domingo, 15 de diciembre de 2024

PORQUE USTED LO PIDIÓ, LA NOVELA QUE TODA LA INTELECTUALIDAD EUROPEA CONSIDERÓ IMPOSIBLE QUE LA PUDIERA ESCRIBIR UN MEXICANO!!

 

VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO 

 

  MARCOS GARCÍA CABALLERO

 


 

Para el Lic. Miguel Castillo Morales

y El Filósofo Óscar de la Borbolla,

a Dany Durón, inteligente, crítica, escultora.

También para Asia Argento.

También para Caleb Olvera Romero, filósofo

y muy bueno.

 

Habla el moderador de la mesa

 

A mi edad y a mi momento, a falta de algunas otras peripecias cristianas destinales, a no ser las invisibles e inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo, como nos decían (¿o lo inventé después por vivir del hambre en cada línea  de la  rima  ríspida y rauda de mis erráticos versos? ) los maestros de la SOGEM; es decir,  la Escuela de Escritores de la gran Tenochtitlán, me parece suficientemente claro que lo que escribe el autodenominado ―escritor— o el literato se coloca proféticamente en su futuro. Yo presentaré este libro, a ver si se me cumple tamaño papelón excéntrico en estos tiempos de miseria, ignorancia y corrupción.

 

La escritura es jugar con el tiempo. Las líneas argumentativas paralelas, las escaleras filosóficas, las moscas circundantes y los chismes literarios cosmogónicos de nosotros, los que finalmente somos escritores… No necesariamente el futuro a pie juntillas y ya envuelto como regalo pomposo o miserablemente hecho un puñado de letras, pero lo que sí es cierto es que la escritura recrea, inventa el futuro en primera instancia, de quien escribe. Digo, para ese caso escribo que seré Premio Princesa de Asturias en 2026 y con suerte y sí se fija en mi escritura la Princesa de Oviedo. Esa parte de ti que vuelcas al papel te salva y te condena, ya sea divertimento, cuento, imaginación hiperbólica, narración erudita, ensayo en filigrana o poema de largo aliento: todas estas formas tratan la escritura como un vagabundeo, una forma más de vagabundear, de echar una mirada a lo que está ahí y no se deja ver, o lo que todos saben que podría estar ahí y quisieran ver de alguna forma, (¿lo que debería estar tal vez? ¿la utopía colectiva sepultada por debajo del imaginario?) en cualquier lado y especialmente en el futuro, principalmente en el futuro: Nuestro tercer renacimiento porque... ¿Qué otra Utopía podemos esperar a estas alturas del partido sino un Tercer Renacimiento Mundial ante esta Edad Media Tardía? Por estas razones y por estas condiciones, este pedazo ardiente de mitomanía autobiográfica es un fragmento en el caleidoscópico escenario de la Cultura que, frente a la política reinante, se presenta como su alter-ego. Y eso es lo que nos convoca esta noche: ¡Bebamos! ¡Salud y arriba las copas! ¡En el proscenio, Jáuregui y Dorinda danzan y juegan el doliente juego del amor mientras el Océano Pacífico les trae los vientos del erotismo, el desengaño, los celos, el crimen y todo el abanico de posibilidades que País de Nadie sin Nombre y Apellido tiene reservado para ellos! Pero volvamos la mirada a ese fragmento nunca miserable pero siempre demasiado pequeño en que Jáuregui juega a perseguir su inteligencia desde la palabra: “Pero para escribir o incluso con un afán más ambicioso, reescribir o reinventarme debo recordar, es decir, releer el pasado. Somos historias vivas, por eso reinventamos el futuro. Imaginamos ahora y aquí y ahora y aquí soñamos el futuro. Escribir es atreverse a escribir. Balzac, por ejemplo, era un gran soñador adicto a la cafeína. No ya digamos cualquier otro de los grandes novelistas. Proust, Joyce o Kafka, de cualquier manera, los leo poco, pero esa vieja sagrada trinidad la he compensado bastante con la obra de Guillermo Cabrera Infante, Fernando Savater, Enrique Vila-Matas, Ernesto Sabato o Jorge Luis Borges.”

 

La novela final, guión, película nueva, la última entrega, el best seller, lo que siempre se ha esperado… ¡El cañonazo que anuncie triunfal la llegada de Godot al escenario! Es una falacia engañabobos o cuento infantiloide, no hay fórmula para tal cosa, las leyes del mercado literario son misteriosas y en él es más fácil traficar baratijas como Antología de poetas jóvenes del norte a soñar con el nuevo Vladimir Nabokov. Lo novedoso es demasiado relativo. Puede haber aciertos, pero no invención de la nada. Nadie es cien por ciento original, como no lo fue Harry el sucio ni el Harry Potter de mi hermano. Inclusive, aunque la originalidad no sea deseable sino la singularidad... Veamos: todos los poetas primerizos entusiasmados (es decir, muy radicales), chilangos, por lo menos a finales de los años noventa, hablaban en tono maldito sobre la pinche poesía, con mayor énfasis en el signo de exclamación que en lo que va adentro: ― ¡Tú, tú tienes la culpa, puta poesía! Es decir, sentimientos quizá auténticos, pero sólo miserablemente glorificados. Qué feo… que me dispensen, pero con razón se muere la poesía… y después renace, en algún vidente que no cobra por ser visionario, como nos lo indicó Octavio Paz, el enciclopédico burro diabólico que, hoy por hoy, todo mundo quiere rematar o revivir a su conveniencia.

 

La poesía, nos guste o no, se queda viviendo en rendijas y catacumbas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. Pero en prosa, lo novedoso es lo que nos muestra que precisamente el mundo cotidiano del hombre y la mujer es la gran cuestión a pensar, las parcelas de orden y desorden en este valle de lágrimas. En este sentido, como dijo Claudio Magris, Dostoievski escribió casi una parte de los evangelios con Crimen y castigo (dejé ese libro a la mitad, ¡qué azotado nuestro Fiódor!). A esa enormidad del sentimiento de culpa-obsesión que todo lo ciega, debería llegar aquí hoy nuestro Doctor Héctor Ortega ¿Verdad Mateo? Lástima que ya se te murió de diabético, pensarás, pero bueno, lo hecho hecho está y ya ni modo, como esta novela. (Se oye por ahí alguien aclarándose la garganta) Prosigamos… de una vez escancien esos Casilleros del Diablo para que esto se prenda. Escuchen esa voz: “Por eso y no otra cosa quisiera recordar aquel momento, sin lujo de detalle y sin error de apreciación de lo que fue mi relación con Laura Domínguez, en mi trabajo durante unas encuestas de preferencias políticas, allá por el año de 2005.” “Sí… así es… fue en un sórdido cabaret…” Todo en ese momento de las encuestas era sorprendente, o por lo menos, entre todos los que fuimos parte, sabíamos a lo que nos enfrentábamos. La orden fue así de simple desde la capacitación: “tú tienes que hacer de todo cabrón, es tu asunto.” Entre una centena de personas, a mí y a Laura nos tocó cumplir la faena en el barrio de la tercera sección de la Condesa. Nos tocó revisar los cuestionarios y hacer el trabajo en unas oficinas que fueron prestadas para que ahí laboráramos. La escritura es un juego con el tiempo. No soy el esperado don Santo Nobel ni el profeta, eso lo tengo bien seguro, pero no objetaría que escribir debe ser una amable divagación para uno mismo en primer lugar. Hacerse uno amable así mismo. Es decir, presentable, y después ya veremos su manuscrito y le daremos nuestro minucioso seguimiento, si quiere ser usted un very nice writter tiene que aguantar vara. Ese es un buen punto mi querido Buk: Si te emociona salir al parque y ver niños jugando con pistolitas de agua todavía no estás en el barranco donde vive Nietzsche gritando sus verdades y chupando birra con Wagner, Hölderlin y otros locos mitológicos. Laura, la hermosísima Laura y yo nos hicimos pareja. Escribo tres años después, en 2008 y en otro sitio que no es la ciudad de México sino Aguascalientes, una ciudad que a pulso está mostrando sus diversas complejidades sociales. Primera enseñanza para escribir: escribe para que seas feliz, además de que hay que ser feliz en la vida, porque si uno la toma como refugio la escritura no se vuelve refugio. —Se vuelve un podrido calabozo.

 

Tengo un buen amigo que hice en el 2004 que se llama Julio Perales, psicólogo de profesión y guitarrista por devoción o, mejor dicho, por aferrado, que ahora vive en Mexicali. Lo conocí en la cola que formaba la gente para pedir una beca del FONCA a un lado de la Cineteca Nacional en Coyoacán. Recuerdo que me habló porque se sorprendió que yo le hablara a mi vez a una fulana guapa que estaba por ahí pidiendo su beca para ser bailarina. A pesar de los nervios que yo traía, ella me dio su teléfono y tenía cuerpo de conejita feroz, seguramente sí se ganó su beca. Luego del trámite salimos y nos tomamos una cerveza en el Hijo del Cuervo y fue ahí donde, de repente, tuve la impronta de la certeza al voltear hacia la iglesia que de beca nos iban a dar puro chile. Julio decía con la cerveza: “¡Salud maestro, por la conejita feroz!” Desde ese entonces Julio Perales es mi guitarrista predilecto. Él es el que suple la función en la vida que tengo por no conocer a Eric Clapton. El otro día me lo topé en el messenger. Lo que no entiendo es por qué el internet y el teléfono celular nos narcotizan hasta el punto que nos han vuelto sus bobo-narcotizados-dependientes. Es mejor el cine, o el trabajo, o el sexo, o la literatura. O todavía mejor: la conversación significante con quien seguramente tendrás sexo en un ratito. Pero entre amantes no existe la filosofía. Con las mujeres se habla de todo, de todo lo que sirva para seguir cohabitando, pero tu monstruo te lo guardas. O te lo aman. Pero como de cualquier forma te lo maman, no exageres ni hagas un dramón. Yo, por ejemplo, aunque sí lo quisiera, nunca he podido irme a la cama con una mujer después de explicarle la fina ironía de Karl Popper en su etapa post-marxista o La Ética Utilitarista de John Stuart Mill.

 

Terriblemente he soportado las cosas peores, los dramas mentales más tortuosos, pero también he gozado de la ciudad de Londres, de Ámsterdam, de París, que nunca se acaba, como dice Echenique, y la verdad además París es como una enorme y hermosa sinfonía del pensamiento occidental, es decir, en Francia (pongamos, un bar o café del barrio Latino) es bien suave decir en una conversación de sobremesa con una copa panzona de coñac y un puro encendido con un Zippo que “todo lo que llamamos Universo precisamente se parece más a un gran pensamiento que a una maquinaria, que a una simple rueda”; ahora, amable lector, piense usted lo mismo o convérselo en un barrio bajo de Guatemala, Honduras o Colombia mientras ve pasar a los inmigrantes tras el sueño americano. Ahí parecerá que el Universo…fue prestado o rentado... o rematado.

 

Afortunadamente yo he gozado precisa y precozmente de la sensación de haberme arrebatado de por donde no se lo sospechaba la academia universitaria, a buena parte de la filosofía, de la literatura, y de varias y en varios sitios ya olvidados, a ciertas mujeres encantadoras. Por ejemplo ella. ¿No me escribió un correo la semana pasada? Puedo afirmar, como ella dice que: “Sólo el amor puede destruir la guerra.” Ese es su lema. Laura Domínguez es comunicóloga con ideas hippiosas y, además, instalada en una familia completamente promedio, tal vez más promedio de lo que debería incluso ser el promedio en un país como el nuestro. Donde todos, por decir lo menos, estamos de panzazo con el destino incierto de la sobredosis de panbol y esas historias de sentimentalismo paranormal llamadas “paranoverlas”. El trabajo era, en resumidas cuentas, calificar, ordenar, dar seguimiento a los cuestionarios que contestaban los compatriotas mexicanos del barrio de la colonia Condesa. Así que era una faena medio especial porque a la gente que los encuestadores les tocan su puerta le vale madres si tú estás ahí bajo la lluvia torrencial o si te acaban de robar hasta la camisa de la empresa. Porque, por un lado, la Hipódromo Condesa es medio fresón y ahí es más tranquilo: la gente saca a cagar a sus perritos y luego se van a comer filetes en sensacionales fonditas tipo argentino, pero un poco más arriba, por Constituyentes, por el Panteón, allí está más cabrón, es colonia brava. Por cierto, que por ahí se prepara un pozole riquísimo. Pero no nos desviemos. Laura y yo nos empezamos a tener aprecio en nuestra soledad de burócratas outsiders y menospreciados, cobijados solo por la voz de Julieta Venegas y un desgraciado frío que levantaba ámpula. Nos enamoramos y qué bueno ¿verdad Domínguez? Te mando un beso desde acá, ciudad de cielo amoratado esta noche, hot waters, Aguasardientes, etc. Después de los besos, ¡qué rico besabas Laura!, recuerdo que había conexión. ―rodilla temblorosa contra rodilla temblorosa y pecosa—, como diría Jack Kerouac. Lo que quiero resaltar con todo esto, además de lo mágico de esos momentos que duraron cerca de tres meses, es que nunca había tenido una novia en mi lugar de trabajo, no quiero resaltar fundamentalmente más que eso, ese es el chilorio, esa es la rebanada de pizza que me importa: ¡Primera vez que Diosito me paga bien en mi largo camino laboral! Fuera de eso, la florecilla no tenía realmente nada fuera de lo común, un día era hermosa y otro día me daba pena ajena con oír lo que decía o quizá lo poco que decía. Pero eso sí: sabía reconocer el aura romántica del momento para decir en medio del frío burocrático: te amo Jáuregui, lo eres todo para mí, Jáuregui. Y además estaba cursando su segunda carrera, primero comunicación y después arquitectura, además cuando para mi fortuna sus tetas estaban de fuera, -en mi casa por ejemplo-, se veía hermosa como un dedal de vino, una honesta, noble y blanda furia y lo mejor era cómo me deseaba con esa furia. Era una hermosa música sin petulancia, mitad Lucybell mitad Vivaldi y un toque de Buena Vista Social Club con Los Amantes de Lola. Por ser mi chiquilla la adoraba. Le regalé un libro de mis poemas y conoció a mi abuelo, que es ya a estas alturas, un general retirado, es decir, es general en el mejor oficio de todos, el de vivir. Ahora, a sus ochenta y siete, tiene una joven que lo cuida. Mi abuela murió hace poco, dos años ha. Todavía pasaba la telenoverla de “La buena más fea” o algo así. Yo la vi morir, es decir casi la vi morir, falleció la noche del día en que la visité en el hospital. Fue una cosa muy, muy triste. Como dice José Emilio Pacheco en un poema ya muy viejo, el resultado de cualquier familia es la final dispersión, pero la abuela era de árbol fuerte, su pérdida es y será insustituible. Háganse de cuenta que aquí pongo una oración como un tronco para evitar sentir el vértigo del dolor y a duras penas, tras la congoja, como después de caerse accidentalmente de la silla, me reincorporo lentamente a la línea siguiente gracias al mangoneado hilo conductor de este relato que, la verdad, es para nadie, para que al final resulte ser para alguien. A Laura también le cayó muy bien mi abuela, incluso, debo decirlo sin aspavientos, entre ellos hablaron de nuestro próximo matrimonio, pero si aun así fuera poco… la invité a vivir conmigo a hot waters, ¡a las Aguasardientes! ¿Y qué pasó?… se me echó para atrás. Bah. Push the red botton. Domínguez dissapeard. Domínguez erased.

 

Hace no mucho tiempo ofrecí una lectura de poesía (misión, misión, hay que ser misioneros de la letra y la palabra en éste mundo de la anarquía drogadicta y la docta señora analfabeta), en un bar del cual mi hermana era la dueña, acá en Aguascalientes, ella también se llama Laura, es guapa y está tatuada, pero yo lector desocupado, también estoy tatuado, tengo una Águila carnicera en la espalda y toda la letra de las canciones de Tom Waits en cada partícula elemental de mi epidermis desde que salí de mi prisión, donde un hombre necio y muy perseverante redactaba, en mi misma celda una obra que él llamaba “El Conde de Montecristo”. La parte que me tocó a mí hablar de poesía, digo, porque también hubo un amigo mío al teclado y muy entusiasta que causó revuelo, fue para honrar al altísimo poeta colombiano Jaime Jaramillo Escobar. Poeta de altísimos vuelos y vuelos crípticos, aterradoramente lleno de luz. Fue un evento extraordinario, la gente respondió muy bien a la poesía de Jaime y no es para menos: Ese hombre en cada poema suyo es capaz de engañarte a tal punto que terminas pensando que siempre has estado girando hacia el otro lado las tuercas de la vida y dándole cuerda al revés a tu reloj, poeta extraordinario. Mara, mi amiga de hace años y antiquísimo amor estuvo ahí, así como los amigos de Laura mi hermana. El bar era propiedad de ella y su novio, pero ahora eso pertenece a una oscura historia entre ellos dos que no me corresponde a mí sacar a la luz. Hasta a las mejores familias se les ocurre llevar a cabo negocios fallidos, finalmente el bar se fue a la quiebra y con mucho graffiti juvenil pintarrajeado en ambos baños. Nunca hay que dudar para ser veraz, y la verdad, Tom Waits lo es, además de que es muy paciente.

 

Escribir es jugar con el tiempo. El tiempo es paradójico, no rectilíneo, como la mentalidad chata lo quisiera. No voy a entrar a discutir con Heidegger y polemizar con él, si el ser es el tiempo o cosa parecida. Prefiero subrayar el carácter paradójico del tiempo porque, somos en el presente lo que imaginamos en el pasado que llegaríamos a ser. Es lo que Paul Wazlawick llama la auto profecía y válgame, casi siempre se cumple. Por eso los poetas nos recuerdan que hay que merecer nuestros sueños. Y esto toma las modalidades más raras que el ser pudiera tener, si es que ser y tiempo son lo mismo. Para mí, el aparato psíquico del hombre está compuesto de identidad, memoria y conciencia. De cualquiera de estas palabras se puede indagar filosóficamente qué es la pregunta por el hombre, al estilo de uno de los mejores y aún vivo: Ernst Tugenhat; esa es la triada, la sagrada trinidad. Quiero empezar a escribir una novela corta, una noveleta como dicen los críticos, pero… ¿Por dónde carambas empezar? ¿Quizá mirando los imperturbables ojos del retrato de la bisabuela alemana que me vigilan y me siguen cuando ando por la casa? ¿O quizá cuando me enteré que el traductor mexicano de Ezra Pound era un asesino y yo ya lo había saludado esperando de él el gesto generoso del Maestro? Para empezar, el amor entre Laura Domínguez y yo ya lo volví cuento y hasta lo subí a un blof-spot, esas sucias páginas raras de internet donde todo mundo tiene tremendas atrocidades qué contar, pero de verdad las cuentan tan atrozmente que los buenos blofs se cuentan con los dedos de una mano. Sobre mi participación política con los zapatistas en el año 2001 no tengo nada que decir o quizá ya lo diré. No tiene por qué ser una novela autobiográfica, estrictamente, pero tiene que ser un relato que signifique algo, en primer lugar, para mí. Unas páginas en las cuales yo sea el signo y el significante. La pregunta y la respuesta.

La pregunta, obviamente, es: ¿Cuál es mi pasado? La respuesta: ¿Cuál será mi futuro? (¿Llegaré a presentar este libro algún día? ¿No o sí? Quizás falte al evento y me vaya con una musa a pasear a un hotel de por ahí.) La memoria es polisémica: tiene multitud de significados, como la poesía. Porque también vive en rendijas que escapan al tiempo y tal vez a la escandalosa muerte. La revivimos al hacerla ficción, haciéndola flexible. En gran medida eso es lo que hace el psicoanálisis. Al hacer flexible tu memoria, tomas la ruta que mejor te convenga: tu propia reinterpretación. Roland Barthes decía que el psicoanálisis era inventar calles e inventar tu propia ciudad, darle a cada rincón un espacio mental significante (de la memoria y de la ciudad). Efraín Huerta poetizó ese pensamiento agregando: “Sé dueño de tu infierno”. Otra forma es ésta: el cuento de Inés Arredondo en el que, en tono onírico al principio, la autora cuenta un episodio de su familia y con libertad creadora, ¿azarosa?, termina preguntándose: ¿Por qué soñé con los Estados Unidos? Es un cuento mexicano maravilloso; Inés Arredondo pertenece a la generación de la Casa del Lago, como Juan García Ponce. Parece entreverse que, en estos tiempos, nadie opta por la escritura autodiegética, es decir la del narrador que cuenta su propia historia, pero también habría que señalar el fundamento terapéutico del mito relato personal, donde, si uno escribe y recuerda, recuerdan lectores y recuerdan alrededores.  

 

La novela y la escritura se hacen sudando y se hacen en gerundio: ―estoy escribiendo una novela, ―estoy pensando la novela, ―estoy cogiendo con Laura y además con la novela, ―estoy paseando con la novela y al rato: ―Véanme: gracias a un proceso mágico y misterioso estoy presentando ante ustedes, público cautivo, la novela, se llama así y éstas son sus características. Aplausos, entrevistas en radio y prensa y todo porque en Jáuregui se generó y germinó una pícara síntesis de una mezcla entre un Weltanschauung con abscesos y dosis de ironía, lujuria y algo de mitomanía de su propia vida. Entonces ya eres famoso Mateo. Por fin se te hizo. ¿Me  creo? ¡ay sí que padre! Luego, más pronto de lo que te imaginas, vendrán la caterva de críticos a vapulearte, aunque  lo que deben de hacer es jugar a desarmar y hacer pedazos la novela, ajá pero sí y solo sí de forma elegante como sólo ellos (al más puro estilo del verdulero drogo) se la creen: “hay en ésta obra un oficio altamente depurado, pero falla en… a, b o en z” y al hacerlo deben desarmarse  a sí mismos, deben ser ficción que coloca errores y aciertos y ficción que vuelve a desaparecer. ¿Por qué? Bueno, porque en estricto sentido nadie tiene el derecho a juzgar con don o con el condón de la autoridad. No hay jurado máximo, pregúntenselo a Milan Kundera o a Luis Villoro o a Fernando del Paso o al que pasó vendiendo los periódicos donde se leía a ocho columnas: “Acabará el gobierno con la pobreza en quince minutos”. Pero bueno, si lo que quieres es pensar que nos ven en la tele desde la Próxima Centauri o en el Planeta Marte… El arte no está esperando su estrellita de buena conducta. Aunque a veces se la merezca. En el arte literario, la mejor definición de lo que es un escritor es la que hizo el alemán Elías Canetti, Premio Nobel 1981 (un año antes que Gabriel García Márquez): “El escritor debe ser el custodio de las metamorfosis”. El animalito literario puede ser una bestia, un tábano, un zorro, un dragón femenino con cara de Desdémona o un tigre, un pelícano salido del famoso poema de Baudelaire, un adolescente con i-pod o un ser de otro mundo. Toda la mitología, tanto la de Grecia como la de China, desciende del hecho de que nuestros primeros dioses fueron los animales… eso nos hizo darnos cuenta de que pensábamos, de que teníamos... Razón. El verdadero invento griego. No existía en Grecia un libro canónico sino una tradición poética fundada en la mediación de las divinas musas hijas de Mnemosyne, la Memoria. ¿Acaso escribir no es jugar con el tiempo? Dicho y hecho: del 2005 a la gloriosa época micénica y vuelta otra vez al 2008. Ja.

 

Quiero decir, con este agotado decir y no digo sino mi dolor un tanto sofocado. Me burlo ante todo de mí mismo. Lamento desilusionarlos: Yo soy el personaje principal y no tengo mucho qué decir, además al final de la novela se ve la verdad: Dorinda no sólo me hizo ver mi suerte, sino que de pura suerte me salvé. Laura es sólo un pretexto más, es como la persona que se sienta al lado de ti para ver la tele y en la tele se ve realmente cómo vas cayendo tú. ¿Poderes fácticos? ¡Por lo menos mejoren al ciudadano! Ahí sólo se ve cómo pasas… de moda. ¿Me  creo? ¿Crees que la novela está muerta y ya pasó su época? Es decir, ¿creerías que la narración ya no tiene nada qué decirte a ti? Es como la persona que nada en la alberca donde tú estás y dices: ―Caramba, qué bonita es, hasta merece un poema. Pero que nunca volverás a ver, y en el poema te ahogas… y te ahogas... y de eso ya nadie te salva, la prueba está en que el bikini y la minifalda no pasan de moda. Otro buen punto mi querido Buk: todo escritor tiene su compromiso con lo miserable. El animalito escritor tarde o temprano se da cuenta que no todo en él es maravilla o genio, de ahí que tanto inventemos… digamos mentiras llenas de belleza, o llenas de fealdad, todavía peor: como lo que importa es que el corte narrativo salga pulposo y bien cosido, así vistas las cosas: ¿Cómo inventa un escritor su propia obra? Ninguno de sus amigos le cree escritor, le dan consoladoras palmaditas en la espalda pensando que TODO (¡TODO!) en sus escritos es mentira o TODO es verdad, precisamente porque el verdadero desafío es mezclar ambos conceptos y manipularlos: he ahí el proceso mágico y misterioso. Y de hecho lo pueden pensar y preguntar: (“¿Oye? ¿Y todo esto fue cierto?”) pero saben que se engañan ellos mismos o se dejan llevar por la ingenuidad: ni siquiera una filmación a cuatro cámaras de un hecho es un documento 100% objetivo y la arrolladora autoridad de Chomsky u otros como él lo han probado de sobra. Claro, pero… ji, ji, ji no vuelves a ser el mismo, claro, ¿pero el mismo a quién Laura? ¿Ya asoman las garras de la locura en tus neuronas estilo barroco? Te pregunto: no, no nada de eso, no te la creas, te estoy vacilando, lo que pasa es que mi novela no avanza (¡Por fin! ¿Le explicamos a mi otro yo la chinga que es pararse a encuestar en la Hipódromo Condesa?) (Tú síguele Mateo que te están escuchando mi amor), (O.k. mi amor pero ¿Te vendrás después conmigo a Hot Waters a vivir? Prometo inventar otro abuelo para ti). Hojeo entre los días y la aburrida ráfaga de lluvias o vientos y lo triste de las modestas construcciones buscando  otro momento, otro instante del pasado, tal vez por lo borroso que se volvió: cuando yo y mi camarada, el periodista Arturo Valdez Castro y mi amiga la poeta Marilú Sosa visitábamos en 2005 el taller de narrativa que ofrecía el maestro, en aquél entonces vivo, Rafael Ramírez Heredia, allá en el barrio de Santa Catarina en Coyoacán, él sí que un escritor muy serio y muy vigente y… sobre todo…muy fumador. ¿Y de eso murió no? Con los pulmones perforados por la nicotina…

 

La onda era que el taller era interesante, se percibían las distintas inteligencias, las distintas sensibilidades, las búsquedas personales, las opiniones, los matices del punto de vista, etcétera, valía mucho la pena, ¿qué no? En esa época Laura Domínguez ya había pasado del lápiz al borrador, ya que su cuento lo escribí hasta llegar a Aguasardientes, a Hot Waters, al año siguiente y lo publiqué en la red desde una lap-top (y esa lap me la robaron, ¿no decía el anuncio que hasta a las mejores familias se les acercan las cucarachas?). En fin. Valdez Castro me dijo: “¿Crees en la telepatía verdad?” “¿Por qué no te ligas a Marilú?” “¿Quiere conmigo?” le pregunté. “¿Lo dudas? ¡no seas mamón!”

 

Creo que, en esta era del desmadre global y la internet, en la que los medios de comunicación nos rebasan y sacan a diario un titipuchal de información que retumbando se va a hacia ninguna parte, sería absurdo crear una novela donde la anécdota sea lo más importante: ¡Vivimos rodeados de demasiadas anécdotas! ¡Punchis-punchis-político mediático Charro-Batman! La novela dará un viraje o no sobrevivirá frente al espíritu del mundo posmoderno, eso lo saben los mayores genios actuales de este género: Milan Kundera, Vargas Llosa o Lobo Antunes. Háganme favor de creer fielmente lo siguiente que copiaré y pegaré (copy and paste como dicen las cacatúas) ya que es, amable auditorio, “La novela de Mateo Jáuregui”: éste es el primer platillo (o sea Capítulo), así que, que se abra el telón…

 

Primer Acto

                                              

La de Cerro Hermoso es una playa semi virgen, como tantas otras de por ahí, con cerca de treinta cabañas y por lo menos cinco restaurantes, donde se puede comer buena y barata langosta con micheladas, a menos de una hora hacia el norte de Puerto Escondido por la carretera pegada a la costa. Está a mar abierto, al lado de un río lateral que trae la cauda del Pacífico, donde asoma un peñasco enorme a modo de un cerro emblemático y al que se debe, supongo, el nombre de este lugar. En el rompeolas de la extensa playa para los turistas hay un faro que funciona con luz solar y lo sé porque Joaquín y yo la primera vez que fuimos juntos, nos dormimos ahí abajo del faro entre las piedras colosales y con bolsas de dormir, para evitar la funesta aparición de los mosquitos que diario nos masacraban –se podría decir, aunque, de hecho, los días que estuvimos allá amanecíamos mojados, sudorosos, o vomitados el uno por el otro (en el caso de que pudiéramos dormir, ya que a cinco metros las olas producen un ruido sordo insoportablemente dantesco); pero así fue la cosa, ya que de Bacocho, el fraccionamiento en que nos hospedábamos en Puerto Escondido, nos había corrido mi viejo amigo Miguel, el disck jockey del adoquín (la zona de Puerto Escondido donde se dejan ver los extranjeros), porque le parecía una escena fuera de cuadro de su vida conyugal que dicho sea de paso, ya iba yéndose a pique, el estar soportando (esas fueron palabras de su novia italiana, que de tan tatuada parecía que vivía de hacer tatuajes, cosa que era cierta), es decir, ella no aguantaba los “gritos y las canciones tocadas en guitarra a las nueve de la mañana de esos dos cabrones”.

 

A pesar de que Joaquín sabe italiano y de una sentada puede leerme en voz alta la poesía de Cesare Pavese  y una noche le habló para calmarla, la mujer de Miguel nunca nos soportó. De hecho también sus vecinos se habían quejado con Miguel por nuestra visita a su casa… ¡Y al diablo y te meto el sístole y el diástole, pinche vieja histérica! determinó Joaquín en alusión a la italiana, y entonces gracias a nuestro aperrado instinto vagabundo, además del arte de la casualidad, dimos con Cerro Hermoso, sitio al cual sólo es posible llegar por un taxi que sale de un punto determinado entre la carretera de Acapulco y Puerto Escondido, donde hay un buen restaurante de carne de tasajo y además muy barato. Pero ahora no vengo con Joaquín, porque él anda por España tocando la guitarra en las ramblas de Barcelona (donde seguramente nadie se quejará de sus gritos y de su voz cascada) y fumando mucha mariguana o hash y eso lo sé porque en México City se hace lo mismo y porque le hablé por llamada intercontinental a su celular y… ¿cómo lo encontré? Pues bien servido, en esa combinación de música con el hash que en realidad es un juego súper simple: te pones a pensar en la canción (por ejemplo, qué tal Shine on you crazy diamond de Pink Floyd), todo da vueltas, termina la canción y tú sigues bien pachecote, entonces sigue otra canción y así te la sigues, etcétera, etcétera, etcétera. Si los caminos de la vida no son como yo pensaba, como dice esa canción que me recuerda, por un lado, los viajes en pesero en la ciudad de México un día de quincena o con cientos de marchas de protesta, por otro lado, curiosamente, mis estados depresivos de mis 25 años, puedo decir que ahora, cinco años después, que los sinuosos caminos del desmadre terminan donde yo sí lo pensaba: el alcoholismo, la bestialización de la persona, la idiotez, ignorancia y locura o, en el mejor de los casos, el estar siempre dispuesto a jugar el papel del bohemio y eterno compadrito que acompaña y que siempre saca el trapito borracho.

 

Digo que no vengo con Joaquín, de hecho hace casi ya año y medio que no lo veo (2002, finales del verano para ser exactos) aunque recuerdo muy bien el trailer que nos trajo aquella vez de aventón hasta el restaurante del tasajo, el desfilar de las palmeras y la vegetación; la plática con el trailero sobre nuestro eterno malestar por la política mexicana, las frases filosas y radicales (para el Joacanax  Ciudad Universitaria se debería de convertir en campamento zapatista, cosa en la que no estuve de acuerdo; creí que él veía el conflicto chiapaneco más como gachupa, que como mexicano, aunque es igual de chile verde que yo). Las frases de Joaquín se me figuran sacadas de la víscera, de la entraña, recuerdo que el trailero le dijo: “Tú estás peor que El Mosh”. Hagan de cuenta las frases que podría decir un leñador antiguo en el acto que su hacha derriba un árbol en medio del bosque. Mucho de apasionado tiene pues el chavo. Pero recuerdo más: veo por ejemplo, la forma del espejo retrovisor del trailer en que venía jugando al Hulk mirando mis brazos, saludando a la gente que se cubría del sol con sus bultos al lado de la carretera, y yo con un paliacate de la bandera inglesa en la cabeza que me traje de Inglaterra hace muchos años y, chistoso paliacate, porque ya que lo compré iba caminando bien feliz por la calle, cerca de Picadilly Circus, cuando entonces descubrí, como si fuera parte de alguna broma antologada por André Bretón, que dicho paliacate decía: ―made in USA. ―a que su chingada y pinche madre con el mundo unipolar–, dije, tal vez en clara alusión a la madre del que ocupa el puesto principal de la Casa Blanca, allá en esa tierra que, de momento, no me apetece visitar.

 

Bueno, eso por un lado, pero por el otro… quizá Cerro Hermoso tal vez no sea tan hermoso si lo comparamos con la mujer con la que ahora vengo aquí. Si por esta prosa se pudieran cruzar apuestas, les aseguro que preferirían a mi mujer que viajar a Cerro Hermoso. Pero desocupado lector(a): como esto es o más bien pretende ser literatura de la buena, te tendrás que conformar con frases, descripciones, acciones y atmósferas y promete darle el golpe a mi literatura al encender su lectura, porque la neta Cerro Hermoso está hasta donde el viento pasó y dio la vuelta y de mi mujer ya ni hablemos.

 

Algún amigo en esas borracheras del pandillerismo bohemio que me tocó vivir (y del cual me alejé un tanto para no ser siempre “compadre” o solamente el broder buena onda con el que te echas la caguama) me dijo muy seguro: ―El mejor piropo que le puedes hacer a una mujer es pensar hacia ti mismo y decirle a ella que el universo entero es sólo hacerle una alusión–. No sé si ésta frase fue sacada de un libro o qué, pero la neta está buenísima: tiene estética: ―ante ti, mujer, el universo empequeñece–, igual que las cervezas de aquella vez, que también lo fueron, junto a una mesa de ping-pong y las canciones de U2 y los Rolling Stones a lo bestia, a lo más que daban unos bafles que yo mismo armé y a ella también, con la vuelta de los años, la tuve sentada en esos bafles, no te muevas, no te muevas, déjame que te tome una foto mental sin que te des cuenta, déjame devorar en un rozón de la mirada algo de tu esencia y  existir, quiero recordarla así mientras espero nervioso en el teléfono para hablar con ella en ésta noche difusa, en que somos algo que intercambian la razón y el deseo en su callejón de huesos y míseras ratas, quisiera recordar las palabras que me dijo con tanto aprecio y tener presente lo que le pregunté desde la ciudad una noche en pleno Zócalo en vísperas del Día de la Independencia con luces refulgentes por todos lados:

 

—Oye Dorinda ya la neta, ¿qué virtud te gusta más en un hombre?

—Oh, tú sabes… la paciencia.

 

Aunque recuerdo eso, no sé cómo imaginarla ahora, es demasiado el nerviosismo. Me queda claro que el tipo que intentó seducirla en un antro de Puerto Escondido era el clásico gringo tarolas payaso pasado de listo de los que normalmente pululan por las playas mexicanas, tipos de los cuales las mexicanas se enamoran de su cartera mucho más que de cualquier otra cualidad. Pero es que esta mujer haría querer hacerse pasar por listo hasta al más idiota de todo Puerto Escondido, incluidos los y las que se tatúan la cara y los brazos (yo sólo tengo tatuajes en los pies). Siempre pongo los pies en la tierra, a veces también las nalgas, cuando estoy sentado soñando algo así como mis propias utopías. Escapar o ser parte, era el dilema… ¿era?

 

Para empezar la historia, resulta que me había caído inesperadamente una fuerte cantidad de dinero por cierto premio literario en el que decidí participar y obtuve el primer lugar (contar esto es determinante para el relato: súbitamente tuve millones de amigos que llegaron como zopilotes sub literarios a ver qué pellejo del Jáuregui les tocaba, lo cual, para mi despecho, no melló mi humanismo solipsista y me hizo creer que yo gozaba de cierto privilegio, quizá metafísico). De hecho, con el dinero pensé cruzar el charco e irme a visitar a Joaquín a Carcelona, pero me salió con su bateada de babas diciendo por teléfono que vendría próximamente a México a comer peyote y cuando vino se fue a un pueblo perdido en el desierto de San Luis Potosí, donde conoció a Dorinda, haciendo esa misma constructiva actividad con unos amigos suyos de Croacia. Cuando los dos volvieron a la Ciudad de México, me la presentó en una cantina allá por el amado rumbo de San Cosme; en esa ocasión, si no mal recuerdo, ellos platicaron mucho de sus respectivos viajes (Dorinda jugando el papel de culta y experimentada y Joaquín burlándose de mi experiencia viajera enfrente de ella: “mientras este güey escribe, yo he cruzado medio mundo: conozco Irlanda, Grecia y Marruecos y he trabajado en Italia (viejos tiempos de nuestras borracheras ¿verdad cabroncito?”).

 

Solamente respondí que sí, que hacía mucho tiempo trabajaba yo en el INEGI y Joaquín se hacía pasar por misionero cristiano para pedir dinero de casa en casa y les dejé ver a los dos que yo ahora tenía orgullo de escritor pero ciertamente un poco apantallado por su belleza (no es que sea despampanante, pero tiene algo, un aire pesado y sensual, hueso duro de roer—le dije de regreso a Joaquín en el metro, y él había pagado la cuenta de la cantina, por lo menos.) Pero le escribí su nombre y un poema famoso de Ernesto Cardenal en una servilleta y se lo regalé junto con mi e-mail, mientras la cantina retumbaba su escándalo futbolero y quizá ese detalle hizo que me prestara mayor atención de lo que yo había supuesto cuando pensaba en mis posibilidades con ella. (La segunda vez que nos vimos me enseñó esa misma servilleta pintada con su lápiz labial). Joaquín volvió a Carcelona y prometió regresar por estas fechas, pero tres semanas después, tras de vernos casi todos los días, Dorinda y yo ya éramos pareja, nos habíamos encontrado muchas semejanzas ciertamente, (¿o será que los cuerpos se parecen en la juventud?, ¿o será que necesitábamos creerlo?

 

 Era cosa que platicábamos mucho, como si se tratara de un modesto psicoanálisis mutuo, basado obviamente en el aroma y el picor de la hormona furiosa) y tres meses después, con la publicación de mi libro, Dorinda se puso  hecha casi una fiera de felicidad por su nuevo writter chilango cuando supo que 30,000 mil pesos me correspondían gracias a mi veta literaria y a dos que tres secretos personales que decidí publicar como grandiosos proto pecados libertinos en una antigua historia en la que, de repente, surge un narrador en tercera persona que narra la historia de los otros personajes y se propone algo como juego de muñecas rusas, todo bajo la cultura posmoderna y las quimeras de la globalización entre jóvenes desamparados como yo, mi novia de aquél entonces y mis cuates.

 

Algo tenía ésta playa, yo sabía que tenía que volver, sentir que podía realmente triunfar en el mundo literario es cosa que honestamente todos los escritores de mi generación aplazarían para más tarde, considerándolo como una seria posibilidad sólo distante en un país como éste; pero ratificar los méritos que el jurado había sostenido sobre mi obra, al lado de Dorinda, aquí en Cerro Hermoso, se antojaba inolvidable y además, ella estuvo encantada con la invitación y hasta una noche me besó la mano en agradecimiento, a lo que yo, como recomienda el proverbio, solamente me hice pendejo y me dejé envolver por sus besos.

 

Una hora y media después de un viaje zigzagueante y agotador en camión desde la Terminal Sur de Taxqueña hacia Puerto Escondido, y de otro camión foráneo que tomamos en el atardecer en la costa, hacia ese sitio del tasajo (íbamos parados por tanto movimiento y  se me ocurrió empezar a piropearla con Ernesto Cardenal  y los demás pasajeros nos desearon una “feliz luna de miel jóvenes, cuídense mucho”) Dorinda y yo nos encaminamos en un taxi en medio de la selva rumbo a Cerro Hermoso. La noche era perfecta con esa fresca sensación de aventura y yo estaba ávido de noches libidinosas y traviesas con Dorinda. Recordaba a un tal señor “Amado el de las aguas frescas” de la vez que vine con Joaquín y pregunté por él, pero según supe por otro lugareño, se había marchado a Detroit de ilegal en busca de un trabajo mejor que ser pescador de langosta o de estar rascando su guitarra y su pobre garganta frente a los turistas a cambio de unas pinches monedas... Eso es lo que le pasa a la mayoría de la gente que vive en playas como ésta: uno se imagina, como tal mundano de la megalópolis, que éstos tipos se lo pasan a toda madre pescando langosta, tumbándose en las hamacas para decir: ―¡Óyeme güera, dame otro pescado y otras chelas!— y luego, de vuelta a empezar con lo mismo al infinito, pero en realidad le tienen un odio al aburrimiento y a la pobreza, que los hace largarse.

 

Las playas casi vírgenes como Cerro Hermoso, cuando no es temporada de paseantes, están llenas de madres solteras y niños llenos de arena en la cara. O por lo menos eso pude constatar en las tres veces que fui y que no era como la playa de Maruata donde hasta con heroína te puedes empachar unos sospechosos huevos rancheros a pocos metros del famoso peñasco “El dedo de Dios”, en medio de casas de campaña de gente difícil de ubicar entre juniors o iletrados pobres diablos.

Antes de llegar, se había iniciado una conversación entre dos individuos y Dorinda, que venía entrevistándolos (ella siempre tan simpática, tan popular con los efímeros desconocidos) a bordo del taxi, recomendándoles que no se fueran de ilegales y que qué bueno que les gustara la onda grupera (no como al novio suyo, que era un sofisticado mamón, pensé que quería decirles en realidad). Los interpelados se perdieron bajándose en unas casas tres minutos antes de la playa, en un poblado sobre la vereda al lado del río que entra desde Cerro Hermoso (donde poco después casi muero en un intento de aprendizaje de arrancar ostiones de los corales) y le regalaron unas conchitas de mar con las que estuvo tomándome el pelo un buen rato. Después nos llegó el turno de bajarnos, ya en la zona de las treinta palapas, buscamos inútilmente a Amado, gritamos  en todas las cabañas: “¡Hooolaaa! ¿Hola? ¿buenas nochees?”, a lo que nos respondieron unos niños descalzos que Dorinda   delicadamente les preguntaba sus nombres y les hacía plática, diciendo que en un rato algún adulto saldría detrás de la cortina anti moscos de la palapa donde dejamos nuestras mochilas. Dorinda tenía ganas de darse un baño; en el bolsillo yo traía cerca de 20,000 mil pesos y quedarnos a dormir en esa palapa, adentro de su tienda de campaña, era la opción más apropiada, así que indagamos dónde podríamos pasar a darnos un regaderazo.

 

—Pues ahí está, aquí es— le dije a Dorinda mirando una regadera para quitarse la arena de los pies, al lado de la cual, a esa hora de la noche, se podría decir que era un baño sui generis sin ninguna pared más que una cortina y además, con vista panorámica hacia el Pacífico. Dorinda se me quedó mirando unos segundos, esperando una acción de mi parte. Inspeccioné cual era el lado del agua caliente y me comencé a desnudar y le dije que no esperara algo más místico o críptico que eso (algo  acorde con su forma de ser: eso era lo que la hacía interesante; nunca una queja, nunca recurría a la dependencia, podía comer lo que fuera y le encantaban los viajes entre otras cosas), que la serie de Tom y Jerry o La Pantera Rosa en una televisión modelo antiguo para finalizar el día, además de un par de cervezas y, que si nos iba bien, alguien nos haría de cenar arroz con pescado. Inesperadamente, se echó a reír y se fue desvistiendo, diciéndome ―ese Jáuregui, qué espontáneo, ni quien te viera mi rey-; afortunadamente el agua estaba igual de fría que la cerveza, ya que el calor en Cerro Hermoso, aunque sea de noche, es el equivalente en las pláticas a lo que la política lo es en la ciudad de México, es decir, es un tema de bastante consideración y desconsiderado con quien de ello platica; sudábamos después ya vestidos y de los moscos se sentía no el picotazo sino lo tupido.

 

Ya al terminar, Dorinda celebró la naturalidad de nuestro primer viaje juntos, con su risa y sus palabras en italiano: ―andiamo, Jáuregui, andiamo, vístete flojo—. Como sólo una mujer enamorada puede, el hecho descabelladamente mágico de casi apenas conocerme y ya estar conmigo en una playa, bañándonos muy espontáneos a la luz de la luna y era lógico que la teoría, la maldita teoría lógicamente estudiable de este mundo ilógicamente incomprensible, estaba lejos, hasta los libros por estudiar en la ciudad de México, ya que recién había egresado de la Escuela de Escritores de la SOGEM, y había mucho por estudiar y escribir mientras que ahí, había toda una localidad por descubrir y, sobretodo, toda una mujer por redescubrir. Al poco rato, ya con ropa de playa y cerveza fría en la cabaña de uno de los lugareños, la televisión la tenía entretenida (aunque evidentemente su interés no le prestaba ni el más mínimo crédito: Dorinda siempre tan ideal y sintonizada a todo momento, y el momento para sintonizarse era la noche inabarcable además algo de mí, quiero suponer) y todo parecía indicar, desde ese instante del regaderazo, que ese viaje daría de qué hablar en nuestras mitologías personales como sólo la magia del primer amor (que es todo gran amor) puede hacerlo, o por lo menos eso imaginé después cuando nos columpiábamos en las hamacas de relajo, pero realmente Dorinda venía con ganas de comerse el mundo a puños así que, a falta de mejor actividad a esa hora y con el cansancio del viaje, ella decidió que nos acurrucáramos  bajo una palapa vieja semi alumbrada para, entre otras cosas, despedazar, gracias a su gusto,  la personalidad de alguno de nuestros amigos de México con nuestra plática y otra tanda de cervezas y uno de sus típicos churros de mariguana al igual que sus  torpes arrebatos de ternura.

 

Siempre eran amigos míos a los que les tocaba la suerte de ser quemados, ya que Dorinda no me había dejado conocer ni a su familia (lo que más sabía yo de ella era su afición a las matemáticas; había dejado la carrera en cuarto semestre y, por otra parte, su pasión por la vida anecdótica, de esas sí que me sabía todas; quiero decir, cada vez me sabía una más); debido a esto, me pidió que habláramos por teléfono con Joaquín; el basto polo positivo, el único de mis amigos que le caía bien y que seguramente a esa hora estaba roncando en algún barrio de Barcelona, (que bien podía ser el Albaicín y Concell de Cent, si es que ahí lo había agarrado la madrugada).

 

No me pude negar, aunque ya estaba bastante cansado por el viaje e impaciente por dormir con ella nosotros solos; ella sabía que traía dinero suficiente y la dejé que marcara a su gusto por celular mientras iba caminando hacia el mar y se escuchaba el oleaje arremetiendo contra la playa. Mientras ella hablaba y se alejaba, empecé a divagar para mis adentros sobre la trama tejida entre los personajes de un libro de Milan Kundera que estaba leyendo y quise buscarlo en la mochila; el libro era La inmortalidad y seguramente eran los monólogos en el limbo entre Hemingway y Goethe lo que me quedé revisando a tientas en la oscuridad cuando regresaba Dorinda, que venía riéndose y sólo alcancé a escuchar que decía:

—Órales güey, te lo paso.

 

Hablé con Joaquín y escuché que estaba bajo los efectos del hash y tocando la guitarra efectivamente, en la soledad de su departamento del Albaicín y Consell de Cent, seguramente en uno de sus ratos bohemios y nostálgicos, pero algo me hizo sentir que se había producido algún secreto no muy a mi favor entre Dorinda y él por el teléfono, una cosa que regularmente intenta Joaquín con mis compañeras (además de querer robármelas) pero ¡qué diablos! ¡No me iba a comportar como celoso paranoico siendo que el otro estaba hasta el otro lado del mundo! En la noche, Dorinda se veía muy hermosa con el pelo mojado y su blusa y su pantalón de batalla. (“Es una batalla quitárselo”) pensé, tal vez, o tal vez lo dije después riendo, pero cuando colgué con Joaquín prometí volver a hablarle mañana, Joaquín sólo dijo: “Pssss, vas maestro” y no le pregunté nada sobre la llamada a Dorinda.

 

Comencé a decirle a esta mujer por qué me gustaba tanto ese lugar; al día siguiente —dije— verás cómo se eterniza la playa hacia la derecha, mientras que por el peñasco de Cerro Hermoso crece la marea. La vez que venimos Joaquín y yo conocimos unas chavalillas  del Distrito; cuando se enteraron de mis libros quisieron que les hablara sobre poesía y libros toda la noche. Estuvo chido, armamos una fogata y Joaquín tocó la lira. Claro, dijo ella, y ¿no te acostaste con ninguna? “No, evidentemente, no…” Cuando Dorinda me hacía ese tipo de preguntas, en parte por coquetearme, en parte por joderme, ya fuera verdad o fuera falso, era mejor mantener caballeroso y administrativo silencio. “No te creo”, dijo con aire inalcanzable, se untó crema en los hombros anti-mosquitos y se levantó de la hamaca para mirar el mar más allá de lo que las luces de las palapas pudieran alumbrarla; solo alcancé a ver su sombra y su ropa blanca agitándose al viento de la noche y sentí que ella tomaba una decisión frente a la noche del inmenso mar; por unos segundos creció mi amor hacia ella y suspiré aliviado. Estaba consciente de que desde que había ganado el premio estaba viviendo los mejores días de mi vida y sabía también, o por lo menos empezaba a atisbar, que tanta felicidad no podía durar ininterrumpidamente. Me unté crema yo también y la cerveza ya me estaba mareando.

 

Una mañana, hace mucho tiempo, me desperté en mi casa de la Ciudad de México y recibí dos llamadas: una era para avisarme que había ganado el premio… (momento: esa llamada lo primero que hizo fue quitarme el tormento de haber abandonado la carrera de sociología en la Universidad La Salle… lo que mejor me salía era la crítica a la Escultura de Maestro Kauduro que ahí exponía por aquél entonces), la segunda llamada era la de mi padre, que me invitaba a desayunar en un Sanborns. Cuando llegué a la cita y le dije a mi padre que había ganado el Premio, supe que en el desayuno no tendría que hacer buches de arrepentimiento con la comida que él pagaba y, además, para mi suerte, por entre la gente que estaba pagándole a la cajera, alcancé a ver a José Vidente Anaya, mi amigo el director de la revista de poesía Alforja, todo él tan poeta, tan budista y tan chamánico, que se da el lujo de verse con esa barba de visionario y siempre bien vestido. Me paré y le hablé. Le dije que me había ganado un premio y yo creo que fueron muchas noticias para un instante: mi casa queda lejísimos de ahí para estar un día entre semana desayunando en ese Sanborns que a él le queda tan cerca; sin embargo, asombrado de verme, Vicente me felicitó y se fue.

―Muy bien, te felicito–, dijo mi padre también y días después vino la ceremonia de premiación y etcétera, en fin, un éxito, ¿pero, realmente vivir de eso? Imposible, triste y llanamente. Precisamente como es imposible, supe que tenía que barajear mis cartas muy rápido antes de que volara el dinero inútilmente y convencí a Dorinda unos pocos días después de ir a ver al maestro, además, para que no se nos fuera el encantamiento en el que claramente ya estábamos flotando.

 

Se trataba de una lectura de poesía en La Casa del Poeta, quien leería era Laura Jáuregui, poeta de Saltillo y ex alumna de Vicente, así que le dije a Dorinda que ese día las cervezas sólo nos las imaginaríamos y que deberíamos ir. “Sipi, pero ¿cuándo hablaremos de matemáticas, compartir mis gustos? Siempre hacemos lo que a ti te gusta, mi cabroncito.” me dijo. “Las cheves nos gustan a los dos y no exageres, además ni siquiera me has dejado conocer a tu familia”. “Bueno, ok sí bonito, quieto, vamos a la lectura, pero de mi familia ya ni preguntes porque ya sabes que me llevo mal con ellos”. Así que fuimos caminando de mi casa a La Casa del Poeta y, contrario a lo supuesto, el evento lucía un tanto desangelado. Subimos las escaleras, pedimos refrescos y saludamos a Vicente y a Laura; después ella leyó unos poemas regulares desde mi punto de vista y Vicente hizo reflexiones en torno a la poesía. Intenté rebatir a Vicente en la ronda de preguntas (“categóricamente ésta poeta no tiene futuro y para colmo tiene mi mismo apellido” pensaba yo para lucirme con Dorinda), pero el autor de Híkuri, Peregrino y Los Poetas que cayeron del Cielo se las ingenió pacíficamente y con tranquilidad, para acabar diciendo entre líneas que todas las voces de todos los poetas se necesitan, que no fuera excluyente, etcétera, creo que hasta de machismo literario fui acusado aquella vez (ah Vidente, te odio sabiéndote más encurriculado en los menesteres literarios, porque yo sólo estoy enculado por ésta vieja, perro desgraciadamente enamorado, a estas alturas, todavía queriéndole robar imágenes al viento sobre ésta mujer que se me desdibuja cuando la pienso y la disparatada acuarela de la melancolía no  logra aceptar que ya se ha ido; pero te abrazo, definitivamente para siempre por tu amistad a toda prueba y tu generosidad y todo lo que has hecho, vaya inmenso, José Pacheco Anaya). Al final, Laura Jáuregui regaló hojas con sus poemas y dibujos y fue muy aplaudida, hasta a mí me regaló uno que conservé durante muchos años, pero yo veía a Dorinda, sentada a mi lado, que al parecer no le hacía ninguna gracia la poesía de aquella poeta (Dorinda siempre la mejor de las mujeres: Le pregunté: “¿Qué te pareció la lectura?” Evadió mi respuesta y me sonrió con ironía: “Tú eres mejor poeta mi rey”.). Mi ego se sintió invocado así que deslicé mi mano por la mesa para tomar la suya y le di un beso estilo buen caballero. Y sólo nos despedimos y nos fuimos. Pero me di cuenta que aquello de conocer a Vicente realmente la fascinó: unos días después, mientras nos acabábamos una botella de ron con otro colega escritor, Dorinda aplaudía en mis barbas esa grandeza de Vicente: “Si lo vieras Enrique —le decía a mi amigo—, Vicente es un señor todo tranquilo, toda su voz, toda su cara, su presencia irradia una tranquilidad magnífica, de veras Jáuregui, gracias por presentarme a ese hombre”.

 

Así era la cosa… Dorinda estaba tan encantada de conocer al Vicente Anaya que aún borrachita se atrevía a decírmelo, dejando clara la ambigüedad de nuestro amor. Esto tiene su porqué. Hay algunas mujeres que van por la vida escudándose de los hombres y no se dan cuenta: eligen amigas súper atractivas, eligen hacerse hermanas de sangre de la sexy, de la chic, de la más buena, de la femme fatale, en fin; todo con tal de que a la hora de estar con los hombres no las vean y vean a la amiga y ellas sientan la compañía y aprendan a copiar el tejido. En las actividades de los hombres, por ejemplo las típicas parrandas del dar el rol en la nave carísima con el consabido súper auto-estéreo, consiguen pensar: “que vean a mi amiga, yo no valgo tanto”, o para una anti demostración: ―¿Qué tanto le verán a esa? ¿Por qué no me ven a mí que soy experta en la poesía de Ana Ajmátova?– Lo más increíble de Dorinda  era que estaba tan segura de sí misma que lo único que necesitó fue a Joaquín, mi mejor amigo, para conocerme, además de su delicadeza que discretamente descollaba, que debajo de esa piel vivía un huracán. Ah Dorinda… he de reconocer que sentí un suspiro, eso significaba salir al OXXO a comprar más cerveza.

 

En cuanto a belleza interna, las mujeres que desarrollan cualidades masculinas son las mejores; me gustan: independientes, guapas e inteligentes, obviamente, pero cuando te siguen hasta en tus vicios masculinos y lo hacen (porque bien lo sabes), que lo hacen por ti, ya cruzaste la Muralla China y cenas en París todas las noches tu último Gran Tango. (O debajo de cualquier árbol, por decirlo prosaico) De Dorinda nunca conocí un solo amigo o amiga (sólo sabía que me odiaban porque según ella me decían desde lejos: “Es el nuevo tarolas pendejo que la había conquistado con su poesía”. Tristes pendejos: pues ¿para qué chingados creían que escribía Octavio Paz sus poemas amorosos? ¿Acaso creían que había falsedad en esos poemas? Ya que realmente en este mundo y en éste país todo conspira para que nadie escriba —¡Si casi ni siquiera se lee!—, entre Vicente y yo teníamos la teoría de escribir como guerrilleros, como amantes, escribir radicalmente quiero decir, como si cada texto fuera el último, el testamento de cada noche afortunadamente postergado y ya en trámite de publicación, escribir hasta en las servilletas del restaurante en un momento reflexivo de la conversación. Escribir incluso que me miro a mí mismo escapándome del escritorio hasta escalar  el techo del cuarto y verme con las manos sobre el teclado escribiendo con los pies clavados al techo ya con el punto final del texto perfectamente identificado,  dejando la voz a micrófono abierto sobre el papel, escribir, siempre escribir, escribir hasta para criticar al pinche Octavio Paz o al pinche Carlos Fuentes, que por cierto, de pinches no tienen nada, más que lo grandes entre grandes que fueron, son y serán bastante tiempo en la literatura universal.

 

Dorinda ante mí se comportaba como toda una hembra de mundo sin necesitar a nadie más para respaldarlo, ni siquiera a su madre, ni siquiera su hermano tarado wannabe baterista, que nunca conocí pero me mandaba saludos con ella. “¿Qué te cuenta tu amigo Vicente Anaya?” Preguntaba Dorinda. “Nada —decía yo—acaba de terminar un libro de ensayos en que refuta las ideas de Octavio Paz.” “Y tú mi rey —decía— ¿Por qué no haces un ensayo sobre la poesía de Ernesto Cardenal?” “Porque ese ya tiene su lugar”. “¿Cuál?” “Tus piernas”.

 

El sexo con Dorinda era de lo mejor después de que el trabajo me quitara las energías, normalmente nos quedábamos todo el día en mi casa cuando yo regresaba de mi trabajo en la UNAM (yo solamente trabajaba miércoles, jueves y viernes como asistente en uno de los Institutos de Ciencias De La Tierra) y después ella llegaba a mí casa, bonita y lanzándome besos a la distancia, como si me la encontrara recogiendo uvas en un laberinto de arboledas, entonces comprábamos una botella de ron o unas cuatro cervezas y luego nos acostábamos y me auxiliaba Ernesto Cardenal en la sección de piropos; ya ebrios y desnudos, oíamos  a La Maldita Vecindad o Peter Gabriel o Men at Work o Dire Straits y entonces nos echábamos uno o dos polvos, como se decía antes. Siempre era yo el que se dejaba llevar más que ella: una noche en que llegamos juntos al orgasmo, me dijo cuando me le abalanzaba encima para besarla y ella quería ver el signo del placer que me provocaba:

 

—Oye Mateo, mira nada más qué carita… eres un niño híper cachondo…

 

Y así quería yo estas vacaciones: para follar con ella como loco, como siempre lo he sido, como animal deseante y desdichado schopenhaueriano, vaya Dios, vaya cosa. Cuando regresó de ver el mar ella misma armó la tienda de campaña, adentro de la palapa, el oleaje se escuchaba fuerte pero sin problema. Ya eran cerca de las doce de la noche cuando nos metimos, yo me imaginaba que podríamos hacer el amor para celebrar haber llegado victoriosamente hasta esta playa oaxaqueña, pero con esos guiños que se hacen entre sí las parejas (sobre todo lo hacen las mujeres) me dio a entender que estaba rendida y que ya la dejara descansar. ¿Descansar? dije un tanto asombrado cuando la entendí. “Mira Jáuregui, todavía no sabemos quién ande por ahí, así que mejor tranquilo ¿no? mejor ya acuéstate corazón”, me dijo un tanto exasperada y pues ya ni modo, me tuve que dormir con el pene latiendo furiosamente toda la noche. Yo sabía que la playa de Cerro Hermoso era tranquila. Pero la dama siempre es la dama, era la dama, la utopía de carne y hueso y, había hecho finalmente, temblorosamente, acto de presencia.

  

 

Regreso

 

Estoy escribiendo la frase: “a la mañana siguiente”, pero si fuera leal a mi cuerpo y a mi depauperada investidura de poeta maldito posmoderno (o lo que es lo mismo: es un decir), no haría sino aclarar que amanecí con una erección tremenda, pero que también había soñado toda la noche persiguiendo mis propios pensamientos (para que Dorinda no me los alcanzara) y efectivamente, tuvimos un cierto acercamiento espiritual durante la noche, pero de eso no me interesa hablar, a menos que a alguno de mis lectores le interese la descripción del estado anímico del cerebro masculino en estado beta mientras eres mimado y devorado psicológicamente por el eterno femenino que estaba al  lado. Eso sentía en mi sexo, pero en el estómago sentía las arenas movedizas de las cervezas con su repercusión inmediata en la cabeza; es decir, el exceso, la decadencia (y supuestamente ya no soy un simple compadre, ¿eh?). Por tal motivo, supongo (aunado al sentimiento que tengo de siempre estar al pendiente de mis parejas cuando duermen y de que duerman bien), me levanté cerca de las siete de la mañana y con la resultante sensación de extrañeza. ¿Dónde chingados estoy? Para averiguarlo abrí la tienda de campaña; Dorinda seguía dormida con la boca entreabierta, y al ver su respiración en sus senos me provocó cierta lujuria, quise hacerle el amor sin que se diera por enterada. Pero ella se dio cuenta cuando yo estaba quitándole la ropa de la cintura para abajo y  murmuró: “auch… niño… espérate… mi rey déjame dormir”. Luego entonces me vestí como pude y salí a caminar en la arena, la luz del sol venía ya en camino por lo más claro del cielo oaxaqueño y se escuchaba música grupera río adentro.

 

Saludé a la señora que nos había atendido la noche anterior y por más esfuerzos ridículos que hice para tratar de re-fabricar el día anterior, solo caían en mi conciencia como los pasos de algún médico solitario en un quirófano, el sonido sordo de las olas, una tras otra, y la arrolladora sensación de libertad que da ver el mar hacia lo lejos, ver correr a los niños autóctonos por ahí y sentir que realmente todo, todo, es curiosamente muy chistoso cuando se analiza desde la sencilla simpleza y crueldad del cosmos y se manda por un tubo a los robustos argumentos de los grandes filósofos.

 

 Prendí un cigarro y me tiré en la arena. Un cangrejo de medio tamaño me veía desde su cueva, lo espanté y corrió a la derecha. Como música de fondo y en la sección de alientos del paisaje estaban los pájaros y las gaviotas, picoteando y cazando lo que fuera.  En esas estaba, cuando media hora después salió Dorinda como una guapísima y misteriosa gitana de su tienda; vestía de blanco y llevaba huaraches y el pelo recogido, me fingió un gruñido desde lejos la coqueta y me mandó besos; yo hice lo mismo y después la miré irse hacia los baños; creí que ya tendría ganas de desayunar o algo así.

 

Volví a repasar a Milan Kundera, que aguardaba en mi mochila. Ese checo hijo de la gran putísima (es un decir: ¡Qué Jefe sería vivir de la Literatura Universal!). Nunca nadie supo que yo tuve ideas parecidas a ese checo sobre la Poética de la Novela cuando publicó su ensayo magistral: El Telón (afortunadamente, ya no importa: hay gente que puede comprobar lo que digo, algunos de mis alumnos, por ejemplo). En realidad, cuando viajo sólo leo en los camiones; (antes era posible, ahora es sólo una utopía debido a la robótica idiotez de la película ñoña que te receta a huevo el camionero). Yo creo que me resultaría insoportable leer bajo una sombrilla en un Five Stars con música lounge a medio volumen a mis espaldas. Soy de la clase media, si es que eso significa vivir un año bien y otro quién sabe cómo, pero no soy aficionado a los cuadros hechos a base de lugares comunes (la vida que me ofrecen los Sanborns me aburre). Detesto la gente que va al baño y se lleva un libro para leer o peor: ¡la gente que lee mientras come! ¡Por Dios Santo, esos sí que son rematados idiotas! (Incluso una vez comencé a discutir con una cajera —a la cual le había tirado los perros, (obviamente) de la librería del Fondo de Cultura Económica, a un lado de la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo, precisamente porque la Gandhi tenía un separador de libros en su mesa de detalles, en el cual se mostraba un excusado y se hacía clara alusión a la lectura). Tuve que aclarar, apegado a las buenas maneras, que la gente que de verdad lee y le importa lo que lee, no lee en el baño. Y la cajera me dijo “ven mañana, pasa por mí”. Y ese mañana nunca llegó.

Ya me había acabado el segundo cigarro cuando Dorinda llegó hasta donde estaba parado como vigía contemplando mi reino imaginario: “¿Qué hacemos hoy mi rey?”, me preguntó. “¿A poco tan temprano y ya estás aburrida?” Ella negó con la cabeza remojada. Posdata al párrafo: Debo decir que Dorinda, entre sus muchas anécdotas salvajes, la última consistía en un proyecto de robar una tienda OXXO. ¡Sí! ¡así como suena! ¡Asalto a mano armada, según decía! Y decía que sí se atrevería a hacerlo; de hecho, durante el camión Ciudad de México-Puerto Escondido, había hablado varias veces por celular al DF con un tipo que, según el dicho, llevaría a cabo el atraco; le preocupaba que el tipo no hubiera conseguido la fusca. No sé cómo remataría el párrafo otro escritor: yo sólo sé que me valía madres, sabía que era puro blof y que nunca lo haría. Para mí, eso era puro folklor de sus amigos de Tepito.

 

Pero había otro detalle: ella quería que yo despedazara el vitral de uno de los anuncios que hay en la parada de los camiones y sacara de ahí un poster enorme de los Rolling Stones; ese era el tema recurrente y donde terminaban todas nuestras pláticas últimamente; confieso que me daba la gana de hacerlo, confieso incluso que por ella sí lo hubiera hecho, pero ella quería tantearme, ver hasta dónde caía yo rendido y salía lleno de rabia con un martillo a destrozar el parabús para regresar y darle el famoso póster de la lengua de los Stones. No sé si fue por mala o buena suerte, pero nunca lo hice, tal vez si yo fuera un tanto más surrealista, por la muy jodida cabrona hubiera salido a las calles de la ciudad de México, por ahí cerca de mi casa o quizá habría agarrado un taxi que me llevara a Ciudad Satélite y traerle lo que fuera, quizás me hubiera robado un auto-estéreo, total, nunca agarran a los ladrones de estas cosas, ¿Verdad? ¡Chale! Ya me parezco más a mi doble personalidad.

 

 

Segunda noche en Cerro Hermoso

 

Tres de la mañana o quizá las cuatro.

…Mira cómo se ve el cielo adentro de la tienda……………..—yo también te amo………………mira y mira mi sentir…………¿ese eres tú de chiquito en esa foto?......................mi madre y mi hermano… . ..olvídalo…………..creo en el destino……….¿cuál es tu poeta favorito……?…………..ahí voy Dorinda, ahí voy…………….todavía…………..todavía no……………..puedo creer……………………..que te ganaras ese………………ya llegué, estoy….

contigo……..oye……tú……………sabes……………..mis……………problemas………¿ o no?.................sipi…………..ok…………—mira……………….la…………………………. galaxia………………mira…………………¿quién ama a quién dijiste?....................................................................jajajajajajajajajajajaj!.................................... …………oye…………………¿de qué te ríes?...............de nada mi rey…. Voy a salir a llamar a México, ya sabes que yo creo en el destino ¿no mi rey? aguántame..........................................................este…………………….¿qué?..................................................

              ¿Dorinda?.............Pinche Dorinda de seguro ya se salió a fumar su gallo y cuando regrese va a querer que asalte una tienda OXXO como prueba de amor, mejor ya de perdis que me pida unos tacos corridos.........................................................................................................................................

 

 

 

Daniel Sada y Salvador Elizondo

 

La mejor novela de Milan Kundera es La broma, a no dudarlo; según el maestro Daniel Sada en un taller de novela que ofreció en el CNA a unos cuantos despistados aprendices de novelistas, dijo que Salvador Elizondo a su vez decía que no entendía las novelas de Kundera y que le decía: “¡Oye Daniel, ¿qué chingados me quiso decir este checo?” (Seguramente en La Inmortalidad de la Cultura Mexicana: un cielo lleno de porquería y extrañando el Templo Mayor para ir a visitar, Daniel Sada y Salvador Elizondo tendrán tiempo para discutir sobre el tema, pero eso que lo escriba otro). A mí siempre me da la impresión de que sí lo entiendo. Kundera y sus siete partes. Kundera y esa cerebralidad que, según Philip Roth, viene a ser algo así como un psicoanálisis de la política y un preguntarse en unas cuantas palabras lo que conforma un buen personaje literario, su decodificación existencial. Aah… casi me siento eyaculador precoz de la felicidad que me da recordar a ese viejo Milan Kundera y mi muy personal y joven lectura de La broma.

 

En México seríamos felices si cada generación escribiera su broma, (déjenme tomar un trago de agua o Coca-cola, déjenme decir bromas: también Sada y Elizondo se decían cosas así entre ellos), en fin, si así se pudiera; significaría que en México no se ha vuelto un simple fenómeno de mercado la literatura, domesticado y sólo al servicio del billete del sello editorial: en cambio, existen muchos libros marginales, escritos prohibidos y personajes non gratos. Así es la lógica del mercado y según esa lógica yo soy un Cristóbal Colón que ha conquistado el otro hemisferio de su cerebro, así que si quieren música me la deben de tararear o taquigrafiar como El Sonido de Rulfo y ya verán mis solos de batería.

 

Parece que realmente esos pinches pensamientos prefabricados me ocupan ésta mañana mientras abro mi mochila adentro de la tienda de campaña y veo el libro de Kundera y mis demás aditamentos mundanos; saco mis lentes de sol, mi ropa de baño y el discman con la voz de Mano Negra y sus ritmos experimentales, mientras Dorinda  hace como que se cambia de ropa y se pone su negro traje de baño de una sola pieza y que le luce muy bien, pues deja ver esos muslos de cohete enamorado y esos hombros delicados que siempre beso con un deseo furioso en un murmullo, para irse a asolear junto a los pocos paseantes que hay esta vez en Cerro Hermoso, entonces se enciende algo de mis talones a la maceta y logro entender que soy feliz, que sí, que todo ha valido la pena, que quizá la suerte sí me acompaña, salgo primero yo, luego ella, la veo salir de la tienda, toda ella ícono de mi amor y de la hermosura, oigo los sonidos de los pelícanos, los veo cómo viajan en hilera como aviones de combate en formación “V” sobre las olas; también recuerdo porqué a Joaquín le gustaban tanto los cangrejos, y entonces me dejo de decir tonterías a mí mismo por la cerveza y dejamos al  mar que de una vez nos toque  los pies.

 

Nos vamos caminando hacia la izquierda de Cerro Hermoso mientras le cuento mis ideas literarias, políticas o sobre el cine de Bergman o Stanley Kubrick o Woody Allen a lo que   ella, poco a poco, con lentitud, con  suavidad, sintiéndose animada, comienza a dedicarme este momento, es decir, empieza a hablar y evocar y así, entro en la vida anecdótica de Dorinda, recuerdo partes de mi propio pasado junto a ella mientras caminamos como tortolitos en su idílica burbuja transparente, no más qué decir más que quiero ese refugio y que me apapachen como a un tigre dormido. De igual modo que entro en la vida anecdótica de Joaquín, con Dorinda al lado siento que cargo con una bandera enorme que dice: “ACÁ ESTÁ MI CHAVA CABRONES”, ella entra al agua, las olas la recubren hasta los muslos, es muy largo de contar, pero vale la pena.

 

En la noche ¿veremos a las tortugas desovar mi rey?— pregunta Dorinda, sonriéndome con sus lentes de sol, como queriendo complacerme, (no me había percatado que desde que gané el premio me dice ―mi rey—) y eso no sucede en la noche porque Dorinda ya lo ha visto muchas veces, muchas, entre sus anécdotas que siempre me está contando, y pienso que lo que hay que hacer es lo que ella quiera, ella sólo tiene ganas de estar conmigo, no me la creo, no me la creo, absolutamente no me la creo, pero pues sí, Señor Presidente.

 

 

No quiero recordar

 

Fue uno o dos días después más o menos cuando tuve un disgusto con Dorinda; alguna mala plática que ninguno de los dos quiso terminar y ella dijo:

 ¿Crees que vine contigo por tu dinero? ¡Qué pendejazo eres!

A esas alturas de la plática no recuerdo (no quiero recordar, mejor dicho) qué le dije. Seguramente una torpeza romántica medio mamona. Pero no la convencí. Me dijo que yo me quedara en y con la tienda de campaña y que ella se iría dos días a Puerto Escondido a relucir mi cruda moral asoleándose ella sola.

Enfaticé, entonces, una postura de  perro rabioso, le insistí que no echara a perder nuestras vacaciones, le dije “hazlo por los dos, por nosotros” y seguramente seguí diciendo una que otra estupidez polifacética con tal de que se quedara y no hiciera escenas (cosa que realmente nunca hacía: le gustaba la postura del mítico mariscal que sacrifica o promueve un peón en el momento exacto), pero una cosa era segura: a Dorinda se le había metido una idea fija en lo más hondo de su bulbo raquídeo: que yo la traje como parte de mi recompensa literaria. Lo cuál era parcialmente cierto y parcialmente falso; mitad para llenarla de orgullo y mitad para que se enfureciera, ciertamente. La amaba por supuesto, pero su idea fija me obligó a dejarla que se fuera o, para decirlo en otros términos, argumentar de más hubiera sido un punto en contra. Me dijo:

 ―Estoy muy encabronada, no sé por qué, no te preocupes, no me voy a ir a México, solamente quiero estar dos días sin ti y ya no le sigas...”. La miré y la esperé en lo que pasaba de vuelta uno de los taxis entre las treinta palapas, de hecho pagué el taxi, lo que me consoló fue que a la pregunta chantajista del “¿todavía me quieres?” me dijo: ―Sipi, no te preocupes, todavía te quiero– y me besó. Un beso extraño pensé, supuestamente estaba enojada.

 

Hasta ese momento la habíamos pasado sensacional (la langosta que comí inmediatamente estaba muy buena). Uno de varios lancheros que nos saludaban por la mañana o por la tarde, nos había invitado a pescar ostión el día anterior, lo que constituyó, al lado del peñasco grande y en la boca del río que se forma, un adecuado momento para sumergirse siete metros bajo el agua y con equipo para remover el ostión del arrecife, en cuya obligación ética (díganle caballeresca) de sacarlo, por poco me ahogo, mientras el otro camarada muy quitado de la pena bajaba siete, ocho metros y volvía a subir a tomar aire. Mientras, se estremecía la lanchita y la Dorinda, un poco en falta de humor, nos esperaba con mis audífonos al ritmo del inolvidable King of the Bongo y demás creaciones de Manu Chao y compañía.

Después de tres intentos contra el arrecife ascendí torpemente completamente exhausto y sin ningún ostión por última vez y me incorporé para subir; el motor estaba apagado pero en medio de mis tosidos, la Dorinda, toda ella hecha un teatro, me lanzaba porras y frases como un entrenador a su boxeador.

Lo primero que dije cuando me quité el esnorkel y ya la realidad se veía como lo que normalmente suele ser y no neblinosamente azul, fue: “Dorinda, tienes que reconocer que tu hombre es escritor y poeta y no pescador de ostión”.

“Aaahh, ¿sí mi rey? Se te olvidó decir fumador, por eso no aguantaste, pero no te preocupes Jáuregui, si hubiera visto que no salías, me convertía en la mujer maravilla y te rescataba, jua, jua”. La abracé, me le quedé viendo, junté mi perfil a su perfil y le dije: “Eso es lo de menos corazón, mujer maravilla ya eres”. Y un hermoso y largo beso que nadie vio, y si lo hubieran visto, no lo hubieran ni creído.

 

Y ahora que lo recordaba sentado con Kundera en el regazo tres horas después de su partida sobre la hamaca, con un Sprite de dieta, sentía confusión: “¿Por qué se le metió en la cabeza que la traje por mi dinero?” Y la respuesta me rebotaba: “¡Porque es cierto pendejo!” Bajé la cabeza, la verdad es que mi super-yo me estaba madreando para ser apenas las 3 o 4 de la tarde. Decidí dejar el libro y caminar un poco por las palapas saludando a la gente. “¿Ónde está tu morra campeón?” me preguntó el pescador de ostión mientras comía lo que le daba su familia seguramente. ―Se fue a buscar a unas amigas a Puerto Escondido– respondí. “UUU —me dijo— está campeón, no le vayan a dar ganas de quedarse allá.” “Sí regresa”, dije prendiendo un cigarro. “Sale pues.”

A paso lento, pues no tenía nada qué hacer, me alejé unos 500 metros de las palapas, donde el mar se escucha todavía más grotesco y donde ya literalmente hay buitres y perros y demás raras formas de vida inexplicable buscando alimento en las basuras. Entre más avanzaba y el sol se ocultaba entre las nubes, el rostro de la Dorinda en mi imaginación se tornaba espectacularmente descomunal, cual si fuera el de la propia Afros. Terrible, inmaculadamente hermosa. Y mis percepciones poéticas estaban abiertas como cuando le escribía algún poema muy sentido, ensuciándome las venas con la tinta de sus besos o una hermosa mirada sin ningún reproche y humildad. ¿Qué estará haciendo? Dorinda… ¿Qué soy para ti? Misterio insondable…

 

–Hemos convivido tanto, hemos hablado sobre tantas cosas… y al final, como siempre, hace falta hablar tanto sobre el amor, sobre qué cosa será el amor y estar de acuerdo.

 

Después de leer un rato no supe cuánto tiempo había pasado y decidí regresar arrastrando de nuevo la cobija de las lagrimitas italianas. Conforme caminaba, recordé que por angas o por mangas no había devuelto la llamada a Joaquín a Consell de Cent y Albaicín, hasta Carcelona y no dudé en marcarle desde mi celular, casi nunca lo uso, pero pensé que debía traerlo, además traía dinero, como ya se dijo. A esa hora en Carcelona serían las 9, 10 de la noche máximo.

—¿Qué onda ese Joaco?

 

—¿Qué onda Don Premio? ¿Pues qué pasó entre ustedes? Dorinda  acaba de hablarme, dijo que está con unos amigos de México en Puerto Escondido y que se la están pasando a toda madre, yo le pregunté y ¿qué onda con mi broder? O sea contigo, y ella dijo… Mira pinche Jáuregui, carnalito, la verdad no entendí bien, la neta, pero mejor búscala”. 

 

A tumbos con el pasado o esto fue arreglado en 15 minutos

 

Joaquín sabía, desde la vez que regresó a México y fuimos por primera vez a Cerro Hermoso, que yo me había acercado una ocasión a las bases de apoyo del Ejército Zapatista (diciembre-enero del 2002). En ese entonces todavía estudiaba en la Escuela de Escritores de la SOGEM, y no sé de dónde diablos, pero la publicación de mi primer libro de poesía había sido todo un éxito, ni siquiera yo esperaba que fuera para tanto, pero lo cierto es que cuando tú crees en tu trabajo, la gente lo nota y apoya la autenticidad. Lo presenté en Tlaxcala el mismo día del atentado a las Torres Gemelas del World Trade Center y ante los periodistas de sociales que me preguntaban por mis influencias literarias les dije: ―¡Pues la Poesía contra la Barbarie!—. Eran otros tiempos, o, se veía, iniciaban tiempos y morían otros con más celeridad: internet no era lo que es hoy y, por supuesto, no existía la guerra gringa contra “el Terrorismo”.

 

Periodicazo en La Jornada un 12 de diciembre de 2001, sección el Correo Ilustrado: “Caravana Mexicana Para Todos Todo”. “Iremos a partir del 16 de diciembre a las comunidades, Año Nuevo y Navidad, de apoyo a los zapatistas. Se necesitan fuerzas para estar allá compañeros, mayores informes al teléfono […] Visitaremos la Zona de las Cañadas, Morelia, Moisés y Gandhi, La Garrucha y otros Aguascalientes.”

 

Fue un asunto que platiqué mucho con mi padre. Él nunca me lo impidió, no celebró, pero no lo impidió, no me forzó a no hacerlo. Fui días después a la dirección que ostentaba La Jornada, la cual quedaba no muy lejos de mi casa y cerca de Insurgentes, y sintiéndome un poeta comprometido con la causa, hablé con los organizadores: era un cuarto al lado de un sindicato lleno de parafernalia zapatista, fotos de los comandantes, del Sup Marcos y varios retratos de Monsiváis, Saramago con los indígenas, botones del zapatismo en la mesa, etcétera. Había una joven un poco mayor que yo (entonces yo tenía 27 o 28 años) y un muchacho que según mis cálculos estaba en la prepa y traía una sudadera de los Pumas. Me dieron documentos con información personal (cosas que tendría que llevar, cobijas, lámparas, juguetes quizá para los niños y demás aditamentos además de una lista de consejos prácticos). Será que llegué muy rey de la situación porque la chava sólo me dijo:

 

 ―¿Ya has viajado a Chiapas?– Y pensando en mi novela terminada (que ganaría el premio después, en donde venían narradas mis aventuras de trotamundos) dije: ―Sí, conozco bastante, por mí no te preocupes– en un tono fanfarrón a lo que ella solamente sonrió y dijo: ―Fírmame aquí por si tienes un accidente y a quién hay que avisar–. Después de que pagué la cantidad del camión que nos llevaría hasta esa zona de Chiapas, me dijeron la hora en que tendría que estar en el Zócalo para abordarlo. Me sentí feliz.

 

La noche que salimos del Zócalo, después de una junta días antes para aclarar dudas sobre nuestra misión de estrictamente observadores (hay que recordar que Digna Ochoa acababa de morir y ella llevaba el caso de tres zapatistas asesinados: Severiano, Sebastián y Hermelindo), todos los compañeros y compañeras, jóvenes en su mayoría, estábamos entre los folkloristas en un puesto frente a la Catedral Metropolitana y se sentía sinceramente ese fervor por la arrolladora sensación de la aventura clandestina.

 

Salimos a las 7 de la noche y llegamos a las 5 de la tarde del día siguiente a Chiapas, después de unos cuántos imprevistos sin importancia. ¿Serían balazos? nos preguntamos en un pueblo donde dejamos comida y alimentos con unas señoras que ya conocían a algunos de ellos. El grupo se separó. A mí no me tocó la zona de las Cañadas y llegamos a Morelia, el primero de los Aguascalientes, donde seríamos observadores de la situación de los campesinos y los priístas. Mi viaje a Chiapas fue mi oportunidad de ver la realidad del país sin máscaras: “¡arrepiéntete, arrepiéntete!” se escuchaba desde la lejanía en unas bocinas, una pinche guerra psicológica de los priístas hacia un campamento donde un viejo tseltal con cara de sabio dirigía la misa de año nuevo. En ese momento de la misa pensé en mi año que terminaba, pensé en mi gente dorada, en los grandes maestros, casi me sentía volar por el olor a copal que salía de las urnas, hasta que volví a estar de frente en cuerpo y alma con los compañeros y en silencio les dije: “Feliz Año Nuevo a todos, compañeros”. En ese momento acabó la misa. Y no faltaron las interminables discusiones políticas sobre las posturas del sup Marcos o el Juez Garzón o Carlos Monsiváis.

Eternas pláticas con médicos pro-zapatistas, con campesinos, con incluso unos chavos italianos que hacían turismo revolucionario… Sí, ese viaje fue impresionante por lo que aprendí y por lo que descubrí y Dorinda se lo había comentado a sus amigos de los que yo nunca sabía nada: Dorinda quizás me traicionaba en la oscuridad, en la lejanía, pero en el presente había otra situación: era Puerto Escondido y Cerro Hermoso…

 

¿Qué hacer?

 

¿Qué tengo qué hacer? ¡Joaquín: qué te dijo esa vieja, con quién está, ¡dime!

  

La llamada

 

Era como si el mar de la noche me aventara mis propios pensamientos agigantados. Por supuesto que no le pregunté eso a Joaquín, lo primero que pensé fue: traigo bastante dinero, por mí no debo preocuparme, puedo regresarme a la Ciudad de México, inclusive en avión si así lo deseo, segundo: traigo el número celular de Dorinda, pero no, no lo traigo, eso lo dejé anotado en un papel de mi escritorio en México junto a los papeles de mis asuntos literarios, pero por cualquier cosa que pase puedo llamarle desde un teléfono público que hay por aquí o no, ella puede llamarme. ¿Ella puede llamarme?  –pinche cerveza, con la cerveza no lo recuerdo bien–, tendría que esculcar entre sus cosas y eso no quiero hacerlo, tengo qué mostrarle respeto en su presencia y en su ausencia, tercero: en realidad no hay problema, Joaquín dijo eso por joderme… ¿O sí lo habrá? El fulano del supuesto atraco fantástico a una tienda OXXO fue muy mentado durante el camino; como dije antes, ahí era donde reincidían y terminaban últimamente muchas de nuestras pláticas, en eso y en el póster de los Rolling Stones.

 

Es increíble la cantidad de asociaciones que hace la mente en estado de nervios, porque supuse que dicho individuo estaba nada menos que ahí, en Puerto Escondido, con ella, divertidos de lo lindo, recordé que ella se había despedido de mí con un beso, asegurando que volvería a Cerro Hermoso y ella lo había asegurado con su forma de besarme; chispas, tanta más ambigüedad; calculé que incluso, a estas horas de la noche, estarían dándose una vuelta por el adoquín y que entrarían al antro que le señalé a Dorinda cuando llegamos de la Ciudad de México, en donde Miguel mi amigo el Dj tocaba, recordé que incluso ella quería darse una vuelta por ahí antes de regresar a la Ciudad de México y, luego entonces  ahí mismo pedirían tragos, se harían amigos de él, incluso Dorinda podría preguntarle a Miguel por mí y Miguel diría en medio del estruendo musical: “¿Lo conoces? Vino hace año y medio con un amigo suyo y se quedaron en mi casa, pero mi novia, ésa que vez allá haciendo tatuajes, esa es mi novia, hace tatuajes bien jefes, ella los corrió a los dos o tres días y se fueron a una playa casi virgen, según supe después”.

 

Entonces Dorinda tendría toda la sonrisa detrás de los dientes para decir calculadamente: “¡NOMBRE! ¡AH… VINO CON JOAQUÍN!” Y Miguel: “Creo así se llamaba ese güey”. “Y tú —le preguntaría Miguel al otro— cómo te llamas?” Y entonces, pasado el protocolo: al rato nos vemos, tengo que tocar, sale, sale, viene el mesero, qué les sirvo, dos cervezas Pacífico, diría el tipo del atraco a la tienda OXXO, ¿Qué tienes? le preguntaría Dorinda al tercero en discordia que ya amenazaba con joderme mis vacaciones y él preguntaría: ¿Segura que ese güey no vendrá para acá? ―¡Haashh!– se exasperaría Dorinda: “¡Ya te dije: el güey está enamorado de mí, nunca le he pasado este celular, le dije que en dos días volvía!” “¿Y piensas volver?” “Pues claro… finalmente es el güey con el que estoy saliendo”. “¿Y Nosotros?” Ese “nosotros” que decía ese tarolas payaso desde la clandestinidad era lo que más asociaba mi mente con la soledad de la noche y unas olas con otras olas, mi soledad y mi cosmovisión empobrecida, una hamaca con otra hamaca, el viento, un mosquito con otro, una cerveza con otra, una canción de banda con otra sonando en las casas río adentro, un saludo de alguien que pasaba y su respuesta: “todo tranquilo mai, ja,ja,ja”. Yo de escritor, otro escritor de la SOGEM seguramente igual o peor que yo, seguramente fascinado descubriendo a Bukowski y olvidando los autores de clase, etcétera.

 

Pero a esas horas de la noche ya no hubo tiempo para más especulaciones acerca de Dorinda y mi rijoso y encabritado rival, ya que a lo lejos y a pesar de la nostálgica borrachera solitaria, divisé que, al lado de la entrada del río desde el mar, se acercaba la gente, niños, mujeres, jóvenes y todas las personas hasta una lancha donde sólo un tripulante pedía ayuda.

 

Me levanté de la hamaca, corrí como todos los demás hacia la desembocadura, el asunto no se veía nada bien, encontré a la señora que me atendía a mí y a Dorinda y me dijo que su sobrino, es decir, el tipo con el que había intentado pescar el ostión, había tenido un accidente. “En la madre –pensé yo– ¿Se ahogó en el mar de borracho? Chance”.

 

“Se los he dicho mil veces que no saquen ostión a estas horas”, decía la señora. ¿Un tiburón? dije, tal vez, o pensé. “Así estarán las cosas del dinero para que intenten pescar ostión a las once y media de la noche”. Resulta que este personaje ya había pescado suficiente ostión por el día de hoy pero seguía queriendo llevarse todo el ostión pegado al arrecife y que en ese momento –todo totalmente oscuro bajo el agua– con la lámpara que usaba, que vio pasar una sombra en el agua y se espantó, quiso salir hasta la lancha y de la desesperación chocó su cabeza con el bote. “No, si hubiera sido un tiburón ni lo cuenta, fue una tortuga de las que van a desovar en la playa, pero ya les he dicho…, con una chingada”. “Bueno, –le dije a la señora– con la sangre sí puede acercarse un tiburón.” “Eso es lo que no me gusta” dijo la señora.

 

Estábamos cerca de quince personas alrededor de la lancha (yo inclusive todavía con una cerveza en la mano), cuando llegaron dos hombres de aspecto muy serio que parecían ser algo así como los vigilantes de Cerro Hermoso y le preguntaron a la señora con la que yo había hablado: “¿Con usted se está hospedando un joven de nombre  Jáuregui?”

 

–Sí, soy yo, ¿pasa algo?

–Tiene una llamada de Puerto Escondido.

―Dorinda hablando a éstas horas… de seguro ya le pasó algo, mejor espabílate la borrachera y ponte los zapatos”. Fue lo primero que pensé.

 

Lo realmente relajador de tomar unas vacaciones en un lugar remoto como Cerro Hermoso es que tus actos de la vida cotidiana dejan de tomar el carácter de trampa vital, esencial. Del hecho engañoso de que como tal mundano sólo tejes minuciosamente los barrotes de tu propia cárcel cotidiana y finalmente austera. Pareciera que, por unos días, el mundo deja de conspirar contra ti, pero como alguna vez leí una frase de José Agustín: “No todo va a salir como tú quieres cuando estás con una mujer”. Desocupado lector(a): tal vez deberías valorar más los consejos que te da el viejo que saludas todas las tardes cuando regresas de tu trozo pequeño del gran portento…

 

Tomé el teléfono.

–¿Es usted Mateo Jáuregui?

–Ei, sí así es.

–Entiendo que está de vacaciones y que vive en el Distrito Federal y que vino con su novia Dorinda Amézquita ¿cierto?

–Sí, así es, pero/

–¿Y por qué no estaba con su novia hace unos momentos en el adoquín, la zona de los antros…?

–Mire… ¿Quién habla eh?

 

–Le habla Francisco Gómez, soy el encargado del departamento de policía de Puerto Escondido por esta noche… su novia tuvo un incidente…

 

–¿Incidente? ¿Qué incidente?

–Estaba alterada pero ya se tranquilizó, también para que usted se calme la voy a poner al teléfono para que hable con usted…

–Si-sí, pásemela por favor…

 

Del otro lado del teléfono se oían muchas voces lejanas en el cuartel de policía, me imaginé lo peor. Fue un alivio cuando escuché su voz.

 

–Hola Jáuregui…

–Hola… Primero dime cómo estás: ¿estás bien? ¿Qué pasó? ¿En qué te metiste?

–No me regañes… acuérdate del tono.

 

El tono, el tono de la voz, claro, con el tiempo el tono de voz se vuelve indispensable en cualquier relación, sobre todo después de aquella vez que llegué tarde a verla en una cafetería y discutíamos la situación allá por la Espiga, la buena panadería de metro Chilpancingo.

 

–Okey, okey… no te regaño, pero cuéntame… (tenía qué decirlo): por favor, anda.

–Es que me peleé con un gringo en el adoquín.

–¿Te peleaste? Uy querida... ¿Y entonces por qué según me habló Joaquín y me dijo que estabas con unos amigos del Distrito Federal muy a gusto?

–Ya Jáuregui…

–Te lo digo en serio ¿eh?

–Estoy cansada, un poco tomada… ¿no puedes venir por mí?

–A estas horas ya no pasan los taxis que te llevan a la carretera, tú lo sabes, oye, lo siento mucho, pero mañana en la mañana voy por ti.

–Eso que te dijo Joaquín se lo dije para que te lo dijera y te dieran celos… los gringos venían del D.F., al principio nos hicimos amigos, pero ya tomados… huta, y, ¿para qué te cuento? ¿de verdad no puedes venir por mí?

–Dorinda son las doce de la noche, estoy en una playa incomunicada, dile al cuate que me marcó que te atienda bien y que yo mañana le pago una cantidad.

–Mateo… perdóname.

–Ya, ya, descansa y mañana paso por ti, pásame al encargado.

–¿Y bien Joven? –dijo el policía. (ojalá hubieran fluido sus lágrimas…)

 

 

Después de una  noche nauseabunda sin un maldito sueño, más que puras desgraciadas putas pesadillas por la cerveza, más aparte  que los posibles tiburones, que los policías, que los gringos, más aparte la mariguana de Dorinda que había dejado entre sus cosas, a la mañana siguiente desayuné temprano, me bañé en el bañito sui géneris, armé la tienda de campaña y la dejé encargada con la señora que tanto lamentaba que su sobrino hubiera intentado pescar ostión a las once de la noche, de hecho, quise hacer un poco de tiempo platicando con ella cuando le pedí langosta de desayunar y agua de Tehuacán, acerca de qué diría la gente sobre el aciago accidente de la noche anterior.

 

–¿De cuál accidente te refieres…? ¡Del de tu novia, será, ja, ja!

 

Hice una mueca acabando mi plato de “exacto ―qué bueno que me lo recuerda”.

–Señora… ¿Ahí vamos con la cuenta ¿no?

–Sí joven, no hay problema, hasta que se vayan… yo llevo la cuenta, usted váyase a Puerto Escondido, su novia lo necesita.

 

“Mi novia me necesita” Fui pensando mientras me acercaba al taxi que me llevaría hacia ese sitio del tasajo a mitad de la carretera entre Acapulco y Puerto Escondido, acompañado de campesinos de rostro impenetrable que sólo decían de una forma misteriosamente cabrona: “bnos días oven” o pagaban al bajar del taxi. Pinche solo, pinche calor, pinche sol. La gente por ahí vive muy jodida, apenas me acuerdo, pero sí, según esto allá en Chiapas… acá también se dan las cosas… Mis recuerdos al lado de Dorinda, dadas las circunstancias, no se hicieron esperar, afloraron en mi macetón rozagante, por ejemplo, nuestras caminatas de noche entre el Zócalo y Bellas Artes, cuando entre nosotros flotaban los aires del romance aventurero, los descubrimientos mutuos,  las historias de las leyendas urbanas, como el infrarrealismo de Vicente Anaya y su amigo el chileno Roberto Bolaño, o el destino de los amigos… la buena convivencia del pitorreo, así de simple,  la excitación por el otro con alguna  caricia o guiño del ojo, o simplemente el desencuentro, mientras todo conspira en contra  de ese pobre par de enamorados, incluso la enamorada, que duda de la fuerza de su pequeño Tristán, o Romeo, o Leo, carajo, me da lo mismo.

 

Me dieron ganas de llorar ahí, en ese sitio del tasajo, al rayo del sol de las diez y minutos. Llorar por lo jodidos que estarían los que me envidiaban por mi premio, por el jodido amor que qué carajos, ese sí que nadie lo salva, como dice Alejandro Rossi: “para decirlo sin rodeos, un hombre y una mujer al borde del precipicio.” “El amor es así, es un espejismo que necesita realidad”.

 

Pero decir la expresión “me dieron ganas de llorar” es casi un eufemismo, un mito de la mente, un ente de razón como dicen los filósofos metafísicos, una cosa para pensarse como tal, o sea: la pura nada y ni mangos. Ya que cuando tomé el camión hacia Puerto Escondido iba con la conciencia clara y enfurecida de que antes de sacar a Dorinda de su desventura, tenía qué certificar qué había pasado con un personaje que probablemente sabría: mi viejo amigo Miguel el Dj y su novia guapísima que tantos corajes le había hecho pasar a Joaquín hacía año y medio. Así pues, me bajé sobre la carretera pegada a la costa en el fraccionamiento Bacocho, ya muy cerca de Puerto, pero no lo suficiente para no querer tomar de nuevo el camión. Los coches zumbaban por ahí a gran velocidad, además los camiones de mercancía que dicen: “Huevo Bachoco” y recordé que cuando llegamos a Puerto, Joaquín y yo de Oaxaca en la noche de un aventón en el que saboreamos cocos que nosotros mismos cortamos con machete en una vereda, mientras los que nos daban el aventón recogían su mercancía, buscábamos y buscábamos la calle y el fraccionamiento Bacocho y, de igual manera veíamos los camiones de mercancía “Bachoco” y nos metimos entre las calles residenciales y Joaquín prendió un son y me dijo: “Caminante: no hay camino, se hace al andar ¿verdad mi Don Premio? Sí güey pero Bacocho o Bachoco yo ya me siento bien pacheco”, así efectivamente estuvimos un rato celebrando la amistad con los recuerdos de Aguascalientes en unas peripatéticas reflexiones campanudas caminando sin rumbo, hacia la nada, la oscuridad, el ente de razón otra vez, hasta que se asomó un surfista de cierta casa y sí, ahí era, sólo que Mike llegaría más tarde porque estaba tocando de Dj en un evento.

 

Antes de tocar a la puerta de Miguel me asomé a su viejo coche Toyota para comprobar si estaba, no fuera a ser que de nuevo me topara con un surfista y pa’ pronto me corriera. Al igual que los demás coches de mis amigos, éste parecía una extensión del bar favorito o de la escuela, tal cual lo demostraban los envases de cerveza en el asiento trasero; no había que alejarse mucho para lograr ver el mar en el horizonte. Después del fraccionamiento había a lo lejos una bajada en desnivel como de 500 metros y una playa muy ad-hoc, turística, pues, en donde nos la vivíamos Joaquín y yo hace año y medio. A la misma entrada de la casa estaba el descuidado pastito (que seguramente Tamara, la novia de Miguel, pensó que Joaquín y yo nos “atrevimos” a fumar), cuando Joaquín sacó su guitarra y cantamos algunas canciones de su repertorio; toqué pues, esperando que le diera gusto verme, eran las diez y media y por Dorinda había quedado de estar a las once y minutos.

 

—¿Qué onda, qué pedo contigo Mateo? Pásale mi cabrón —me dijo Miguel, que salió en bermudas a abrir la puerta y sobre la mesa estaba la caja de un CD de Stevie Ray Vaughan (junto con muchos otros) que yo le había regalado la vez que me quedé con el Joaquín.

—Ponte éste disco ¿no? –le dije.

—Seguro güey… pero ¿qué andas haciendo en Puerto? ¡Andas sólo de escritor locochón o qué, con quién viniste? Todavía tengo tu libro de poesía… ¿Te acuerdas de Tamara mi vieja? A ella le gusta. ¿Quieres una chela? También tengo la guitarra de tu cuate que me dejaron encargada.

—¿Tamara está aquí? –Le pregunté pensando: “está tan loca y tan tatuada la italiana que va a salir desesperada rogando que me vaya”.

—Ya se fue a la tienda de los tatuajes.

—¿Y tú qué pedo?

—Yo… –dio un bostezo y dijo–: Hasta la noche trabajo…

—Pues ese es mi pedo…

—¿Qué?

—Que no vine solo broder.

 

Y le conté a grandes rasgos mi historia y el asunto con Dorinda que la tenía con la policía, pero se sigue narrando en presente histórico de ésta micro historia dentro de la Historia con Mayúscula lo que pasó después de atisbar el rostro de Miguel con una cerveza a medio terminar y decir:

 

“Ayer en el adoquín, no te miento, la neta, sí hubo una pelea, había una chava peleándose contra un gringo, la chava le gritaba que pagara la cuenta y el gringo no quería, ya molesto, el gringo jaló con su banda y se fue en su carro, entonces se acercó un tercero y ayudó a la chava, todo esto pasaba mientras yo estaba tocando desde la cabina, ya ves que la parte de arriba es un billar con sonido, ahí estaba tranquilo, pero todos se ciscaron  demasiado, cosas de esas a veces pasan, ya te imaginarás, total que el tercero fue el que pagó la cuenta y se fue del antro en un taxi él solo, como que de pronto todos estaban borrachos y se les fue el efecto alcohólico, pero yo no supe en qué terminó, sólo alguien me dijo que llegó la tira. ¿Por qué la pregunta? ¿Qué por ahí vino tu amigo ese otra vez, el de la lira?”

 

Me preguntó Miguel, en honor al recuerdo del descontento cuando Tamara le había dicho que de nosotros nomás nel, nel, nel.

 

No, no, no para nada, fíjate que ese cuate siempre lo recuerdo, es buena bestia, ¡el cabrón se hizo chef de los mejores restaurantes españoles! pero te preguntaba porque creo que tengo un amigo acá en Puerto y creo que es ese… el que ayudó a mi chava que dices que se hizo de gritos con el gringo… lo ando buscando ahora que me lo dices cómo estuvo lo de anoche…

 

–¿Entonces dices que el que ayudó a tu chava era tu amigo y tú no estabas?

 

–Pues la neta no estoy seguro, pero podría ser el amigo que ando buscando, hace cuatro días que llegué por acá y me estoy quedando en la playa esa, la semi habitada, que tú o no sé quién nos recomendó. ¿Qué tal el Stevie Ray, es poca madre no?

— Chingón, me recuerda a ti y a otro amigo de México, que veo cuando voy allá a comprar discos.

—Y qué pex, ¿dónde puedo encontrar al que le ayudó a mi chava?

—Sabe… cabrón, es un antro, no una guardería… ¿a poco crees que se necesitan cartas de recomendación pa’ los antros? ¿no verdad? Ja, pinche Jáuregui, escribes demasiado. Aquí en Puerto Escondido es puro turismo, puro desmadre, sexo y drogas, si ya conoces ¿para qué preguntas?

 

Terminé la cerveza que no podía negarle a Miguel y me marché a tomar el camión. Me despedí avisándole que volvería por la guitarra del Joaquín, ya eran las 11 de la mañana pasadas y me empecé a reír de mi propia pareja porque me la imaginaba sucia, mugrosa, cruda y encarcelada. Francamente, me dije, no pueden ser concluyentes mis miedos de la noche pasada. “Ves demasiados tiburones en la costa” pensé. Pero no descartaba totalmente que en Puerto estuviera el imbécil del atraco a la tienda OXXO. “Puede ser también que alguien haya sido amable con ella y la haya ayudado, seguramente se puso como fiera mi vieja, como cuando la recorro con los dedos y se pone mojada pero al revés: toda loca y con cara de bruja diabólica, ja, ja, ja.” Como ven, mis emociones son como cohetes rojos que cabalgan la próxima sacudida.

 

Al llegar al sitio policiaco hablé con el famoso Francisco Gómez y le pagué el requerimiento en breve trámite a su secretaria. Fueron $900.00, o sea que se mancharon o le sacaron a Dorinda  que yo tenía dinero, no lo creí, pero más que otra cosa ya quería verla a ella, que no estaba encarcelada ni cruda ni nada, estaba en un sillón esperando que yo llegara y a los dos nos dio risa vernos porque la cuestión, como se sabe, estaba en sacarla de ahí y devolverla a la realidad mundana donde sus lentes de sol serían el primer decorado de la coreografía que ella instalaba por mera gracia de su presencia.

 

—Híjole pinche seas, te tardaste un chingo– me dijo al momento que me senté a su lado.

—Ei, ei, ei bueno… ¿Qué onda? Me paré temprano y vine y pagué. Oye, vaya sitio, de saber que te tendrían aquí, hubiera armado una precampaña para desprestigiar las instituciones policiales de Puerto Escondido, ¿No crees?

 

—¡Pinche Mateo! ¡eres un pinche necio! ¡Tardaste un chorro, pesado! Híjole cabrón y aparte traes aliento alcohólico… ni te me acerques…

 

–Bueno, quiero que sepas que dejé encargada la guitarra del Joaquín, porque la dejó olvidada en casa del Mike la última vez que venimos por aquí y cuando pasé a visitar a Mike ahora hablé con él y me dijo que pasara a recogérsela. Joaquín me dijo por celular que vendría a México en Julio próximo y entonces se la daría ¿eh? Vámonos.

 

—Huy, huy, –dijo la muy simpática–, me encantan tus asuntos de turista.

 

En todo caso, salimos del sitio policiaco y llegamos al fraccionamiento Bacocho en una camioneta, recogimos la guitarra, luego tomamos una unidad más rústica hacia el sitio del tasajo donde podría informarme, por fin, de dónde carajos tendría dinero suficiente para hacer que ésa mujer entendiera que los berrinches cuestan, y cuestan un chingo, si nos atenemos al anatema (valga el oxímoron) de que ésta peripecia podría echarnos a perder las vidas por un rato o, sin mayor preámbulo, el resto de la vida.

 

A-ha, pero de mientras, en la pocilga del antro policiaco, quien inocentemente había estado escuchando nuestra plática era el “amigo inesperado”, el de blanco pelaje y buen decir, barba crecida y campana rosa (??) ¡No! Era ese desgraciado de pose natural, formato 2003 office mac, listo para usarse y desgañitarse… ¡Exacto! el que había socorrido a la pobre víctima la noche anterior, Dorinda, jauría de pocos amigos, de la desventura alcohólica donde yo prefiguraba mientras tanto como el mástil azul-ado, asus-tado, apedreado, amedrentado, neurotizado, (¿un-poco-más?), no necesariamente estúpido. Haciendo el papel del simple imbécil en una playa cualquiera hablando hasta con las palmeras. Y además diciendo puras silentes pendejadas… ¿Qué diría Dorinda de mí?

 

Dicho tipo venía atrás, es decir el imbécil nos iba observando durante toda la caminata hacia Bacocho cuando recogí la guitarra de mi amigo el Joacanax, en esa especie de playa poco literaria y más bien… aperrada, o poco aperrada y más bien aperrada-calurosa, no sé, será cuestión de investigar semióticamente el origen de Puerto Escondido. Humberto Eco: despierta de tu Cementerio de Praga y explícame un poco ese pedo.

 

Ya ves Dorinda, las cosas que me haces pasar, eh ¿viste? Es que eres una mujer extraordinaria, sólo a mí se me ocurriría intentar perseguirte con mi pluma, con el teclado, con las ventiocho prostitutas de Gutemberg que vienen cantando junto a mí, diciéndote, vuelve, reacciona, siendo que es imposible concentrarse una micra de segundo, sabiendo que extraño tu presencia, que desde que te has ido has dejado mi mundo en una especie de submundo acuático, donde lo que ocurre es que nos quedamos sin agua, aunque ciertamente, los recuerdos nadan, los recuerdos vagabundean y toman su propio curso, avenida o callejón, los recuerdos son de ambos porque todo lo hemos hecho entre nosotros, hemos de recordar, hemos de vernos, algún día, eh ¿viste?

Ahora te sigo contando, he decidido entrometerme en ti para contarte la verdad, lo que realmente ocurrió… ¿Recuerdas que mi segundo nombre es Martha verdad?

                                                    “Sé dueño de tu infierno”

Efraín Huerta.

 

………………

…no pero si cocodrilo y lagarto poeta yo siempre he sido, es más, de los tres escritores grandes mexicanos hijos de la Revolución Mexicana: José Revueltas, Octavio Paz y Efraín Huerta, los tres nacidos en 1914, el más grande es Huerta, fue incluso más arriesgado que Paz en su poesía; Revueltas se indigestó con lecturas de Hegel y se revolcó demasiado en el movimiento estudiantil mexicano de 1968, envejeció prematuramente. A Paz hasta le tocó el Nobel, pero el verdadero fuerte es Efraín Huerta, (bueno, se me acaba de ocurrir, en realidad los tres son universales he infinitas sus Poéticas en todos los sentidos y a todo lo largo, ancho, pasado, presente y futuro de México).

 

No te preocupes amor, ya estoy dentro de ti y desde este psiquiátrico voy a escuchar cómo me pides perdón por tu soberbia…

 


 

 

…Me abandono a los sobresaltos de mi memoria

 

Me veo en forma difusa, año 2005, con ese rostro borrado ante el espejo, y las ganas de bañarse para soñar un tren que me traiga la paz en la ciudad de la furia. Aquella tarde, aquella tarde que siempre dibujo en mi memoria, regresando a un cuarto, aquél cuarto de pared morada donde permanecía mi Laura Domínguez, pidiéndome que le bajara a mis axiomas delirantes, a mis notas e ideas musicales y solos de batería, justamente porque el sueño también debe de tener melodía, y en esencia, le decía, “la imagen poética es un acto y no otra cosa”, si nos atenemos al endemoniado Jean Paul Sartre, mientras que para el maestro Ezra Pound, es un complejo intelectual en una unidad de tiempo, es decir, “en el verso, -según Pound-, algo le ha sucedido a la inteligencia. En la prosa la inteligencia ha encontrado un objeto para sus observaciones. El fenómeno poético preexiste”. O sea que la poesía nos sacude si la sabemos leer y no nomás le damos el avión. Entonces tenemos al gran poeta norteamericano escribiendo sus Cantos Prohibidos, asombrado de conmoverse intelectualmente ante el verso, mientras Jean Paul Sartre ha localizado movimientos dentro de su conciencia y eso demuestra, si creo entender bien, que Sartre era más lector de poesía y por supuesto más dramaturgo y filósofo… El Gran Poeta es Ezra Pound… Que en México se tradujo por Guillermo Rousset Banda y su andanada de balas y cristales rotos en París por la bestialidad de los celos…”

 

–Ya vente a acostar y no estés chingando, pinche Mateo –decía la Domínguez sin mucha ropa, tan poca que le sería imposible no decir la verdad:

 

–Ándale cabezón, ya me acabé la cerveza, eres tan mamón que ¿no me vas a decir quién es Ezra Pound o Guillermo Rousset Banda? –retumbó su voz alejándose y disipando completamente el cansancio de las encuestas de preferencias políticas.

–Usted no se altere, hágase o deshágase, desenvuélvase… –Yo parándome de la cama y colocando un correo electrónico hacia Zacatecas y con el señor Tom Waits a nuestro gusto.

–¡Ay!

–¿Pero qué te ha pasado?

–Pendejo, me corté con tu mueble, acá el dedo lo traigo sangrando.

–¡Pendeja!

Soc.

–No, a mí no me digas pendeja ¿eh? Discúlpate y atiéndeme.

–Es que te quería dar un coco, no te quería pegar con la cerveza… ja, ja, ja.

 

En cualquier caso, tuvimos que salir, vestirnos para ir a un sitio a que le curaran el dedo cortado ¿Con qué chingados se lo habría cortado? Mateo no sé, ya pégame ¿no?

 

Y en la calle, ya curada, yo: ¡Vente a vivir conmigo a Aguascalientes! ¿Eh viste? ¿Recuerdas eso?, ¿recuerdas ese pasado mutuo desperdigado y qué me dijiste al verme: “Tú traes algo especial?”

“¡Vente a vivir conmigo a Aguascalientes!” –le dije, así, en caliente o a quemarropa, para que de volada soltara la sopa.

“¿Híjole… de verdad Jáuregui?” -dijo halagada-.  “No, déjame mejor lo pienso bien ¿no? Te digo mañana o pasado mañana en La Espiga”.

 

 

Volver a lo básico

 

Cuando llegamos al sitio autodenominado Cerro Hermoso, en el taxi que volvería media hora después, seguramente a recoger a los lancheros para que llevaran sus productos a vender al adoquín, o probablemente ellos eran, —los pobres carajo, los ninguneados del siglo -I al XXI, los que vendían artesanías en los restaurantes, afuera de las tiendas OXXO, yo los veía y pensaba en mi jodidez precaria, normalmente, además el estuche de la guitarra pesaba demasiado y no estoy acostumbrado a cargar ni mi cámara Canon, ni nada y es menester aprender a cargar bultos y dejarlo de aprender, para volver a aprenderlo de nuevo de vez en cuando.

 

Nos enfilamos a la bola de tiliches en que se había convertido esa bolsa de acampar, ya que la doña del sobrino aventurero que atravesaba el mar buscando ostiones o tiburones, había desaparecido a mediodía por un requerimiento especial en la palapa adjunta, y ni fuéramos a alzarle la voz a la doña, porque la doña era de armas tomar…

 

Después de milenios asegurándose en segundos (oxímoron no muy lejos de un OXXO), Dorinda aparcó su presencia en la regadera alternativa, (le dije: “cuidado querida, tu mariguana todavía debe estar ahí escondida” y ella lo agradeció con una fotogénica mueca que la hacía ver como dulce y evidentemente culpable, como si le hubieran dicho la inaudita advertencia de que su vida estaba a punto de irse por el desagüe del puro desmadre y solo asintió con la cabeza) como ya son la mayoría de cosas en éste mundo y además como lo son las mujeres, es decir, con muchísimo cuidado: por favor, si no han entendido éste es un homenaje a las mujeres, mujeres indígenas sí, revolucionarios turísticos también, etcétera, etcétera , pero no, por supuesto, al EZLN. No deberían pedirme tanto,  mis queridas gubias agruras de guarura... Hay que entender éste punto. Hay que entender los dos puntos: Y como hay que entender los dos puntos te los pongo acá: Dorinda no se había bañado en el cuartel policiaco porque su otro asunto interno (mi desprestigio en éste cuento: me refiero al Officce Mac 2003, o de otra forma ya no podremos llamarlo porque hasta este día de mi vida no he vuelto a verlo o presentirlo, y eso que estoy en la presentación del libro pidiendo que la gente se acerque, porque esto ya va a empezar…)

 

O sea: Estaba yo un día en una playa híper desconocida recién premiado literariamente y ni me había reparado (los lentes) ni tampoco había reparado en el idiota ese, que permanecía aperradamente en su sitio del taxi, media hora más tarde que nosotros, pero ya en camino, seguramente cediendo el paso a las señoras y los campesinos, todo él un pinche fulano elegante, ¡Ja! Les digo que se vayan acercando…

 

Dorinda abrió la boca desde lejos en medio del agua y el jabón y se oyó detrás de las palapas:

—¡Una toalla pareja!

 

Después de pasársela, me dirigí hacia la doña anti tiburones en la adjuntada palapa (no toleren esta vez el oxímoron porque entre esas tres palapas adjuntadas también había un depósito de cebada que ya no servía para nada) y lo curioso del caso es que la señora sí me vio: hundió su mirada en mi pellejo y mis lentes y mis garras y dijo: ¿Qué se te ofrece?

 

—No pus nada doña, la cuenta…

—Permíteme muchacho…

 

Entonces… me senté en la mesa y jugué con mi libro de Kundera (no le dije a la doña: chingue usted a su madre… cómo dejó la casita de campaña ya ni jode…) en lo que venían los niños aldeanos y cubiertos de arena en la cara, porque mientras sus padres andaban en ciudades angloparlantes, más precisamente norteamericanas, los niños aprendían del buen ejemplo de sus padres pues llegó un jovenazo y me dijo con entusiasmo: “acá está tu discman.”

 

–Bueno– dije no muy convencido–, caray, jm, jm, jm, gracias por este pase de vuelta a mi mundo, chamaco, ándese canijo, que también no ande espiando el amor que es de mal gusto y usted ya debería saberlo…

 

—¿Se te puso la cara roja verdad chamaco? También dame mi disco porque no es pirata y me costó sangre.

Ok, –dijo la señora–, te voy a hacer tu cuenta, aquí nos sentamos y mira… Giré la cabeza y la atención hacia la doña y ya no vi a Dorinda marcando por celular al tipo que venía en el taxi mientras ella se vestía, donde tengo que abrir un paréntesis para decir lo que entre ellos dos tramaban:

 

(¿Bueno, bueno, pero la verdad por qué este paréntesis? ¿Por qué no otro?), ((este paréntesis es doblemente más secreto y dice así:

—Ya lo tengo bien engañado a este cabrón, mi pelos necios, ¿traes esa pistola?

—Oye Morra… ¿pus qué pedo? A güevo… Acá la traigo, ya ni hables…

Entonces el paréntesis doblemente secreto se cierra)).

 

Como digo, mientras en mi cabeza hacía cuentas con la doña, Dorinda hablaba con el desprestigiante baboso, además armado, sin siquiera yo saberlo.

 

¿Qué diría Dorinda de mí o sobre mí? Pensaba yo la noche anterior.

 

“Ay, mi novio es a toda madre, me hace poemas y tocaba la batería en una de sus vidas pasadas, o sea: la verdad lo amo, el hombre me tiene paciencia, que es la virtud que yo más admiro”.

 

—No doña, la verdad déjeme contar bien, no soy muy bueno para las cuentas, pero sólo dos veces comimos langosta, la verdad doña, ¿no es cierto?

 

—Ese güey es un pendejo, tu ven, mira, cuando llegues a Cerro Hermoso agarras la pistola y se la pones adentro del estuche de la guitarra, pero de mientras vete hacia las palapas y ahí te escondes, yo luego te digo a qué horas y cómo le pongas la pistola en su guitarra, bye, un beso…

 

En estricto sentido eso hizo el Office blok… cosa que, si yo hubiera visto desde lejos y con distancia como un creador, no hubiera olvidado lo que me dijo Mike mi amigo el Dj, me andaría con pies de plomo y bien trucha, como un escritor, hubiera dicho: ¿pero es que éste cuate es un pendejo? ¿Así somos de verdad los mexicanos? ¿Títeres de nosotros mismos y victimizados por nuestras mujeres? ¿Condenados, así como esa vieja canción de Depeche Mode? No había para dónde hacerse, más que hacerse a la idea de cuántas realmente fueron las langostas que nos echamos…

 

—Oye Dorinda, ¿cuántas veces comimos langosta?

Y la doña: ¿Qué ya no se acuerda joven? Cuando recién llegaron, comieron, y al día siguiente y…

 

—A ver doña ¿cuántos días hemos estado aquí?

—Contando hoy son cuatro noches…

—OK doña, entonces cuánto es de todo.

 

Clap, clap, clap, se oía el golpe de mi mano tamborileando sobre la cuarta de forros de Kundera, el oleaje, el viento y arriba un cielo interminable con un sol calcinante. La doña contaba su lana y me decía: ya ve joven, así se regresa al distrito ya bien tostadito, su novia también agarró color y… Ei señora si cierto, pero ¿qué pasó con mi amigo el anti tiburones? ¡Ah chinga! ¿mi sobrino? Lo están atendiendo allá en otro pueblo… Me lo saluda doña, y me saluda al señor Amado cuando lo vea, él ya sabe que soy cliente, dígale que volvió el joven con el que tocamos mi amigo el apache español y yo la canción de La Guacamaya… Y ustedes chamacos váyanse a jugar allá o vean la tele, de seguro hoy sale la Pantera Rosa agarrándose a balazos con una F acostada, je, oh mis chavos… ¿no lo has visto tú?

 

Los niños me agarraron un silencio cabrón y se fueron.

 

De mientras, Dorinda salió hecha dos princesas del baño, (yo la veía así por las chelas creo, o también porque no acababa de creérmela) es que la muy cabrona estaba tan guapa, que hay dios… vital, la muy egregia, la muy descocada, venga un beso, muich, y otro y otro… oh… god this is my favorite mistake…

 

(Dorinda solamente me veía, seguramente pensando: te tengo bien cogido de los huevos cabrón).

—¿A poco ya te quieres ir? —me dijo.

—Ya… ya es tiempo darling, time is money.

—Para regresar a escuchar tu pinche Radioactivo fm y trabajar en la UNAM, no mames, vamos a quedarnos otro día, yo todavía me quiero asolear un poco… vente.

—No, ya vístete, es casi un día entero de viaje de regreso.

—¿Cuánta lana te queda? —dijo mordiéndose los labios.

—Pues como 17 kilos y medio más o menos, no, no me vas a convencer ya nos vamos, ándale agarra tus cosas…que también te tengo qué llevar a conocer a mi abuelo…

—¡Tu Abuelo! ¡Nunca me habías dicho que tenías un abuelo!

 ―Mi abuelo es el único héroe a la altura del arte…

 

En este momento aparece la sombra de Manu Chao diciendo que es un clandestino, pero que esa no es la verdad.

 

Desde aquí todo luce húmedo y perdido, unas calles cualquiera en el Distrito Federal, de noche, cada perro sobre el cartílago de otro perro y los dos buscando arrancarle un quinto a la vida, carajo.

 

Dorinda lo planteó así, saboreando los 17 mil pesos:

“Mira, ya sé que estás enojado por lo que ocurrió y no lo hemos hablado, ni en los taxis ni nada, pero la verdad es que sigo muy enamorada de ti, yo te amo amor, me gustaría que entendieras a veces mi forma, ya sé que soy un desmadre pero tú sabes que voy a volver a la Universidad amor, no quiero regresarme al D.F. sin haber acabado aquí bien las cosas…”

—Ok, –dije yo- ¿Qué propones? Porque la verdad sí me enojé ¿eh? Pinche estupidez esa de andarse peleando con un gringo así nada más como agua va.

Estaba yo caído de amor, chelas, cansancio y apoyando al EZLN en mi memoria, con una futura fusca sembrada en la guitarra del Joaquín, que desde muy lejos, desde Carcelona decía……………prrrrp, te van a chingar carnaval……...

–Propongo, dijo Dorinda, en primer lugar que te bañes porque te apesta el ala y después mi rey, nos vamos, ¿qué horas son?.

–Son las cuatro y pasadas.

–Aah pues mira, deja yo arreglo tus cosas y…

(La muy cabrona no me lo quería soltar a bocajarro, pero se me quedaba viendo hacia mi pecho)

–¿Y qué?

–¿No nos podemos regresar en avión? –Me dijo, como si ocultara algo, quizá por eso respondí:

–Ja, ja, ¿eso es lo que quieres? Oye maestra, mejor quiéreme mucho aquí… es decir, donde me gusta…

–Hay Jáuregui eres un vulgar…

–Nadie nos está oyendo… no, no te creas, si quieres sí nos vamos en avión, nada más hay que irnos a Puerto Escondido y ver qué onda con los vuelos, tú también tienes prisa, yo tengo prisa simplemente porque allá está mi mundo, mi escritura, la UNAM, mi familia, mi todo…

–Sale corazón, entonces luego te cuento unos chistes que escuché en los separos de la policía…

 

Dorinda dibujó en la playa de recuerdo (afortunadamente acá no hay vendedores playeros o si los hay prefieren transfigurarse en anti tiburones y en esforzarse por que cada uno de los turistas pida más de lo que puede gastar), un corazón grande y adentro de ese otros cuatro corazones grandes que yo la verdad, después de consultar a Milan Kundera alzando la mano y diciéndole acá estoy, no estoy escribiendo ¿qué significa si mi mujer dibuja cinco corazones, uno dentro del otro, del tamaño de una lancha? podría pensarse que es que mi corazón ha encallado y terminará de por vida encadenado a esta mujer, pero/

 

–¿Qué significa eso eh, chamaca? ¿Luz de mi vida, fuego de mis entrañas?

–Haaa…  ja, ¿de dónde se te ocurrió decirme así?

–Tú dime, ¿qué significan esos cinco corazones?

 

Recogimos nuestras cosas, a lo mucho tardamos unos 5 minutos y nos fuimos a esperar el taxi, PERO Dorinda, mientras yo había pasado a darme un baño, había armado ya perfectamente mi destino, puesto que el individuo Black 2003, se había acercado lo suficiente para meter en el estuche de la guitarra una pistola como ustedes ya lo saben, querido auditorio, además de un pasamontañas y una revista Proceso con el título de “EL SUBCOMANDANTE MARCOS, ACORRALADO”, y sus ojos tristes, verdaderamente tristes detrás del pasamontañas. Ja, el pendejo de verdad creía que yo era pro-zapatista o quizás Dorinda se impresionó demasiado cuando alguna vez le conté de mi viaje a Chiapas…

 

Entonces así fueron este par de emparejados, rumbo a Puerto Escondido a buscar el aeropuerto, pasaron el sitio de tasajo y ahí esperaron el camión de vuelta a Puerto, hablando nimiedades, que si la luna se veía muy bonita, que si tal vez la langosta era súper costosa pero deliciosa al fin y al cabo, que si ella no leyó nunca el libro que trajo y claro, cómo lo iba a leer, si sus preocupaciones eran otras y era obvio hasta el hartazgo, pero nomás el escritor no se daba cuenta, para él… bueno, él  acababa de recibir su premio. No se creía un tarado, no estaba indignado, pero una persona enamorada necesita ayuda. Una persona enamorada y cansada no se daría cuenta del peso extra de una pistola en el estuche de una guitarra.

 

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Habla el primer presentador del libro antes de pasar a la mesa:

―¿Nunca fuiste zapatista o sí lo fuiste?

Y yo: en mi vida los he conocido, no sé qué es eso… de tiempo en tiempo se hablaba de turismo revolucionario…

Pero te llamas de este modo y de éste otro…

Y yo: tengo muchos nombres… la verdad cuando presento un libro me hago llamar como dice Elías Canetti, pero a secas, es decir el que custodia las metamorfosis de la escritura, no el guardián entre el centeno pero la verdad habrá qué reclamar a Kundera nuestra broma. Nuestra burocracia a la mexicana también necesita unas bromas, unas enormes parodias de lo que somos y de lo que no podemos ser. Claro, pero bromas nuestras, no de las editoriales de autores extranjeros, que ya no juren, jodidos…

Y mi presentador:

¿Tampoco nunca fuiste a Neuróticos Anónimos verdad?

Y yo: hasta donde sé ese es un anuncio de los periódicos.

–Bueno, morra, hemos llegado al aeropuerto, tu hazte cargo de los boletos y todo, que yo vengo madreadísimo.

–Sale Jáuregui, tu siéntate y espera que digan tu nombre, acá están tus cosas.

 

Inmediatamente se desdibujó entre la gente, en zigzag, buscando dónde, dónde estaría su blackie y también dónde, en que línea se iría ese… personaje que ella había amado pero que ahora ella quería soñar con asaltar OXXOS y sigo sin entender el porqué de su acto pero quizás hasta yo le hubiera robado 17 mil pesos si los hubiera visto sobre un mueble de su casa, no sé.

 

(Entonces hay que abrir otro paréntesis para decir que sí, afirmativamente, el blackie andaba ya también por ahí y Dorinda le dijo por celular: Te has tardado mucho mi pelos necios, dónde andabas, busca un vuelo para este hijo de perra, del resto yo me encargo, se la dejamos caer suave y que él, ja ja, a ver cómo se las arregla, con el detector de metales se lo van a chingar.)

 

El aficionado a las armas ya estaba en el aeropuerto  de Puerto Escondido efectivamente, o estaba a punto de llegar, mientras yo leía mi libro simplemente por las ganas de durar y alejarme de la realidad buscando en La inmortalidad, el libro de Milan Kundera.

 

“Escribo sobre Agnes, me la imagino, la hago sentarse en el banco de la sauna, caminar por París, hojear una revista…” y así se sigue el extraordinario libro. Todos ustedes los presentes… ¿ya han leído La Inmortalidad de Milan Kundera?

 

(Se oyen risitas, unos dicen que sí, otros me mientan la madre, otros sólo beben de los Casilleros del Diablo y hablan largo y tendido sobre la literatura del narcotráfico, porque, obvio, eso-se-ha-dicho-que-es-lo-que-debe-ser leído, pero de los que están aquí que son mis amigos de carne y hueso, ya la leyeron y les ha gustado mucho).

 

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No han venido todos ellos, lástima, también son mis amigos, les ha de haber pasado algo, un contratiempo, me dice en voz baja mi presentador y yo quisiera alzar la voz y decirle a la de la esquina de hasta atrás que la amo, que la he amado desde que la conocí, pero sé lo que ella piensa: “para eso tal vez no”. “¿Crees en la telepatía?” Cómo recuerdo ese día, pobre de Ramírez Heredia, ya se nos fue con la mayoría o se lo cargó el payaso, como ella decía.

 

La portada de La inmortalidad  es así: un ángel varón tratando de sujetar a un ángel femenino que se escapa, la traducción de idioma a idioma no afecta en nada al libro, porque este autor es un coloso que escribe para cualquier idioma, su prosa se la ve como la de alguien que sabe que será traducido a las lenguas más importantes del mundo y que él es una galaxia dentro del microcosmos donde escribe, una ocasión que iba en carretera lo vi en mis delirios de enfermo, se quitó la boina y él era una montaña y lo sigue siendo. ¡El Nobel, el Nobel!

Pero, me dice mi presentador, estamos hablando de tu libro, no divagues de otros libros, tenemos que asegurarle a esta gente que tu libro vale la pena.

 

–Eso ya lo sé y de sobra, tú ya sabes que la verdadera autora es esa musa cabrona que me lo dicta desde adentro de la garganta y como ya es hora y la hora es ahora, ya deberían comprar la obra. ¿O tú qué opinas, lectora?

 

¿Entonces por qué no nos dices que pasó con Dorinda?

 

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Lo que hizo fue hacerse la tonta entre la gente del aeropuerto, buscando hasta dónde estaría su bato, hasta que lo vio entre la gente y seguramente volvió a mirarme a mí, no fuera que el escritor se diera cuenta.

 

Momento.  Por supuesto que si lo hubiera visto y después de lo que me dijo Mike, le hubiera partido su madre.

 

Ella al black: –Ya está, tengo su cartera, nada más le dejamos para sus chicles y un camión al Distrito. ¿No? Tampoco hay que ser tan gachos.

El Otro: –Tu nada más espera que el güey pase por el detector de metales y ahí en ese momento nos vamos, pero corriendo chiquitita.  Y Dorinda: –pagué 2 boletos de avión a la Cittá de México y otro para él.

 

Ella regresó a mi lado con aire festivo y sonrisa amorosa para decir: ¡Ya está, ya compré los boletos!

–¿Quién te entiende? Ahora sí muy feliz de irte y hace rato, casi me rogaste que nos quedáramos.

 

Ella sí logró quererme, ya les digo, aún en su inconsciencia.

 

Tu quédate con el dinero Pelos, luego lo repartimos –dijo Dorinda desde una pose natural, pretendidamente mucho más sensual de lo que era, pero eso fue antes de verme, y a mí: Ya no me contradigas, tú también tienes qué llegar a trabajar al dee efee. La Capirucha.

 

–Entonces ya sólo a esperar que salga el avión… ¿no reinita? –dije yo.

–Así es… así es… Jáuregui ya descansa…

Y entonces momentos después (una hora o dos) por los altavoces del aeropuerto internacional de Puerto Escondido sonó: “Pasajeros con destino a la Ciudad de México favor de pasar a la sala de espera…” Dorinda me dijo que yo me adelantara…

Y minutos después la realidad estalló…

 

 

Despedida

 

El libro no es malo, tiene su chiste, se lee de un tirón (hablan los críticos), pero eres tan mamón que… ¿Cuánto pagarías por una reseña de dos cuartillas sobre la obra? En el periódico que tú leas, ¿te late cacahuate?, ¿te parece o qué?

 

Y en la presentación del libro la gente aclama: Pero ¿qué pasó con Dorinda?

 

¿Qué fue lo que ocurrió con ella?

 

–¡¡OH QUE LA CHINGADA, VÁYANSE A PERÚ A CONOCER A DIOS!

Ya estoy briago con ese Casillero del Diablo, perdón, mejor les cuento que a mi edad y a mi momento, a falta de peripecias cristianas destinales a no ser las invisibles he inevitables con las que chocan todos los poetas con el tiempo…

 

El respetable comienza a aplaudir y todos beben. Una fan me dice: “¡Salud por esos tiempos!” Otro: “Me gusta cuando dices: ‘¡La poesía contra la barbarie!” Otra fan: ¡está bien padre eso de mis gubias agruras de guarura!” “Fotografías por todas partes, la gente feliz comprando el libro, ¿qué más se puede pedir?”

 

 

 

Entrada al futuro

 

Hoy le escribí una carta a Martha, según yo, alguien se la haría llegar por correo electrónico hasta el hotel donde supuestamente trabaja de traductora simultánea para eventos de marketing global. La primera vez que me dejaron salir al jardín de este hospital, escuché cómo se tallaba una sierra eléctrica contra un árbol, lo cual me aterró y me dejó fascinado: era la presencia humana en el hospital lo que no dejaba de asombrarme, o así lo veo ahora, me recordaba la genialidad del cine de Bergman. Según el director de la SOGEM, el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda, “la mejor forma de conocer una sociedad es visitando sus manicomios”. Es verdad. Uno puede ir por la calle en cualquier temporada del año, incluso en su coche y decir la palabra ―Dios— o ―¡Santo Dios!— como una exclamación y/o pensarla; desgraciadamente los que estamos adentro del psiquiátrico no tenemos ese derecho ni aunque estemos bajo camisa de fuerza. ¿Cómo explicarlo? Psíquicamente es imposible. El otro día, curiosamente (¿Es algo raro al ir creciendo, sentir cómo nos vamos separando y perdiendo, ¿verdad?), jugué ping pong en el solar, es decir, el único espacio donde nos da el sol, con el tipo que me trae en la mira, sé que me odia, sé que se llama E. y no sé nada más. Bueno, además es un imbécil que quiere tocar la guitarra. Según él, esa será su contribución a la vida. Pero era una sensación rara, mientras oía  la pelotita rebotar en ese jueguito estúpido y a la mesa verde y al del otro lado, aun así podía oler su aliento del desayuno asqueroso que nos dan en el hospital, un aliento feo, fétido, salido. Cuando entré aquí me dijo una enfermera que otro “artista” había estado ahí hasta un día antes que yo. Un tal Poncho o no sé qué, que era el baterista o algo así de Santa Sabina. A la enfermera que me cuidó mi primer día, en la noche la escuché orar… Como a mí eso nunca me lo han enseñado, seguí durmiendo fingiendo debilidad, la verdad es que tenía fuerzas todavía. Mi padre empezó a llevarme el periódico todos los días.

   

 

El poema es un arma cargada de futuro

 

Hoy escribí esto Doctor Héctor Ortega, léalo, dígame, ¿Qué le parece? ¿De verdad se la cree? ¿Verdad de Dios? ¡Esto no es locura, es desamor! ¡Esto no es locura es desamor! ¡Esto no es locura es desamor!  ¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¡LE DIGO QUE ESTO NO ES LOCURA ES DESAMOR! ¿¡NO VE CUÁL ES EL VERDADERO SECRETO DE TODOS LOS LITERATOS Y LOS LOCOS COMO USTED?! ¡EL VERDADERO SENTIDO DE LA VIDA ESTÁ EN OTRA PARTE! ¡EL SENTIDO QUE YO LE DOY A MI VIDA ESTÁ EN MIS ESCRITOS!

 

¡YO SÉ EL QUÉ, EL CÓMO, EL QUIÉN, EL DÓNDE, ¡EL PORQUÉ Y EL PARA QUÉ! ¡Y AQUÍ EN ESTE CUARTO HABLO FUERTE PARA QUE ME ESCUCHE! ¡QUEREMOS POESÍA Y DE MÍNIMO, PASTO PARA PISAR!

 

¡ESTÁ USTED LOCO!


 

 

 

Poema que no tiene título,

Leído en el despacho del Doctor Héctor Ortega

 

“Este hospital te va hacer bailar y farfullar,

aquí toca sacar los dientes al vecino, suspirar

solamente cuando sea en vano la risa propia, la risa

que luego llegará desconcertada y carente de su mágico sentido.

Este atisbo de corazón cautivo, destino, plaza y fundamento,

allá arriba en la cornisa será donde su párpado disuelva,

allá arriba tendrás junto a tu cuerpo los recuerdos,

allá arriba, si es posible, una sutil remembranza de jardines

y su cauce, la región de los besos.

Verás tu infancia marchita caminando por los pasillos,

a la sombra y a la cabellera del vicio invitándote a soñar,

a imaginar, una y otra vez, que se va despidiendo de ti la materia,

la cortesía y la razón humanitaria,

mientras muy lejos,

la televisión habla de los mundos posibles,

de esto y de aquello y del continente mundial

que conquistó junior Bush.

Entonces, tú creerás en algo que te mira caer,

caer para luego levantarte de la marginalidad,

de la paranoia de la voz sin puerto,

del pensamiento hecho sustento y

portento, de un eco desquiciado y la catarsis,

creerás en los abismos del ser, la aurora,

los intestinos y los espejos,

luego la paradoja ideal del amor que se aleja y regresa,

el ciclón de tu paciencia marchita y tus uñas, esquina de una cordura impuesta,

lejana, pero nunca desprovista de unidad y respuesta.

Nostalgia… ¡oh gran palabra idiota y poética!

Un cuarto oscuro con fantasma encerrado, luego una puerta, un pedestal y

un cadalso para gritar: ¿eres tú ese mar? Luego vendrá una orden,

una voz llena de lascivia, hija de perra, y tu pregunta:

¿Cuándo es posible detenerse, ser refractario a la hipnótica pesadilla,

amputar la razón de un verbo que parece medicamento

y que en realidad es la lógica alterna de tu miedo?

Es que es la madera que te detiene junto al hacha,

es la mano, el puño y el espíritu hostil a la prédica, a la ruta fácil,

al dominio pobre de lo bobo y la intriga hecha verdad que circunda.

Las rodillas tiemblan por las risas, irás a refutar todas la risas, que te probarán,

por si lo olvidabas, por qué esta puerta

debe ser de acero y no de cristal.”

 

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Le dice a un subalterno: –¿Qué hacemos con este cabrón? Me gustaría refundirlo aquí un tiempo, pero sí es verdad que tiene un premio de literatura, eso pone difíciles las cosas.

 

El subalterno responde: –¡Pero es un zapatista! ¿No recuerda todo el episodio del aeropuerto?

 

El Doctor Ortega responde: –Por eso mismo… ¿Qué hacía un zapatista que en realidad es un joven urbano vacacionando en Puerto Escondido? ¿De dónde sacó la pistola?

 


 

 

 

Habla el Doctor Héctor Ortega,

al momento de mi salida del Hospital:

 

“ES QUE HAY MUCHAS MANERAS DE MORIRSE ¿NO?” (LO DICE CON SONRISA FRANCA). “CUÍDESE MUCHACHO, ESPERO NO VERLO DE NUEVO POR AQUÍ.”

PERO TRISTAN TZARA NOS RECUERDA QUE NO SE DAN EXPLICACIONES DE POR QUÉ SE ODIA AL SENTIDO COMÚN, LO MEJOR ES HABLAR DE UNO MISMO, POR EL AFÁN DE NO CONVENCER...

 

Para no envejecer y ser anciano mental,

Para no morir, claro, porque hay muchas formas de morir,

Para auto inventarse, como decía Rimbaud, y cambiar la vida.

Para no explicarse más allá de la raya,

Para enloquecer.

Carajo, qué sé yo.

 

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Me veo a mí mismo, un cincuentón con tirantes y sombrero de paja, teniendo un pequeño bar en medio de esas palapas de Cerro Hermoso, un bar modesto, carajo, un bar de tipo cultural en esa playa y ahí, todavía creyendo en el amor de alguna muchacha, haciendo un poco de pasta, cabello largo, acompañado de un perro, señores, necesito ese refugio, todo éste libro está hecho para esa postal invisible, desordenada y fragmentaria a la cuál diviso como a un aro de humo de cigarro que se deshace en la sala de la casa, necesito esta novela más que ninguna otra cosa, es decir, que gracias a la sagrada trinidad o al sagrado cuadrivio o el mentado pentagrama o un mandala, se publique en el futuro esta novela. ¿Será mucho pedir? Aunque debo de aclarar que coger con esta novela me ha gustado mucho. Ya es hora de mandar las invitaciones y de hacer roncha y cacarear el huevo. “Trata de tal y de tal y la presentación va a ser en… habrá vino de honor… banda, carnalitos y carnalitas, no dejen de ir.” “Aunque –me digo– a lo mejor me escapo con una musa primorosa a un hotel y no llego al evento más que para robarme un Casillero del Diablo. ¿Pues es que qué querían después de todo?”

 

Ahí está la pregunta y la respuesta, el resto continúa con tu lectura. Por ejemplo, a partir de éste momento podrías elucubrar qué hizo Dorinda  con mis 17,000 pesos o cómo llegó a trabajar de traductora simultánea en un hotel de convenciones de marketing, pero asociar una cosa con la otra sería fácil, mejor vete a la parte en que alguien está presentando efectivamente ésta novela de amor y desmadrado desamor, pero entonces yo no estoy ahí, me he escapado a un hotel con una admiradora y estamos haciendo el amor furiosamente, borrachos y desnudos y mi admiradora (ella es una rockera de pelo rubio pero se lo tiñó de rojo y se ve hermosísima toda embriagada), mientras la embisto locamente me gime y me tira la pregunta y la invitación inoportuna: “¿O-oye Jáu-re-gui, a-amor, que-que tal si-si nos- va-vamos a Ce-cerro He-Hermo-so?”.

   

 

Final de la Novela

 

¿Estoy muerto? ¿Es la época de los cadáveres vivientes? ¿Presenté la novela de mi historia desgarradora con Dorinda o estoy al lado de una pelirroja dormida en mi casa? No lo sé: lo único que sé es que tengo cierta resaca de un Casillero del diablo y que amaneció… ¿Cuál es el mejor de mis futuros posibles? ¿Acaso es verdad que lo que he escrito es una narración prospectiva de mí mismo? ¡Hay Dorinda! ¿Y ese subcomandante Marcos? ¿No está ahora en la selva Lacandona con el nombre de Galeano como dijeron las noticias?

 

En un futuro posible estoy conviviendo con la pelirroja que sí me quiso y definitivamente no volvimos a Cerro Hermoso, por cierto, nos vemos con frecuencia, ella se dedica a elaborar banquetes en los centros de convenciones de Aguascalientes y quiere tener un hijo conmigo… Después de la presentación del libro continué mis estudios en Aguascalientes y terminé la filosofía, misma que ahora les enseño a los estudiantes de un colegio privado y muy mocho de la ciudad, pero como los filósofos somos católicos igualitos a los mochos pero sin religión, me aceptan sin mayor problema…

 

Por otro lado, también amaneció, el día anterior presenté mi libro de Cerro Hermoso, firmé muchos autógrafos y está a punto de sonar el teléfono con las felicitaciones y me van a invitar a presentarlo en varios puntos de la República, tengo todavía un trago de una botella de Casillero del Diablo y debo de pensar rápido en cuál de los dos futuros me va mejor, de la iglesia se acercan campanadas que me angustian, lo sospecho… Prendo un cigarro, doy un trago al Casillero y ya está: me empiezo a vestir con mi ropa favorita: mi chamarra de cuero, mi playera que personalmente saqué en un centro comercial con la estampa de una caricatura muy graciosa de Fernando Savater y ni siquiera siento ninguna especie de dolor ni malestar… ¡Yo sé muy bien por qué! No amanecí en Aguascalientes sino en la Ciudad de México, hoy en la noche será la segunda presentación de mi libro del desgarrado amor que tuve con Dorinda en Cerro Hermoso hace años, ¿y quién es Dorinda Martha Amézquita? Sabrá Dios… En su casa la conocen; a lo mejor en esos tiempos la amaba tanto que le decía Flor o Dorinda, a lo mejor se llama Alicia, Bibiana o algo casi contrario a Dorinda como su palindroma: Andrea. O Anabel. Mis amigos de toda la vida saben que a mis novias les pongo como apodos nombres que en realidad no tienen. Es probable, Anabel. “¿En serio no te acuerdas cómo se llamaba?” Dicen las palmeras salvajes de Cerro Hermoso… Creo que en serio se llamaba Anabel, ¿les digo la verdad? Esa pinche vieja ahora me vale madres, ¿Les cuento un secreto? En la SOGEM yo le atraía mucho a una chava que se llamaba Frente al sol, sólo recuerdo que de regreso de clase ella se iba hasta el metro Hidalgo… Bueno, como esto es mitomanía autobiográfica creo que sí se llama Anabel, tengo todavía la única foto de ella cuando salió de la primaria y se ve muy guapa, ¿hará cuántos años? ¿Qué ha pasado con ese prometedor futuro de entrevistas en radio y prensa? (¿me creo?). En esta ciudad se presentan tantos libros y hay tantos festivales dedicados a las letras (¡Ja! ¡siempre están vacíos!) que dudo que alguien esté con un micrófono o una grabadora de periodista detrás de la puerta… Suena el teléfono celular: es Eric Clapton, es decir, el que suple la función que tengo en la vida por no conocer a Eric Clapton, sí, él mismo: Julio Perales, el que conocí hace años pidiendo una beca al lado de la Cineteca, dice: “Buenos días Jáuregui, ya estoy desde hace varios días en México, te veo a la hora de la comida en el hijo del Cuervo” “Órales —contesto—, yo te invito a comer, hay por ahí un sitio que se llama la Salamandra otra vez y te va a encantar.” “Cámara, te veo a las tres y media en la puerta del Cuervo.” “Cámaras —contesto—, cuídate, ahí te veo seguro.”

 

Lo cierto es que desperté tarde, escuché un rato el disco In Our Heads de Hot Chip que me compré en Mix-Up Plaza Coyoacán ese mismo día, no desayuné y a la hora de comer llegué a la plaza del centro de Coyoacán al hijo del Cuervo donde Julio me esperaba. Sonaron las Campanas y pensé que Julio ya conocía la Salamandra otra vez. Cuando lo vi entre la gente, me dijo: “Uy, Fernando Savater —riéndose—, qué fresa.” “Qué te pasa maese —le dije— ¿No sabías que de joven él también se oponía al franquismo? ¿O eres de los que creen que el Quijote al final de la novela da clases para volver locos a los demás? Mejor cuéntame otra cosa ¿cómo va la vida en Mexicali? ¿No que me ibas a mandar tu novela?” “Sí Jáuregui, eso te dije, ¿verdad?” “¿Te acuerdas cuando fuimos ahí al Cuervo después de pedir una beca? —le dije mientras caminábamos a la Salamandra otra vez— ¿Nunca volviste a pedir la de Jóvenes Creadores?” “No ¿y a ti te la dieron?” “Nunca, pero ¿qué te trajo de nuevo a la ciudad de México, a qué viniste?” Le notaba una especie de humildad soberbia a Julio, me contó que en Mexicali también continuaba tocando la guitarra, daba clases de teoría psicológica y tomaba clases de natación. Que había venido a ver a su gente, entre ellos a mí. “Hace mucho que no nos veíamos Jáuregui, ¿verdad? ¿te gusta tu presidente?” “No me estés chingando, ya dime, ¿qué pasó con tu novela?” “La tengo en una editorial de Baja California”.

 

Nos sentamos en las mesas de La Salamandra otra vez y después de ordenar, Julio dijo: —Ya sabrás, muchas negativas en los concursos literarios… ¿tú crees que de verdad el Santo Grial está en México?” Nos trajeron las cervezas. “Pobre de México —contesté—, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos, como dijo Monsiváis, a fuerza que está en México, no solo en literatura, los mexicanos lo inventamos en todo nuestro quehacer todos los días.” “Mmmm —dijo Julio— entonces… ¿brindamos por la conejita feroz?” “¡Ja, ja, claro Julio, hasta con selfie, ¡salud por la conejita feroz!” “Seguro se ganó la beca mi cabrón”. Dije yo. “¿Y su teléfono? ¿te lo pasó verdad? ¡Cómo se veía ese día!” “Te gustó un chingo ¿verdad cabrón?” -Le dije. “Se veía bien bonita”, dijo él, “Hasta le compuse un poema.”

 

 

Diciembre 2015, Aguascalientes.

 

 

 

 

PORQUE USTED LO PIDIÓ, LA NOVELA QUE TODA LA INTELECTUALIDAD EUROPEA CONSIDERÓ IMPOSIBLE QUE LA PUDIERA ESCRIBIR UN MEXICANO!!

  VESTIGIOS DE CERRO HERMOSO         MARCOS GARCÍA CABALLERO     Para el Lic. Miguel Castillo Morales y El Filósofo Óscar de l...