................................................................................................................
Daniel
Sada y Salvador Elizondo
La mejor
novela de Milan Kundera es La broma, a no dudarlo; según el maestro
Daniel Sada en un taller de novela que ofreció en el CNA a unos cuantos
despistados aprendices de novelistas, dijo que Salvador Elizondo a su vez decía
que no entendía las novelas de Kundera y que le decía: “¡Oye Daniel, ¿qué
chingados me quiso decir este checo?” (Seguramente en La Inmortalidad de la
Cultura Mexicana: un cielo lleno de porquería y extrañando el Templo Mayor para
ir a visitar, Daniel Sada y Salvador Elizondo tendrán tiempo para discutir
sobre el tema, pero eso que lo escriba otro). A mí siempre me da la impresión
de que sí lo entiendo. Kundera y sus siete partes. Kundera y esa cerebralidad
que, según Philip Roth, viene a ser algo así como un psicoanálisis de la
política y un preguntarse en unas cuantas palabras lo que conforma un buen
personaje literario, su decodificación existencial. Aah… casi me siento
eyaculador precoz de la felicidad que me da recordar a ese viejo Milan Kundera
y mi muy personal y joven lectura de La broma.
En México
seríamos felices si cada generación escribiera su broma, (déjenme tomar un
trago de agua o Coca-cola, déjenme decir bromas: también Sada y Elizondo se
decían cosas así entre ellos), en fin, si así se pudiera; significaría que en
México no se ha vuelto un simple fenómeno de mercado la literatura, domesticado
y sólo al servicio del billete del sello editorial: en cambio, existen muchos
libros marginales, escritos prohibidos y personajes non gratos. Así es la lógica
del mercado y según esa lógica yo soy un Cristóbal Colón que ha conquistado el
otro hemisferio de su cerebro, así que si quieren música me la deben de
tararear o taquigrafiar como El Sonido de Rulfo y ya verán mis solos de
batería.
Parece que
realmente esos pinches pensamientos prefabricados me ocupan ésta mañana
mientras abro mi mochila adentro de la tienda de campaña y veo el libro de
Kundera y mis demás aditamentos mundanos; saco mis lentes de sol, mi ropa de
baño y el discman con la voz de Mano Negra y sus ritmos experimentales,
mientras Dorinda hace como que se cambia
de ropa y se pone su negro traje de baño de una sola pieza y que le luce muy
bien, pues deja ver esos muslos de cohete enamorado y esos hombros delicados
que siempre beso con un deseo furioso en un murmullo, para irse a asolear junto
a los pocos paseantes que hay esta vez en Cerro Hermoso, entonces se enciende
algo de mis talones a la maceta y logro entender que soy feliz, que sí, que
todo ha valido la pena, que quizá la suerte sí me acompaña, salgo primero yo,
luego ella, la veo salir de la tienda, toda ella ícono de mi amor y de la
hermosura, oigo los sonidos de los pelícanos, los veo cómo viajan en hilera
como aviones de combate en formación “V” sobre las olas; también recuerdo
porqué a Joaquín le gustaban tanto los cangrejos, y entonces me dejo de decir
tonterías a mí mismo por la cerveza y dejamos al mar que de una vez nos toque los pies.
Nos vamos
caminando hacia la izquierda de Cerro Hermoso mientras le cuento mis ideas
literarias, políticas o sobre el cine de Bergman o Stanley Kubrick o Woody
Allen a lo que ella, poco a poco, con
lentitud, con suavidad, sintiéndose
animada, comienza a dedicarme este momento, es decir, empieza a hablar y evocar
y así, entro en la vida anecdótica de Dorinda, recuerdo partes de mi propio
pasado junto a ella mientras caminamos como tortolitos en su idílica burbuja
transparente, no más qué decir más que quiero ese refugio y que me apapachen como
a un tigre dormido. De igual modo que entro en la vida anecdótica de Joaquín,
con Dorinda al lado siento que cargo con una bandera enorme que dice: “ACÁ ESTÁ
MI CHAVA CABRONES”, ella entra al agua, las olas la recubren hasta los muslos,
es muy largo de contar, pero vale la pena.
―En la
noche ¿veremos a las tortugas desovar mi rey?— pregunta Dorinda,
sonriéndome con sus lentes de sol, como queriendo complacerme, (no me había
percatado que desde que gané el premio me dice ―mi rey—) y eso no sucede en la
noche porque Dorinda ya lo ha visto muchas veces, muchas, entre sus anécdotas
que siempre me está contando, y pienso que lo que hay que hacer es lo que ella
quiera, ella sólo tiene ganas de estar conmigo, no me la creo, no me la creo,
absolutamente no me la creo, pero pues sí, Señor Presidente.
No
quiero recordar
Fue uno o dos
días después más o menos cuando tuve un disgusto con Dorinda; alguna mala
plática que ninguno de los dos quiso terminar y ella dijo:
―¿Crees que vine contigo por tu dinero?
¡Qué pendejazo eres!
A esas
alturas de la plática no recuerdo (no quiero recordar, mejor dicho) qué le
dije. Seguramente una torpeza romántica medio mamona. Pero no la convencí. Me
dijo que yo me quedara en y con la tienda de campaña y que ella se iría dos
días a Puerto Escondido a relucir mi cruda moral asoleándose ella sola.
Enfaticé,
entonces, una postura de perro rabioso,
le insistí que no echara a perder nuestras vacaciones, le dije “hazlo por los
dos, por nosotros” y seguramente seguí diciendo una que otra estupidez
polifacética con tal de que se quedara y no hiciera escenas (cosa que realmente
nunca hacía: le gustaba la postura del mítico mariscal que sacrifica o promueve
un peón en el momento exacto), pero una cosa era segura: a Dorinda se le había
metido una idea fija en lo más hondo de su bulbo raquídeo: que yo la traje como
parte de mi recompensa literaria. Lo cuál era parcialmente cierto y
parcialmente falso; mitad para llenarla de orgullo y mitad para que se
enfureciera, ciertamente. La amaba por supuesto, pero su idea fija me obligó a
dejarla que se fuera o, para decirlo en otros términos, argumentar de más
hubiera sido un punto en contra. Me dijo:
―Estoy muy encabronada, no sé por qué, no te
preocupes, no me voy a ir a México, solamente quiero estar dos días sin ti y
ya no le sigas...”. La miré y la esperé en lo que pasaba de vuelta uno de
los taxis entre las treinta palapas, de hecho pagué el taxi, lo que me consoló
fue que a la pregunta chantajista del “¿todavía me quieres?” me dijo: ―Sipi, no
te preocupes, todavía te quiero– y me besó. Un beso extraño pensé,
supuestamente estaba enojada.
Hasta ese
momento la habíamos pasado sensacional (la langosta que comí inmediatamente
estaba muy buena). Uno de varios lancheros que nos saludaban por la mañana o
por la tarde, nos había invitado a pescar ostión el día anterior, lo que
constituyó, al lado del peñasco grande y en la boca del río que se forma, un
adecuado momento para sumergirse siete metros bajo el agua y con equipo para
remover el ostión del arrecife, en cuya obligación ética (díganle caballeresca)
de sacarlo, por poco me ahogo, mientras el otro camarada muy quitado de la pena
bajaba siete, ocho metros y volvía a subir a tomar aire. Mientras, se estremecía
la lanchita y la Dorinda, un poco en falta de humor, nos esperaba con mis
audífonos al ritmo del inolvidable King of the Bongo y demás creaciones de Manu
Chao y compañía.
Después de
tres intentos contra el arrecife ascendí torpemente completamente exhausto y
sin ningún ostión por última vez y me incorporé para subir; el motor estaba
apagado pero en medio de mis tosidos, la Dorinda, toda ella hecha un teatro, me
lanzaba porras y frases como un entrenador a su boxeador.
Lo primero
que dije cuando me quité el esnorkel y ya la realidad se veía como lo que
normalmente suele ser y no neblinosamente azul, fue: “Dorinda, tienes que
reconocer que tu hombre es escritor y poeta y no pescador de ostión”.
“Aaahh, ¿sí
mi rey? Se te olvidó decir fumador, por eso no aguantaste, pero no te preocupes
Jáuregui, si hubiera visto que no salías, me convertía en la mujer maravilla y
te rescataba, jua, jua”. La abracé, me le quedé viendo, junté mi perfil a su
perfil y le dije: “Eso es lo de menos corazón, mujer maravilla ya eres”. Y un
hermoso y largo beso que nadie vio, y si lo hubieran visto, no lo hubieran ni
creído.
Y ahora que
lo recordaba sentado con Kundera en el regazo tres horas después de su partida
sobre la hamaca, con un Sprite de dieta, sentía confusión: “¿Por qué se le
metió en la cabeza que la traje por mi dinero?” Y la respuesta me rebotaba:
“¡Porque es cierto pendejo!” Bajé la cabeza, la verdad es que mi super-yo me
estaba madreando para ser apenas las 3 o 4 de la tarde. Decidí dejar el libro y
caminar un poco por las palapas saludando a la gente. “¿Ónde está tu morra
campeón?” me preguntó el pescador de ostión mientras comía lo que le daba su
familia seguramente. ―Se fue a buscar a unas amigas a Puerto Escondido–
respondí. “UUU —me dijo— está campeón, no le vayan a dar ganas de quedarse
allá.” “Sí regresa”, dije prendiendo un cigarro. “Sale pues.”
A paso lento,
pues no tenía nada qué hacer, me alejé unos 500 metros de las palapas, donde el
mar se escucha todavía más grotesco y donde ya literalmente hay buitres y
perros y demás raras formas de vida inexplicable buscando alimento en las
basuras. Entre más avanzaba y el sol se ocultaba entre las nubes, el rostro de
la Dorinda en mi imaginación se tornaba espectacularmente descomunal, cual si
fuera el de la propia Afros. Terrible, inmaculadamente hermosa. Y mis
percepciones poéticas estaban abiertas como cuando le escribía algún poema muy
sentido, ensuciándome las venas con la tinta de sus besos o una hermosa mirada
sin ningún reproche y humildad. ¿Qué estará haciendo? Dorinda… ¿Qué soy para
ti? Misterio insondable…
–Hemos
convivido tanto, hemos hablado sobre tantas cosas… y al final, como siempre,
hace falta hablar tanto sobre el amor, sobre qué cosa será el amor y estar de
acuerdo.
Después de
leer un rato no supe cuánto tiempo había pasado y decidí regresar arrastrando
de nuevo la cobija de las lagrimitas italianas. Conforme caminaba, recordé que
por angas o por mangas no había devuelto la llamada a Joaquín a Consell de Cent
y Albaicín, hasta Carcelona y no dudé en marcarle desde mi celular, casi nunca
lo uso, pero pensé que debía traerlo, además traía dinero, como ya se dijo. A
esa hora en Carcelona serían las 9, 10 de la noche máximo.
—¿Qué onda
ese Joaco?
—¿Qué onda Don Premio? ¿Pues qué pasó entre ustedes? Dorinda acaba de hablarme, dijo que está con unos amigos de México en Puerto Escondido y que se la están pasando a toda madre, yo le pregunté y ¿qué onda con mi broder? O sea contigo, y ella dijo… Mira pinche Jáuregui, carnalito, la verdad no entendí bien, la neta, pero mejor búscala”.
A
tumbos con el pasado o esto fue arreglado en 15 minutos
Joaquín
sabía, desde la vez que regresó a México y fuimos por primera vez a Cerro
Hermoso, que yo me había acercado una ocasión a las bases de apoyo del Ejército
Zapatista (diciembre-enero del 2002). En ese entonces todavía estudiaba en la
Escuela de Escritores de la SOGEM, y no sé de dónde diablos, pero la
publicación de mi primer libro de poesía había sido todo un éxito, ni siquiera
yo esperaba que fuera para tanto, pero lo cierto es que cuando tú crees en tu
trabajo, la gente lo nota y apoya la autenticidad. Lo presenté en Tlaxcala el
mismo día del atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center y ante los
periodistas de sociales que me preguntaban por mis influencias literarias les
dije: ―¡Pues la Poesía contra la Barbarie!—. Eran otros tiempos, o, se veía,
iniciaban tiempos y morían otros con más celeridad: internet no era lo que es
hoy y, por supuesto, no existía la guerra gringa contra “el Terrorismo”.
Periodicazo
en La Jornada un 12 de diciembre de 2001, sección el Correo Ilustrado:
“Caravana Mexicana Para Todos Todo”. “Iremos a partir del 16 de diciembre a las
comunidades, Año Nuevo y Navidad, de apoyo a los zapatistas. Se necesitan
fuerzas para estar allá compañeros, mayores informes al teléfono […]
Visitaremos la Zona de las Cañadas, Morelia, Moisés y Gandhi, La Garrucha y
otros Aguascalientes.”
Fue un asunto
que platiqué mucho con mi padre. Él nunca me lo impidió, no celebró, pero no lo
impidió, no me forzó a no hacerlo. Fui días después a la dirección que
ostentaba La Jornada, la cual quedaba no muy lejos de mi casa y cerca de
Insurgentes, y sintiéndome un poeta comprometido con la causa, hablé con los
organizadores: era un cuarto al lado de un sindicato lleno de parafernalia
zapatista, fotos de los comandantes, del Sup Marcos y varios retratos de
Monsiváis, Saramago con los indígenas, botones del zapatismo en la mesa,
etcétera. Había una joven un poco mayor que yo (entonces yo tenía 27 o 28 años)
y un muchacho que según mis cálculos estaba en la prepa y traía una sudadera de
los Pumas. Me dieron documentos con información personal (cosas que tendría que
llevar, cobijas, lámparas, juguetes quizá para los niños y demás aditamentos
además de una lista de consejos prácticos). Será que llegué muy rey de la
situación porque la chava sólo me dijo:
―¿Ya has viajado a Chiapas?– Y pensando en mi
novela terminada (que ganaría el premio después, en donde venían narradas mis
aventuras de trotamundos) dije: ―Sí, conozco bastante, por mí no te preocupes–
en un tono fanfarrón a lo que ella solamente sonrió y dijo: ―Fírmame aquí por
si tienes un accidente y a quién hay que avisar–. Después de que pagué la
cantidad del camión que nos llevaría hasta esa zona de Chiapas, me dijeron la
hora en que tendría que estar en el Zócalo para abordarlo. Me sentí feliz.
La noche que
salimos del Zócalo, después de una junta días antes para aclarar dudas sobre
nuestra misión de estrictamente observadores (hay que recordar que Digna Ochoa
acababa de morir y ella llevaba el caso de tres zapatistas asesinados:
Severiano, Sebastián y Hermelindo), todos los compañeros y compañeras, jóvenes
en su mayoría, estábamos entre los folkloristas en un puesto frente a la
Catedral Metropolitana y se sentía sinceramente ese fervor por la arrolladora
sensación de la aventura clandestina.
Salimos a las
7 de la noche y llegamos a las 5 de la tarde del día siguiente a Chiapas,
después de unos cuántos imprevistos sin importancia. ¿Serían balazos? nos
preguntamos en un pueblo donde dejamos comida y alimentos con unas señoras que
ya conocían a algunos de ellos. El grupo se separó. A mí no me tocó la zona de
las Cañadas y llegamos a Morelia, el primero de los Aguascalientes, donde
seríamos observadores de la situación de los campesinos y los priístas. Mi
viaje a Chiapas fue mi oportunidad de ver la realidad del país sin máscaras:
“¡arrepiéntete, arrepiéntete!” se escuchaba desde la lejanía en unas bocinas,
una pinche guerra psicológica de los priístas hacia un campamento donde un viejo
tseltal con cara de sabio dirigía la misa de año nuevo. En ese momento de la
misa pensé en mi año que terminaba, pensé en mi gente dorada, en los grandes
maestros, casi me sentía volar por el olor a copal que salía de las urnas,
hasta que volví a estar de frente en cuerpo y alma con los compañeros y en
silencio les dije: “Feliz Año Nuevo a todos, compañeros”. En ese momento acabó
la misa. Y no faltaron las interminables discusiones políticas sobre las
posturas del sup Marcos o el Juez
Garzón o Carlos Monsiváis.
Eternas
pláticas con médicos pro-zapatistas, con campesinos, con incluso unos chavos
italianos que hacían turismo revolucionario… Sí, ese viaje fue impresionante
por lo que aprendí y por lo que descubrí y Dorinda se lo había comentado a sus
amigos de los que yo nunca sabía nada: Dorinda quizás me traicionaba en la
oscuridad, en la lejanía, pero en el presente había otra situación: era Puerto
Escondido y Cerro Hermoso…
¿Qué hacer?
¿Qué tengo
qué hacer? ¡Joaquín: qué te dijo esa vieja, con quién está, ¡dime!
La
llamada
Era como si
el mar de la noche me aventara mis propios pensamientos agigantados. Por
supuesto que no le pregunté eso a Joaquín, lo primero que pensé fue: traigo
bastante dinero, por mí no debo preocuparme, puedo regresarme a la Ciudad de
México, inclusive en avión si así lo deseo, segundo: traigo el número celular
de Dorinda, pero no, no lo traigo, eso lo dejé anotado en un papel de mi
escritorio en México junto a los papeles de mis asuntos literarios, pero por
cualquier cosa que pase puedo llamarle desde un teléfono público que hay por
aquí o no, ella puede llamarme. ¿Ella puede llamarme? –pinche cerveza, con la cerveza no lo
recuerdo bien–, tendría que esculcar entre sus cosas y eso no quiero hacerlo,
tengo qué mostrarle respeto en su presencia y en su ausencia, tercero: en
realidad no hay problema, Joaquín dijo eso por joderme… ¿O sí lo habrá? El
fulano del supuesto atraco fantástico a una tienda OXXO fue muy mentado durante
el camino; como dije antes, ahí era donde reincidían y terminaban últimamente muchas
de nuestras pláticas, en eso y en el póster de los Rolling Stones.
Es increíble
la cantidad de asociaciones que hace la mente en estado de nervios, porque
supuse que dicho individuo estaba nada menos que ahí, en Puerto Escondido, con
ella, divertidos de lo lindo, recordé que ella se había despedido de mí con un
beso, asegurando que volvería a Cerro Hermoso y ella lo había asegurado con su
forma de besarme; chispas, tanta más ambigüedad; calculé que incluso, a estas
horas de la noche, estarían dándose una vuelta por el adoquín y que
entrarían al antro que le señalé a Dorinda cuando llegamos de la Ciudad de
México, en donde Miguel mi amigo el Dj tocaba, recordé que incluso ella quería
darse una vuelta por ahí antes de regresar a la Ciudad de México y, luego
entonces ahí mismo pedirían tragos, se
harían amigos de él, incluso Dorinda podría preguntarle a Miguel por mí y
Miguel diría en medio del estruendo musical: “¿Lo conoces? Vino hace año y
medio con un amigo suyo y se quedaron en mi casa, pero mi novia, ésa que vez
allá haciendo tatuajes, esa es mi novia, hace tatuajes bien jefes, ella los
corrió a los dos o tres días y se fueron a una playa casi virgen, según supe
después”.
Entonces
Dorinda tendría toda la sonrisa detrás de los dientes para decir calculadamente:
“¡NOMBRE! ¡AH… VINO CON JOAQUÍN!” Y Miguel: “Creo así se llamaba ese güey”. “Y
tú —le preguntaría Miguel al otro— cómo te llamas?” Y entonces, pasado el
protocolo: al rato nos vemos, tengo que tocar, sale, sale, viene el mesero, qué
les sirvo, dos cervezas Pacífico, diría el tipo del atraco a la tienda OXXO,
¿Qué tienes? le preguntaría Dorinda al tercero en discordia que ya amenazaba
con joderme mis vacaciones y él preguntaría: ¿Segura que ese güey no vendrá
para acá? ―¡Haashh!– se exasperaría Dorinda: “¡Ya te dije: el güey está
enamorado de mí, nunca le he pasado este celular, le dije que en dos días
volvía!” “¿Y piensas volver?” “Pues claro… finalmente es el güey con el que
estoy saliendo”. “¿Y Nosotros?” Ese “nosotros” que decía ese tarolas payaso
desde la clandestinidad era lo que más asociaba mi mente con la soledad de la
noche y unas olas con otras olas, mi soledad y mi cosmovisión empobrecida, una
hamaca con otra hamaca, el viento, un mosquito con otro, una cerveza con otra,
una canción de banda con otra sonando en las casas río adentro, un saludo de
alguien que pasaba y su respuesta: “todo tranquilo mai, ja,ja,ja”. Yo de
escritor, otro escritor de la SOGEM seguramente igual o peor que yo,
seguramente fascinado descubriendo a Bukowski y olvidando los autores de clase,
etcétera.
Pero a esas
horas de la noche ya no hubo tiempo para más especulaciones acerca de Dorinda y
mi rijoso y encabritado rival, ya que a lo lejos y a pesar de la nostálgica
borrachera solitaria, divisé que, al lado de la entrada del río desde el mar,
se acercaba la gente, niños, mujeres, jóvenes y todas las personas hasta una
lancha donde sólo un tripulante pedía ayuda.
Me levanté de
la hamaca, corrí como todos los demás hacia la desembocadura, el asunto no se
veía nada bien, encontré a la señora que me atendía a mí y a Dorinda y me dijo
que su sobrino, es decir, el tipo con el que había intentado pescar el ostión,
había tenido un accidente. “En la madre –pensé yo– ¿Se ahogó en el mar de
borracho? Chance”.
“Se los he
dicho mil veces que no saquen ostión a estas horas”, decía la señora. ¿Un
tiburón? dije, tal vez, o pensé. “Así estarán las cosas del dinero para que
intenten pescar ostión a las once y media de la noche”. Resulta que este
personaje ya había pescado suficiente ostión por el día de hoy pero seguía
queriendo llevarse todo el ostión pegado al arrecife y que en ese momento –todo
totalmente oscuro bajo el agua– con la lámpara que usaba, que vio pasar una
sombra en el agua y se espantó, quiso salir hasta la lancha y de la
desesperación chocó su cabeza con el bote. “No, si hubiera sido un tiburón ni
lo cuenta, fue una tortuga de las que van a desovar en la playa, pero ya les he
dicho…, con una chingada”. “Bueno, –le dije a la señora– con la sangre sí puede
acercarse un tiburón.” “Eso es lo que no me gusta” dijo la señora.
Estábamos
cerca de quince personas alrededor de la lancha (yo inclusive todavía con una
cerveza en la mano), cuando llegaron dos hombres de aspecto muy serio que
parecían ser algo así como los vigilantes de Cerro Hermoso y le preguntaron a
la señora con la que yo había hablado: “¿Con usted se está hospedando un joven
de nombre Jáuregui?”
–Sí, soy yo,
¿pasa algo?
–Tiene una
llamada de Puerto Escondido.
―Dorinda
hablando a éstas horas… de seguro ya le pasó algo, mejor espabílate la
borrachera y ponte los zapatos”. Fue lo primero que pensé.
Lo realmente
relajador de tomar unas vacaciones en un lugar remoto como Cerro Hermoso es que
tus actos de la vida cotidiana dejan de tomar el carácter de trampa vital,
esencial. Del hecho engañoso de que como tal mundano sólo tejes minuciosamente
los barrotes de tu propia cárcel cotidiana y finalmente austera. Pareciera que,
por unos días, el mundo deja de conspirar contra ti, pero como alguna vez leí
una frase de José Agustín: “No todo va a salir como tú quieres cuando estás con
una mujer”. Desocupado lector(a): tal vez deberías valorar más los consejos que
te da el viejo que saludas todas las tardes cuando regresas de tu trozo pequeño
del gran portento…
Tomé el teléfono.
–¿Es usted
Mateo Jáuregui?
–Ei, sí así
es.
–Entiendo que
está de vacaciones y que vive en el Distrito Federal y que vino con su novia
Dorinda Amézquita ¿cierto?
–Sí, así es,
pero/
–¿Y por qué
no estaba con su novia hace unos momentos en el adoquín, la zona de los
antros…?
–Mire… ¿Quién
habla eh?
–Le habla
Francisco Gómez, soy el encargado del departamento de policía de Puerto
Escondido por esta noche… su novia tuvo un incidente…
–¿Incidente?
¿Qué incidente?
–Estaba
alterada pero ya se tranquilizó, también para que usted se calme la voy a poner
al teléfono para que hable con usted…
–Si-sí,
pásemela por favor…
Del otro lado del teléfono se oían
muchas voces lejanas en el cuartel de policía, me imaginé lo peor. Fue un
alivio cuando escuché su voz.
–Hola
Jáuregui…
–Hola…
Primero dime cómo estás: ¿estás bien? ¿Qué pasó? ¿En qué te metiste?
–No me
regañes… acuérdate del tono.
El tono, el tono de la voz, claro, con el
tiempo el tono de voz se vuelve indispensable en cualquier relación, sobre todo
después de aquella vez que llegué tarde a verla en una cafetería y discutíamos
la situación allá por la Espiga, la buena panadería de metro Chilpancingo.
–Okey, okey…
no te regaño, pero cuéntame… (tenía qué decirlo): por favor, anda.
–Es que me
peleé con un gringo en el adoquín.
–¿Te
peleaste? Uy querida... ¿Y entonces por qué según me habló Joaquín y me dijo
que estabas con unos amigos del Distrito Federal muy a gusto?
–Ya Jáuregui…
–Te lo digo
en serio ¿eh?
–Estoy
cansada, un poco tomada… ¿no puedes venir por mí?
–A estas
horas ya no pasan los taxis que te llevan a la carretera, tú lo sabes, oye, lo
siento mucho, pero mañana en la mañana voy por ti.
–Eso que te
dijo Joaquín se lo dije para que te lo dijera y te dieran celos… los gringos
venían del D.F., al principio nos hicimos amigos, pero ya tomados… huta, y,
¿para qué te cuento? ¿de verdad no puedes venir por mí?
–Dorinda son
las doce de la noche, estoy en una playa incomunicada, dile al cuate que me
marcó que te atienda bien y que yo mañana le pago una cantidad.
–Mateo…
perdóname.
–Ya, ya,
descansa y mañana paso por ti, pásame al encargado.
–¿Y bien
Joven? –dijo el policía. (ojalá hubieran fluido sus lágrimas…)
Después de
una noche nauseabunda sin un maldito
sueño, más que puras desgraciadas putas pesadillas por la cerveza, más
aparte que los posibles tiburones, que
los policías, que los gringos, más aparte la mariguana de Dorinda que había
dejado entre sus cosas, a la mañana siguiente desayuné temprano, me bañé en el
bañito sui géneris, armé la tienda de campaña y la dejé encargada con la señora
que tanto lamentaba que su sobrino hubiera intentado pescar ostión a las once
de la noche, de hecho, quise hacer un poco de tiempo platicando con ella cuando
le pedí langosta de desayunar y agua de Tehuacán, acerca de qué diría la gente
sobre el aciago accidente de la noche anterior.
–¿De cuál
accidente te refieres…? ¡Del de tu novia, será, ja, ja!
Hice una mueca acabando mi plato de
“exacto ―qué bueno que me lo recuerda”.
–Señora… ¿Ahí
vamos con la cuenta ¿no?
–Sí joven, no
hay problema, hasta que se vayan… yo llevo la cuenta, usted váyase a Puerto
Escondido, su novia lo necesita.
“Mi novia me
necesita” Fui pensando mientras me acercaba al taxi que me llevaría hacia ese
sitio del tasajo a mitad de la carretera entre Acapulco y Puerto Escondido,
acompañado de campesinos de rostro impenetrable que sólo decían de una forma
misteriosamente cabrona: “bnos días oven” o pagaban al bajar del taxi. Pinche
solo, pinche calor, pinche sol. La gente por ahí vive muy jodida, apenas me
acuerdo, pero sí, según esto allá en Chiapas… acá también se dan las cosas… Mis
recuerdos al lado de Dorinda, dadas las circunstancias, no se hicieron esperar,
afloraron en mi macetón rozagante, por ejemplo, nuestras caminatas de noche
entre el Zócalo y Bellas Artes, cuando entre nosotros flotaban los aires del
romance aventurero, los descubrimientos mutuos,
las historias de las leyendas urbanas, como el infrarrealismo de Vicente
Anaya y su amigo el chileno Roberto Bolaño, o el destino de los amigos… la
buena convivencia del pitorreo, así de simple,
la excitación por el otro con alguna
caricia o guiño del ojo, o simplemente el desencuentro, mientras todo
conspira en contra de ese pobre par de
enamorados, incluso la enamorada, que duda de la fuerza de su pequeño Tristán,
o Romeo, o Leo, carajo, me da lo mismo.
Me dieron
ganas de llorar ahí, en ese sitio del tasajo, al rayo del sol de las diez y
minutos. Llorar por lo jodidos que estarían los que me envidiaban por mi
premio, por el jodido amor que qué carajos, ese sí que nadie lo salva, como
dice Alejandro Rossi: “para decirlo sin rodeos, un hombre y una mujer al borde
del precipicio.” “El amor es así, es un espejismo que necesita realidad”.
Pero decir la
expresión “me dieron ganas de llorar” es casi un eufemismo, un mito de la
mente, un ente de razón como dicen los filósofos metafísicos, una cosa para
pensarse como tal, o sea: la pura nada y ni mangos. Ya que cuando tomé el
camión hacia Puerto Escondido iba con la conciencia clara y enfurecida de que
antes de sacar a Dorinda de su desventura, tenía qué certificar qué había
pasado con un personaje que probablemente sabría: mi viejo amigo Miguel el Dj y
su novia guapísima que tantos corajes le había hecho pasar a Joaquín hacía año
y medio. Así pues, me bajé sobre la carretera pegada a la costa en el
fraccionamiento Bacocho, ya muy cerca de Puerto, pero no lo suficiente para no
querer tomar de nuevo el camión. Los coches zumbaban por ahí a gran velocidad,
además los camiones de mercancía que dicen: “Huevo Bachoco” y recordé que
cuando llegamos a Puerto, Joaquín y yo de Oaxaca en la noche de un aventón en
el que saboreamos cocos que nosotros mismos cortamos con machete en una vereda,
mientras los que nos daban el aventón recogían su mercancía, buscábamos y
buscábamos la calle y el fraccionamiento Bacocho y, de igual manera veíamos los
camiones de mercancía “Bachoco” y nos metimos entre las calles residenciales y
Joaquín prendió un son y me dijo: “Caminante: no hay camino, se hace al andar
¿verdad mi Don Premio? Sí güey pero Bacocho o Bachoco yo ya me siento bien
pacheco”, así efectivamente estuvimos un rato celebrando la amistad con los
recuerdos de Aguascalientes en unas peripatéticas reflexiones campanudas
caminando sin rumbo, hacia la nada, la oscuridad, el ente de razón otra vez,
hasta que se asomó un surfista de cierta casa y sí, ahí era, sólo que Mike
llegaría más tarde porque estaba tocando de Dj en un evento.
Antes de
tocar a la puerta de Miguel me asomé a su viejo coche Toyota para comprobar si
estaba, no fuera a ser que de nuevo me topara con un surfista y pa’ pronto me
corriera. Al igual que los demás coches de mis amigos, éste parecía una
extensión del bar favorito o de la escuela, tal cual lo demostraban los envases
de cerveza en el asiento trasero; no había que alejarse mucho para lograr ver
el mar en el horizonte. Después del fraccionamiento había a lo lejos una bajada
en desnivel como de 500 metros y una playa muy ad-hoc, turística, pues, en
donde nos la vivíamos Joaquín y yo hace año y medio. A la misma entrada de la
casa estaba el descuidado pastito (que seguramente Tamara, la novia de Miguel,
pensó que Joaquín y yo nos “atrevimos” a fumar), cuando Joaquín sacó su
guitarra y cantamos algunas canciones de su repertorio; toqué pues, esperando
que le diera gusto verme, eran las diez y media y por Dorinda había quedado de
estar a las once y minutos.
—¿Qué onda,
qué pedo contigo Mateo? Pásale mi cabrón —me dijo Miguel, que salió en bermudas
a abrir la puerta y sobre la mesa estaba la caja de un CD de Stevie Ray Vaughan
(junto con muchos otros) que yo le había regalado la vez que me quedé con el
Joaquín.
—Ponte éste
disco ¿no? –le dije.
—Seguro güey…
pero ¿qué andas haciendo en Puerto? ¡Andas sólo de escritor locochón o qué, con
quién viniste? Todavía tengo tu libro de poesía… ¿Te acuerdas de Tamara mi
vieja? A ella le gusta. ¿Quieres una chela? También tengo la guitarra de tu
cuate que me dejaron encargada.
—¿Tamara está
aquí? –Le pregunté pensando: “está tan loca y tan tatuada la italiana que va a
salir desesperada rogando que me vaya”.
—Ya se fue a
la tienda de los tatuajes.
—¿Y tú qué
pedo?
—Yo… –dio un
bostezo y dijo–: Hasta la noche trabajo…
—Pues ese es
mi pedo…
—¿Qué?
—Que no vine
solo broder.
Y le conté a
grandes rasgos mi historia y el asunto con Dorinda que la tenía con la policía,
pero se sigue narrando en presente histórico de ésta micro historia dentro de
la Historia con Mayúscula lo que pasó después de atisbar el rostro de Miguel
con una cerveza a medio terminar y decir:
“Ayer en el
adoquín, no te miento, la neta, sí hubo una pelea, había una chava peleándose
contra un gringo, la chava le gritaba que pagara la cuenta y el gringo no quería,
ya molesto, el gringo jaló con su banda y se fue en su carro, entonces se
acercó un tercero y ayudó a la chava, todo esto pasaba mientras yo estaba
tocando desde la cabina, ya ves que la parte de arriba es un billar con sonido,
ahí estaba tranquilo, pero todos se ciscaron
demasiado, cosas de esas a veces pasan, ya te imaginarás, total que el
tercero fue el que pagó la cuenta y se fue del antro en un taxi él solo, como
que de pronto todos estaban borrachos y se les fue el efecto alcohólico, pero
yo no supe en qué terminó, sólo alguien me dijo que llegó la tira. ¿Por qué la
pregunta? ¿Qué por ahí vino tu amigo ese otra vez, el de la lira?”
Me preguntó
Miguel, en honor al recuerdo del descontento cuando Tamara le había dicho que
de nosotros nomás nel, nel, nel.
No, no, no
para nada, fíjate que ese cuate siempre lo recuerdo, es buena bestia, ¡el
cabrón se hizo chef de los mejores restaurantes españoles! pero te preguntaba
porque creo que tengo un amigo acá en Puerto y creo que es ese… el que ayudó a
mi chava que dices que se hizo de gritos con el gringo… lo ando buscando ahora
que me lo dices cómo estuvo lo de anoche…
–¿Entonces
dices que el que ayudó a tu chava era tu amigo y tú no estabas?
–Pues la neta
no estoy seguro, pero podría ser el amigo que ando buscando, hace cuatro días
que llegué por acá y me estoy quedando en la playa esa, la semi habitada, que
tú o no sé quién nos recomendó. ¿Qué tal el Stevie Ray, es poca madre no?
— Chingón, me
recuerda a ti y a otro amigo de México, que veo cuando voy allá a comprar
discos.
—Y qué pex,
¿dónde puedo encontrar al que le ayudó a mi chava?
—Sabe…
cabrón, es un antro, no una guardería… ¿a poco crees que se necesitan cartas de
recomendación pa’ los antros? ¿no verdad? Ja, pinche Jáuregui, escribes
demasiado. Aquí en Puerto Escondido es puro turismo, puro desmadre, sexo y
drogas, si ya conoces ¿para qué preguntas?
Terminé la
cerveza que no podía negarle a Miguel y me marché a tomar el camión. Me despedí
avisándole que volvería por la guitarra del Joaquín, ya eran las 11 de la
mañana pasadas y me empecé a reír de mi propia pareja porque me la imaginaba
sucia, mugrosa, cruda y encarcelada. Francamente, me dije, no pueden ser
concluyentes mis miedos de la noche pasada. “Ves demasiados tiburones en la
costa” pensé. Pero no descartaba totalmente que en Puerto estuviera el imbécil
del atraco a la tienda OXXO. “Puede ser también que alguien haya sido amable
con ella y la haya ayudado, seguramente se puso como fiera mi vieja, como
cuando la recorro con los dedos y se pone mojada pero al revés: toda loca y con
cara de bruja diabólica, ja, ja, ja.” Como ven, mis emociones son como cohetes
rojos que cabalgan la próxima sacudida.
Al llegar al
sitio policiaco hablé con el famoso Francisco Gómez y le pagué el requerimiento
en breve trámite a su secretaria. Fueron $900.00, o sea que se mancharon o le
sacaron a Dorinda que yo tenía dinero,
no lo creí, pero más que otra cosa ya quería verla a ella, que no estaba
encarcelada ni cruda ni nada, estaba en un sillón esperando que yo llegara y a
los dos nos dio risa vernos porque la cuestión, como se sabe, estaba en sacarla
de ahí y devolverla a la realidad mundana donde sus lentes de sol serían el
primer decorado de la coreografía que ella instalaba por mera gracia de su
presencia.
—Híjole
pinche seas, te tardaste un chingo– me dijo al momento que me senté a su lado.
—Ei, ei, ei
bueno… ¿Qué onda? Me paré temprano y vine y pagué. Oye, vaya sitio, de saber
que te tendrían aquí, hubiera armado una precampaña para desprestigiar las
instituciones policiales de Puerto Escondido, ¿No crees?
—¡Pinche
Mateo! ¡eres un pinche necio! ¡Tardaste un chorro, pesado! Híjole cabrón y
aparte traes aliento alcohólico… ni te me acerques…
–Bueno,
quiero que sepas que dejé encargada la guitarra del Joaquín, porque la dejó
olvidada en casa del Mike la última vez que venimos por aquí y cuando pasé a
visitar a Mike ahora hablé con él y me dijo que pasara a recogérsela. Joaquín
me dijo por celular que vendría a México en Julio próximo y entonces se la
daría ¿eh? Vámonos.
—Huy, huy,
–dijo la muy simpática–, me encantan tus asuntos de turista.
En todo caso,
salimos del sitio policiaco y llegamos al fraccionamiento Bacocho en una
camioneta, recogimos la guitarra, luego tomamos una unidad más rústica hacia el
sitio del tasajo donde podría informarme, por fin, de dónde carajos tendría
dinero suficiente para hacer que ésa mujer entendiera que los berrinches
cuestan, y cuestan un chingo, si nos atenemos al anatema (valga el oxímoron) de
que ésta peripecia podría echarnos a perder las vidas por un rato o, sin mayor
preámbulo, el resto de la vida.
A-ha, pero de
mientras, en la pocilga del antro policiaco, quien inocentemente había estado
escuchando nuestra plática era el “amigo inesperado”, el de blanco pelaje y
buen decir, barba crecida y campana rosa (??) ¡No! Era ese desgraciado de pose
natural, formato 2003 office mac, listo para usarse y desgañitarse… ¡Exacto! el
que había socorrido a la pobre víctima la noche anterior, Dorinda, jauría de
pocos amigos, de la desventura alcohólica donde yo prefiguraba mientras tanto
como el mástil azul-ado, asus-tado, apedreado, amedrentado, neurotizado,
(¿un-poco-más?), no necesariamente estúpido. Haciendo el papel del simple
imbécil en una playa cualquiera hablando hasta con las palmeras. Y además
diciendo puras silentes pendejadas… ¿Qué diría Dorinda de mí?
Dicho tipo
venía atrás, es decir el imbécil nos iba observando durante toda la caminata
hacia Bacocho cuando recogí la guitarra de mi amigo el Joacanax, en esa especie
de playa poco literaria y más bien… aperrada, o poco aperrada y más bien
aperrada-calurosa, no sé, será cuestión de investigar semióticamente el origen
de Puerto Escondido. Humberto Eco: despierta de tu Cementerio de Praga
y explícame un poco ese pedo.
Ya ves
Dorinda, las cosas que me haces pasar, eh ¿viste? Es que eres una mujer
extraordinaria, sólo a mí se me ocurriría intentar perseguirte con mi pluma,
con el teclado, con las ventiocho prostitutas de Gutemberg que vienen cantando
junto a mí, diciéndote, vuelve, reacciona, siendo que es imposible concentrarse
una micra de segundo, sabiendo que extraño tu presencia, que desde que te has
ido has dejado mi mundo en una especie de submundo acuático, donde lo que
ocurre es que nos quedamos sin agua, aunque ciertamente, los recuerdos nadan,
los recuerdos vagabundean y toman su propio curso, avenida o callejón, los
recuerdos son de ambos porque todo lo hemos hecho entre nosotros, hemos de
recordar, hemos de vernos, algún día, eh ¿viste?
Ahora te sigo contando, he decidido
entrometerme en ti para contarte la verdad, lo que realmente ocurrió…
¿Recuerdas que mi segundo nombre es Martha verdad?
“Sé dueño de tu infierno”
Efraín Huerta.
………………
…no pero si cocodrilo y lagarto poeta yo
siempre he sido, es más, de los tres escritores grandes mexicanos hijos de la
Revolución Mexicana: José Revueltas, Octavio Paz y Efraín Huerta, los tres
nacidos en 1914, el más grande es Huerta, fue incluso más arriesgado que Paz en
su poesía; Revueltas se indigestó con lecturas de Hegel y se revolcó demasiado
en el movimiento estudiantil mexicano de 1968, envejeció prematuramente. A Paz
hasta le tocó el Nobel, pero el verdadero fuerte es Efraín Huerta, (bueno, se
me acaba de ocurrir, en realidad los tres son universales he infinitas sus
Poéticas en todos los sentidos y a todo lo largo, ancho, pasado, presente y
futuro de México).
—No te preocupes amor, ya estoy dentro de ti
y desde este psiquiátrico voy a escuchar cómo me pides perdón por tu soberbia…
…Me
abandono a los sobresaltos de mi memoria
Me veo en
forma difusa, año 2005, con ese rostro borrado ante el espejo, y las ganas de
bañarse para soñar un tren que me traiga la paz en la ciudad de la furia.
Aquella tarde, aquella tarde que siempre dibujo en mi memoria, regresando a un
cuarto, aquél cuarto de pared morada donde permanecía mi Laura Domínguez,
pidiéndome que le bajara a mis axiomas delirantes, a mis notas e ideas
musicales y solos de batería, justamente porque el sueño también debe de tener
melodía, y en esencia, le decía, “la imagen poética es un acto y no otra cosa”,
si nos atenemos al endemoniado Jean Paul Sartre, mientras que para el maestro
Ezra Pound, es un complejo intelectual en una unidad de tiempo, es decir, “en
el verso, -según Pound-, algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la
inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El fenómeno
poético preexiste”. O sea que la poesía nos sacude si la sabemos leer y no
nomás le damos el avión. Entonces tenemos al gran poeta norteamericano
escribiendo sus Cantos Prohibidos, asombrado de conmoverse
intelectualmente ante el verso, mientras Jean Paul Sartre ha localizado
movimientos dentro de su conciencia y eso demuestra, si creo entender bien, que
Sartre era más lector de poesía y por supuesto más dramaturgo y filósofo… El Gran
Poeta es Ezra Pound… Que en México se tradujo por Guillermo Rousset Banda y su
andanada de balas y cristales rotos en París por la bestialidad de los celos…”
–Ya vente a
acostar y no estés chingando, pinche Mateo –decía la Domínguez sin mucha ropa,
tan poca que le sería imposible no decir la verdad:
–Ándale
cabezón, ya me acabé la cerveza, eres tan mamón que ¿no me vas a decir quién es
Ezra Pound o Guillermo Rousset Banda? –retumbó su voz alejándose y disipando
completamente el cansancio de las encuestas de preferencias políticas.
–Usted no se
altere, hágase o deshágase, desenvuélvase… –Yo parándome de la cama y colocando
un correo electrónico hacia Zacatecas y con el señor Tom Waits a nuestro gusto.
–¡Ay!
–¿Pero qué te
ha pasado?
–Pendejo, me
corté con tu mueble, acá el dedo lo traigo sangrando.
–¡Pendeja!
Soc.
–No, a mí no
me digas pendeja ¿eh? Discúlpate y atiéndeme.
–Es que te
quería dar un coco, no te quería pegar con la cerveza… ja, ja, ja.
En cualquier
caso, tuvimos que salir, vestirnos para ir a un sitio a que le curaran el dedo
cortado ¿Con qué chingados se lo habría cortado? Mateo no sé, ya pégame ¿no?
Y en la
calle, ya curada, yo: ¡Vente a vivir conmigo a Aguascalientes! ¿Eh viste?
¿Recuerdas eso?, ¿recuerdas ese pasado mutuo desperdigado y qué me dijiste al
verme: “Tú traes algo especial?”
“¡Vente a
vivir conmigo a Aguascalientes!” –le dije, así, en caliente o a quemarropa,
para que de volada soltara la sopa.
“¿Híjole… de
verdad Jáuregui?” -dijo halagada-. “No,
déjame mejor lo pienso bien ¿no? Te digo mañana o pasado mañana en La Espiga”.
Volver
a lo básico
Cuando
llegamos al sitio autodenominado Cerro Hermoso, en el taxi que volvería media
hora después, seguramente a recoger a los lancheros para que llevaran sus
productos a vender al adoquín, o
probablemente ellos eran, —los pobres carajo, los ninguneados del siglo -I al
XXI, los que vendían artesanías en los restaurantes, afuera de las tiendas
OXXO, yo los veía y pensaba en mi jodidez precaria, normalmente, además el
estuche de la guitarra pesaba demasiado y no estoy acostumbrado a cargar ni mi
cámara Canon, ni nada y es menester aprender a cargar bultos y dejarlo de
aprender, para volver a aprenderlo de nuevo de vez en cuando.
Nos enfilamos
a la bola de tiliches en que se había convertido esa bolsa de acampar, ya que
la doña del sobrino aventurero que atravesaba el mar buscando ostiones o
tiburones, había desaparecido a mediodía por un requerimiento especial en la
palapa adjunta, y ni fuéramos a alzarle la voz a la doña, porque la doña era de
armas tomar…
Después de
milenios asegurándose en segundos (oxímoron no muy lejos de un OXXO), Dorinda
aparcó su presencia en la regadera alternativa, (le dije: “cuidado querida, tu
mariguana todavía debe estar ahí escondida” y ella lo agradeció con una
fotogénica mueca que la hacía ver como dulce y evidentemente culpable, como si
le hubieran dicho la inaudita advertencia de que su vida estaba a punto de irse
por el desagüe del puro desmadre y solo asintió con la cabeza) como ya son la mayoría
de cosas en éste mundo y además como lo son las mujeres, es decir, con
muchísimo cuidado: por favor, si no han entendido éste es un homenaje a las
mujeres, mujeres indígenas sí, revolucionarios turísticos también, etcétera,
etcétera , pero no, por supuesto, al EZLN. No deberían pedirme tanto, mis queridas gubias agruras de guarura... Hay
que entender éste punto. Hay que entender los dos puntos: Y como hay que
entender los dos puntos te los pongo acá: Dorinda no se había bañado en el
cuartel policiaco porque su otro asunto interno (mi desprestigio en éste
cuento: me refiero al Officce Mac 2003, o de otra forma ya no podremos llamarlo
porque hasta este día de mi vida no he vuelto a verlo o presentirlo, y eso que
estoy en la presentación del libro pidiendo que la gente se acerque, porque
esto ya va a empezar…)
O sea: Estaba
yo un día en una playa híper desconocida recién premiado literariamente y ni me
había reparado (los lentes) ni tampoco había reparado en el idiota ese, que
permanecía aperradamente en su sitio del taxi, media hora más tarde que
nosotros, pero ya en camino, seguramente cediendo el paso a las señoras y los
campesinos, todo él un pinche fulano elegante, ¡Ja! Les digo que se vayan
acercando…
Dorinda abrió
la boca desde lejos en medio del agua y el jabón y se oyó detrás de las
palapas:
—¡Una toalla
pareja!
Después de
pasársela, me dirigí hacia la doña anti tiburones en la adjuntada palapa (no
toleren esta vez el oxímoron porque entre esas tres palapas adjuntadas también
había un depósito de cebada que ya no servía para nada) y lo curioso del caso
es que la señora sí me vio: hundió su mirada en mi pellejo y mis lentes y mis
garras y dijo: ¿Qué se te ofrece?
—No pus nada
doña, la cuenta…
—Permíteme
muchacho…
Entonces… me
senté en la mesa y jugué con mi libro de Kundera (no le dije a la doña: chingue
usted a su madre… cómo dejó la casita de campaña ya ni jode…) en lo que venían
los niños aldeanos y cubiertos de arena en la cara, porque mientras sus padres
andaban en ciudades angloparlantes, más precisamente norteamericanas, los niños
aprendían del buen ejemplo de sus padres pues llegó un jovenazo y me dijo con
entusiasmo: “acá está tu discman.”
–Bueno– dije
no muy convencido–, caray, jm, jm, jm, gracias por este pase de vuelta a mi mundo,
chamaco, ándese canijo, que también no ande espiando el amor que es de mal
gusto y usted ya debería saberlo…
—¿Se te puso
la cara roja verdad chamaco? También dame mi disco porque no es pirata y me
costó sangre.
Ok, –dijo la
señora–, te voy a hacer tu cuenta, aquí nos sentamos y mira… Giré la cabeza y
la atención hacia la doña y ya no vi a Dorinda marcando por celular al tipo que
venía en el taxi mientras ella se vestía, donde tengo que abrir un paréntesis
para decir lo que entre ellos dos tramaban:
(¿Bueno,
bueno, pero la verdad por qué este paréntesis? ¿Por qué no otro?), ((este
paréntesis es doblemente más secreto y dice así:
—Ya lo tengo
bien engañado a este cabrón, mi pelos necios, ¿traes esa pistola?
—Oye Morra…
¿pus qué pedo? A güevo… Acá la traigo, ya ni hables…
Entonces el
paréntesis doblemente secreto se cierra)).
Como digo,
mientras en mi cabeza hacía cuentas con la doña, Dorinda hablaba con el
desprestigiante baboso, además armado, sin siquiera yo saberlo.
¿Qué diría Dorinda de mí o sobre mí?
Pensaba yo la noche anterior.
“Ay, mi novio
es a toda madre, me hace poemas y tocaba la batería en una de sus vidas
pasadas, o sea: la verdad lo amo, el hombre me tiene paciencia, que es la
virtud que yo más admiro”.
—No doña, la
verdad déjeme contar bien, no soy muy bueno para las cuentas, pero sólo dos
veces comimos langosta, la verdad doña, ¿no es cierto?
—Ese güey es
un pendejo, tu ven, mira, cuando llegues a Cerro Hermoso agarras la pistola y
se la pones adentro del estuche de la guitarra, pero de mientras vete hacia las
palapas y ahí te escondes, yo luego te digo a qué horas y cómo le pongas la
pistola en su guitarra, bye, un beso…
En estricto
sentido eso hizo el Office blok… cosa que, si yo hubiera visto desde lejos y
con distancia como un creador, no hubiera olvidado lo que me dijo Mike mi amigo
el Dj, me andaría con pies de plomo y bien trucha, como un escritor, hubiera
dicho: ¿pero es que éste cuate es un pendejo? ¿Así somos de verdad los
mexicanos? ¿Títeres de nosotros mismos y victimizados por nuestras mujeres?
¿Condenados, así como esa vieja canción de Depeche Mode? No había para dónde
hacerse, más que hacerse a la idea de cuántas realmente fueron las langostas
que nos echamos…
—Oye Dorinda,
¿cuántas veces comimos langosta?
Y la doña: ¿Qué ya no se acuerda joven?
Cuando recién llegaron, comieron, y al día siguiente y…
—A ver doña
¿cuántos días hemos estado aquí?
—Contando hoy
son cuatro noches…
—OK doña,
entonces cuánto es de todo.
Clap, clap,
clap, se oía el golpe de mi mano tamborileando sobre la cuarta de forros de
Kundera, el oleaje, el viento y arriba un cielo interminable con un sol
calcinante. La doña contaba su lana y me decía: ya ve joven, así se regresa al
distrito ya bien tostadito, su novia también agarró color y… Ei señora si
cierto, pero ¿qué pasó con mi amigo el anti tiburones? ¡Ah chinga! ¿mi sobrino?
Lo están atendiendo allá en otro pueblo… Me lo saluda doña, y me saluda al
señor Amado cuando lo vea, él ya sabe que soy cliente, dígale que volvió el
joven con el que tocamos mi amigo el apache español y yo la canción de La Guacamaya… Y ustedes chamacos váyanse
a jugar allá o vean la tele, de seguro hoy sale la Pantera Rosa agarrándose a
balazos con una F acostada, je, oh mis chavos… ¿no lo has visto tú?
Los niños me
agarraron un silencio cabrón y se fueron.
De mientras,
Dorinda salió hecha dos princesas del baño, (yo la veía así por las chelas
creo, o también porque no acababa de creérmela) es que la muy cabrona estaba
tan guapa, que hay dios… vital, la muy egregia, la muy descocada, venga un
beso, muich, y otro y otro… oh… god this is my favorite mistake…
(Dorinda
solamente me veía, seguramente pensando: te tengo bien cogido de los huevos
cabrón).
—¿A poco ya
te quieres ir? —me dijo.
—Ya… ya es
tiempo darling, time is money.
—Para
regresar a escuchar tu pinche Radioactivo fm y trabajar en la UNAM, no mames,
vamos a quedarnos otro día, yo todavía me quiero asolear un poco… vente.
—No, ya
vístete, es casi un día entero de viaje de regreso.
—¿Cuánta lana
te queda? —dijo mordiéndose los labios.
—Pues como 17
kilos y medio más o menos, no, no me vas a convencer ya nos vamos, ándale
agarra tus cosas…que también te tengo qué llevar a conocer a mi abuelo…
—¡Tu
Abuelo! ¡Nunca me habías dicho que tenías un abuelo!
―Mi abuelo es el único héroe a la altura del
arte…
En este
momento aparece la sombra de Manu Chao diciendo que es un clandestino, pero que
esa no es la verdad.
Desde aquí
todo luce húmedo y perdido, unas calles cualquiera en el Distrito Federal, de
noche, cada perro sobre el cartílago de otro perro y los dos buscando
arrancarle un quinto a la vida, carajo.
Dorinda lo
planteó así, saboreando los 17 mil pesos:
“Mira, ya sé
que estás enojado por lo que ocurrió y no lo hemos hablado, ni en los taxis ni
nada, pero la verdad es que sigo muy enamorada de ti, yo te amo amor, me
gustaría que entendieras a veces mi forma, ya sé que soy un desmadre pero tú
sabes que voy a volver a la Universidad amor, no quiero regresarme al D.F. sin
haber acabado aquí bien las cosas…”
—Ok, –dije
yo- ¿Qué propones? Porque la verdad sí me enojé ¿eh? Pinche estupidez esa de
andarse peleando con un gringo así nada más como agua va.
Estaba yo caído
de amor, chelas, cansancio y apoyando al EZLN en mi memoria, con una futura
fusca sembrada en la guitarra del Joaquín, que desde muy lejos, desde Carcelona
decía……………prrrrp, te van a chingar carnaval……...
–Propongo,
dijo Dorinda, en primer lugar que te bañes porque te apesta el ala y después mi
rey, nos vamos, ¿qué horas son?.
–Son las
cuatro y pasadas.
–Aah pues
mira, deja yo arreglo tus cosas y…
(La muy
cabrona no me lo quería soltar a bocajarro, pero se me quedaba viendo hacia mi
pecho)
–¿Y qué?
–¿No nos
podemos regresar en avión? –Me dijo, como si ocultara algo, quizá por eso
respondí:
–Ja, ja, ¿eso
es lo que quieres? Oye maestra, mejor quiéreme mucho aquí… es decir, donde me
gusta…
–Hay Jáuregui
eres un vulgar…
–Nadie nos
está oyendo… no, no te creas, si quieres sí nos vamos en avión, nada más hay
que irnos a Puerto Escondido y ver qué onda con los vuelos, tú también tienes
prisa, yo tengo prisa simplemente porque allá está mi mundo, mi escritura, la
UNAM, mi familia, mi todo…
–Sale
corazón, entonces luego te cuento unos chistes que escuché en los separos de la
policía…
Dorinda
dibujó en la playa de recuerdo (afortunadamente acá no hay vendedores playeros
o si los hay prefieren transfigurarse en anti tiburones y en esforzarse por que
cada uno de los turistas pida más de lo que puede gastar), un corazón grande y
adentro de ese otros cuatro corazones grandes que yo la verdad, después de
consultar a Milan Kundera alzando la mano y diciéndole acá estoy, no estoy
escribiendo ¿qué significa si mi mujer dibuja cinco corazones, uno dentro del
otro, del tamaño de una lancha? podría pensarse que es que mi corazón ha
encallado y terminará de por vida encadenado a esta mujer, pero/
–¿Qué
significa eso eh, chamaca? ¿Luz de mi vida, fuego de mis entrañas?
–Haaa… ja, ¿de dónde se te ocurrió decirme así?
–Tú dime,
¿qué significan esos cinco corazones?
Recogimos
nuestras cosas, a lo mucho tardamos unos 5 minutos y nos fuimos a esperar el
taxi, PERO Dorinda, mientras yo había pasado a darme un baño, había armado ya
perfectamente mi destino, puesto que el individuo Black 2003, se había acercado
lo suficiente para meter en el estuche de la guitarra una pistola como ustedes
ya lo saben, querido auditorio, además de un pasamontañas y una revista Proceso
con el título de “EL SUBCOMANDANTE MARCOS, ACORRALADO”, y sus ojos tristes,
verdaderamente tristes detrás del pasamontañas. Ja, el pendejo de verdad creía
que yo era pro-zapatista o quizás Dorinda se impresionó demasiado cuando alguna
vez le conté de mi viaje a Chiapas…
Entonces así
fueron este par de emparejados, rumbo a Puerto Escondido a buscar el
aeropuerto, pasaron el sitio de tasajo y ahí esperaron el camión de vuelta a
Puerto, hablando nimiedades, que si la luna se veía muy bonita, que si tal vez
la langosta era súper costosa pero deliciosa al fin y al cabo, que si ella no
leyó nunca el libro que trajo y claro, cómo lo iba a leer, si sus
preocupaciones eran otras y era obvio hasta el hartazgo, pero nomás el escritor
no se daba cuenta, para él… bueno, él
acababa de recibir su premio. No se creía un tarado, no estaba
indignado, pero una persona enamorada necesita ayuda. Una persona enamorada y
cansada no se daría cuenta del peso extra de una pistola en el estuche de una
guitarra.
***************************
Habla el primer presentador del libro
antes de pasar a la mesa:
―¿Nunca
fuiste zapatista o sí lo fuiste?
Y yo: en mi
vida los he conocido, no sé qué es eso… de tiempo en tiempo se hablaba de
turismo revolucionario…
Pero te llamas
de este modo y de éste otro…
Y yo: tengo
muchos nombres… la verdad cuando presento un libro me hago llamar como dice
Elías Canetti, pero a secas, es decir el que custodia las metamorfosis de la
escritura, no el guardián entre el centeno pero la verdad habrá qué reclamar a
Kundera nuestra broma. Nuestra burocracia a la mexicana también necesita unas
bromas, unas enormes parodias de lo que somos y de lo que no podemos ser.
Claro, pero bromas nuestras, no de las editoriales de autores
extranjeros, que ya no juren, jodidos…
Y mi
presentador:
¿Tampoco
nunca fuiste a Neuróticos Anónimos verdad?
Y yo: hasta
donde sé ese es un anuncio de los periódicos.
–Bueno,
morra, hemos llegado al aeropuerto, tu hazte cargo de los boletos y todo, que
yo vengo madreadísimo.
–Sale
Jáuregui, tu siéntate y espera que digan tu nombre, acá están tus cosas.
Inmediatamente
se desdibujó entre la gente, en zigzag, buscando dónde, dónde estaría su
blackie y también dónde, en que línea se iría ese… personaje que ella había
amado pero que ahora ella quería soñar con asaltar OXXOS y sigo sin entender el
porqué de su acto pero quizás hasta yo le hubiera robado 17 mil pesos si los
hubiera visto sobre un mueble de su casa, no sé.
(Entonces hay
que abrir otro paréntesis para decir que sí, afirmativamente, el blackie andaba
ya también por ahí y Dorinda le dijo por celular: Te has tardado mucho mi pelos
necios, dónde andabas, busca un vuelo para este hijo de perra, del resto yo me
encargo, se la dejamos caer suave y que él, ja ja, a ver cómo se las arregla,
con el detector de metales se lo van a chingar.)
El aficionado
a las armas ya estaba en el aeropuerto
de Puerto Escondido efectivamente, o estaba a punto de llegar, mientras
yo leía mi libro simplemente por las ganas de durar y alejarme de la realidad
buscando en La inmortalidad, el libro de Milan Kundera.
“Escribo
sobre Agnes, me la imagino, la hago sentarse en el banco de la sauna, caminar
por París, hojear una revista…” y así se sigue el extraordinario libro. Todos
ustedes los presentes… ¿ya han leído La Inmortalidad de Milan Kundera?
(Se oyen
risitas, unos dicen que sí, otros me mientan la madre, otros sólo beben de los
Casilleros del Diablo y hablan largo y tendido sobre la literatura del
narcotráfico, porque, obvio, eso-se-ha-dicho-que-es-lo-que-debe-ser leído, pero
de los que están aquí que son mis amigos de carne y hueso, ya la leyeron y les
ha gustado mucho).
**********************
No han venido
todos ellos, lástima, también son mis amigos, les ha de haber pasado algo, un
contratiempo, me dice en voz baja mi presentador y yo quisiera alzar la voz y
decirle a la de la esquina de hasta atrás que la amo, que la he amado desde que
la conocí, pero sé lo que ella piensa: “para eso tal vez no”. “¿Crees en la
telepatía?” Cómo recuerdo ese día, pobre de Ramírez Heredia, ya se nos fue con
la mayoría o se lo cargó el payaso, como ella decía.
La portada de
La inmortalidad es así: un ángel varón tratando de sujetar a
un ángel femenino que se escapa, la traducción de idioma a idioma no afecta en
nada al libro, porque este autor es un coloso que escribe para cualquier
idioma, su prosa se la ve como la de alguien que sabe que será traducido a las lenguas
más importantes del mundo y que él es una galaxia dentro del microcosmos donde
escribe, una ocasión que iba en carretera lo vi en mis delirios de enfermo, se
quitó la boina y él era una montaña y lo sigue siendo. ¡El Nobel, el Nobel!
Pero, me dice
mi presentador, estamos hablando de tu libro, no divagues de otros libros,
tenemos que asegurarle a esta gente que tu libro vale la pena.
–Eso ya lo sé
y de sobra, tú ya sabes que la verdadera autora es esa musa cabrona que me lo
dicta desde adentro de la garganta y como ya es hora y la hora es ahora, ya
deberían comprar la obra. ¿O tú qué opinas, lectora?
¿Entonces por
qué no nos dices que pasó con Dorinda?
**********************
Lo que hizo
fue hacerse la tonta entre la gente del aeropuerto, buscando hasta dónde
estaría su bato, hasta que lo vio entre la gente y seguramente volvió a mirarme
a mí, no fuera que el escritor se diera cuenta.
Momento. Por supuesto que si lo hubiera visto y
después de lo que me dijo Mike, le hubiera partido su madre.
Ella al
black: –Ya está, tengo su cartera, nada más le dejamos para sus chicles y un
camión al Distrito. ¿No? Tampoco hay que ser tan gachos.
El Otro: –Tu
nada más espera que el güey pase por el detector de metales y ahí en ese
momento nos vamos, pero corriendo chiquitita.
Y Dorinda: –pagué 2 boletos de avión a la Cittá de México y otro para
él.
Ella regresó
a mi lado con aire festivo y sonrisa amorosa para decir: ¡Ya está, ya compré
los boletos!
–¿Quién te
entiende? Ahora sí muy feliz de irte y hace rato, casi me rogaste que nos
quedáramos.
Ella sí logró
quererme, ya les digo, aún en su inconsciencia.
Tu quédate
con el dinero Pelos, luego lo repartimos –dijo Dorinda desde una pose natural,
pretendidamente mucho más sensual de lo que era, pero eso fue antes de verme, y
a mí: Ya no me contradigas, tú también tienes qué llegar a trabajar al dee
efee. La Capirucha.
–Entonces ya
sólo a esperar que salga el avión… ¿no reinita? –dije yo.
–Así es… así
es… Jáuregui ya descansa…
Y entonces
momentos después (una hora o dos) por los altavoces del aeropuerto
internacional de Puerto Escondido sonó: “Pasajeros con destino a la Ciudad de
México favor de pasar a la sala de espera…” Dorinda me dijo que yo me
adelantara…
Y minutos
después la realidad estalló…
Despedida
El libro no
es malo, tiene su chiste, se lee de un tirón (hablan los críticos), pero eres
tan mamón que… ¿Cuánto pagarías por una reseña de dos cuartillas sobre la obra?
En el periódico que tú leas, ¿te late cacahuate?, ¿te parece o qué?
Y en la
presentación del libro la gente aclama: Pero ¿qué pasó con Dorinda?
¿Qué fue lo
que ocurrió con ella?
–¡¡OH QUE LA
CHINGADA, VÁYANSE A PERÚ A CONOCER A DIOS!
Ya estoy
briago con ese Casillero del Diablo, perdón, mejor les cuento que a mi edad y a
mi momento, a falta de peripecias cristianas destinales a no ser las invisibles
he inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo…
El respetable
comienza a aplaudir y todos beben. Una fan me dice: “¡Salud por esos tiempos!”
Otro: “Me gusta cuando dices: ‘¡La poesía contra la barbarie!” Otra fan: ¡está
bien padre eso de mis gubias agruras de guarura!” “Fotografías por todas
partes, la gente feliz comprando el libro, ¿qué más se puede pedir?”
Entrada
al futuro
Hoy le
escribí una carta a Martha, según yo, alguien se la haría llegar por correo
electrónico hasta el hotel donde supuestamente trabaja de traductora simultánea
para eventos de marketing global. La primera vez que me dejaron salir al jardín
de este hospital, escuché cómo se tallaba una sierra eléctrica contra un árbol,
lo cual me aterró y me dejó fascinado: era la presencia humana en el hospital
lo que no dejaba de asombrarme, o así lo veo ahora, me recordaba la genialidad
del cine de Bergman. Según el director de la SOGEM, el dramaturgo Víctor Hugo
Rascón Banda, “la mejor forma de conocer una sociedad es visitando sus
manicomios”. Es verdad. Uno puede ir por la calle en cualquier temporada del
año, incluso en su coche y decir la palabra ―Dios— o ―¡Santo Dios!— como una
exclamación y/o pensarla; desgraciadamente los que estamos adentro del
psiquiátrico no tenemos ese derecho ni aunque estemos bajo camisa de fuerza.
¿Cómo explicarlo? Psíquicamente es imposible. El otro día, curiosamente (¿Es
algo raro al ir creciendo, sentir cómo nos vamos separando y perdiendo, ¿verdad?), jugué ping pong en el
solar, es decir, el único espacio donde nos da el sol, con el tipo que me trae
en la mira, sé que me odia, sé que se llama E. y no sé nada más. Bueno, además
es un imbécil que quiere tocar la guitarra. Según él, esa será su contribución
a la vida. Pero era una sensación rara, mientras oía la pelotita rebotar en ese jueguito estúpido
y a la mesa verde y al del otro lado, aun así podía oler su aliento del
desayuno asqueroso que nos dan en el hospital, un aliento feo, fétido, salido. Cuando entré aquí me dijo una
enfermera que otro “artista” había estado ahí hasta un día antes que yo. Un tal
Poncho o no sé qué, que era el baterista o algo así de Santa Sabina. A la
enfermera que me cuidó mi primer día, en la noche la escuché orar… Como
a mí eso nunca me lo han enseñado, seguí durmiendo fingiendo debilidad, la
verdad es que tenía fuerzas todavía. Mi padre empezó a llevarme el periódico
todos los días.
El
poema es un arma cargada de futuro
Hoy escribí
esto Doctor Héctor Ortega, léalo, dígame, ¿Qué le parece? ¿De verdad se la
cree? ¿Verdad de Dios? ¡Esto no es locura, es desamor! ¡Esto no es locura es
desamor! ¡Esto no es locura es desamor!
¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡LE DIGO
QUE ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¿¡NO VE CUÁL ES EL VERDADERO SECRETO DE TODOS
LOS LITERATOS Y LOS LOCOS COMO USTED?! ¡EL VERDADERO SENTIDO DE LA VIDA ESTÁ EN
OTRA PARTE! ¡EL SENTIDO QUE YO LE DOY A MI VIDA ESTÁ EN MIS ESCRITOS!
¡YO SÉ EL
QUÉ, EL CÓMO, EL QUIÉN, EL DÓNDE, ¡EL PORQUÉ Y EL PARA QUÉ! ¡Y AQUÍ EN ESTE
CUARTO HABLO FUERTE PARA QUE ME ESCUCHE! ¡QUEREMOS POESÍA Y DE MÍNIMO, PASTO
PARA PISAR!
¡ESTÁ USTED
LOCO!
Poema
que no tiene título,
Leído
en el despacho del Doctor Héctor Ortega
“Este hospital te va hacer bailar y
farfullar,
aquí toca sacar los dientes al vecino,
suspirar
solamente cuando sea en vano la risa
propia, la risa
que luego llegará desconcertada y
carente de su mágico sentido.
Este atisbo de corazón cautivo, destino,
plaza y fundamento,
allá arriba en la cornisa será donde su
párpado disuelva,
allá arriba tendrás junto a tu cuerpo
los recuerdos,
allá arriba, si es posible, una sutil
remembranza de jardines
y su cauce, la región de los besos.
Verás tu infancia marchita caminando por
los pasillos,
a la sombra y a la cabellera del vicio
invitándote a soñar,
a imaginar, una y otra vez, que se va
despidiendo de ti la materia,
la cortesía y la razón humanitaria,
mientras muy lejos,
la televisión habla de los mundos
posibles,
de esto y de aquello y del continente
mundial
que conquistó junior Bush.
Entonces, tú creerás en algo que te mira
caer,
caer para luego levantarte de la
marginalidad,
de la paranoia de la voz sin puerto,
del pensamiento hecho sustento y
portento, de un eco desquiciado y la
catarsis,
creerás en los abismos del ser, la
aurora,
los intestinos y los espejos,
luego la paradoja ideal del amor que se
aleja y regresa,
el ciclón de tu paciencia marchita y tus
uñas, esquina de una cordura impuesta,
lejana, pero nunca desprovista de unidad
y respuesta.
Nostalgia… ¡oh gran palabra idiota y
poética!
Un cuarto oscuro con fantasma encerrado,
luego una puerta, un pedestal y
un cadalso para gritar: ¿eres tú ese
mar? Luego vendrá una orden,
una voz llena de lascivia, hija de
perra, y tu pregunta:
¿Cuándo es posible detenerse, ser
refractario a la hipnótica pesadilla,
amputar la razón de un verbo que parece
medicamento
y que en realidad es la lógica alterna
de tu miedo?
Es que es la madera que te detiene junto
al hacha,
es la mano, el puño y el espíritu hostil
a la prédica, a la ruta fácil,
al dominio pobre de lo bobo y la intriga
hecha verdad que circunda.
Las rodillas tiemblan por las risas,
irás a refutar todas la risas, que te probarán,
por si lo olvidabas, por qué esta puerta
debe ser de acero y no de cristal.”
******************************
Le dice a un
subalterno: –¿Qué hacemos con este cabrón? Me gustaría refundirlo aquí un
tiempo, pero sí es verdad que tiene un premio de literatura, eso pone difíciles
las cosas.
El subalterno
responde: –¡Pero es un zapatista! ¿No recuerda todo el episodio del aeropuerto?
El Doctor
Ortega responde: –Por eso mismo… ¿Qué hacía un zapatista que en realidad es un
joven urbano vacacionando en Puerto Escondido? ¿De dónde sacó la pistola?
Habla
el Doctor Héctor Ortega,
al
momento de mi salida del Hospital:
“ES QUE HAY
MUCHAS MANERAS DE MORIRSE ¿NO?” (LO DICE CON SONRISA FRANCA). “CUÍDESE
MUCHACHO, ESPERO NO VERLO DE NUEVO POR AQUÍ.”
PERO TRISTAN
TZARA NOS RECUERDA QUE NO SE DAN EXPLICACIONES DE POR QUÉ SE ODIA AL SENTIDO
COMÚN, LO MEJOR ES HABLAR DE UNO MISMO, POR EL AFÁN DE NO CONVENCER...
Para no envejecer y ser anciano mental,
Para no morir, claro, porque hay muchas
formas de morir,
Para auto inventarse, como decía
Rimbaud, y cambiar la vida.
Para no explicarse más allá de la raya,
Para enloquecer.
Carajo, qué sé yo.
**************************
Me veo a mí
mismo, un cincuentón con tirantes y sombrero de paja, teniendo un pequeño bar
en medio de esas palapas de Cerro Hermoso, un bar modesto, carajo, un bar de
tipo cultural en esa playa y ahí, todavía creyendo en el amor de alguna
muchacha, haciendo un poco de pasta, cabello largo, acompañado de un perro,
señores, necesito ese refugio, todo éste libro está hecho para esa postal
invisible, desordenada y fragmentaria a la cuál diviso como a un aro de humo de
cigarro que se deshace en la sala de la casa, necesito esta novela más que
ninguna otra cosa, es decir, que gracias a la sagrada trinidad o al sagrado
cuadrivio o el mentado pentagrama o un mandala, se publique en el futuro esta
novela. ¿Será mucho pedir? Aunque debo de aclarar que coger con esta novela me
ha gustado mucho. Ya es hora de mandar las invitaciones y de hacer roncha y
cacarear el huevo. “Trata de tal y de tal y la presentación va a ser en… habrá
vino de honor… banda, carnalitos y carnalitas, no dejen de ir.” “Aunque –me
digo– a lo mejor me escapo con una musa primorosa a un hotel y no llego al
evento más que para robarme un Casillero del Diablo. ¿Pues es que qué querían
después de todo?”
Ahí está la
pregunta y la respuesta, el resto continúa con tu lectura. Por ejemplo, a
partir de éste momento podrías elucubrar qué hizo Dorinda con mis 17,000 pesos o cómo llegó a trabajar
de traductora simultánea en un hotel de convenciones de marketing, pero asociar
una cosa con la otra sería fácil, mejor vete a la parte en que alguien está
presentando efectivamente ésta novela de amor y desmadrado desamor, pero
entonces yo no estoy ahí, me he escapado a un hotel con una admiradora y
estamos haciendo el amor furiosamente, borrachos y desnudos y mi admiradora
(ella es una rockera de pelo rubio pero se lo tiñó de rojo y se ve hermosísima
toda embriagada), mientras la embisto locamente me gime y me tira la pregunta y
la invitación inoportuna: “¿O-oye Jáu-re-gui, a-amor, que-que tal si-si nos-
va-vamos a Ce-cerro He-Hermo-so?”.
Final
de la Novela
¿Estoy
muerto? ¿Es la época de los cadáveres vivientes? ¿Presenté la novela de mi
historia desgarradora con Dorinda o estoy al lado de una pelirroja dormida en
mi casa? No lo sé: lo único que sé es que tengo cierta resaca de un Casillero
del diablo y que amaneció… ¿Cuál es el mejor de mis futuros posibles? ¿Acaso es
verdad que lo que he escrito es una narración prospectiva de mí mismo? ¡Hay
Dorinda! ¿Y ese subcomandante Marcos? ¿No está ahora en la selva Lacandona con
el nombre de Galeano como dijeron las noticias?
En un futuro
posible estoy conviviendo con la pelirroja que sí me quiso y definitivamente no
volvimos a Cerro Hermoso, por cierto, nos vemos con frecuencia, ella se dedica
a elaborar banquetes en los centros de convenciones de Aguascalientes y quiere
tener un hijo conmigo… Después de la presentación del libro continué mis
estudios en Aguascalientes y terminé la filosofía, misma que ahora les enseño a
los estudiantes de un colegio privado y muy mocho de la ciudad, pero como los
filósofos somos católicos igualitos a los mochos pero sin religión, me aceptan
sin mayor problema…
Por otro lado, también amaneció, el día
anterior presenté mi libro de Cerro Hermoso, firmé muchos autógrafos y está a
punto de sonar el teléfono con las felicitaciones y me van a invitar a
presentarlo en varios puntos de la República, tengo todavía un trago de una
botella de Casillero del Diablo y debo de pensar rápido en cuál de los dos
futuros me va mejor, de la iglesia se acercan campanadas que me angustian, lo
sospecho… Prendo un cigarro, doy un trago al Casillero y ya está: me empiezo a
vestir con mi ropa favorita: mi chamarra de cuero, mi playera que personalmente
saqué en un centro comercial con la estampa de una caricatura muy graciosa de
Fernando Savater y ni siquiera siento ninguna especie de dolor ni malestar… ¡Yo
sé muy bien por qué! No amanecí en Aguascalientes sino en la Ciudad de México,
hoy en la noche será la segunda presentación de mi libro del desgarrado amor
que tuve con Dorinda en Cerro Hermoso hace años, ¿y quién es Dorinda Martha
Amézquita? Sabrá Dios… En su casa la conocen; a lo mejor en esos tiempos la
amaba tanto que le decía Flor o Dorinda, a lo mejor se llama Alicia, Bibiana o
algo casi contrario a Dorinda como su palindroma: Andrea. O Anabel. Mis amigos
de toda la vida saben que a mis novias les pongo como apodos nombres que en
realidad no tienen. Es probable, Anabel. “¿En serio no te acuerdas cómo se
llamaba?” Dicen las palmeras salvajes de Cerro Hermoso… Creo que en serio se
llamaba Anabel, ¿les digo la verdad? Esa pinche vieja ahora me vale madres,
¿Les cuento un secreto? En la SOGEM yo le atraía mucho a una chava que se
llamaba Frente al sol, sólo recuerdo que de regreso de clase ella se iba hasta
el metro Hidalgo… Bueno, como esto es mitomanía autobiográfica creo que sí se
llama Anabel, tengo todavía la única foto de ella cuando salió de la primaria y
se ve muy guapa, ¿hará cuántos años? ¿Qué ha pasado con ese prometedor futuro
de entrevistas en radio y prensa? (¿me creo?). En esta ciudad se presentan
tantos libros y hay tantos festivales dedicados a las letras (¡Ja! ¡siempre
están vacíos!) que dudo que alguien esté con un micrófono o una grabadora de
periodista detrás de la puerta… Suena el teléfono celular: es Eric Clapton, es
decir, el que suple la función que tengo en la vida por no conocer a Eric
Clapton, sí, él mismo: Julio Perales, el que conocí hace años pidiendo una beca
al lado de la Cineteca, dice: “Buenos días Jáuregui, ya estoy desde hace varios
días en México, te veo a la hora de la comida en el hijo del Cuervo” “Órales
—contesto—, yo te invito a comer, hay por ahí un sitio que se llama la
Salamandra otra vez y te va a encantar.” “Cámara, te veo a las tres y media en
la puerta del Cuervo.” “Cámaras —contesto—, cuídate, ahí te veo seguro.”
Lo cierto es
que desperté tarde, escuché un rato el disco In Our Heads de Hot Chip que me compré en Mix-Up Plaza Coyoacán ese
mismo día, no desayuné y a la hora de comer llegué a la plaza del centro de
Coyoacán al hijo del Cuervo donde Julio me esperaba. Sonaron las Campanas y
pensé que Julio ya conocía la Salamandra otra vez. Cuando lo vi entre la gente,
me dijo: “Uy, Fernando Savater —riéndose—, qué fresa.” “Qué te pasa maese —le
dije— ¿No sabías que de joven él también se oponía al franquismo? ¿O eres de
los que creen que el Quijote al final de la novela da clases para volver locos
a los demás? Mejor cuéntame otra cosa ¿cómo va la vida en Mexicali? ¿No que me
ibas a mandar tu novela?” “Sí Jáuregui, eso te dije, ¿verdad?” “¿Te acuerdas
cuando fuimos ahí al Cuervo después de pedir una beca? —le dije mientras
caminábamos a la Salamandra otra vez— ¿Nunca volviste a pedir la de Jóvenes
Creadores?” “No ¿y a ti te la dieron?” “Nunca, pero ¿qué te trajo de nuevo a la
ciudad de México, a qué viniste?” Le notaba una especie de humildad soberbia a
Julio, me contó que en Mexicali también continuaba tocando la guitarra, daba
clases de teoría psicológica y tomaba clases de natación. Que había venido a
ver a su gente, entre ellos a mí. “Hace mucho que no nos veíamos Jáuregui,
¿verdad? ¿te gusta tu presidente?” “No me estés chingando, ya dime, ¿qué pasó
con tu novela?” “La tengo en una editorial de Baja California”.
Nos sentamos
en las mesas de La Salamandra otra vez y después de ordenar, Julio dijo: —Ya
sabrás, muchas negativas en los concursos literarios… ¿tú crees que de verdad
el Santo Grial está en México?” Nos trajeron las cervezas. “Pobre de México
—contesté—, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, como dijo
Monsiváis, a fuerza que está en México, no solo en literatura, los mexicanos lo
inventamos en todo nuestro quehacer todos los días.” “Mmmm —dijo Julio—
entonces… ¿brindamos por la conejita feroz?” “¡Ja, ja, claro Julio, hasta con selfie, ¡salud por la conejita feroz!”
“Seguro se ganó la beca mi cabrón”. Dije yo. “¿Y su teléfono? ¿te lo pasó
verdad? ¡Cómo se veía ese día!” “Te gustó un chingo ¿verdad cabrón?” -Le dije.
“Se veía bien bonita”, dijo él, “Hasta le compuse un poema.”
Diciembre 2015,
Aguascalientes.